martes, 22 de octubre de 2019

Culiacán el 17


No suelo hacer comentarios contra el gobierno en turno, porque siempre hace falta más construir que destruir. No alcé la voz ni cuando atacaron al gremio al que pertenezco.
¿Qué pasó ayer, Señor Presidente? ¿Cómo le explica a la niñez que vivimos en un país en el que debemos poner “pecho a tierra” para continuar con vida? ¿Cómo le explica al país que usted también está “pecho a tierra”?
¿La vida de los ciudadanos está por encima de la captura de cualquier delincuente? Es correcto. Lo que no es correcto es iniciar un operativo improvisado e incapaz de concluirse ante un gobierno incompetente, porque además de confirmarlo, le estamos gritando al mundo que lo somos. No fue un error liberarlo, fue un error capturarlo en primera instancia.
No se rinde una declaración diciendo que se trató de un hecho fortuito, para disculparse con el narco.
Se habla de frente y con verdad, como ha venido pregonando. Se hace y se intenta en la medida de las posibilidades, porque a los soñadores también nos pegan las realidades. Como ayer.
Hoy me apena la situación de seguridad nacional, las manos dobladas y el pueblo igual de errante que siempre, ante la incertidumbre.
No es el patio de mi casa el que está en llamas, ni mi familia se encuentra rendida en el suelo, pero duele igual, avergüenza lo mismo y evidencia mucho más.

viernes, 26 de julio de 2019

El día que llegó Claudio.

La madrugada del 16 de julio, con un par de horas de sueño, me dirigía al Hospital Sharp Mary Birch, la luna estaba escondida entre algunas nubes del, aún, oscuro cielo. La autopista 163 se cubría de neblina y de pronto aparecían un par de luces rojas, mientras en la radio sonaba Missed Connection. Yo, sentada en la parte delantera del carro era devorada por los nervios del procedimiento, más que por la bienvenida que me seguía pareciendo tan lejana.
Me recibieron, escucharon tu corazón y midieron tus ganas de llegar a este mundo con un par de cinturones. Te escuchabas bonito, tranquilo y trabajando poco a poco por salir de mí, sin embargo, la fecha ya había sido pactada para que salieras de las entrañas por el abdomen. A las 7:45 entraba con una bata verde y un gorro gracioso al quirófano. Bonita ropa de gala para conocerte.
El tiempo pasó rápido y a la vez lento, el lugar se llenó de gente hablando en el otro idioma que me daba lo mismo, porque pasaban mil cosas por mi cabeza.
A las 8:05 se escuchó “circular de cordón al cuello” y un grito que llenó tus pulmones de aire, algo en mí debió morir para que naciera todo lo que en ese instante sentí. No podía parar de llorar, y yo no soy, no era así. Nací contigo en ese momento. Nacimos, hijo. Te acercaron a mi cuerpo y no quería soltarte, te respiré sin poder olerte y ahí entendí que no había vuelta atrás. Invadieron tu espacio limpiando tu cuerpo completamente nuevo, te calentaron y colocaron un gorro que cubría tu cabeza repleta de cabello, sacaron números de ti y finalmente nos dejaron descansar a uno en el otro. Tu venías de recorrer el camino hasta mí, yo ya no sabía ni de dónde era.
El dolor de los próximos días vendría a atenuarse cada tres horas con el contacto piel con piel, con tu boca aprendiendo a encontrarme como fuente de alimento, con mis manos aprendiendo a sostenerte y deslizar el líquido amarillo que moría por regalarte. Nos fuimos enseñando poco a poco, sin desesperarnos, con una prisa en calma. Me alimentaste el alma, mientras yo intenté nutrir tu cuerpo. Lo vamos haciendo bien.
En unas horas me conocí madre, tierna, capaz de pronunciar palabras de amor sin importarme la gente, te besé tanto, te dije tanto, me vi en tu cara y me sentí capaz de todo por ti que recién llegabas. Voy a enseñarte el mundo, voy a darte las versiones de mí que aún no conozco, quiero devolverte un poco de lo que ese día tú me entregaste.

domingo, 2 de junio de 2019

Algunas de mis verdades sobre el embarazo.


Hoy subía a redes sociales un cúmulo de fotos que habrán de representar el amor con que he esperado la llegada de Claudio a este mundo.
Sin embargo, es justo venir a decir algunas verdades sobre esta travesía que a penas suma 33 semanas.
Antes de pasar por esta etapa escuchamos, tantas veces y hasta el cansancio, que es una fase hermosa, llena de felicidad y buenos momentos, que tarde o temprano habrás de extrañar estar embarazada.
Tengo que confesar que éste no ha sido mi caso, que cada semana ha venido llena de sorpresas poco gratas, que desde el momento en que me enteré de la noticia me llené de incertidumbre y miedos; que las pérdidas recurrentes traen consigo una serie de factores a tomar en cuenta y que impiden disfrutar de una noticia a la que no puedes ponerle fecha de caducidad cierta. Es recibir un regalo que puede ser arrebatado en cualquier momento.
Los elevados  niveles hormonales que te hacen sospechar de todo, que se apoderan en forma de náusea constante de tu cuerpo, los sedantes para contrarrestarla que terminan por anularte del día a día. La ausencia de ti por perderte en desagradables síntomas que desaparecen para dar la bienvenida a otros. La falta de aire en etapas tempranas, que parece inexplicable, el peso de las piernas que semejan haberse cubierto de algunos kilos de cemento, los músculos que han decidido despertarte cada noche con calambres interminables, desconocidos y dolorosos.
Aparecen, con el tiempo, nuevos enemigos, el cansancio, el dolor de espalda que camina recorriendo cada terminación nerviosa hasta los dedos del pie, la insuficiencia venosa, la elección de cada día entre el hambre y la disnea, las nulas visitas al baño, la hermosa habilidad de tirar cualquier objeto que circule entre tus manos, la incapacidad de conciliar el sueño, las 4 almohadas cómplices del instalado insomnio. Las ganas de ver al pequeño crecer y el temor interminable de un cuerpo marcado para siempre, la incertidumbre de poder volver al peso previo.
De pronto te ves con una pierna en la pared del baño para intentar rasurarte y descubres que es la más grande hazaña.
La depresión de la que nadie habla, pero que existe pre, durante y posparto. La soledad que puede palparse a pesar de cierta compañía. La necesidad afectiva creciente que se apodera de tu cuerpo y te arrebata la, poca o mucha, independencia que conoces. El sentimiento de incompetencia para las tareas más básicas, el cansancio permanente y el balanceo interminable de caderas en la búsqueda de un centro de gravedad desconocido. La anemia incontrolable, la dislipidemia, los multivitamínicos insuficientes, el temor a las patologías ya conocidas, el llanto diario y el carácter insufrible que pretende expresar lo anteriormente dicho.
No me malentiendas, no todo ha sido tan malo, el primer latido, la primera patada y la primera danza que me ha regalado han sido, por mucho, una experiencia nueva con toques milagrosos que me dan certezas en la vida. Las reacciones a mi voz y a mis canciones pésimas me han recordado cuánto se puede amar sin haber conocido, tocado o visto a quien viene en camino, me ha arrebatado toques de rudeza y regalado algunos de ternura que desconocía.
No todo ha sido tan malo, pero tampoco ha sido fácil, cada día representa una batalla bien o mal ganada.