El lunes en la mañana mi preocupación más grande fue salir,
de madrugada, con mis tenis blancos recién lavados, caminar entre los charcos
con cuidado y que pasara un carro a un lado, pintándome cual lienzo todo el
uniforme.
El martes fue distinto, temprano una enfermera entraba al
consultorio diciendo que a las 11 sonaría una alarma para hacer el simulacro,
que no nos asustáramos.
Así fue, caminamos con calma hasta las zonas asignadas,
entre risas y aburrimiento esperando a ser contados.
Dos horas más tarde abandonaría el consultorio para
dirigirme al aula, llegó antes una sacudida que la doctora a cargo, salimos
entre tropiezos, sin ser posible llegar a la zona “segura”. Los árboles se
escuchan soltando sus hojas por todos lados, el edificio cruje discretamente,
la gente me pareciera en silencio. Tomo mi teléfono en medio de los movimientos
para avisar a papá que estoy bien y así evitarle un segundo infarto. Me da
miedo que las líneas se saturen y las noticias le lleguen antes por otras
fuentes.
Pasado esto, nos dirigimos a zona segura, donde estaban ya
decenas o centenas de pacientes, es el psiquiátrico infantil donde me
encuentro. Todos estamos en calma.
Unos treinta minutos después nos dirigimos a tomar nuestras
cosas y la doctora a cargo de la clase pendiente, aparece, se presenta y señala
que qué mejor que dar una breve introducción de la clase, para calmar los
nervios. Me molesto. A ella le impide seguir su clase la ausencia de luz.
Después de veinte o treinta minutos adentro del aula y con la mente en
cualquier otro lado, salimos. Al mismo edificio ya le clausuraban algunas áreas
dañadas. Protección civil estaba en todas partes.
Salí caminando entre la zona de hospitales, podía ver
pedazos de cemento desquebrajado en el suelo, camas con enfermos, doctores,
enfermeros, pacientes, una especie de sala de espera improvisada a mitad de la
calle, los carros detenidos y algunos abrazados.
Llego a periférico, y me doy cuenta que será imposible
llegar a casa en transporte público, camino por hora y media, entre edificios
inservibles y personas llorando, transformadores, árboles y focos a mitad de la
calle. La gente que logra avanzar entre el flujo casi detenido de los carros,
se orilla para llevar familias, me despierta la esperanza. En el camino una muchacha
se detiene a cortar una especie de flor de manzanilla en medio del caos, le
devuelve la esperanza.
Pinturas, materiales, concreto hay un poco de todo en el
suelo.
Llego finalmente a casa, donde Juan (el portero) me recibe
con una sonrisa, dice que se le cayó su tele, pero que el edificio parece estar
en buenas condiciones.
No hay luz y las llaves de gas han sido cerradas, estoy
exhausta. Duermo como evadiendo el caos.
Un par de horas después las sirenas continúan sonando, no
hay luz, ni semáforos que controlen vialidades. Preparo una mochila con lo
necesario, me encuentro en la cocina preparando un arroz a oscuras como si nada
pasara, me doy un baño y salimos a la calle a ofrecer manos.
La falta de luz, de líneas telefónicas y de un radio nos
mantienen aislados, no podemos saber qué es lo que está pasando. Un mensaje que
entra de manera esporádica nos advierte que una escuela se ha derrumbado muy
cerca de casa. Salimos para allá, en el camino voluntarios dirigen el tráfico,
el centro comercial a la vuelta también se ha colapsado, todo está cerrado, hay
largas filas por afuera de las tiendas para conseguir algo, nos dirigen a la
escuela donde el paso está cerrado. Hay demasiadas manos, se necesitan
materiales en aquel lugar, un lazo cuelga de una calle a otra con nombres de
niños que están y que no encuentran.
Cientos de policías en el lugar, resguardando. Nos dicen que
en el TEC de Monterrey falta ayuda, salimos a bordo de una patrulla. En el
camino pienso en todo y en nada, mientras mis ojos se pierden en el 17372
pintando en el techo del pick up en el que voy trepada. Imagino que los jóvenes
que vamos arriba, en alguna marcha fuimos contrincantes de los que manejan, y
era ése el peor lugar para estar ubicados. Este día no hay bandos.
El TEC está cerrado de manera hermética, los padres suplican
les den informes de sus hijos desaparecidos, mientras una cartulina dice ¨No
hay alumnos en el campus, se fueron a Disney¨, al lado decenas de hojas con
nombres de personas ubicadas, en hospitales o en casa, otras con la leyenda ¨te
buscamos¨.
No entran personas, sólo máquinas, parece que un puente que
comunicaba dos edificios se ha caído.
Motociclistas y muchachos están listos, desesperados por
ayudar en algo.
Nos dicen, nuevamente, que hace falta ayuda en la escuela aquella,
entre Miramontes y Brujas, caminamos. Un pick up que maneja entre la calle va
gritando ¨con dirección vaqueritos¨, nos subimos.
Después de otra caminata y de numerosas maniobras,
colándonos entre víveres, gasolina, cascos, palas y federales con la orden de
¨nadie pasa¨, hemos logrado llegar al lugar de los hechos.
El techo está en el suelo, no se sabe a ciencia cierta de
cuántos pisos era ese edificio. Rescatistas caminan encima de los escombros.
Hay reflectores ayudando las labores, las plantas de energía hacen los ruidos
habituales, desde el techo de otro edificio los marinos coordinan las acciones.
Hay una carpa o dos, con focos que cuelgan de diversos
lugares, debajo personal médico con guantes listos para el siguiente rescate,
cobijas improvisando camas de atención, es como una película de guerra.
Soluciones, bolsas de ambú, tanques de oxígeno y materiales por todos lados.
Está la marina, la policía federal y el ejército. Este día
les he admirado. Hay perros con pecheras de rescate, esperando recibir señales.
Hay voluntarios por todos lados. Se empiezan a elevar los
puños en el aire, es la señal de silencio, estén atentos, alguien saldrá de los
escombros.
Una sábana le cubre el cuerpo entero, el grupo 6 la revisa,
ya no hay signos, se hace el silencio. Pasa junto a mí el cuerpo cubierto,
logro apenas ver un brazo. Algo me empieza a colocar en mi lugar.
Pasan las horas o minutos, no sé, parecieran años. Gritan
constantemente ¨una maestra¨, automáticamente aquella señora de cabello
agarrado y de jorongo rojo, corre hacia la zona de rescate, siempre regresa con
el rostro desencajado, pero entera. Le exigen fotografías del edificio previo
al terremoto. No las tiene. ¿Quién las tendría?
Sacan a rescatistas pidiendo algunos disparos de salbutamol,
un soldado cuyo uniforme es más café que verde y le colocan el oxígeno casi a
la fuerza.
Un par de médicos esposos están ahí desde hace horas y van a
retirarse, se han sentido movimientos y sus hijos están solos y sin luz en
casa. ¿Cuánto amor se necesita para dejar a tus hijos y salir en la búsqueda de
los hijos de otros?
Un rescatista voluntario, de unos 50 años, de complexión
delgada y estatura corta, aparece con su casco y señalando su espalda, mientras
lo vendan… él sonríe, con una sonrisa que no podría ofender a nadie, es una
sonrisa de esperanza que va llena de respeto. Se le ve exhausto. Junto a la
carpa, un pedazo de jardín se cubre con una mesa de ping pong llena de útiles
de niños. El rescatista toma una cobija y se coloca bajo aquella mesa, no quiere
irse, sólo necesita unos minutos de descanso.
El puño arriba y la maestra corriendo, es el turno del
equipo siete. Llega la camilla, de nuevo acompañada de una sábana, esta vez
mucho más pequeña. Es un niño de unos ocho años, puedo verlo en su zapato. Debió
salir a deportes aquel día. Lo dirigen al fondo del patio, donde cuelgan
sábanas, partiendo de una canasta de básquet, entre cuerdas y palos han
construido un fuerte que a cualquier niño le hubiera gustado como parte de
algún juego. Aquí no lo es, es la morgue improvisada, servicios periciales ya
está también en el lugar.
Mi alma está callada, medio muerta. La espera es larga,
dicen que vienen cuatro más, pero pasan las horas y no llegan.
Después de las 3 de la mañana abandonamos el lugar. Ellos
siguen, no han parado. No quiero imaginar ser el padre de algún desaparecido,
no quiero imaginar tanta impotencia.
Camino y pienso como en otro mundo, hay quien no entiende mi
silencio. Ni siquiera quiero hablarlo.
Los días han corrido lento, a veces pareciera sonar la
alerta sísmica sólo en mi mente; la vibración del edificio por algún camión
sobre la avenida, me parece un tormento; las sirenas de ambulancias me
mantienen taquicárdica. Estoy aterrizando, sin entender motivos, pero
rescatando lo bueno de la gente en estos días. Se nos ha olvidado la mierda de
sobrevivir a costa de matar al otro. Ya no es el DF que conozco, ¿cuánto tiempo
tomará volver a la normalidad? No lo sabemos.
Así va la catarsis de estos días, entre silencios y ruidos
ambientales. Pasa de todo acá, cosas buenas y malas. No quiero oír de
políticos, ni desviaciones de fondos. Quiero seguir sabiendo de la gente, al
final de ellos se trata todo.
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