viernes, 25 de octubre de 2024

Los hijos no nos eligen


 

Constantemente leo la frase “Gracias por elegirnos para ser tus papás,” y les tengo noticias: Los hijos no nos eligen. No me malinterpreten, ojalá pudiéramos hacerlo, porque tal vez, en ocasiones, habría resultados menos catastróficos. Incluso, tal vez muchos elegiríamos no nacer, pero aquí estamos.


Los hijos no nos eligen, así como nosotros no hemos elegido a nuestros padres, pero he tenido la fortuna de que los míos no me botaran en la basura, me alimentaran y me educaran. Los hijos no nos eligen, pero las milagrosas coincidencias de dos materiales genéticos que se unieron en el exacto momento me permitieron pasar esta noche abrazando a Claudio. 


Claudio, que con sus 5 años me enseña más cada día de lo que la escuela ha podido enseñarme en años. Claudio que me hace todas las preguntas que para mí no tuvieron respuesta. Gracias a Google y a mi interés por descubrir el mundo otra vez a través de sus ojos, que nos permiten responder a esos cuestionamientos que yo, en algún punto, dejé de lado porque no fueron importantes.


Claudio me muestra la encía superior cuando sonríe y yo quiero que se congele el mundo para poder capturarlo. Me parece el detalle más tierno y sincero de felicidad que me puede regalar su rostro. Si él supiera que, a los 12, mi encía al sonreír encabezaba mi lista de inseguridades. Él crecerá sabiendo que no hay nada más hermoso y valioso que las personas que son reales. Que no hay perfecciones o imperfecciones, sino momentos y detalles únicos que se quedan y marcan la vida de alguien.


Claudio ha marcado mi vida. No solo desde la cicatriz que llevo en mi vientre, sino desde las renuncias y compromisos que representa. Desde que aterrizó en este mundo, invadió todos mis espacios, incluso llegué a perderme y no reconocerme por un par de años. Después recogí las piezas y transformé la que había sido en otra yo, que inevitablemente debía dejar atrás el egoísmo de vivir para mí y sólo para mí.


Claudio se ha convertido en una extensión de mí, con voluntad y anhelos propios. Me ha regalado un amor sin dudas, estable y de muchas certezas. Yo en cambio, he mutado un millón de veces para adaptarme y poder ser algo cercano a la mamá que él se merece, pero sin abandonarme. No siempre lo logro. Nunca había tenido tantos miedos, nunca me había puesto tan seria con lo de traer estabilidad a una casa, con la vivienda, los alimentos, el trabajo, la escuela, los cuidados. Nunca había tenido que dividir la cabeza entre la provisión básica y el juego y la risa. La vida se ha puesto seria y divertida desde que llegó Claudio.


A veces me pregunto si es que habrá de acordarse de estos años, de los que hemos pasado juntos como equipo que se ríe y riñe durante el día y se reconcilia todas las noches con un beso. Si habrá de recordar que fue un niño corriendo por los lugares que yo nunca soñaba, ni al ser adulta. Ayer se lo pregunté y su respuesta fue un sí tan breve que se convirtió en pregunta sobre una nuez y una ardilla. Claudio me recuerda que eso es lo importante. El hoy, la ardilla, la nuez, la hoja que cruje ahora mismo mientras caminamos. Estamos aquí hoy, y es en este momento en que el aire frío nos toca la cara y me veo obligada a sacar un pañuelo para sonar su nariz que se ha puesto roja. Tal vez después no vuelva yo a tomar el patín para descender una colina, mientras él grita y corre tras de mí con su casco, pero hoy estamos aquí y lo estamos haciendo. Hoy soy afortunada.


Lo de romantizar la maternidad me parece también un engaño. Mi consejo a quien pregunta es “no lo hagas”, porque la vida se pone difícil, porque si eres consciente de lo que representa sabrás que cada palabra que emitas y acción ejecutada está siendo observada. Porque te está siendo otorgada la responsabilidad de regalarle el amor, la seguridad, los valores, el camino, las fortalezas y debilidades, a un ser humano nuevo, y debes aprender a hacerlo en la justa medida.


Nuestros padres lo intentaron desde sus posibilidades y priorizaron aquello que a ellos les hizo falta. Si vienes de la generación que yo vengo, probablemente proveer una vida mejor a la que ellos tuvieron fue prioritario. Vienes de esa generación que al leer lo que escribo, negará los hechos y me mandará a trapear para que se me quite lo traumada. No puedo negar que me da risa, pero es cercano a lo que vivimos y ahora evitamos.


Me esfuerzo tanto por decirle a Claudio que su corazón bueno es la mejor de sus cualidades, que puede pintar, bailar, practicar Tae Kwon Do, cantar, cocinar, sumar y equivocarse y está bien hacerlo. Le regalo la confianza que a la Claudia niña le hizo falta. Le susurro al oído mientras duerme que aquí estoy para ayudarle con lo que venga y que no existe nada en este mundo que pueda hacerme dejar de amarlo. Quiero que Claudio crezca sabiendo que las historias de padres que dejan de hablar a sus hijos por tomar decisiones que ellos no tomarían, no tienen cabida en nuestros mundos. Quiero que Claudio sepa que nuestras puertas están abiertas para aquellos a quienes les han sido cerradas. Quiero que Claudio crezca en el amor y también en la fe que me fue inculcada.


Sin embargo, la realidad también nos da de cachetadas, cuando me encuentro en un parque lleno de niños cuya formación no es la misma y cuya vida tal vez ha sido más dura. Entonces me pregunto si he estado preparando a Claudio para un mundo que no existe. Yo, que por tanto tiempo dije que quería cambiar este mundo y me di cuenta de que solo podemos transformar alguna vida. Le dejo al mundo un pequeño ser humano con un corazón noble, pero no sé cómo pedirle que le devuelva lo mismo. Entonces, el ciclo del equilibrio empieza y comienzo a forjarle las seguridades y la capacidad de defenderse. La maternidad es una tarea de tiempo completo, mal valorada, transformadora y también sanadora.


No puedo entender que el amor y la ternura que Claudio me despierta cada día no haya sido yo, o algún otro niño, capaz de despertarla en sus padres.  Ojalá un día Claudio sepa y sienta lo orgullosa que me siento, que entienda que mi amor es sin duda, sin condiciones. Que sepa que veo y amo en él aquello que en mí fueron inseguridades y que espero que él pueda amarlas. Que sepa que soy consciente de que los hijos no eligen a sus padres, pero aplaudo la fortuna de que sea él quien ahora me muestra el mundo. 




martes, 22 de octubre de 2019

Culiacán el 17


No suelo hacer comentarios contra el gobierno en turno, porque siempre hace falta más construir que destruir. No alcé la voz ni cuando atacaron al gremio al que pertenezco.
¿Qué pasó ayer, Señor Presidente? ¿Cómo le explica a la niñez que vivimos en un país en el que debemos poner “pecho a tierra” para continuar con vida? ¿Cómo le explica al país que usted también está “pecho a tierra”?
¿La vida de los ciudadanos está por encima de la captura de cualquier delincuente? Es correcto. Lo que no es correcto es iniciar un operativo improvisado e incapaz de concluirse ante un gobierno incompetente, porque además de confirmarlo, le estamos gritando al mundo que lo somos. No fue un error liberarlo, fue un error capturarlo en primera instancia.
No se rinde una declaración diciendo que se trató de un hecho fortuito, para disculparse con el narco.
Se habla de frente y con verdad, como ha venido pregonando. Se hace y se intenta en la medida de las posibilidades, porque a los soñadores también nos pegan las realidades. Como ayer.
Hoy me apena la situación de seguridad nacional, las manos dobladas y el pueblo igual de errante que siempre, ante la incertidumbre.
No es el patio de mi casa el que está en llamas, ni mi familia se encuentra rendida en el suelo, pero duele igual, avergüenza lo mismo y evidencia mucho más.

viernes, 26 de julio de 2019

El día que llegó Claudio.

La madrugada del 16 de julio, con un par de horas de sueño, me dirigía al Hospital Sharp Mary Birch, la luna estaba escondida entre algunas nubes del, aún, oscuro cielo. La autopista 163 se cubría de neblina y de pronto aparecían un par de luces rojas, mientras en la radio sonaba Missed Connection. Yo, sentada en la parte delantera del carro era devorada por los nervios del procedimiento, más que por la bienvenida que me seguía pareciendo tan lejana.
Me recibieron, escucharon tu corazón y midieron tus ganas de llegar a este mundo con un par de cinturones. Te escuchabas bonito, tranquilo y trabajando poco a poco por salir de mí, sin embargo, la fecha ya había sido pactada para que salieras de las entrañas por el abdomen. A las 7:45 entraba con una bata verde y un gorro gracioso al quirófano. Bonita ropa de gala para conocerte.
El tiempo pasó rápido y a la vez lento, el lugar se llenó de gente hablando en el otro idioma que me daba lo mismo, porque pasaban mil cosas por mi cabeza.
A las 8:05 se escuchó “circular de cordón al cuello” y un grito que llenó tus pulmones de aire, algo en mí debió morir para que naciera todo lo que en ese instante sentí. No podía parar de llorar, y yo no soy, no era así. Nací contigo en ese momento. Nacimos, hijo. Te acercaron a mi cuerpo y no quería soltarte, te respiré sin poder olerte y ahí entendí que no había vuelta atrás. Invadieron tu espacio limpiando tu cuerpo completamente nuevo, te calentaron y colocaron un gorro que cubría tu cabeza repleta de cabello, sacaron números de ti y finalmente nos dejaron descansar a uno en el otro. Tu venías de recorrer el camino hasta mí, yo ya no sabía ni de dónde era.
El dolor de los próximos días vendría a atenuarse cada tres horas con el contacto piel con piel, con tu boca aprendiendo a encontrarme como fuente de alimento, con mis manos aprendiendo a sostenerte y deslizar el líquido amarillo que moría por regalarte. Nos fuimos enseñando poco a poco, sin desesperarnos, con una prisa en calma. Me alimentaste el alma, mientras yo intenté nutrir tu cuerpo. Lo vamos haciendo bien.
En unas horas me conocí madre, tierna, capaz de pronunciar palabras de amor sin importarme la gente, te besé tanto, te dije tanto, me vi en tu cara y me sentí capaz de todo por ti que recién llegabas. Voy a enseñarte el mundo, voy a darte las versiones de mí que aún no conozco, quiero devolverte un poco de lo que ese día tú me entregaste.

domingo, 2 de junio de 2019

Algunas de mis verdades sobre el embarazo.


Hoy subía a redes sociales un cúmulo de fotos que habrán de representar el amor con que he esperado la llegada de Claudio a este mundo.
Sin embargo, es justo venir a decir algunas verdades sobre esta travesía que a penas suma 33 semanas.
Antes de pasar por esta etapa escuchamos, tantas veces y hasta el cansancio, que es una fase hermosa, llena de felicidad y buenos momentos, que tarde o temprano habrás de extrañar estar embarazada.
Tengo que confesar que éste no ha sido mi caso, que cada semana ha venido llena de sorpresas poco gratas, que desde el momento en que me enteré de la noticia me llené de incertidumbre y miedos; que las pérdidas recurrentes traen consigo una serie de factores a tomar en cuenta y que impiden disfrutar de una noticia a la que no puedes ponerle fecha de caducidad cierta. Es recibir un regalo que puede ser arrebatado en cualquier momento.
Los elevados  niveles hormonales que te hacen sospechar de todo, que se apoderan en forma de náusea constante de tu cuerpo, los sedantes para contrarrestarla que terminan por anularte del día a día. La ausencia de ti por perderte en desagradables síntomas que desaparecen para dar la bienvenida a otros. La falta de aire en etapas tempranas, que parece inexplicable, el peso de las piernas que semejan haberse cubierto de algunos kilos de cemento, los músculos que han decidido despertarte cada noche con calambres interminables, desconocidos y dolorosos.
Aparecen, con el tiempo, nuevos enemigos, el cansancio, el dolor de espalda que camina recorriendo cada terminación nerviosa hasta los dedos del pie, la insuficiencia venosa, la elección de cada día entre el hambre y la disnea, las nulas visitas al baño, la hermosa habilidad de tirar cualquier objeto que circule entre tus manos, la incapacidad de conciliar el sueño, las 4 almohadas cómplices del instalado insomnio. Las ganas de ver al pequeño crecer y el temor interminable de un cuerpo marcado para siempre, la incertidumbre de poder volver al peso previo.
De pronto te ves con una pierna en la pared del baño para intentar rasurarte y descubres que es la más grande hazaña.
La depresión de la que nadie habla, pero que existe pre, durante y posparto. La soledad que puede palparse a pesar de cierta compañía. La necesidad afectiva creciente que se apodera de tu cuerpo y te arrebata la, poca o mucha, independencia que conoces. El sentimiento de incompetencia para las tareas más básicas, el cansancio permanente y el balanceo interminable de caderas en la búsqueda de un centro de gravedad desconocido. La anemia incontrolable, la dislipidemia, los multivitamínicos insuficientes, el temor a las patologías ya conocidas, el llanto diario y el carácter insufrible que pretende expresar lo anteriormente dicho.
No me malentiendas, no todo ha sido tan malo, el primer latido, la primera patada y la primera danza que me ha regalado han sido, por mucho, una experiencia nueva con toques milagrosos que me dan certezas en la vida. Las reacciones a mi voz y a mis canciones pésimas me han recordado cuánto se puede amar sin haber conocido, tocado o visto a quien viene en camino, me ha arrebatado toques de rudeza y regalado algunos de ternura que desconocía.
No todo ha sido tan malo, pero tampoco ha sido fácil, cada día representa una batalla bien o mal ganada.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Antiguos desencuentros.




Mi nombre encabezaría, sin duda, la lista de defectos. Me abundan y superan.

Tú allá y yo aquí, así funciona. La propuesta iba encaminada por esos rumbos.
No quiero describirte porque sería injusta, nos parecemos más de lo que me gustaría. Con diferentes debilidades y pasiones radicalmente opuestas.
Así que, tomando riesgos, te voy a hablar de mí. Soy egoísta, desleal, infiel (aunque redunde), mentirosa, depresiva y deprimente, vengativa, audaz y rencorosa de memoria corta. En ocasiones vivo para otros y pocas veces para mí. 
Suelo encontrarme con gente que no sabe irse, que se queda para ocuparme los días en imaginarlos bien. Lo anterior aplica para amistades, noviazgos, amantes, familia, colegas, vecinos y personas-coincidencia.
Contigo no es así. Tú debías ser una "simple coincidencia", porque no sabes quedarte, y no terminas de irte. 
Tengo el presentimiento de que hace tiempo ya no habrías aparecido, pero la curiosidad del tiempo muerto me pone ahí.
Estoy siempre presente, no es personal. No sé quedar mal, no me gusta. No puedo decir un "no" fundamentado en rencores infantiles de negativas acumuladas. Si quiero estar cerca, simplemente lo hago, no hay lugar para méritos ni condicionamiento clásico.
Lo tuyo, lo de las barreras, lo del yo esporádico, la afirmación de tu ser. Puedo enunciarte, pero no entenderte.
Eres ocasional, así te gusta. Cuando tú quieres, porque tú quieres y lo que quieres. No está mal.
Digamos que tus defectos siguen sin combinar con los míos. Yo quiero arruinar las cosas de diferentes maneras a las tuyas.
A mí me gusta, si bien no quedarme, dejar una parte de mí por donde paso. Tocar, marcar, no pasar de largo. A ti te gusta pasar de largo.
Algo extraño pasa, porque tu "yo" cercano se percibe distinto, en lucha constante, pero distinto.
Da igual, tú eres también el que está lejos el otro 90%. No me gustan los números en una carta, porque son fríos, pero combinan contigo y eso les da cabida por aquí.
La propuesta era igual de lejana, con un ganar ganar, digno de alguien a quien le interesa aquello de la satisfacción de necesidades materiales humanas.
No hay sentido, sólo el tuyo en una dirección y el mío en una completamente opuesta.
Eras una coincidencia buena, que por algún motivo lograba efectos positivos, casi pueriles, en mí.
Siempre termino escribiéndote lo mismo, con palabras más o menos iguales, pero eres consciente de que esto se hace por el placer de deshacerse de lo que no se quiere llevar dentro.
Te has negado rotundamente a ser mi amigo, porque presumes de no conservar amistades más allá de lo necesario.
No sé si debería encontrarte por la calle y saludarte desde lejos como un extraño-conocido. No sé qué se supone, ni me gustaría hacerlo.
Me desentiendo más bien, porque también sé hacerlo. 
Tú sólo piensas en ti, eso nos asemeja en algo.
Creo que algún día, alguien agradecerá que te haya contado esto.


Historia de un trofoblasto agresivo.

El 6 de diciembre me brincó el alma de gusto, en todas direcciones.
La madrugada del 20 de enero, me comías el vientre y las ilusiones, como mordiéndolas y arrancándolas sin piedad de donde me había propuesto formarles el terreno más seguro. Sangraba, salía la vida con cara de muerte, en pedazos morados y negros que me abandonaban. Me dolía, me duele, me dolían los días, la espalda, las piernas, la barriga entera, que imaginé abombada cuando estuvieras listo. Nunca estuviste listo, tal vez soy yo quien no sabe cómo estarlo.
Te fuiste, entre calambres sin analgesia, te recogí con un guante de aquella taza, tuve que pescarte y depositarte en formol como si se tratara de nada, como si fuera insensible.
Te recogí en episodios, vi a la transparencia convertirse en turbiedad desagradable, vi los tejidos flotantes por mucho tiempo. Después caminé por la casa buscando aliviar los dolores corporales, fui a la cocina, a la recámara y a la sala. No había consuelo en ninguna parte.
Ayer fui a otra consulta, esta vez era una visita con dudas y miedos. Me cuesta respirar desde hace días, me cuesta ya no pensarte.
Me coloqué la bata y las botas rosas, abrí las piernas y escuché al doctor pedir la pinza de anillos. Las conozco, he visto que las usen antes. Me dolió que  las pidieran, que las usaran, que no entendieran nada.
Qué poco nos enseñan en las facultades de medicina.
Mis pechos tampoco han entendido lo que pasa, se siguen preparando para ti. Ya me han mandado a vendarlos para calmar lo que yo no he logrado.
Estoy molesta y más sola que nunca. Me abandonaste y yo me había abandonado en ti ya permanentemente. Ya no quiero estar con nadie, ni conmigo.