Mientras anoche el momento tenso me llevó a terminar sobre el pedazo de madera, descalza, entre velas y con movimientos Yoguezcos, Andrea y Borja me veían intrigados. Hoy me puse en pie, ya no es mecánico. Me coloqué la chamarra que había dejado reposando en aquella silla frente a la ventana, me coloqué el gorro sobre la cabeza, mientras imaginaba algún insecto extraño. Qué poderosa es la mente, un animalejo ya me recorría la orilla de la frente, lo sacudí y le quité la vida.
Aquel pasillo oscuro, oraciones, baño y desayuno, así es aquí la vida. Un buen amigo me dijo al enterarse de mi venida, que la aventura no cuesta, que es la rutina la que te carga la vida. Ahora puedo decirle que hay algo más complejo que la rutina en casa, y eso es la rutina en algún lugar lejano.
Mi casa se traslada hasta Bamenda, les veo a los cuatro en aquel sillón debajo del cuadro, el que está a la entrada de la casa, me dan algún tipo de reanimación más cardio que pulmonar.
Las clases en Starlight siempre traen algo bonito, hoy vimos que estamos hechos para algo grande. Los niños hablan de personajes conocidos, que desconozco y yo de los conocidos, que desconocen. Jugamos, cantaron, bailamos y también reímos. Es una pena que la hora termine tan pronto. Caminamos por el pasto aún húmedo, puedo sentir el agua mojándome los pies.
Estamos de vuelta en casa, trabajar frente a una pantalla se vuelve más tedioso que otra cosa, aun cuando lo único que escribo son artículos de aquella convención a favor de la niñez. Giro en la banca, no me encuentro y me acomodo. Los niños de la escuela rodeándote para tocarte, siempre te despiertan el sentido. Veo a la maestra en aquel salón sirviendo el arroz de una olla grande, en el platón de cada niño, se les ve a todos sonrientes.
La comida tranquila, nos disponemos apenas al acomodo cuando Paula aparece a contarnos de su día, hoy ha perdido el conocimiento, mientras acompañaba a Borja en una curación en el hospital de aquel día. Nos hemos reído una y otra vez de la recreación de la escena. Caminamos las tres juntas recorriendo los caminos conocidos, hablando de la vida y contándonos historias de aquellas que no se olvidan.
Borja aparece en el cuarto, vamos con destino a la capilla, la misa vespertina del padre Emilio tiene siempre garantía de buena, como la del cine. Cuenta el Evangelio como un cuento, con entonación y movimientos, a media Homilía le brotan palabras como: “ashia, cachilaporra, achacalamaña” esas que nos sacan la risa a los cuatro de la banca trasera de la izquierda. Todos se voltean a vernos, que le vean a él que es el bueno.
El comedor se adorna con velas, dicen que la cena es buena, la compañía lo es. Fidelis está como derrotado en la mesa, tiene el brazo en ella y la cabeza descansando en él. A todos les asfixian unos días y otros. Celestine continúa su plan de hacerme brujería, Wilfred con la panza grande y Kisito está enseñándome los dientes.
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