lunes, 12 de enero de 2015

Contagio

El mundo rebosa en intolerancia. Resulta más fácil defender las causas de rechazo a las libertades que, distinto a lo que piensan, contra nada atentan.
Los gobiernos atropellan pueblos, garantías individuales y del colectivo, se mofan y pasean indiferentes mientras viven del recurso público.
Éstas no son, ni serán, motivaciones suficientes para marchar por las calles.
Las armas se toman cuando los lápices hieren, con verdades, con mentiras, con la poca o mucha intolerancia que sólo refleja nuestra incapacidad de aceptar los ideales, las creencias y vivencias que difieren de las nuestras. Romper el molde en el que fuimos formados nos parece un ataque directo a las "verdades absolutas" y a los caminos trazados para ser seguidos sin efugio alguno.
Mi formación católica me permitió aprender de valores y de mandamientos, tanto nuevos como viejos. De todo lo visto, oído y vivido me quedó claro que el amar al otro como a uno mismo era el resumen de esa educación, y que ésta era además una fórmula sin falla. Dicha fórmula no incluía especificación alguna que dijese "aplicar únicamente a: cristianos, heterosexuales... (Inserte aquí el término que mejor le parezca)". Me enseñaron el amor y el respeto que no tienen restricciones.
Así pues, resulta fácil cubrirse las bocas para pedir que deje de cumplimentarse una resolución judicial que busca amparar y proteger. El gesto, la imagen y el objeto indican enfermedad, contagio y prevención. Hoy me queda claro que el enfermo es aquel que porta un cubre bocas, está enfermo de coraje, de intolerancia, de represión y de ignorancia. Les agradezco por impedir su contagio, porque lo suyo, como urticaria, me llena de vergüenza, de pasado. Nuestra mejor medicina será el educarnos, aceptarnos y defender las libertades de uno como si fuese la de todos.

Nadie cuestiona la legalidad de las guerras, pero un acto de amor viene a mover las "conciencias" de los eternos dormidos.