domingo, 25 de noviembre de 2018

Crisis hospitalaria.

Me ha tomado casi un mes la catarsis de una rotación en el Infantil de México.
Sí, “qué débil”; sí, “qué quejumbrosa”; sí, “qué exagerada”.
No voy a hablar de las jornadas inhumanas y aclamadas como indispensables para el aprendizaje. No voy a hablar de la violencia de género, ni abundaré como quisiera en los detalles humillantes.

La experiencia del contacto humano con el paciente, ésa sí es indispensable. Conocer su nombre y no sólo un número de cama, saber que la mamá que cuida también trabaja y estudia, tocar el hombro del papá que llora mientras canalizan a su hijo que ya no llora. Ésas son tareas imprescindibles de esta etapa.

Da igual, mi paso por ese hospital me llenó de dudas y recelos. Me dio el valor necesario para pararme en medio del auditorio en la sesión de preguntas para decir con voz y piernas temblantes:

<<Preocupa la falta de conocimientos de historia y realidad social, pero preocupa más dejar de lado el humanismo según Chávez, que es más bien humanitario.
¿Cómo dejar de reproducir los patrones de conducta normalizados en este ámbito, donde se ha confundido a la jerarquía con la dignidad, donde el de abajo difícilmente puede acceder a ella? ¿Cómo entender que el objetivo de la medicina es también mantener joven y sano al mismo médico en un ambiente laboral, igual de saludable?
Nos hemos olvidado de ser humanos antes que médicos, del respeto por la autonomía, de no hacer daño y hacer el bien, no sólo al paciente, sino entre los que nos acompañamos en este camino de aprendizaje, los de arriba y los de abajo. ¿Cómo volver a recordarlo?>>

La respuesta fue sorda y con coraje oculto. Algunas risas burlonas no se hicieron esperar. Otros tocaron mi brazo, ya fuera del auditorio, para agradecer que lo hubiese dicho. Algunos me criticaron a la espalda y me sonrieron de frente, otros permanecieron neutrales. Así es esto, pero lo dicho, dicho está y mi calificación plasmada también quedaría un mes después.

Da lo mismo, otra vez. Porque a la semana de ese suceso, el 27 de agosto del 2018 para ser exactos, se lloraba un suicidio entre los pasillos del hospital, en otros se murmuraba con duda sobre la identidad de la persona. Era una residente del quinto año de oncología. Sus compañeras estaban desconcertadas y a la vez los más cercanos tenían la certeza de un hostigamiento constante. Al día siguiente el asunto había sido casi borrado, se había prohibido hablar al respecto, sólo en algunos cubículos se comentaba el uso de antidepresivos por un alto porcentaje de residentes, se hablaba a voces bajas del cansancio, de la falta de derecho a equivocarte, de las amenazas y burlas constantes, de las superioridades ficticias. Otros defendían el asunto diciendo que ella tenía otros problemas, que nada habría de relacionarse con el lugar de trabajo. <<Para nada>>, dije yo. ¿Qué tendría que ver el lugar en el que pasaba el 90% de su tiempo? ¿Qué clase de red de apoyo debería de constituir éste?

En fin, hubo silencio durante 3 largos días. No podía creer que el departamento de enseñanza, la dirección, salud mental, alguien… no hiciera algo, no rindiera una declaración, no se acercara al resto de los que rebozamos su zona de guerra. El miércoles, finalmente, en la sesión, hicieron uso de treinta segundos para decir que lamentaban la pérdida de un elemento y que se unían a la familia en su sensible pérdida. Aquella declaración era todo, menos sensible.
Cuánta vergüenza me embargó entre esos días, cuánta pena recordar lo poco sensibilizados que estamos ante la falta de salud mental. Qué falta de empatía.

Mi paso por aquel lugar lo rescató una pequeña cabeza privada de cabello por la Vincristina. Me regaló un montón de sonrisas clandestinas, cada que podía escapar hasta el otro edificio para platicar un rato.

La gente sigue valiendo la pena, siempre habrá de valerla. Las autoridades con complejos atolondrados, habrán de espabilar en algún momento o, en su defecto, llegarán nuevas cabezas con pasiones siempre humanas.

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