Cuando más lejano parecía encontrarlo, llegó una tarde. Una tarde de manchones rojos, amarillos y morados, con sus respectivos medios como los que no me gustan. El cielo se puso guapo, como tú. Apareció con cara de sonrisa grande y agujeros hondos, te encontré en uno, dos, tres y cuatro abrazos, pequeños y grandes. Me supiste a risa, a grito, a baile. Me supiste a todo. El corazón brinca para avisar algo, creo que te está anunciando.
Me senté, escuché los ruidos volviéndose música, esa que no
entiendo. Me puse de pie y llené de tierra a los que me sostienen, y bailaron
sin sentir vergüenza. Vi hasta el fondo de ojos brillantes, me perdí, encontré
pieles quemadas por esos manchones que adornan arriba. Me encontré. Y así
muchas veces.
Te sentí, nos entendimos, me quedé ahí. Te escuché y me
despertaste, había que dejarte. No existe motivo para abandonarte. La razón se
va en los momentos tuyos. ¡Que se largue!