domingo, 25 de noviembre de 2018

Historia de un trofoblasto agresivo.

El 6 de diciembre me brincó el alma de gusto, en todas direcciones.
La madrugada del 20 de enero, me comías el vientre y las ilusiones, como mordiéndolas y arrancándolas sin piedad de donde me había propuesto formarles el terreno más seguro. Sangraba, salía la vida con cara de muerte, en pedazos morados y negros que me abandonaban. Me dolía, me duele, me dolían los días, la espalda, las piernas, la barriga entera, que imaginé abombada cuando estuvieras listo. Nunca estuviste listo, tal vez soy yo quien no sabe cómo estarlo.
Te fuiste, entre calambres sin analgesia, te recogí con un guante de aquella taza, tuve que pescarte y depositarte en formol como si se tratara de nada, como si fuera insensible.
Te recogí en episodios, vi a la transparencia convertirse en turbiedad desagradable, vi los tejidos flotantes por mucho tiempo. Después caminé por la casa buscando aliviar los dolores corporales, fui a la cocina, a la recámara y a la sala. No había consuelo en ninguna parte.
Ayer fui a otra consulta, esta vez era una visita con dudas y miedos. Me cuesta respirar desde hace días, me cuesta ya no pensarte.
Me coloqué la bata y las botas rosas, abrí las piernas y escuché al doctor pedir la pinza de anillos. Las conozco, he visto que las usen antes. Me dolió que  las pidieran, que las usaran, que no entendieran nada.
Qué poco nos enseñan en las facultades de medicina.
Mis pechos tampoco han entendido lo que pasa, se siguen preparando para ti. Ya me han mandado a vendarlos para calmar lo que yo no he logrado.
Estoy molesta y más sola que nunca. Me abandonaste y yo me había abandonado en ti ya permanentemente. Ya no quiero estar con nadie, ni conmigo.

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