A veces el corazón quiere salir corriendo en las mañanas y se acelera, pero no logra traspasarme. Ya es Marzo, ya empecé el tercer libro del año, ya he llorado lo que tocaba al dos mil once, ya he reído hasta llorar y he hecho más de dos nuevos amigos, de los verdaderos.
Hoy el seminario que imaginé sería de journalism, terminó siendo de journaling, que no es lo mismo. Ahí estaba Innocent con la cabeza gacha, pensando, después de la orden de la monja, debíamos escribir nuestras sensaciones buenas y malas. Le molestó la actitud del muchacho, pacientemente le pidió que se aplicase en la actividad y que comenzara a escribir algo. Él, con la sonrisa calma dijo que no quería escribirlo, que no quería plasmarlo. A la hora de compartir, la mirada le apuntó directamente a él, confesó sentirse triste al ver a niños recibiendo a su madre, que perdió a la suya a los cuatro. El silencio se apareció en la sala y algún comentario lo apartó de vuelta. Ahora le entiendo la cara, el tacto y la historia. Y yo con mi madre allá lejos y cuando la tuve cerca se me olvidó el abrazarle, esta mañana lo hice, deseando lo haya notado.
De repente una lluvia de historias y casos particulares, como el pequeño Pascal con la madre enferma y el padre alimentándolo con vino de palma, como aquel sueño de una muerte en el caso de una religiosa, como mi historia y la de Andrea.
Paula aparece, se escapa. En la comida la discusión familiar sube de tono, que si reformamos la Iglesia, que si la sociedad está en picada. Aparece luego Borja, con el cansancio cargando, el hospital y aquel pingüino le han dejado exhausto. Paula encerrada allá arriba y el compartir de la tarde.
La caminata nos lleva de vuelta al internado tétrico que se esconde entre un camino arbolado, entre los campos de no sé qué cosas que se cultivan. Les enseñamos el lugar a los españolitos (si Borja leyera esto me mataría), entramos sin más permiso, los niños jugaban en el patio una especie de tenis con pelota de futbol, otros corría en torno a los corrales. Nos perdimos entre las pancitas grandes, les veo las caras chorreadas, más tiña en las cabecitas desnudas, sus cuerpos están descuidados y el desarreglo de siempre. Están detrás de mí, volteo para sorprenderles, les asusto, salen corriendo y al poco tiempo tocan mi espalda de nueva cuenta. Mis Tontadas van siempre con “t” mayúscula y a los niños les hace la gracia de algún circo o de al menos un payaso. Corro detrás de ellos, les hago una cosquilla en la panza, gritan y bailo como aquel personaje de los calcetines blancos. Les urge el juego y la atención de alguien, me veo en ellos. Me piden que formemos un círculo y me enseñan aquel baile, termino contoneándome en el centro y los chaparros pasándola en grande.
La vuelta a casa, el recuento, un baño, la oración, la cena y la luz como siempre ausentándose en silencio.
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