Voy a escribirte por el placer de
hacerlo, por el simple tiempo muerto y las ganas de alejar a los cánceres de
las palabras no dichas.
Te canso, me cansas. No soy y no
fuiste… no eres. Y aun no siendo me impacientan tus reacciones, me exasperas tú
y tus fastidiosas maneras. Maneras de no ser y de no decir, de cambiar y de
tratar de tan diferentes formas a los distintos.
Creo que además de cansancio y
hartazgo, lo tuyo es alergia a mis rarezas y a las implicaciones de mi persona.
No te culpo, me pasa lo mismo.
Dejar algo en el otro es siempre
una condición e implicación de las relaciones en las que me involucro y que no
ha ocurrido en ésta. Vamos pues aclarando el significado o la connotación de la
palabra “relación” en lo que se refiere a nosotros: “relación” entendida como
simple interacción entre dos seres, de preferencia humanos, sin más ni más.
Escribiría interacción para sustituir los miedos a los imaginarios lazos que en
ocasiones nos hacen salir corriendo, pero sería alimentar las manías que no
habrán de abandonarnos y que yo decido abandonar de cuando en cuando.
Me voy ya, pero no puedo
separarme de la costumbre que, a costa de repetición, me inculcó mi madre y que
es la de dar gracias. Gracias por los tiempos gratos y por el apoyo en los
momentos rudos, por la honestidad y la saludable distancia. Me hubiese gustado hacer
más, dejar más, pero (como te dije alguna vez) no se debe obligar lo natural
cuando no es deseado porque se pierde lo genuino.
No acostumbro escribirle a
extraños pero hago una excepción, como todo contigo. Excepción a hablarte, a
que perdure una amistad a pesar de la distancia, a enseñarte y que me enseñes,
a ensalzar rarezas y a deshacer viejos demonios. Nada de eso.
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