Vamos a sentarnos en la primera mesa del café, y me hablarás de ti y te hablaré de mí, vamos a entendernos por primera vez.
Entenderé tu idioma paradójico y mudo, tú pasarás la noche en calma como si entendieses las últimas palabras antes del descanso. Despertaré y no te habrás ido, no será necesaria mi plática forzada ni la propuesta de un momento, te quedarás por gusto, como si disfrutaras del uno a uno.
Evitarás el irte, pero lo harás pensando en tu regreso, caminarás uno o dos pasos para extrañarme y descubriendo mi sonrisa estúpida esperándote, regresarás tal vez para besar mi frente amplia, tu favorito de mis antojos tan frustrados.
Cuando no esté pensarás en mí y yo haré lo mismo, recordarás la insulsa caminata de mi mano, la desesperante espera en alguna fila que dejó de importarte por estar acompañado. Sonreirás en medio de la calle como un tonto, te contendrás y volverás a tus aburridos cabales. Te perderás y extrañarás mi mano, como si te hubiese acompañado desde siempre, como si en verdad la conocieras. Sin pensarlo estarás llamando a mi puerta, no para pedir asilo sino para ofrecerlo, y me quedaré en ti por esa noche, sin miedos y sin lujuria, sólo en ti y en la mitad de tu pecho que me sobra para dormir en calma.
Despertaré sonriendo y con un mensaje a punto, con olores a pretextos disfrazados de disculpa. No ocuparemos la primera mesa.