Hoy subía a redes sociales un cúmulo de fotos que habrán de
representar el amor con que he esperado la llegada de Claudio a este mundo.
Sin embargo, es justo venir a decir algunas verdades sobre
esta travesía que a penas suma 33 semanas.
Antes de pasar por esta etapa escuchamos, tantas veces y
hasta el cansancio, que es una fase hermosa, llena de felicidad y buenos
momentos, que tarde o temprano habrás de extrañar estar embarazada.
Tengo que confesar que éste no ha sido mi caso, que cada
semana ha venido llena de sorpresas poco gratas, que desde el momento en que me
enteré de la noticia me llené de incertidumbre y miedos; que las pérdidas
recurrentes traen consigo una serie de factores a tomar en cuenta y que impiden
disfrutar de una noticia a la que no puedes ponerle fecha de caducidad cierta.
Es recibir un regalo que puede ser arrebatado en cualquier momento.
Los elevados niveles
hormonales que te hacen sospechar de todo, que se apoderan en forma de náusea
constante de tu cuerpo, los sedantes para contrarrestarla que terminan por
anularte del día a día. La ausencia de ti por perderte en desagradables
síntomas que desaparecen para dar la bienvenida a otros. La falta de aire en
etapas tempranas, que parece inexplicable, el peso de las piernas que semejan haberse
cubierto de algunos kilos de cemento, los músculos que han decidido despertarte
cada noche con calambres interminables, desconocidos y dolorosos.
Aparecen, con el tiempo, nuevos enemigos, el cansancio, el
dolor de espalda que camina recorriendo cada terminación nerviosa hasta los
dedos del pie, la insuficiencia venosa, la elección de cada día entre el hambre
y la disnea, las nulas visitas al baño, la hermosa habilidad de tirar cualquier
objeto que circule entre tus manos, la incapacidad de conciliar el sueño, las 4
almohadas cómplices del instalado insomnio. Las ganas de ver al pequeño crecer
y el temor interminable de un cuerpo marcado para siempre, la incertidumbre de
poder volver al peso previo.
De pronto te ves con una pierna en la pared del baño para
intentar rasurarte y descubres que es la más grande hazaña.
La depresión de la que nadie habla, pero que existe pre,
durante y posparto. La soledad que puede palparse a pesar de cierta compañía. La
necesidad afectiva creciente que se apodera de tu cuerpo y te arrebata la, poca
o mucha, independencia que conoces. El sentimiento de incompetencia para las
tareas más básicas, el cansancio permanente y el balanceo interminable de
caderas en la búsqueda de un centro de gravedad desconocido. La anemia incontrolable,
la dislipidemia, los multivitamínicos insuficientes, el temor a las patologías
ya conocidas, el llanto diario y el carácter insufrible que pretende expresar
lo anteriormente dicho.
No me malentiendas, no todo ha sido tan malo, el primer
latido, la primera patada y la primera danza que me ha regalado han sido, por
mucho, una experiencia nueva con toques milagrosos que me dan certezas en la
vida. Las reacciones a mi voz y a mis canciones pésimas me han recordado cuánto
se puede amar sin haber conocido, tocado o visto a quien viene en camino, me ha
arrebatado toques de rudeza y regalado algunos de ternura que desconocía.
No todo ha sido tan malo, pero tampoco ha sido fácil, cada
día representa una batalla bien o mal ganada.
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