sábado, 23 de julio de 2016

No sé

Yo no sabía hablar, ese día no sabía caminar, ni levantarme de la cama.
Olvidé cómo es que uno se pone de pie y toma una ducha, cómo se cambia la ropa con olor a noche y a días de calor entre cobijas.
Yo no sabía comer, ni respirar de manera adecuada. Se me acabó el automatismo persistente.
Me olvidé de sonreír y procurar el bienestar de los míos.
Ese día no sabía más que el camino de la cama al sillón y del sillón a la cama, sin zapatos, con un calcetín que aumentó de talla mientras yo dormía.
No sé de ti, no sé de mí. Ese día no me encuentro en ningún lado. Abro y cierro la puerta del refrigerador como buscándome. No hay nada atractivo ahí dentro, tal vez por eso espero encontrarme.
No siento frío o calor suficiente, no veo bien, tampoco mal.
Esos días no existe un mundo fuera de mi casa, no existe casa. No llega ningún abrazo. Dios está ahí y yo me encargo de pintarlo transparente, me habla, y bajo su volumen mientras le ruego que se manifieste en alguna o en todas las formas.

Estos días el café me sabe a medicina, la noche me sabe a inconstantes momentos de intentar dormir, de no mojar la almohada, noche de intentos fallidos. Mañana de intentar levantarme y a la vez desear seguir durmiendo. El sueño anestesia, el sueño es digno de ser amado, es grato compañero en cada minuto en que se aparece. A veces llega para quedarse por largas horas o todo un día. Otras veces, pasan los días y no recuerda cómo llegar hasta mi cuarto, no me conoce o se le olvido.

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