viernes, 17 de mayo de 2013

De mis antojos tan frustrados.


Vamos a sentarnos en la primera mesa del café, y me hablarás de ti y te hablaré de mí, vamos a entendernos por primera vez.

Entenderé tu idioma paradójico y mudo, tú pasarás la noche en calma como si entendieses las últimas palabras antes del descanso. Despertaré y no te habrás ido, no será necesaria mi plática forzada ni la propuesta de un momento, te quedarás por gusto, como si disfrutaras del uno a uno.

Evitarás el irte, pero lo harás pensando en tu regreso, caminarás uno o dos pasos para extrañarme y descubriendo mi sonrisa estúpida esperándote, regresarás tal vez para besar mi frente amplia, tu favorito de mis antojos tan frustrados.

Cuando no esté pensarás en mí y yo haré lo mismo, recordarás la insulsa caminata de mi mano, la desesperante espera en alguna fila que dejó de importarte por estar acompañado. Sonreirás en medio de la calle como un tonto, te contendrás y volverás a tus aburridos cabales. Te perderás y extrañarás mi mano, como si te hubiese acompañado desde siempre, como si en verdad la conocieras. Sin pensarlo estarás llamando a mi puerta, no para pedir asilo sino para ofrecerlo, y me quedaré en ti por esa noche, sin miedos y sin lujuria, sólo en ti y en la mitad de tu pecho que me sobra para dormir en calma.

Despertaré sonriendo y con un mensaje a punto, con olores a pretextos disfrazados de disculpa. No ocuparemos la primera mesa.

miércoles, 15 de mayo de 2013

De las pasiones dormidas.


Duermes después y más de la cuenta. Comienzas a rendir la misma al sector equivocado, te olvidas de ti y de lo que eres o pretendes. Llega el coraje frustrado y con él las decisiones que definen el futuro tuyo a ganas de otros.
¿Por qué? Porque te dio la gana de ser diferente, te entró la duda de no ser el que esperan, se te alojaron las ansias de guiarte por tus impulsos y tus ridículos sueños, así catalogados ¿por quién? Por los otros, esos que no pagan tus cuentas, ni se aparecen cuando estás lejos de casa, esos que esperan y de los que no habrás de esperar ni un momento que te lleven a cuestas.
Despiertas, avientas el coraje con un bostezo largo, te reconcilias con el maldito día que sí tiene remedio, le gritas que vas a conquistarlo y hacer de ti lo que más quieras.
Y de nuevo te preguntas ¿por qué? Porque un buen día te levantaste con las ganas de hacerte otro camino, de empezar de nuevo, aunque no de cero, puesto que el haber descubierto las pasiones dormidas no te obliga a deshacerte de las que ya explotaste, de las que ya vengaste a ganas de gastar para tu gusto, porque tú has de decidir cuándo y por qué te es suficiente.
Explicaciones sobran con olores a pretextos, como perros muertos en verano, ya no te importa, no hace falta disfrazarte en sus antojos. Eres tú, es tu desvelo, nadie habrá de agradecerte tus ausencias o presencias, sólo esperarán sentados para dar el visto bueno.
Y entonces te vas al fondo del asunto y te encuentras con que alguien nos dijo que el éxito viene como resultado de un negocio, y yo digo que mi vida no es negocio, y si habré de abandonar a los activos y pasivos que marcaban para mí, los abandono. Me rehuso a ser yo lo que tú esperas. Me abandono a mí y sólo a mí, porque si no es ahora el mejor momento para adoptar al egoísmo no sabré cuándo acogerlo en mis antojos.
Por hoy voy a hacer lo que me plazca y acomode, porque sólo es una mano la que habrá de enderezarme en mis errores. Por hoy quiero encontrarme en mis descuidos, porque no hay peor locura que perderse en lo ordinario.