Me
ha tomado casi un mes la catarsis de una rotación en el Infantil de México.
Sí,
“qué débil”; sí, “qué quejumbrosa”; sí, “qué exagerada”.
No
voy a hablar de las jornadas inhumanas y aclamadas como indispensables para el
aprendizaje. No voy a hablar de la violencia de género, ni abundaré como
quisiera en los detalles humillantes.
La
experiencia del contacto humano con el paciente, ésa sí es indispensable.
Conocer su nombre y no sólo un número de cama, saber que la mamá que cuida
también trabaja y estudia, tocar el hombro del papá que llora mientras
canalizan a su hijo que ya no llora. Ésas son tareas imprescindibles de esta
etapa.
Da
igual, mi paso por ese hospital me llenó de dudas y recelos. Me dio el valor
necesario para pararme en medio del auditorio en la sesión de preguntas para
decir con voz y piernas temblantes:
<<Preocupa
la falta de conocimientos de historia y realidad social, pero preocupa más
dejar de lado el humanismo según Chávez, que es más bien humanitario.
¿Cómo
dejar de reproducir los patrones de conducta normalizados en este ámbito, donde
se ha confundido a la jerarquía con la dignidad, donde el de abajo difícilmente
puede acceder a ella? ¿Cómo entender que el objetivo de la medicina es también
mantener joven y sano al mismo médico en un ambiente laboral, igual de
saludable?
Nos
hemos olvidado de ser humanos antes que médicos, del respeto por la autonomía,
de no hacer daño y hacer el bien, no sólo al paciente, sino entre los que nos
acompañamos en este camino de aprendizaje, los de arriba y los de abajo. ¿Cómo
volver a recordarlo?>>
La
respuesta fue sorda y con coraje oculto. Algunas risas burlonas no se hicieron
esperar. Otros tocaron mi brazo, ya fuera del auditorio, para agradecer que lo
hubiese dicho. Algunos me criticaron a la espalda y me sonrieron de frente,
otros permanecieron neutrales. Así es esto, pero lo dicho, dicho está y mi
calificación plasmada también quedaría un mes después.
Da
lo mismo, otra vez. Porque a la semana de ese suceso, el 27 de agosto del 2018
para ser exactos, se lloraba un suicidio entre los pasillos del hospital, en
otros se murmuraba con duda sobre la identidad de la persona. Era una residente
del quinto año de oncología. Sus compañeras estaban desconcertadas y a la vez
los más cercanos tenían la certeza de un hostigamiento constante. Al día
siguiente el asunto había sido casi borrado, se había prohibido hablar al
respecto, sólo en algunos cubículos se comentaba el uso de antidepresivos por
un alto porcentaje de residentes, se hablaba a voces bajas del cansancio, de la
falta de derecho a equivocarte, de las amenazas y burlas constantes, de las
superioridades ficticias. Otros defendían el asunto diciendo que ella tenía
otros problemas, que nada habría de relacionarse con el lugar de trabajo. <<Para
nada>>,
dije yo. ¿Qué tendría que ver el lugar en el que pasaba el 90% de su tiempo?
¿Qué clase de red de apoyo debería de constituir éste?
En fin,
hubo silencio durante 3 largos días. No podía creer que el departamento de
enseñanza, la dirección, salud mental, alguien… no hiciera algo, no rindiera
una declaración, no se acercara al resto de los que rebozamos su zona de
guerra. El miércoles, finalmente, en la sesión, hicieron uso de treinta
segundos para decir que lamentaban la pérdida de un elemento y que se unían a
la familia en su sensible pérdida. Aquella declaración era todo, menos
sensible.
Cuánta
vergüenza me embargó entre esos días, cuánta pena recordar lo poco
sensibilizados que estamos ante la falta de salud mental. Qué falta de empatía.
Mi paso por
aquel lugar lo rescató una pequeña cabeza privada de cabello por la
Vincristina. Me regaló un montón de sonrisas clandestinas, cada que podía
escapar hasta el otro edificio para platicar un rato.
La gente
sigue valiendo la pena, siempre habrá de valerla. Las autoridades con
complejos atolondrados, habrán de espabilar en algún momento o, en su defecto,
llegarán nuevas cabezas con pasiones siempre humanas.
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