Constantemente leo la frase “Gracias por elegirnos para ser tus papás,” y les tengo noticias: Los hijos no nos eligen. No me malinterpreten, ojalá pudiéramos hacerlo, porque tal vez, en ocasiones, habría resultados menos catastróficos. Incluso, tal vez muchos elegiríamos no nacer, pero aquí estamos.
Los hijos no nos eligen, así como nosotros no hemos elegido a nuestros padres, pero he tenido la fortuna de que los míos no me botaran en la basura, me alimentaran y me educaran. Los hijos no nos eligen, pero las milagrosas coincidencias de dos materiales genéticos que se unieron en el exacto momento me permitieron pasar esta noche abrazando a Claudio.
Claudio, que con sus 5 años me enseña más cada día de lo que la escuela ha podido enseñarme en años. Claudio que me hace todas las preguntas que para mí no tuvieron respuesta. Gracias a Google y a mi interés por descubrir el mundo otra vez a través de sus ojos, que nos permiten responder a esos cuestionamientos que yo, en algún punto, dejé de lado porque no fueron importantes.
Claudio me muestra la encía superior cuando sonríe y yo quiero que se congele el mundo para poder capturarlo. Me parece el detalle más tierno y sincero de felicidad que me puede regalar su rostro. Si él supiera que, a los 12, mi encía al sonreír encabezaba mi lista de inseguridades. Él crecerá sabiendo que no hay nada más hermoso y valioso que las personas que son reales. Que no hay perfecciones o imperfecciones, sino momentos y detalles únicos que se quedan y marcan la vida de alguien.
Claudio ha marcado mi vida. No solo desde la cicatriz que llevo en mi vientre, sino desde las renuncias y compromisos que representa. Desde que aterrizó en este mundo, invadió todos mis espacios, incluso llegué a perderme y no reconocerme por un par de años. Después recogí las piezas y transformé la que había sido en otra yo, que inevitablemente debía dejar atrás el egoísmo de vivir para mí y sólo para mí.
Claudio se ha convertido en una extensión de mí, con voluntad y anhelos propios. Me ha regalado un amor sin dudas, estable y de muchas certezas. Yo en cambio, he mutado un millón de veces para adaptarme y poder ser algo cercano a la mamá que él se merece, pero sin abandonarme. No siempre lo logro. Nunca había tenido tantos miedos, nunca me había puesto tan seria con lo de traer estabilidad a una casa, con la vivienda, los alimentos, el trabajo, la escuela, los cuidados. Nunca había tenido que dividir la cabeza entre la provisión básica y el juego y la risa. La vida se ha puesto seria y divertida desde que llegó Claudio.
A veces me pregunto si es que habrá de acordarse de estos años, de los que hemos pasado juntos como equipo que se ríe y riñe durante el día y se reconcilia todas las noches con un beso. Si habrá de recordar que fue un niño corriendo por los lugares que yo nunca soñaba, ni al ser adulta. Ayer se lo pregunté y su respuesta fue un sí tan breve que se convirtió en pregunta sobre una nuez y una ardilla. Claudio me recuerda que eso es lo importante. El hoy, la ardilla, la nuez, la hoja que cruje ahora mismo mientras caminamos. Estamos aquí hoy, y es en este momento en que el aire frío nos toca la cara y me veo obligada a sacar un pañuelo para sonar su nariz que se ha puesto roja. Tal vez después no vuelva yo a tomar el patín para descender una colina, mientras él grita y corre tras de mí con su casco, pero hoy estamos aquí y lo estamos haciendo. Hoy soy afortunada.
Lo de romantizar la maternidad me parece también un engaño. Mi consejo a quien pregunta es “no lo hagas”, porque la vida se pone difícil, porque si eres consciente de lo que representa sabrás que cada palabra que emitas y acción ejecutada está siendo observada. Porque te está siendo otorgada la responsabilidad de regalarle el amor, la seguridad, los valores, el camino, las fortalezas y debilidades, a un ser humano nuevo, y debes aprender a hacerlo en la justa medida.
Nuestros padres lo intentaron desde sus posibilidades y priorizaron aquello que a ellos les hizo falta. Si vienes de la generación que yo vengo, probablemente proveer una vida mejor a la que ellos tuvieron fue prioritario. Vienes de esa generación que al leer lo que escribo, negará los hechos y me mandará a trapear para que se me quite lo traumada. No puedo negar que me da risa, pero es cercano a lo que vivimos y ahora evitamos.
Me esfuerzo tanto por decirle a Claudio que su corazón bueno es la mejor de sus cualidades, que puede pintar, bailar, practicar Tae Kwon Do, cantar, cocinar, sumar y equivocarse y está bien hacerlo. Le regalo la confianza que a la Claudia niña le hizo falta. Le susurro al oído mientras duerme que aquí estoy para ayudarle con lo que venga y que no existe nada en este mundo que pueda hacerme dejar de amarlo. Quiero que Claudio crezca sabiendo que las historias de padres que dejan de hablar a sus hijos por tomar decisiones que ellos no tomarían, no tienen cabida en nuestros mundos. Quiero que Claudio sepa que nuestras puertas están abiertas para aquellos a quienes les han sido cerradas. Quiero que Claudio crezca en el amor y también en la fe que me fue inculcada.
Sin embargo, la realidad también nos da de cachetadas, cuando me encuentro en un parque lleno de niños cuya formación no es la misma y cuya vida tal vez ha sido más dura. Entonces me pregunto si he estado preparando a Claudio para un mundo que no existe. Yo, que por tanto tiempo dije que quería cambiar este mundo y me di cuenta de que solo podemos transformar alguna vida. Le dejo al mundo un pequeño ser humano con un corazón noble, pero no sé cómo pedirle que le devuelva lo mismo. Entonces, el ciclo del equilibrio empieza y comienzo a forjarle las seguridades y la capacidad de defenderse. La maternidad es una tarea de tiempo completo, mal valorada, transformadora y también sanadora.
No puedo entender que el amor y la ternura que Claudio me despierta cada día no haya sido yo, o algún otro niño, capaz de despertarla en sus padres. Ojalá un día Claudio sepa y sienta lo orgullosa que me siento, que entienda que mi amor es sin duda, sin condiciones. Que sepa que veo y amo en él aquello que en mí fueron inseguridades y que espero que él pueda amarlas. Que sepa que soy consciente de que los hijos no eligen a sus padres, pero aplaudo la fortuna de que sea él quien ahora me muestra el mundo.

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