viernes, 26 de julio de 2019

El día que llegó Claudio.

La madrugada del 16 de julio, con un par de horas de sueño, me dirigía al Hospital Sharp Mary Birch, la luna estaba escondida entre algunas nubes del, aún, oscuro cielo. La autopista 163 se cubría de neblina y de pronto aparecían un par de luces rojas, mientras en la radio sonaba Missed Connection. Yo, sentada en la parte delantera del carro era devorada por los nervios del procedimiento, más que por la bienvenida que me seguía pareciendo tan lejana.
Me recibieron, escucharon tu corazón y midieron tus ganas de llegar a este mundo con un par de cinturones. Te escuchabas bonito, tranquilo y trabajando poco a poco por salir de mí, sin embargo, la fecha ya había sido pactada para que salieras de las entrañas por el abdomen. A las 7:45 entraba con una bata verde y un gorro gracioso al quirófano. Bonita ropa de gala para conocerte.
El tiempo pasó rápido y a la vez lento, el lugar se llenó de gente hablando en el otro idioma que me daba lo mismo, porque pasaban mil cosas por mi cabeza.
A las 8:05 se escuchó “circular de cordón al cuello” y un grito que llenó tus pulmones de aire, algo en mí debió morir para que naciera todo lo que en ese instante sentí. No podía parar de llorar, y yo no soy, no era así. Nací contigo en ese momento. Nacimos, hijo. Te acercaron a mi cuerpo y no quería soltarte, te respiré sin poder olerte y ahí entendí que no había vuelta atrás. Invadieron tu espacio limpiando tu cuerpo completamente nuevo, te calentaron y colocaron un gorro que cubría tu cabeza repleta de cabello, sacaron números de ti y finalmente nos dejaron descansar a uno en el otro. Tu venías de recorrer el camino hasta mí, yo ya no sabía ni de dónde era.
El dolor de los próximos días vendría a atenuarse cada tres horas con el contacto piel con piel, con tu boca aprendiendo a encontrarme como fuente de alimento, con mis manos aprendiendo a sostenerte y deslizar el líquido amarillo que moría por regalarte. Nos fuimos enseñando poco a poco, sin desesperarnos, con una prisa en calma. Me alimentaste el alma, mientras yo intenté nutrir tu cuerpo. Lo vamos haciendo bien.
En unas horas me conocí madre, tierna, capaz de pronunciar palabras de amor sin importarme la gente, te besé tanto, te dije tanto, me vi en tu cara y me sentí capaz de todo por ti que recién llegabas. Voy a enseñarte el mundo, voy a darte las versiones de mí que aún no conozco, quiero devolverte un poco de lo que ese día tú me entregaste.

2 comentarios:

  1. Me conmovio hasta las lagrimas, me transportaste años atrás, cuando también fui madre. Ser madre. uno de los mejores regalos de la vida. Un beso Claudia, y Felicidades, Cladio tiene una hermosa y talentosa mamà.

    ResponderEliminar
  2. Claudia que hermosas palabras ... y que bonito que te atrevas a compartir un sentimiento tan hermoso, tan puro y tan grande ,Felicidades a ti y a Claudio

    ResponderEliminar