El 6
de diciembre me brincó el alma de gusto, en todas direcciones.
La
madrugada del 20 de enero, me comías el vientre y las ilusiones, como
mordiéndolas y arrancándolas sin piedad de donde me había propuesto formarles
el terreno más seguro. Sangraba, salía la vida con cara de muerte, en pedazos
morados y negros que me abandonaban. Me dolía, me duele, me dolían los días, la
espalda, las piernas, la barriga entera, que imaginé abombada cuando estuvieras
listo. Nunca estuviste listo, tal vez soy yo quien no sabe cómo estarlo.
Te
fuiste, entre calambres sin analgesia, te recogí con un guante de aquella taza,
tuve que pescarte y depositarte en formol como si se tratara de nada, como si
fuera insensible.
Te
recogí en episodios, vi a la transparencia convertirse en turbiedad
desagradable, vi los tejidos flotantes por mucho tiempo. Después caminé por la
casa buscando aliviar los dolores corporales, fui a la cocina, a la recámara y
a la sala. No había consuelo en ninguna parte.
Ayer
fui a otra consulta, esta vez era una visita con dudas y miedos. Me cuesta
respirar desde hace días, me cuesta ya no pensarte.
Me
coloqué la bata y las botas rosas, abrí las piernas y escuché al doctor pedir
la pinza de anillos. Las conozco, he visto que las usen antes. Me dolió que
las pidieran, que las usaran, que no entendieran nada.
Qué
poco nos enseñan en las facultades de medicina.
Mis
pechos tampoco han entendido lo que pasa, se siguen preparando para ti. Ya me
han mandado a vendarlos para calmar lo que yo no he logrado.
Estoy
molesta y más sola que nunca. Me abandonaste y yo me había abandonado en ti ya
permanentemente. Ya no quiero estar con nadie, ni conmigo.
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