martes, 6 de abril de 2010

Domingo de Pascua (el cuatro del cuatro del diez)

Domingo, uno de esos en los que se levanta con el ánimo bonito, de festejo, de resurrección para algunos, domingo de Pascua (en singular y en plural), de rojo, de fiesta, de conejos y cascarones, de chocolate, carne asada y de familia, uno soleado, de bosque lleno de personas festejando entre animales y asadores encendidos, de cervezas escarchadas, de fin de vacaciones para muchos, de regresos, de peajes, así pues era un domingo que pintaba largo y corto.

Con el pie en la regadera acelerado por la emoción de reunirnos pronto, así se llega a la casa de la abuela, con sonrisas, con palmadas, abrazos y rostros fotografiados para el recuerdo, porque hay veces que ya se ven las distancias cortas hacia el cielo, así reunidos y en desacuerdo, había que encontrar el punto exacto para comer, término medio, aquel que tal vez no sea el favorito de muchos pero que tampoco desagrade a ninguno, ahí estaba inmutable el restaurante de comida china recurrido por nosotros semanalmente sin falta, la fidelidad se hacía presente, aunque con mi abuela en casa, decidió quedarse a descansar, así que sólo habíamos unas quince personas en torno a la mesa, comiendo más aceleradamente que de costumbre, con las críticas de siempre presentes, los chistes buenos y malos, el pásame esto y aquello riguroso, todo transcurría normal, excepto el tiempo.

Salimos y mientras unos se detenían a ver hacia los escaparates, yo llevaba a mi tía abuela hacia el carro, la tía Conchita, que ya se carga sus noventa años, la senté y la abroché delicadamente, cerré su puerta, mientras los demás continuábamos abajo y mis hermanos con la tía Irma seducidos por los aparadores ya se había introducido en uno de los establecimientos, de colchas y artículos para la casa, entré y en tono de regaño chistoso les dije “Oigan… ¿se van o se quedan?” entre refunfuñas salieron de la tienda y justo en ese momento tembló la tierra, y el anuncio de alguien no se hizo esperar, aunque todos ya lo hubiésemos notado, estábamos ahí en un estacionamiento, sin cables encima, en el lugar más seguro para todos, parados y estremecidos con el rostro de incertidumbre, de desamparo, y es que estando ahí parados el tiempo transcurrió lento, mucho más lento, el llanto de un niño y mi consuelo disimulado de certeza, de la misma que había perdido hacia ya varios segundos, parecía la tarde que había de quedar sin futuro, la tarde del desencanto y de muerte colectiva, podría ser muchas cosas esa tarde, aun había sol y nos sentíamos tan a la expectativa de las posibilidades que había y que eran muchas, pensábamos en las mejores y nos llenábamos de las peores, entre murmullos se oía un “Dios nos cuida” constante, un “ya va a acabar” tan eterno. Estábamos tambaleantes, inseguros, convertidos en minúsculos pedazos bajo el cielo y la tierra que mandaban, me sentía tan poca cosa, tan pequeña y en el fondo me decía aquí se acaba, aquí termino, y tenía que ser ahí, si alguien sobrevivía debía reírse de que nosotros hubiésemos terminado en una comida china precisamente, así fue aquel minuto eterno, de pensamientos constantes, de abrazos apretados, de oración permanente, de carros estacionados en movimiento, de alarmas, de caídas, de llanto, de cristales rotos y de lugares y momentos precisos, exactos, calculados a la perfección para salir sin un rasguño.

Los siguientes minutos le seguirían iguales, lentos, de desazón, de indefensión, de sirenas constantes, de la histeria colectiva, de incidentes de tránsito, de incendios, de bomberos desorientados, de rostros desencajados, de familias abrazadas y poniéndose a salvo de lo que podría o no venir, hacía apenas unos minutos nadie esperaba la sacudida, ahora estábamos alertas, en pánico, que si las réplicas, que si era sólo un aviso para el grande, para el bueno, ese ya era lo suficientemente grande y calculábamos aproximadamente las intensidades, incrédulos, nadie está realmente preparado para sentirse así de vulnerable, por más agua, alimento, gasolina y rutas de evacuación, la mente, el sentimiento, la persona no está lista para esto.

Tantos carros en la calle, ningún lugar contaba con electricidad, no había semáforos que funcionaran, había caos y líneas telefónicas saturadas, incomunicación que siempre arrastra la desesperación, filas y rutas alternas, gente en los parques, mucha, adultos intentando permanecer así…adultos.

Llegué a casa, puertas de cercos abiertas, animales sueltos y buscando el consuelo de los suyos, la confusión no había sido sólo humana, el temor se había expandido entre mascotas y seguro que algún árbol también habrá pretendido amarrase más allá de sus raíces, así entré con el temblor de las manos, parecía mentira que hacía algunas horas uno podría haber estado en una playa construyendo algún castillo o paseando un papalote, que había sido un sábado de gloria, que hacía sólo unos momentos el domingo familiar, transcurría normal para una ciudad entera y para el estado, ahora había sed de información y de algunas palabras de aliento.
Entre una barda caída, escombros y tanques de gas tirados, la casa permanecía inalterable, hacia afuera por lo menos, al entrar había caos y vidrios por todas partes, muebles, agua, comida, cuadros, todo estaba en el piso, apenas podías dar paso, había tristeza derramada por los muebles, aún que todos estábamos con vida y saludables, te hacía pensar en otros daños, en los otros, cómo estarían tus vecinos, tus amigos, tus parientes, cómo sería aquel día, qué más habría de esperarnos.
Momentos eternos y cruciales, de acercarse a las tomas de gas para cerrarlas, de apagar fusibles y de no ver nada, momentos de decisiones. Y se acabó la tarde pronto, sin luz en unas cuantas horas, que sirvieron para intentar o lograr comunicarnos con unos cuantos de “los nuestros”, llegó la noche sin electricidad, sin luz, al desamparo, sin agua, noche de malandros vigilantes, noche de trabajo para vándalos, había establecimientos desolados y sin cristales, blanco perfecto para robarles, había mercados que hacían lo suyo con plantas generadoras de emergencia, resistieron hasta que se agotó el combustible, y es entonces cuando uno maldice el no poder llenar el tanque, el andar en la rayita de cincuenta en cincuenta.

Fue entonces noche de parques llenos, de campamentos extendidos por la ciudad, de personas que dormían en sus carros alejados de los cables y edificios, noche de lotes baldíos, de sacudidas constantes que nos ponían alertas y nos negaban el sueño, fue una noche de nostalgia, de sillones y tendidos en el suelo, de baterías agotadas, de lámparas olvidadas y veladora encendida, de oración, de plática cercana al del cielo, de calmarse, de compras desesperadas, de garrafones que necesitaban ser llenados, fue la noche sin sueño pero llena de cansancio, noche en vela y de esperanza.

La mañana tardó en llegar como nunca antes, parecía haberse cobrado el tiempo de las noches de farra que transcurren prontas y aceleradas, no terminaba, sacudía y se establecía, se acomodaba.

Finalmente se dignó a aparecer el sol, y nos amaneció temprano aunque tarde, los servicios volvieron en algún sentido, y las ganas del restablecimiento con ellos. Las familias se acomodaban y acostumbraban al miedo, a volver a tomarle confianza a la tierra que nos había gastado una buena broma en la tarde, la Pascua transcurrió distinta e inolvidable, el cuatro del cuatro del diez. Con la pregunta constante de saber si está temblando, de recuperar horas de sueño, de limpieza, de escombro, de lamentos y agradecimientos por la vida, de quejas y complacencias, de volver a la música y a convertir lo vivido en recuerdos. Días de recuentos, de daños, de narraciones, de abrazos más apretados que de costumbre, de saber cómo lo pasaron, días que le siguen, días constructivos y reconstructivos, de sonrisas posteriores a la Pascua.