domingo, 2 de junio de 2019

Algunas de mis verdades sobre el embarazo.


Hoy subía a redes sociales un cúmulo de fotos que habrán de representar el amor con que he esperado la llegada de Claudio a este mundo.
Sin embargo, es justo venir a decir algunas verdades sobre esta travesía que a penas suma 33 semanas.
Antes de pasar por esta etapa escuchamos, tantas veces y hasta el cansancio, que es una fase hermosa, llena de felicidad y buenos momentos, que tarde o temprano habrás de extrañar estar embarazada.
Tengo que confesar que éste no ha sido mi caso, que cada semana ha venido llena de sorpresas poco gratas, que desde el momento en que me enteré de la noticia me llené de incertidumbre y miedos; que las pérdidas recurrentes traen consigo una serie de factores a tomar en cuenta y que impiden disfrutar de una noticia a la que no puedes ponerle fecha de caducidad cierta. Es recibir un regalo que puede ser arrebatado en cualquier momento.
Los elevados  niveles hormonales que te hacen sospechar de todo, que se apoderan en forma de náusea constante de tu cuerpo, los sedantes para contrarrestarla que terminan por anularte del día a día. La ausencia de ti por perderte en desagradables síntomas que desaparecen para dar la bienvenida a otros. La falta de aire en etapas tempranas, que parece inexplicable, el peso de las piernas que semejan haberse cubierto de algunos kilos de cemento, los músculos que han decidido despertarte cada noche con calambres interminables, desconocidos y dolorosos.
Aparecen, con el tiempo, nuevos enemigos, el cansancio, el dolor de espalda que camina recorriendo cada terminación nerviosa hasta los dedos del pie, la insuficiencia venosa, la elección de cada día entre el hambre y la disnea, las nulas visitas al baño, la hermosa habilidad de tirar cualquier objeto que circule entre tus manos, la incapacidad de conciliar el sueño, las 4 almohadas cómplices del instalado insomnio. Las ganas de ver al pequeño crecer y el temor interminable de un cuerpo marcado para siempre, la incertidumbre de poder volver al peso previo.
De pronto te ves con una pierna en la pared del baño para intentar rasurarte y descubres que es la más grande hazaña.
La depresión de la que nadie habla, pero que existe pre, durante y posparto. La soledad que puede palparse a pesar de cierta compañía. La necesidad afectiva creciente que se apodera de tu cuerpo y te arrebata la, poca o mucha, independencia que conoces. El sentimiento de incompetencia para las tareas más básicas, el cansancio permanente y el balanceo interminable de caderas en la búsqueda de un centro de gravedad desconocido. La anemia incontrolable, la dislipidemia, los multivitamínicos insuficientes, el temor a las patologías ya conocidas, el llanto diario y el carácter insufrible que pretende expresar lo anteriormente dicho.
No me malentiendas, no todo ha sido tan malo, el primer latido, la primera patada y la primera danza que me ha regalado han sido, por mucho, una experiencia nueva con toques milagrosos que me dan certezas en la vida. Las reacciones a mi voz y a mis canciones pésimas me han recordado cuánto se puede amar sin haber conocido, tocado o visto a quien viene en camino, me ha arrebatado toques de rudeza y regalado algunos de ternura que desconocía.
No todo ha sido tan malo, pero tampoco ha sido fácil, cada día representa una batalla bien o mal ganada.

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