Starlight me levanta el ánimo, los niños me hacen sentir viva otra vez, verlos entre callados y platicones, entre distantes y atentos, me encantan los subibajas que se traen.
Hemos recordado la libertad que tenemos y quién nos enseñó a seguir luchando por ella. Cómo es que no son los sanos los que necesitan de un doctor, sino los enfermos. Leen, platican, nos enseñan; aún no logro que levanten el tono de voz. Como todo niño, gustan de los juegos, hoy alcanzaron la libertad en una especie de juego parecido a “pégale la cola al burro” donde el burro era la palabra “freedom”, pegada en el pizarrón, y la cola… una palomita que debía pegarse, los compañeros eran los encargados de ayudar al que estuviese ciego a alcanzar su libertad.
Después los hemos sacado al patio, les doy las manos para subir por una pequeña colinita de tierra que se forma, me siento joven…más. Se toman de las manos, mientras los amarramos entre sí, para después dar paso a la que llamé “la libertadora”, encargada de volver a formar el círculo desanudándolos. Podría quedarme todo el día jugando con ellos, hago una oración improvisando mi inglés, pero con el corazón a punto. Me voy con una sonrisa por fuera y otra por dentro. De camino a casa, hablamos con Moses sobre los escabrosos temas en la adolescencia, coincidimos, el amor es siempre el punto en común.
Moses dice que tengo la biblia en el corazón, que yo no la necesito, me ve y se ríe como si algo supiera. Ahora que lo pienso, cada que me ve también dice: “save your soul”, mientras se ríe. Tal vez es su venganza porque se lo dije alguna vez. Entonces ya no sé ni a cuál creerle. Me alegra el día.
Una gallina va contoneándose por el patio, me siento en el suelo para ver a los pollitos perseguirle mientras comen. El sol me ataca y me pongo mis lentes, ahora entiendo. No podría entrar del radiante patio a la oscura cocina y ver perfectamente en el primer momento, tendría que esperar a que mi vista se adapte; igual que un cuerpo no puede pasar de lo caliente a lo frío rápidamente porque podría enfermarse. Tal vez es eso lo que pasa conmigo, vengo de un lugar brillante y caliente, aún me estoy adaptando.
Organizamos un rally para los postulantes, lo empezaron de mala gana, creo que en la clase anterior les habían llamado la atención y ahora lo estamos pagando, bien o mal han terminado por divertirse, mojarse y ensuciarse, pude verles las sonrisas. Al final les he explicado que no podemos desquitarnos de un mal día con el resto de la gente, que hay que disfrutar cada momento, creo que me estaba hablando a mí misma.
Algo bueno ha salido de todo esto, ahora sé que quiero trabajar con niños, poco a poco voy descubriendo mi vocación, que es el primer punto en la lista que he pegado en la puerta del armario, con las cosas que debo hacer antes de marcharme de aquí.
No quiero perderme ni un detalle de esta tarde. Después de un repaso del “is, are, am” con un par de señoras radiantes, vamos rumbo a la cancha de futbol a hacer los ejercicios de la tarde, un chaparro que resbala en su intento de perseguir el balón, cae rendido con los brazos tan abiertos como su sonrisa, viéndome directamente y soltando entre un suspiro de cansancio un: “…afternoon sista” me saca una, dos, tres, una gran sonrisa permanente. Apenas unos metros adelante corremos, puedo oír unas risitas chillonas y traviesas que nos vienen persiguiendo, son tres pequeños alcanzando a escondidas nuestros pasos, abro los brazos, soy un avión, de pronto somos dos, tres, cuatro y hasta cinco aviones corriendo por las canchas, no podré nunca pagar ese momento. El resto del ejercicio transcurre así, con tres sombritas que nos toman de la mano, de pronto un perfecto y armonioso código de barras. La más pequeña, con su mandil de cuadritos rojos y una faldita que se parte por el medio, sostiene la mano de Andrea y dos dedos de la mía, justo como yo solía hacerlo; me llena de ternura y de una marca roja permanente de esta tierra.
Dos niños corren colina abajo, con una vara guían un plato que corre de lado, se ríen con o de nosotros, mientras nuestros movimientos siguen en un concurso de imitación casi perfecto, como la tarde.
lunes, 31 de enero de 2011
DÍA 24
La vida sigue estando donde la dejé, los veo bonitos y contentos; me da gusto del bueno. Nos vamos con rumbo a una universidad politécnica cercana, donde el padre Justin celebraría una misa, casi cien jóvenes están reunidos en algo parecido a un anfiteatro. La homilía transcurre maratónica, como ya es costumbre. Aún intento convencerlo de celebrar algo con duración menor a las dos horas. No lo consigo.
Después de la comida es hora y día de la visita al mes de los postulantes. Muchos de ellos no reciben ni una, dicen que es por las distancias. No podía imaginarme tener a mi hijo a unas cuantas horas y no recorrerlas para verlo una vez al mes. Es otro mundo.
Mientras algunos reciben visitas, nosotros pelamos papas con los demás, las manos se te pintan de café, hay dos baldes llenos de pequeñas papitas, y mientras se van vaciando, las vidas se van compartiendo, algunos cuentan su historia, sus inseguridades, la manera en que eligieron este tipo de vida.
Pascal, el pequeñito, nos pide que seamos sus visitas. Así lo hacemos, nos lleva formalmente a la salita de visitas, donde nos platicamos, parece un interrogatorio… haciendo preguntas unos a otros.
Creo que recibí la primera propuesta de matrimonio o un connato de. Les molesta saber que no quiero quedarme aquí a vivir, que quiero volver a mi país. No entiendo bien qué es lo que intentan decirnos, se rascan la cabeza y preguntan: “¿Por qué, por qué?”.
Voy por un momento a mi cuarto, una niña se acerca y ve todo a su alrededor, pregunta sobre cada cosa. Decidimos salir a caminar, Alex nos acompaña y tenemos nuestro momento de platicar también con él, dice que espera a unos amigos, pero nunca aparecen. Al final nos hemos reunido todos en la banca frente al panteón, los niños bailan, la misma niña tímida del cuarto muestra todas sus dotes artísticas, ya quiero que me enseñe algo. Y se mueve y nos movemos. Nuestros insípidos movimientos de caballo dorado no parecen suficientes, hay que agarrarle sabor al arte.
Nos vamos conociendo más, vamos tomando confianza y hacia el fondo del panteón alcanzo a ver al sol meterse, me da esperanza.
Después de la cena, algo me emociona y chiflo como acostumbro, jalando mi labio inferior. Se ríen, enseño a Moses a decir: “no seas ñera”, cómo me divierto con el español. Después tuve una clase de chiflidos, tenía a Andrea, Justin y Moses intentando aprender a hacerlo a mi manera, fue chistoso jalonearles la barbilla, al final han logrado al menos un ligero silbido y nos alegramos la noche.
Después de la comida es hora y día de la visita al mes de los postulantes. Muchos de ellos no reciben ni una, dicen que es por las distancias. No podía imaginarme tener a mi hijo a unas cuantas horas y no recorrerlas para verlo una vez al mes. Es otro mundo.
Mientras algunos reciben visitas, nosotros pelamos papas con los demás, las manos se te pintan de café, hay dos baldes llenos de pequeñas papitas, y mientras se van vaciando, las vidas se van compartiendo, algunos cuentan su historia, sus inseguridades, la manera en que eligieron este tipo de vida.
Pascal, el pequeñito, nos pide que seamos sus visitas. Así lo hacemos, nos lleva formalmente a la salita de visitas, donde nos platicamos, parece un interrogatorio… haciendo preguntas unos a otros.
Creo que recibí la primera propuesta de matrimonio o un connato de. Les molesta saber que no quiero quedarme aquí a vivir, que quiero volver a mi país. No entiendo bien qué es lo que intentan decirnos, se rascan la cabeza y preguntan: “¿Por qué, por qué?”.
Voy por un momento a mi cuarto, una niña se acerca y ve todo a su alrededor, pregunta sobre cada cosa. Decidimos salir a caminar, Alex nos acompaña y tenemos nuestro momento de platicar también con él, dice que espera a unos amigos, pero nunca aparecen. Al final nos hemos reunido todos en la banca frente al panteón, los niños bailan, la misma niña tímida del cuarto muestra todas sus dotes artísticas, ya quiero que me enseñe algo. Y se mueve y nos movemos. Nuestros insípidos movimientos de caballo dorado no parecen suficientes, hay que agarrarle sabor al arte.
Nos vamos conociendo más, vamos tomando confianza y hacia el fondo del panteón alcanzo a ver al sol meterse, me da esperanza.
Después de la cena, algo me emociona y chiflo como acostumbro, jalando mi labio inferior. Se ríen, enseño a Moses a decir: “no seas ñera”, cómo me divierto con el español. Después tuve una clase de chiflidos, tenía a Andrea, Justin y Moses intentando aprender a hacerlo a mi manera, fue chistoso jalonearles la barbilla, al final han logrado al menos un ligero silbido y nos alegramos la noche.
sábado, 29 de enero de 2011
DÍA 23
Veintitrés… como mi edad, esta noche he tenido una revelación del francés, por aquello de las cuatro de la madrugada me despierta un comment est-ce-que tu t´apelles?, la langua courante se apoderó de mí, no sé si es mi renuencia a aprenderlo o si finalmente se dignará a brotar.
Contrario a lo imaginado hemos llegado a la oración a tiempo, el desayuno apresurado me permite comunicarme con mis hermanos, están a punto para hablarme, los veo, me platican, les platico, veo a la Anexa buscándome debajo de los sillones, me enseñan algo de queso y de carnes frías, tortura, estoy salivando.
Así se empieza bien la mañana y otra vez vamos al mercado a luchar por el tipo de cambio, medito en el camino, la piel sigue siendo mi obstáculo. Ya sé porque quiero volver a casa, porque extraño, porque la vida es mejor cuando ya la conoces, en parte también porque tengo miedo de perderme en la locura de esta pobreza que enriquece tanto.
La cocina huele a azufre, es el olor a vísceras entrando por los pasillos, los muchachos están otra vez matando pollos, los remojan en agua caliente para desplumarlos, ese es el trabajo fácil. Después de quitarles la cabeza los abren para sacar y separar las vísceras, apartan cuidadosamente el estómago para limpiarle el maíz ya procesado que hay adentro. Después de limpios habrán de cocinarlos para ésta o la siguiente tarde. Es oficial, voy a vivir de arroz y lechuga.
Comí con el olor a azufre en la garganta, desganada. Me lavé los ojos de nostalgia, como siempre después de la comida. Correr me limpia el alma y los pulmones, corro. De vuelta a casa, escucho los tambores. Los niños están reunidos de nuevo en casa de las hermanas calasanzias, se han montado una buena fiesta, esta vez con muchos más niños. Toco las maracas, apenas encuentro el ritmo. Un niño pequeño, que apenas camina, me toma ambas manos, bailo con él, hace la señal, quiere que lo cargue. Lo cargo y toma mi gorra, se la pone, está contento aunque no logro que me diga su nombre. El resto de la tarde la pasa pidiendo mis brazos. Hasta al fondo del grupo de niños cantando hay una niña de nueve años con apariencia más pequeña, trae una tela amarilla amarrada al cuerpo y atrás una niña colgando, es Mary una niña de tres años con un padecimiento parecido a la hidrocefalia, toma mi dedo entre su mano, de vuelta casa me sonríe y repite algunas cosas.
Ya en mi cuarto, me lavo la cara, recapacito sobre mis ganas de tomar un avión con destino a la comodidad de siempre. Quiero hacer algo grande en mi vida, tal vez no me he dado cuenta, que es ahora el momento en que debo hacerlo.
Un par de jóvenes esperan en la sala de junto, están con Diodoné, se trata de Derekk y Patience, dos hermanos que han venido a presentarse y a ofrecernos su amistad, en todo un acto formal. Me piden que los visite, que vaya a comer “achú” a su casa cuando quiera, que pueden mostrarme la ciudad y otros lugares. Al final hemos acordado ir a escalar el próximo sábado, pinta bien, para entonces ya será cinco.
“…For when I am weak, then I am strong.” 2 Corinthians 12:10
Contrario a lo imaginado hemos llegado a la oración a tiempo, el desayuno apresurado me permite comunicarme con mis hermanos, están a punto para hablarme, los veo, me platican, les platico, veo a la Anexa buscándome debajo de los sillones, me enseñan algo de queso y de carnes frías, tortura, estoy salivando.
Así se empieza bien la mañana y otra vez vamos al mercado a luchar por el tipo de cambio, medito en el camino, la piel sigue siendo mi obstáculo. Ya sé porque quiero volver a casa, porque extraño, porque la vida es mejor cuando ya la conoces, en parte también porque tengo miedo de perderme en la locura de esta pobreza que enriquece tanto.
La cocina huele a azufre, es el olor a vísceras entrando por los pasillos, los muchachos están otra vez matando pollos, los remojan en agua caliente para desplumarlos, ese es el trabajo fácil. Después de quitarles la cabeza los abren para sacar y separar las vísceras, apartan cuidadosamente el estómago para limpiarle el maíz ya procesado que hay adentro. Después de limpios habrán de cocinarlos para ésta o la siguiente tarde. Es oficial, voy a vivir de arroz y lechuga.
Comí con el olor a azufre en la garganta, desganada. Me lavé los ojos de nostalgia, como siempre después de la comida. Correr me limpia el alma y los pulmones, corro. De vuelta a casa, escucho los tambores. Los niños están reunidos de nuevo en casa de las hermanas calasanzias, se han montado una buena fiesta, esta vez con muchos más niños. Toco las maracas, apenas encuentro el ritmo. Un niño pequeño, que apenas camina, me toma ambas manos, bailo con él, hace la señal, quiere que lo cargue. Lo cargo y toma mi gorra, se la pone, está contento aunque no logro que me diga su nombre. El resto de la tarde la pasa pidiendo mis brazos. Hasta al fondo del grupo de niños cantando hay una niña de nueve años con apariencia más pequeña, trae una tela amarilla amarrada al cuerpo y atrás una niña colgando, es Mary una niña de tres años con un padecimiento parecido a la hidrocefalia, toma mi dedo entre su mano, de vuelta casa me sonríe y repite algunas cosas.
Ya en mi cuarto, me lavo la cara, recapacito sobre mis ganas de tomar un avión con destino a la comodidad de siempre. Quiero hacer algo grande en mi vida, tal vez no me he dado cuenta, que es ahora el momento en que debo hacerlo.
Un par de jóvenes esperan en la sala de junto, están con Diodoné, se trata de Derekk y Patience, dos hermanos que han venido a presentarse y a ofrecernos su amistad, en todo un acto formal. Me piden que los visite, que vaya a comer “achú” a su casa cuando quiera, que pueden mostrarme la ciudad y otros lugares. Al final hemos acordado ir a escalar el próximo sábado, pinta bien, para entonces ya será cinco.
“…For when I am weak, then I am strong.” 2 Corinthians 12:10
DÍA 22
Hoy ha muerto Martin Luther King. Se queda su ejemplo. Una señora camina por las calles de Mente, así, separado; es el poblado detrás de Kwen. Padre Emilio le saluda, dice que para el lunes estará dando a luz, apenas puedo notarlo y ella continúa con su camino entre las calles empedradas. Hay otro funeral, dicen que es la temporada, yo no entiendo eso de morirse tanto, tantos balazos, tanta fiesta, tantas campanas. Tanto, tanto, tanto.
David toca mi hombro, quiere ponerme otro nombre, me dice cosas que no entiendo, me bautiza como “Binwie”, que suena más bien como “Biñuá” y significa: con Dios. Me gusta, pero no entiendo a qué viene todo esto.
Las clases de francés son una mezcla interesante de culturas, por una parte está Raj, un hindú, viene cargando su estereotipo en la espalda, todo él, es amable, sonríe todo el tiempo, con su bigote disimulado, se amarra las agujetas recargándose en un taxi a punto de moverse. Por otra, Mohamed, es musulmán, lleva el sombrero pequeño y redondo, además de una túnica larga y azul, sus facciones son finas y su tez un poco más clara. Manuel proviene de Guinea Ecuatorial, es joven y peligroso, pues a veces olvidamos que es el único que entiende el español y sabe lo que tramamos; es interesante la combinación de tez y el acento español. Entre ellos, los jóvenes cameruneses y el par de mexicanas hacemos un pedazo de mundo. Ya empezamos a platicarnos, a pelearnos durante los concursos en clase, intento explicar el punto de la diversión antes del triunfo, pero parece difícil. Al final del día sonreímos, nos piden algunas clases de español y tomamos el taxi de regreso a casa.
Hay algunas cosas que cambiar aún, hay quienes se siguen tomando a pecho pequeñeces antes que lo verdaderamente importante. Nos vamos encaminando.
Esta noche hemos logrado salir de casa, hace falta romper en algo la rutina, nos llevan Moses (quien se ordena en un par de semanas) y Diodoné. Al llegar, hay una familia con niños bajando de un carro, van a donde mismo que nosotros. Entramos, bajamos hasta el sótano donde una puerta forrada de una especie de colchón y piel café impide que el sonido salga. Bajamos cual quinceañeras hacia un salón con garigolas en el techo, cuelgan unos candelabros y al fondo está la barra, justo debajo de las escaleras se encuentra escondido el grupo, un joven con el cabello trenzado toca la batería, mientras otro en silla de ruedas se deleita con el bajo, entre ellos se encuentra un Santana perdido, con complejo de Michael Jackson, su traje negro, lleva cadenas por todos lados y adornos plateados que le hacen parecer más de otro planeta. Pareciera poseído por la guitarra, la hace hablar, mientras la música me recuerda a algún karaoke mexicalense. La gente lleva el ritmo de todos y para todos lados. Nos hacen bailar.
Y se acaba la noche.
David toca mi hombro, quiere ponerme otro nombre, me dice cosas que no entiendo, me bautiza como “Binwie”, que suena más bien como “Biñuá” y significa: con Dios. Me gusta, pero no entiendo a qué viene todo esto.
Las clases de francés son una mezcla interesante de culturas, por una parte está Raj, un hindú, viene cargando su estereotipo en la espalda, todo él, es amable, sonríe todo el tiempo, con su bigote disimulado, se amarra las agujetas recargándose en un taxi a punto de moverse. Por otra, Mohamed, es musulmán, lleva el sombrero pequeño y redondo, además de una túnica larga y azul, sus facciones son finas y su tez un poco más clara. Manuel proviene de Guinea Ecuatorial, es joven y peligroso, pues a veces olvidamos que es el único que entiende el español y sabe lo que tramamos; es interesante la combinación de tez y el acento español. Entre ellos, los jóvenes cameruneses y el par de mexicanas hacemos un pedazo de mundo. Ya empezamos a platicarnos, a pelearnos durante los concursos en clase, intento explicar el punto de la diversión antes del triunfo, pero parece difícil. Al final del día sonreímos, nos piden algunas clases de español y tomamos el taxi de regreso a casa.
Hay algunas cosas que cambiar aún, hay quienes se siguen tomando a pecho pequeñeces antes que lo verdaderamente importante. Nos vamos encaminando.
Esta noche hemos logrado salir de casa, hace falta romper en algo la rutina, nos llevan Moses (quien se ordena en un par de semanas) y Diodoné. Al llegar, hay una familia con niños bajando de un carro, van a donde mismo que nosotros. Entramos, bajamos hasta el sótano donde una puerta forrada de una especie de colchón y piel café impide que el sonido salga. Bajamos cual quinceañeras hacia un salón con garigolas en el techo, cuelgan unos candelabros y al fondo está la barra, justo debajo de las escaleras se encuentra escondido el grupo, un joven con el cabello trenzado toca la batería, mientras otro en silla de ruedas se deleita con el bajo, entre ellos se encuentra un Santana perdido, con complejo de Michael Jackson, su traje negro, lleva cadenas por todos lados y adornos plateados que le hacen parecer más de otro planeta. Pareciera poseído por la guitarra, la hace hablar, mientras la música me recuerda a algún karaoke mexicalense. La gente lleva el ritmo de todos y para todos lados. Nos hacen bailar.
Y se acaba la noche.
jueves, 27 de enero de 2011
DÍA 21
Las veo corriendo a las dos por la pradera, la blanca y la negra, alguien las persigue, regresan, deben elegir a una, la blanca, ya está en el suelo con el cuchillo en el cuello, ¡pobre vaca!, sigue moviéndose y tuerce el rabo mientras la desangran, atrapan la sangre en un balde y siguen cercenándola, debieron sacar más filo al cuchillo, sigue pateando, la detienen entre cuatro y finalmente se rinde.
Ya teníamos casi una hora viendo cómo cortaban carne, la cabeza en el suelo con el charco bermellón, las caderas que se rompen al contacto del machete, vacas flacas, el olor no me llegó hasta después del incidente de la pobre res blanca que murió frente a nosotros. Hay una barra de cemento al aire libre, pedazos de carne grandes, unos más que otros, sangre por todos lados, moscas degustando los manjares, una gallina se pasea por la cabeza de la vaca, que parece más bien toro, tiene un par de cuernos afilados, el magnate del lugar acuchilla con una sonrisa en la cara, hace bromas, mientras pedazos de grasa y carne brincan por todos lados, su cara esta embarrada y pareciera no importarle.
Se ríen de nuestros gestos, un señor me mira y nos dice que no hemos de volver a nuestra tierra, pregunto la razón y su respuesta “acabo de decidirlo”. Menos ganas de estar ahí. Creo que me haré vegetariana de aquí hasta el aeropuerto de Chicago.
Después de comprar más de media vaca y de meterla en los costales parecidos a los de la harina, reutilizados de la ocasión anterior. Volvemos a casa, el dinero se ha acabado y aún debemos ir al mercado.
Ya de vuelta en el mercado, recorremos a pie las calles, la gente pide propina por fotografiarle, no llevo conmigo ni un centavo, me conformo con las fotos espontáneas. Veo unas naranjas en la calle, les arrancan la cáscara con un cuchillo, para después venderlas a los que van pasando, me pregunto quién podrá comprarlas, no están lavadas y han sido tomadas por una y otra gente. Caminamos más, mientras el padre Marcel va escogiendo cosas básicas, llena costales, señala aquí y allá. Después de un rato estamos por entrar al mercado principal, el sol está sobre nosotros y nos ofrecen una naranja, nos sabe igual que una botella de agua, contiene azúcar y nos mantiene a flote. Aquí uno no tarda mucho en responderse las preguntas que se hace. Hoy me he respondido.
Marcel negocia sobre precios, alzan la voz, es su manera de acordar y al final sonríen. Caminamos a un pasillo de costura, nos harán algún vestido típico para asistir a misa y a celebraciones, tiro por accidente un gran pedazo de tela sobre la costurera, no está nada contenta, qué puedo hacer además de disculparme. Nos toma las medidas y volvemos. Un hombre nos acompaña con la carreta, habrá de subir lo comprado en el carro, que ahora está en el auto-lavado, bajan y suben cosas, acomodan una y otra vez, al final todo está adentro. No hay cemento en el lugar, está limpio, pero lleno de lodo, hay que sacarlo y seguir con el trabajo.
Hemos llegado al final de la comida y estado a punto para acompañar a la hermana Clara a la clase de español de una primaria cercana. Nuestros pies eran el medio de transporte y agarramos camino, más subidas que bajadas, entre pastizales se hacía el caminito de tierra, por ahí íbamos pintándonos de rojo. Media hora a paso rápido, qué resistencia la suya.
Llegamos al lugar, otro de esos no fotografiables, en medio de la nada, tétrico, dos personas a cargo de ciento treinta niños, de los cuales noventa y algo (diría el encargado sin tener el dato exacto) viven ahí, en dos cuartos medianos, las cuentas no cuadran, al menos dos niños por cama individual, me ha recordado esa película que apenas vi. Sus baúles alrededor del cuarto, hacinados en literas de tres pisos, en condiciones insalubres, el olor a orina está por los pasillos.
Caminan de un lado a otro en busca de sus clases, entre techos sin techo pero laminados, me faltan las palabras, un cuarto de adobe en la parte trasera es la cocina, de la cual cuelgan elotes esperando a secarse por completo, un perro flaco está tirado en medio de la tierra. Me falta valor para seguir ahí.
La clase de francés transcurre lenta, entre las nauseas que han vuelto y la diferencia del método. De vuelta debemos buscar un taxi, ya he aprendido a negociar el precio, el chofer lleva un sombrero jamaiquino, mientras del retrovisor cuelga un pingüino, un delfín, unos lentes, una pluma, un tambor y la credencial del mismo, a nuestros lados un par de calcomanías de Jesús con una oveja que llevan escrito “El señor es mi pastor, nada me faltará”. Estamos en casa.
Ya teníamos casi una hora viendo cómo cortaban carne, la cabeza en el suelo con el charco bermellón, las caderas que se rompen al contacto del machete, vacas flacas, el olor no me llegó hasta después del incidente de la pobre res blanca que murió frente a nosotros. Hay una barra de cemento al aire libre, pedazos de carne grandes, unos más que otros, sangre por todos lados, moscas degustando los manjares, una gallina se pasea por la cabeza de la vaca, que parece más bien toro, tiene un par de cuernos afilados, el magnate del lugar acuchilla con una sonrisa en la cara, hace bromas, mientras pedazos de grasa y carne brincan por todos lados, su cara esta embarrada y pareciera no importarle.
Se ríen de nuestros gestos, un señor me mira y nos dice que no hemos de volver a nuestra tierra, pregunto la razón y su respuesta “acabo de decidirlo”. Menos ganas de estar ahí. Creo que me haré vegetariana de aquí hasta el aeropuerto de Chicago.
Después de comprar más de media vaca y de meterla en los costales parecidos a los de la harina, reutilizados de la ocasión anterior. Volvemos a casa, el dinero se ha acabado y aún debemos ir al mercado.
Ya de vuelta en el mercado, recorremos a pie las calles, la gente pide propina por fotografiarle, no llevo conmigo ni un centavo, me conformo con las fotos espontáneas. Veo unas naranjas en la calle, les arrancan la cáscara con un cuchillo, para después venderlas a los que van pasando, me pregunto quién podrá comprarlas, no están lavadas y han sido tomadas por una y otra gente. Caminamos más, mientras el padre Marcel va escogiendo cosas básicas, llena costales, señala aquí y allá. Después de un rato estamos por entrar al mercado principal, el sol está sobre nosotros y nos ofrecen una naranja, nos sabe igual que una botella de agua, contiene azúcar y nos mantiene a flote. Aquí uno no tarda mucho en responderse las preguntas que se hace. Hoy me he respondido.
Marcel negocia sobre precios, alzan la voz, es su manera de acordar y al final sonríen. Caminamos a un pasillo de costura, nos harán algún vestido típico para asistir a misa y a celebraciones, tiro por accidente un gran pedazo de tela sobre la costurera, no está nada contenta, qué puedo hacer además de disculparme. Nos toma las medidas y volvemos. Un hombre nos acompaña con la carreta, habrá de subir lo comprado en el carro, que ahora está en el auto-lavado, bajan y suben cosas, acomodan una y otra vez, al final todo está adentro. No hay cemento en el lugar, está limpio, pero lleno de lodo, hay que sacarlo y seguir con el trabajo.
Hemos llegado al final de la comida y estado a punto para acompañar a la hermana Clara a la clase de español de una primaria cercana. Nuestros pies eran el medio de transporte y agarramos camino, más subidas que bajadas, entre pastizales se hacía el caminito de tierra, por ahí íbamos pintándonos de rojo. Media hora a paso rápido, qué resistencia la suya.
Llegamos al lugar, otro de esos no fotografiables, en medio de la nada, tétrico, dos personas a cargo de ciento treinta niños, de los cuales noventa y algo (diría el encargado sin tener el dato exacto) viven ahí, en dos cuartos medianos, las cuentas no cuadran, al menos dos niños por cama individual, me ha recordado esa película que apenas vi. Sus baúles alrededor del cuarto, hacinados en literas de tres pisos, en condiciones insalubres, el olor a orina está por los pasillos.
Caminan de un lado a otro en busca de sus clases, entre techos sin techo pero laminados, me faltan las palabras, un cuarto de adobe en la parte trasera es la cocina, de la cual cuelgan elotes esperando a secarse por completo, un perro flaco está tirado en medio de la tierra. Me falta valor para seguir ahí.
La clase de francés transcurre lenta, entre las nauseas que han vuelto y la diferencia del método. De vuelta debemos buscar un taxi, ya he aprendido a negociar el precio, el chofer lleva un sombrero jamaiquino, mientras del retrovisor cuelga un pingüino, un delfín, unos lentes, una pluma, un tambor y la credencial del mismo, a nuestros lados un par de calcomanías de Jesús con una oveja que llevan escrito “El señor es mi pastor, nada me faltará”. Estamos en casa.
miércoles, 26 de enero de 2011
DÍA 20
Un dolor en el vientre me despierta de golpe, tengo escalofríos y nauseas. Voy al baño una, dos, tres veces, hoy no voy a la oración, me quedo debajo de las cobijas buscando un culpable, entre los sospechosos están: los frijoles con olor extraño de la noche anterior, el mosquito que pude ver sobrevolando mi cama, el aceite de palma de la salsa en la que se sumergía el pescado de ayer, la lata de elotes, todos tienen cara de culpables. Tiemblo, duermo, vuelvo al baño, regreso y sueño… hay cuatro hileras, una sobre otra, de gallinas blancas con algo de rojo, cada una sobre su respectiva alfombra voladora, no hacen nada, sólo permanecen flotando… despierto, estoy delirando.
Me doy un baño caliente y preparamos la clase de español nuevamente, me he perdido el desayuno y debo buscar algo, a Charles les extraña mi ausencia por la mañana (y es que siempre soy la primera en aparecer) le cuento mi malestar y afirma “son los frijoles” sin haberlo mencionado yo antes, confiesa que utilizaron verdura vieja. Le tengo fe a que sea eso y me como una piña, la corto por primera vez a mi manera, en rodajas, no en prismas irregulares, está dulce, algo fermentada y sabe a tepache en algunas partes.
Corremos a la clase, aún nos quedan diez minutos y nos sentamos en los maceteros centrales, tomamos el sol y nos calentamos. Tengo las manos frías y la cara caliente. Andrea inicia con lo suyo, para después darle entrada a “amor a la mexicana”, qué penosa la tarea de cantarla, pero no tanto como tener que traducirla al inglés. Innecesario. Nos reímos un rato e increíblemente los muchachos cantaron. Prometo traer algo realmente mexicano para la siguiente clase.
Mis intestinos hacen sonidos a la menor provocación, bajamos a la cocina a platicar nuevamente con Fidelius y Charles, esos dos la pasan en grande, dicen que la temporada de lluvias pinta fatal, ya planeamos nuestra depresión durante el encierro, deshacemos el plan y comenzamos a pensar en ir al norte cuando llegue la temporada de lluvias, por lo menos un fin de semana.
Hoy me hace falta mi gente.
Me doy un baño caliente y preparamos la clase de español nuevamente, me he perdido el desayuno y debo buscar algo, a Charles les extraña mi ausencia por la mañana (y es que siempre soy la primera en aparecer) le cuento mi malestar y afirma “son los frijoles” sin haberlo mencionado yo antes, confiesa que utilizaron verdura vieja. Le tengo fe a que sea eso y me como una piña, la corto por primera vez a mi manera, en rodajas, no en prismas irregulares, está dulce, algo fermentada y sabe a tepache en algunas partes.
Corremos a la clase, aún nos quedan diez minutos y nos sentamos en los maceteros centrales, tomamos el sol y nos calentamos. Tengo las manos frías y la cara caliente. Andrea inicia con lo suyo, para después darle entrada a “amor a la mexicana”, qué penosa la tarea de cantarla, pero no tanto como tener que traducirla al inglés. Innecesario. Nos reímos un rato e increíblemente los muchachos cantaron. Prometo traer algo realmente mexicano para la siguiente clase.
Mis intestinos hacen sonidos a la menor provocación, bajamos a la cocina a platicar nuevamente con Fidelius y Charles, esos dos la pasan en grande, dicen que la temporada de lluvias pinta fatal, ya planeamos nuestra depresión durante el encierro, deshacemos el plan y comenzamos a pensar en ir al norte cuando llegue la temporada de lluvias, por lo menos un fin de semana.
Hoy me hace falta mi gente.
martes, 25 de enero de 2011
DÍA 19
El olor a madera quemada me huele bonito, me sabe a desayuno. Aún es de noche mientras veo la lista de Schindler.
Un sonido que se cuela por la ventana me despierta, esta vez no es el gallo, ni el disco rayado anunciando las cinco y media de la mañana, es más temprano, pareciera que hubiesen encendido una motocicleta en mi cuarto, es el generador de emergencia, no hay luz.
La capilla está callada, al entrar alguien me indica el salmo de inicio. Hoy los escolapios del mundo piden (o pedimos) por la casa de Bamenda, la nuestra. Curiosamente el mismo día en que piden por el cumpleaños de Daniel Velázquez, escolapio de las Californias, un nombre conocido me saca un grito discreto que ha hecho reír a más de uno. Nuestra oración es como un puente.
Ya en el desayuno aparece Pascal, el postulante de más baja estatura (mi madre siempre ha dicho que la bondad se mide de la cabeza hacia el cielo), viene arrastrando sus pies y cargando un balde, mientras porta orgulloso el saco blanco rayado de azul marino, que venía en alguna de las bolsas de donación. Qué importa el corte acinturado y femenino del mismo, qué importa la abertura trasera que se forma por su espalda, lo cubre del frío y él lo trata con cuidado.
Por la tarde hemos salido hasta la carretera en busca del fotógrafo del lugar. Dos hombres aparecen por la carretera, llevan sus trajes coloridos y sus sombreros típicos, por un lado un arma larga cada uno. Queremos pensar que se trata de otro funeral, uno nos habla, es el mismísimo fotógrafo diciendo: “vuelvan más tarde”.
Justo al lado del cuartito de madera, donde se encuentra su estudio, están un par de costureras, afuera del lugar están tres pequeños que juegan entre retazos, se los colocan en la cabeza, mientras uno grita “sista”, al voltear, mueve su mano saludando, correspondo y sigo mi camino, cuando vuelvo a escuchar “sista”, así uno a la vez.
Hemos salido con Diodoné rumbo a un lugar hacia el Sur, aunque según mis cálculos… era más bien el Norte. Es un parque parecido a lo que era la buena “Misión Dragón”, al entrar entre unas cortinas hechas de piezas de madera, nos han recibido un par de damas, encargadas de cobrar la entrada. Los precios me han causado conmoción. Hay una tarifa para adultos, una para niños y otra para extranjeros que doblaba la de los primeros. Entiendo la necesidad, pero es que no hay manera de juzgar al extranjero más que por su color de piel y me coloco en el supuesto contrario. Regresaríamos unos cincuenta años. Hago mi berrinche breve y le explico a Diodoné, no sé si es que en verdad me entiende o simplemente me da por mi lado. Igual hemos disfrutado de los columpios y las vueltas acostumbradas en los parques.
La hora del deporte llega pronto, caminamos por veredas antes desconocidas, cinco niños desnudos que se bañan en el frente de la casa nos saludan, sin pudor alguno, según la máxima de mi madre: “una vez que se pierde el pudor, se pierde todo…todo” ellos ya lo habrían perdido todo, pero es que esa es más bien inocencia, no son tan pequeños pero tampoco grandes. Mientras en el campo de futbol un hombre juega en calzones largos únicamente, podría apostar que también piensa que son shorts. Nadie lo nota.
Las niñas adoptadas por las hermanas Calasanzias están jugando en la tierra, cada vez que pasamos junto a ellas Delfín corre hasta mi pierna y se me amarra, me da ternura. No se acostumbran a decirnos de otro modo, seguimos siendo “sistas” es que no conocen mujer blanca que esté aquí sin ser religiosa de algún tipo.
De vuelta hemos tenido un breve, muy breve, partido de basquetbol con dos jóvenes más bien adultos que esperaban algún balón, siento más la altura en mis pulmones, que el aire que debería llenarlos. Unas cuantas canastas y hemos partido para las vísperas y la cena, que se ha convertido en un campo de batalla a la hora de lavar los platos. Esto ya se va llamando familia.
Un sonido que se cuela por la ventana me despierta, esta vez no es el gallo, ni el disco rayado anunciando las cinco y media de la mañana, es más temprano, pareciera que hubiesen encendido una motocicleta en mi cuarto, es el generador de emergencia, no hay luz.
La capilla está callada, al entrar alguien me indica el salmo de inicio. Hoy los escolapios del mundo piden (o pedimos) por la casa de Bamenda, la nuestra. Curiosamente el mismo día en que piden por el cumpleaños de Daniel Velázquez, escolapio de las Californias, un nombre conocido me saca un grito discreto que ha hecho reír a más de uno. Nuestra oración es como un puente.
Ya en el desayuno aparece Pascal, el postulante de más baja estatura (mi madre siempre ha dicho que la bondad se mide de la cabeza hacia el cielo), viene arrastrando sus pies y cargando un balde, mientras porta orgulloso el saco blanco rayado de azul marino, que venía en alguna de las bolsas de donación. Qué importa el corte acinturado y femenino del mismo, qué importa la abertura trasera que se forma por su espalda, lo cubre del frío y él lo trata con cuidado.
Por la tarde hemos salido hasta la carretera en busca del fotógrafo del lugar. Dos hombres aparecen por la carretera, llevan sus trajes coloridos y sus sombreros típicos, por un lado un arma larga cada uno. Queremos pensar que se trata de otro funeral, uno nos habla, es el mismísimo fotógrafo diciendo: “vuelvan más tarde”.
Justo al lado del cuartito de madera, donde se encuentra su estudio, están un par de costureras, afuera del lugar están tres pequeños que juegan entre retazos, se los colocan en la cabeza, mientras uno grita “sista”, al voltear, mueve su mano saludando, correspondo y sigo mi camino, cuando vuelvo a escuchar “sista”, así uno a la vez.
Hemos salido con Diodoné rumbo a un lugar hacia el Sur, aunque según mis cálculos… era más bien el Norte. Es un parque parecido a lo que era la buena “Misión Dragón”, al entrar entre unas cortinas hechas de piezas de madera, nos han recibido un par de damas, encargadas de cobrar la entrada. Los precios me han causado conmoción. Hay una tarifa para adultos, una para niños y otra para extranjeros que doblaba la de los primeros. Entiendo la necesidad, pero es que no hay manera de juzgar al extranjero más que por su color de piel y me coloco en el supuesto contrario. Regresaríamos unos cincuenta años. Hago mi berrinche breve y le explico a Diodoné, no sé si es que en verdad me entiende o simplemente me da por mi lado. Igual hemos disfrutado de los columpios y las vueltas acostumbradas en los parques.
La hora del deporte llega pronto, caminamos por veredas antes desconocidas, cinco niños desnudos que se bañan en el frente de la casa nos saludan, sin pudor alguno, según la máxima de mi madre: “una vez que se pierde el pudor, se pierde todo…todo” ellos ya lo habrían perdido todo, pero es que esa es más bien inocencia, no son tan pequeños pero tampoco grandes. Mientras en el campo de futbol un hombre juega en calzones largos únicamente, podría apostar que también piensa que son shorts. Nadie lo nota.
Las niñas adoptadas por las hermanas Calasanzias están jugando en la tierra, cada vez que pasamos junto a ellas Delfín corre hasta mi pierna y se me amarra, me da ternura. No se acostumbran a decirnos de otro modo, seguimos siendo “sistas” es que no conocen mujer blanca que esté aquí sin ser religiosa de algún tipo.
De vuelta hemos tenido un breve, muy breve, partido de basquetbol con dos jóvenes más bien adultos que esperaban algún balón, siento más la altura en mis pulmones, que el aire que debería llenarlos. Unas cuantas canastas y hemos partido para las vísperas y la cena, que se ha convertido en un campo de batalla a la hora de lavar los platos. Esto ya se va llamando familia.
lunes, 24 de enero de 2011
DÍA 18
Sumerjo la cuchara en el bote de leche que acaban de rellenar, la sacudo un poco, está mañana mi café no necesita proteínas.
El “pap” está en la mesa, es una mezcla con consistencia de sopa de aleta de tiburón, pero hecha a base de maíz, es la gloria para muchos.
Un hombre ciego se aproxima hacia la banca en la que espero, sus pantalones llegan apenas debajo de la rodilla, es alto y muy delgado, lleva una gorra puesta, mientras va tocando con su vara cada parte del camino, lo reconoce. Se sienta junto a mí, le tomo la mano para que sepa que estoy ahí, emite sonidos, es además sordomudo, quiere comer, el padre Emilio, sale y le toma de la mano, entregándole algunas monedas, una por una, para que pueda contarlas; luego le toca la boca en señal de que deberá comprar comida. Cada día ha de venir a visitar, algunas veces hay comida, otras vestido. Ahora entiendo la altura del pantalón y el parecido con la gorra del padre Emilio.
La primera clase de valores, impartida por nosotros, está por empezar. Estoy en Starlight, en el segundo salón del pasillo, al frente, con una pelota color anaranjado en las manos, la lanzo a los alumnos en busca de alguna pista, quiero saber sus nombres y algo más. No entiendo cómo sus pulmones se llenan para el canto del inicio y a la hora de hablar, el sonido no fluye, agachan la cabeza y hablan quedito, quedito. Sólo he podido pronunciar tres de treinta y cinco nombres. Entre las cosas que prefieren hacer, como era de esperarse, estaban el canto y el baile, en tercer lugar estaba comer.
He conocido los verdaderos hoyos en la ropa, podría caber un brazo entero a través de ellos, pero aquí todo se aprovecha hasta la última gota, hasta el último pedazo, el último, siempre el último.
Hablamos de la libertad, de los esclavos, de los colores, las religiones, las preferencias políticas, la obediencia, la libertad del otro, los amigos, los padres, los maestros, el gobierno, los trabajos, la ausencia de pagos, los presos, la ignorancia, la lucha, la revolución, los niños han mencionado a Martin Luther (así le llaman, como con cariño), a Mandela, a Patrick Lamumba (que aún desconozco, pero debí traer de tarea). El tiempo pasa rápido desde afuera, para ellos, desde adentro, nadie sabe.
La hora de la matanza de gallinas llegó y tenemos varios ausentes en la preparación de monitores, en la comida encontraríamos el tiradero de vísceras y plumas por doquier, parecieran no sentir emoción alguna por el río de sangre, es parte del trabajo de cada día.
Los presentes la hemos pasado en grande, comienzan a inquietarse por abrir nuevos lugares para divertir a los niños. De eso se trata todo esto.
Un par de horas después estoy frente al tercer grado de educación para adultos, mediante deformes dibujos les enseño palabras con la letra “sh”, que hasta ayer desconocía. Las señoras se divierten y sonríen conmigo.
Terminé pronto con mi parte, tomo mis cosas y me siento, recargándome bajo la ventana de madera por la que se asomaban dos niños, Cassandra apenas habla, Serge sonríe más de lo que habla. De pronto me encuentro cantándole “amor eterno” con el corazón en la garganta, debe ser por eso que se siente el nudo, se me llenan los ojitos de agua y Serge que me escucha atentamente me sonríe, mientras cuelga por el marco de la misma ventana. Comienza a hacer piruetas, gira por el tubo hasta marearse y yo sigo “… tarde o temprano…” me sonríe y se desliza por el tubo. Me despido, promete aprender una canción para el siguiente lunes, volveremos a cantarnos.
El “pap” está en la mesa, es una mezcla con consistencia de sopa de aleta de tiburón, pero hecha a base de maíz, es la gloria para muchos.
Un hombre ciego se aproxima hacia la banca en la que espero, sus pantalones llegan apenas debajo de la rodilla, es alto y muy delgado, lleva una gorra puesta, mientras va tocando con su vara cada parte del camino, lo reconoce. Se sienta junto a mí, le tomo la mano para que sepa que estoy ahí, emite sonidos, es además sordomudo, quiere comer, el padre Emilio, sale y le toma de la mano, entregándole algunas monedas, una por una, para que pueda contarlas; luego le toca la boca en señal de que deberá comprar comida. Cada día ha de venir a visitar, algunas veces hay comida, otras vestido. Ahora entiendo la altura del pantalón y el parecido con la gorra del padre Emilio.
La primera clase de valores, impartida por nosotros, está por empezar. Estoy en Starlight, en el segundo salón del pasillo, al frente, con una pelota color anaranjado en las manos, la lanzo a los alumnos en busca de alguna pista, quiero saber sus nombres y algo más. No entiendo cómo sus pulmones se llenan para el canto del inicio y a la hora de hablar, el sonido no fluye, agachan la cabeza y hablan quedito, quedito. Sólo he podido pronunciar tres de treinta y cinco nombres. Entre las cosas que prefieren hacer, como era de esperarse, estaban el canto y el baile, en tercer lugar estaba comer.
He conocido los verdaderos hoyos en la ropa, podría caber un brazo entero a través de ellos, pero aquí todo se aprovecha hasta la última gota, hasta el último pedazo, el último, siempre el último.
Hablamos de la libertad, de los esclavos, de los colores, las religiones, las preferencias políticas, la obediencia, la libertad del otro, los amigos, los padres, los maestros, el gobierno, los trabajos, la ausencia de pagos, los presos, la ignorancia, la lucha, la revolución, los niños han mencionado a Martin Luther (así le llaman, como con cariño), a Mandela, a Patrick Lamumba (que aún desconozco, pero debí traer de tarea). El tiempo pasa rápido desde afuera, para ellos, desde adentro, nadie sabe.
La hora de la matanza de gallinas llegó y tenemos varios ausentes en la preparación de monitores, en la comida encontraríamos el tiradero de vísceras y plumas por doquier, parecieran no sentir emoción alguna por el río de sangre, es parte del trabajo de cada día.
Los presentes la hemos pasado en grande, comienzan a inquietarse por abrir nuevos lugares para divertir a los niños. De eso se trata todo esto.
Un par de horas después estoy frente al tercer grado de educación para adultos, mediante deformes dibujos les enseño palabras con la letra “sh”, que hasta ayer desconocía. Las señoras se divierten y sonríen conmigo.
Terminé pronto con mi parte, tomo mis cosas y me siento, recargándome bajo la ventana de madera por la que se asomaban dos niños, Cassandra apenas habla, Serge sonríe más de lo que habla. De pronto me encuentro cantándole “amor eterno” con el corazón en la garganta, debe ser por eso que se siente el nudo, se me llenan los ojitos de agua y Serge que me escucha atentamente me sonríe, mientras cuelga por el marco de la misma ventana. Comienza a hacer piruetas, gira por el tubo hasta marearse y yo sigo “… tarde o temprano…” me sonríe y se desliza por el tubo. Me despido, promete aprender una canción para el siguiente lunes, volveremos a cantarnos.
DÍA 17
La gente comienza a reconocernos fuera de la iglesia, son los que salen de la misa de las seis y media, otra vez está llena, lo que demuestra que el domingo pasado no había sido un hecho aislado. Nos sonríen y extienden la mano, ya no somos extrañas del todo. Nos preparamos para comenzar la de las ocho y media, la gente llega, los jóvenes están ahí, otra vez vestidos de gala, llegan con un trapito en mano y limpian el lugar donde habrán de sentarse, el coro está a punto, como si no hubiesen cantado durante dos horas en la celebración anterior.
Después de dos horas y media de bailar entre las bancas de la iglesia y escuchar esos rezos en lenguas y acentos que ya no me son desconocidos, el padre pide que pasemos al frente. Han salido cinco palabras de mi boca, las más sinceras. La gente sonríe.
Hoy es el día de la competencia, esa de canto que ya había contado antes. Los jóvenes están listos y antes de comenzar me tomo tiempo para respirar, mi mirada se dirige hacia la tumba fresca del panteón, veo la cera que ha quedado derretida sobre los lados del montón de tierra. Al momento dos señoras se aproximan, dos cabezazos y un beso bien dado de la primera, de la segunda tres besos repartidos equitativa y discretamente en ambas mejillas, me sonríen con el tiempo en los dientes y con el alma en la boca, les da ternura mi aún falta de experiencia en el saludo africano, una me sostiene la mano, no la suelta, dice que le da alegría que esté aquí, que mi inglés es claro, que ya quiere verme otra vez. La gente me da cariño como si supieran algo.
Me dirijo hacia adentro, de pasada veo a dos jóvenes que están tomados de la mano, es costumbre entre varones caminar sosteniendo su meñique, en señal de una amistad sincera. Aún no les llega el morbo, no tienen miedo del contacto, nadie se imagina nada, es como si fueran niños, como si conservaran su inocencia.
Ya iniciado el concurso, es increíble aquella guerra de talentos, de la que ya tanto he hablado, pero es que pareciera que no hay un alma que no sepa cantar o bailar, inventan sus canciones, los movimientos, la melodía, hacen el trabajo completo. Son ocho equipos, no podría cantar como ninguno de ellos. El premio más grande consiste en veinte mil francos (cuarenta dólares) y deben ser por lo menos quince jóvenes los que conforman cada grupo, el segundo se llevará diez mil, el tercero, cuarto y quinto unas bolsas de ropa usada y desgastada, que ayer mismo doblábamos por la noche. La mayoría de ella debía ser XXL, no recuerdo bien de dónde provenía, pero debió tardar años en llegar, alguna está en buen estado, otra te permite ver a través de ella. Tanto talento, digno de cualquier espectáculo televisivo y aquí compiten por cosas básicas. Otra vez enseñándome.
Todos están contentos y emocionados, el intervalo antes de los resultados me ha servido para platicar con los llamados postulantes, ya siento que los quiero. Comienzan a saber que estoy ahí, ya no soy invisible, me cuestionan y los cuestiono, nos respetamos. Creí que nos tomaría más tiempo.
La comida esperaba servida, mientras el hambre desesperaba. Nos sentamos a la mesa en compañía de la religiosa que había venido como jurado, es agradable, tampoco teme al contacto, da manotazos de juego, de esos que se dan a los amigos. Vamos de camino al convento en el que vive, donde nos reciben con una bebida espesa al fondo del vaso, pareciera miel, con sabor a limón de botella, luego llega una botella de vino que más bien contiene agua, para diluirlo un poco. Nos despedimos. Vamos ya para otra casa, rumbo a Kumbo, pero no hasta el fin del mundo. Nos reciben dos hermanas de Etiopía, se ven muy diferentes, podría haber jurado que provenían de la India, son sumamente amables, no nos permiten irnos sin haber tomado algo y comido un poco de pastel, que sabía a casa.
Tenemos mucho trabajo y no espera, entre que intento mantener comunicación y trabajar, no consigo hacer ni una ni otra. Las redes también se han ido. Esta noche la capilla está oscura, las velas aparecen nuevamente.
Por la noche, mientras preparo el material para la clase de los adultos, uno de los postulantes, el más pequeño, con apenas dieciocho años, se acerca. Me ha contado de su vida, desde pequeño fue educado en un internado, dice que no le dolió salir de casa, que encontró una nueva familia, que no importaba el tener que levantarse a cortar pastura con el frío de madrugada, que no importaban las cortadas de las manos, que a todo se acostumbra el cuerpo. Que nunca quiso irse de ahí, que sería como haberle roto algo de adentro, que los azotes de la mañana son los que lo hicieron ser lo que es ahora. Mi cara debe decir un “no” muy grande, entonces dice que es otra cultura, que así es como en verdad funciona. Los demás se acercan y se interrumpe el momento, todos están contentos, yo sigo pensando en los diferentes métodos, alguien les llama y desaparecen. Me quedo haciendo dibujos de cosas que desconozco. Ahora entiendo el por qué no nos entendimos en un principio, la dureza con que se educa y lo duros que se vuelven.
Después de dos horas y media de bailar entre las bancas de la iglesia y escuchar esos rezos en lenguas y acentos que ya no me son desconocidos, el padre pide que pasemos al frente. Han salido cinco palabras de mi boca, las más sinceras. La gente sonríe.
Hoy es el día de la competencia, esa de canto que ya había contado antes. Los jóvenes están listos y antes de comenzar me tomo tiempo para respirar, mi mirada se dirige hacia la tumba fresca del panteón, veo la cera que ha quedado derretida sobre los lados del montón de tierra. Al momento dos señoras se aproximan, dos cabezazos y un beso bien dado de la primera, de la segunda tres besos repartidos equitativa y discretamente en ambas mejillas, me sonríen con el tiempo en los dientes y con el alma en la boca, les da ternura mi aún falta de experiencia en el saludo africano, una me sostiene la mano, no la suelta, dice que le da alegría que esté aquí, que mi inglés es claro, que ya quiere verme otra vez. La gente me da cariño como si supieran algo.
Me dirijo hacia adentro, de pasada veo a dos jóvenes que están tomados de la mano, es costumbre entre varones caminar sosteniendo su meñique, en señal de una amistad sincera. Aún no les llega el morbo, no tienen miedo del contacto, nadie se imagina nada, es como si fueran niños, como si conservaran su inocencia.
Ya iniciado el concurso, es increíble aquella guerra de talentos, de la que ya tanto he hablado, pero es que pareciera que no hay un alma que no sepa cantar o bailar, inventan sus canciones, los movimientos, la melodía, hacen el trabajo completo. Son ocho equipos, no podría cantar como ninguno de ellos. El premio más grande consiste en veinte mil francos (cuarenta dólares) y deben ser por lo menos quince jóvenes los que conforman cada grupo, el segundo se llevará diez mil, el tercero, cuarto y quinto unas bolsas de ropa usada y desgastada, que ayer mismo doblábamos por la noche. La mayoría de ella debía ser XXL, no recuerdo bien de dónde provenía, pero debió tardar años en llegar, alguna está en buen estado, otra te permite ver a través de ella. Tanto talento, digno de cualquier espectáculo televisivo y aquí compiten por cosas básicas. Otra vez enseñándome.
Todos están contentos y emocionados, el intervalo antes de los resultados me ha servido para platicar con los llamados postulantes, ya siento que los quiero. Comienzan a saber que estoy ahí, ya no soy invisible, me cuestionan y los cuestiono, nos respetamos. Creí que nos tomaría más tiempo.
La comida esperaba servida, mientras el hambre desesperaba. Nos sentamos a la mesa en compañía de la religiosa que había venido como jurado, es agradable, tampoco teme al contacto, da manotazos de juego, de esos que se dan a los amigos. Vamos de camino al convento en el que vive, donde nos reciben con una bebida espesa al fondo del vaso, pareciera miel, con sabor a limón de botella, luego llega una botella de vino que más bien contiene agua, para diluirlo un poco. Nos despedimos. Vamos ya para otra casa, rumbo a Kumbo, pero no hasta el fin del mundo. Nos reciben dos hermanas de Etiopía, se ven muy diferentes, podría haber jurado que provenían de la India, son sumamente amables, no nos permiten irnos sin haber tomado algo y comido un poco de pastel, que sabía a casa.
Tenemos mucho trabajo y no espera, entre que intento mantener comunicación y trabajar, no consigo hacer ni una ni otra. Las redes también se han ido. Esta noche la capilla está oscura, las velas aparecen nuevamente.
Por la noche, mientras preparo el material para la clase de los adultos, uno de los postulantes, el más pequeño, con apenas dieciocho años, se acerca. Me ha contado de su vida, desde pequeño fue educado en un internado, dice que no le dolió salir de casa, que encontró una nueva familia, que no importaba el tener que levantarse a cortar pastura con el frío de madrugada, que no importaban las cortadas de las manos, que a todo se acostumbra el cuerpo. Que nunca quiso irse de ahí, que sería como haberle roto algo de adentro, que los azotes de la mañana son los que lo hicieron ser lo que es ahora. Mi cara debe decir un “no” muy grande, entonces dice que es otra cultura, que así es como en verdad funciona. Los demás se acercan y se interrumpe el momento, todos están contentos, yo sigo pensando en los diferentes métodos, alguien les llama y desaparecen. Me quedo haciendo dibujos de cosas que desconozco. Ahora entiendo el por qué no nos entendimos en un principio, la dureza con que se educa y lo duros que se vuelven.
domingo, 23 de enero de 2011
DÍA 16
DÍA 16
Ayer cenamos a la luz de las velas, no, no era una cena romántica en el “fontana” o en algún restaurante lujoso, éramos nosotros comiendo col y de pronto se ha ido la luz nuevamente. Así es la cosa aquí, la luz del cuarto que dura en encender casi un minuto, se va por lo menos un par de veces en el día, el internet se va por días o semanas. No sé a dónde irán pero voy a descubrirlo.
Esta mañana he hablado con Moses sobre el color de piel, la riqueza de Slim, el SIDA y otros temas agitados. Me cuenta cómo se sintió el día que estuvo en Italia y todos lo señalaban como negro, yo le cuento como me siento cuando me señalan como blanca. Dice que México es un país rico porque tiene al hombre más rico del mundo, yo le digo que sí es rico, pero no por él y que la riqueza sigue mal distribuida, que aún no llega el día en que Carlitos toque a mi puerta para darme una parte. No lo espero. El SIDA, los anticonceptivos, el Vaticano, las prostitutas, la fidelidad, la poligamia, el ejemplo, los niños, la educación, de todo hemos hablado, para terminar en un 26% de la población con VIH. Debe ser duro saber que de cada cuatro de tus amigos uno podría tener una enfermedad mortal.
He hablado con mi gente bonita, es inevitable extrañarles pero da gusto saberles con bien. Después del desayuno preparamos la clase de literatura para adultos, que es más que nada enseñar a leer y a escribir, después seguimos con la de valores y estuvimos listas para la comida, como siempre antes, como si pudiéramos adelantar la hora. Después de una pequeña caminata hemos caído rendidas, ya es costumbre que el fin de semana sea el de mayor trabajo, el calendario sigue llenándose de actividades y es mejor para no pensar tanto.
Por la tarde fuimos invitadas a una clase de niños, para saber cómo se lleva y comenzar a ayudar en eso. La cita era a las tres en punto, en casa de las monjitas; nos dieron las tres y media y volvimos a casa, al llegar los jóvenes encargados iban saliendo, la puntualidad no es la virtud mejor desarrollada, pero al fin hemos estado en ese kiosco que está frente al patio, donde había unos quince niños sentados alrededor, cada uno con sus chanclitas de colores llamativos, podías ver en algunos caritas de asombro, otros se acercan y toman tu mano, entre lecturas de la biblia y juegos transcurren un par de horas, yo sonrío mientras los contemplo con cuidado, veo a Delfín, una niña pequeñita, va vestida con un rosa llamativo y afelpado, unas sandalias verdes para detener sus regordetas piernitas empolvadas, tiene la carita linda, con dos caminitos blancos debajo de la nariz, baila al cantar una canción que dice “Jesus is the best and is good all the time”, debe tener apenas unos tres años y sonríe como quien no entiende que se ha quedado sin padres.
Por otra parte está Lucy, tiene la piel pegada al hueso, los dientes de enfrente grandes y notablemente separados, cuando sonríe los árboles bailan, tiene más ritmo en las piernas que el que pudiera descubrir en lo que me queda de vida, canta con los pulmones llenos; así les enseñan a cantar por estos rumbos, sin miedo, a toda voz y a moverse con ritmo, no sólo a menearse, otra vez hay una fiesta improvisada y el anfitrión es como siempre mi Chuyito.
Las tres “sistas” (sisters, hermanas, monjitas, religiosas) que nos acompañan bailan, tocan las congas y cantan con toda el alma y cuando ven a algún pequeño sin moverse puedo ver un maracaso en la cabeza. Bendito Dios que mandó a hacer las maracas africanas de palma y no de madera.
El kiosco respira, se expande y contrae constantemente con los cantos, de lado hay un niño muy callado, sus ojos amarillos y carnosos, quiero saber de esas cosas, quiero arreglarle la mirada. Mientras tanto la niña más inquieta, mientras canta, pasa su mano por la mía, tiene una cicatriz grande y profunda, de esas que terminan encarnadas, mejor ni lo pregunto, está contenta, su vestidito azul, con corazones rojos formando caracoles de mar, pareciera bailar con ella.
La fiesta no termina ahí, pero es la hora del deporte, debemos volver a casa, los niños nos despiden mientras se agitan desesperados por obtener un dulce, sólo escuchamos “sweet, sweet”. Si hubiese conocido la gloria de un dulce antes de venir, probablemente hubiese dejado mi bolsa de dormir y hubiese traído paletas y chocolates.
El ejercicio transcurre normal y cuando estamos por volver, un pequeño grupo de postulantes nos ha invitado a hacer abdominales con ellos, era un reto disfrazado, quién sabe, pero ganó la mujer, la menos blanca, pero blanca al fin y la chaparra. Otra vez estamos riendo. A lo lejos se escuchan disparos al cielo, de nueva cuenta un funeral, el cuarto de la semana, cuando no es la meningitis, es el cáncer, SIDA o la violencia.
Sigue siendo sábado, el día no sólo es pesado para nosotros sino también para Charles que hoy está solo en la cocina, ponemos el café, picamos zanahoria mientras nos interroga. Qué sonrisota la que lleva siempre consigo, trata de convencernos de que nos enamoremos aquí, me rehúso, escucha nuestras historias y complejidades. La noche sonríe con él.
Ayer cenamos a la luz de las velas, no, no era una cena romántica en el “fontana” o en algún restaurante lujoso, éramos nosotros comiendo col y de pronto se ha ido la luz nuevamente. Así es la cosa aquí, la luz del cuarto que dura en encender casi un minuto, se va por lo menos un par de veces en el día, el internet se va por días o semanas. No sé a dónde irán pero voy a descubrirlo.
Esta mañana he hablado con Moses sobre el color de piel, la riqueza de Slim, el SIDA y otros temas agitados. Me cuenta cómo se sintió el día que estuvo en Italia y todos lo señalaban como negro, yo le cuento como me siento cuando me señalan como blanca. Dice que México es un país rico porque tiene al hombre más rico del mundo, yo le digo que sí es rico, pero no por él y que la riqueza sigue mal distribuida, que aún no llega el día en que Carlitos toque a mi puerta para darme una parte. No lo espero. El SIDA, los anticonceptivos, el Vaticano, las prostitutas, la fidelidad, la poligamia, el ejemplo, los niños, la educación, de todo hemos hablado, para terminar en un 26% de la población con VIH. Debe ser duro saber que de cada cuatro de tus amigos uno podría tener una enfermedad mortal.
He hablado con mi gente bonita, es inevitable extrañarles pero da gusto saberles con bien. Después del desayuno preparamos la clase de literatura para adultos, que es más que nada enseñar a leer y a escribir, después seguimos con la de valores y estuvimos listas para la comida, como siempre antes, como si pudiéramos adelantar la hora. Después de una pequeña caminata hemos caído rendidas, ya es costumbre que el fin de semana sea el de mayor trabajo, el calendario sigue llenándose de actividades y es mejor para no pensar tanto.
Por la tarde fuimos invitadas a una clase de niños, para saber cómo se lleva y comenzar a ayudar en eso. La cita era a las tres en punto, en casa de las monjitas; nos dieron las tres y media y volvimos a casa, al llegar los jóvenes encargados iban saliendo, la puntualidad no es la virtud mejor desarrollada, pero al fin hemos estado en ese kiosco que está frente al patio, donde había unos quince niños sentados alrededor, cada uno con sus chanclitas de colores llamativos, podías ver en algunos caritas de asombro, otros se acercan y toman tu mano, entre lecturas de la biblia y juegos transcurren un par de horas, yo sonrío mientras los contemplo con cuidado, veo a Delfín, una niña pequeñita, va vestida con un rosa llamativo y afelpado, unas sandalias verdes para detener sus regordetas piernitas empolvadas, tiene la carita linda, con dos caminitos blancos debajo de la nariz, baila al cantar una canción que dice “Jesus is the best and is good all the time”, debe tener apenas unos tres años y sonríe como quien no entiende que se ha quedado sin padres.
Por otra parte está Lucy, tiene la piel pegada al hueso, los dientes de enfrente grandes y notablemente separados, cuando sonríe los árboles bailan, tiene más ritmo en las piernas que el que pudiera descubrir en lo que me queda de vida, canta con los pulmones llenos; así les enseñan a cantar por estos rumbos, sin miedo, a toda voz y a moverse con ritmo, no sólo a menearse, otra vez hay una fiesta improvisada y el anfitrión es como siempre mi Chuyito.
Las tres “sistas” (sisters, hermanas, monjitas, religiosas) que nos acompañan bailan, tocan las congas y cantan con toda el alma y cuando ven a algún pequeño sin moverse puedo ver un maracaso en la cabeza. Bendito Dios que mandó a hacer las maracas africanas de palma y no de madera.
El kiosco respira, se expande y contrae constantemente con los cantos, de lado hay un niño muy callado, sus ojos amarillos y carnosos, quiero saber de esas cosas, quiero arreglarle la mirada. Mientras tanto la niña más inquieta, mientras canta, pasa su mano por la mía, tiene una cicatriz grande y profunda, de esas que terminan encarnadas, mejor ni lo pregunto, está contenta, su vestidito azul, con corazones rojos formando caracoles de mar, pareciera bailar con ella.
La fiesta no termina ahí, pero es la hora del deporte, debemos volver a casa, los niños nos despiden mientras se agitan desesperados por obtener un dulce, sólo escuchamos “sweet, sweet”. Si hubiese conocido la gloria de un dulce antes de venir, probablemente hubiese dejado mi bolsa de dormir y hubiese traído paletas y chocolates.
El ejercicio transcurre normal y cuando estamos por volver, un pequeño grupo de postulantes nos ha invitado a hacer abdominales con ellos, era un reto disfrazado, quién sabe, pero ganó la mujer, la menos blanca, pero blanca al fin y la chaparra. Otra vez estamos riendo. A lo lejos se escuchan disparos al cielo, de nueva cuenta un funeral, el cuarto de la semana, cuando no es la meningitis, es el cáncer, SIDA o la violencia.
Sigue siendo sábado, el día no sólo es pesado para nosotros sino también para Charles que hoy está solo en la cocina, ponemos el café, picamos zanahoria mientras nos interroga. Qué sonrisota la que lleva siempre consigo, trata de convencernos de que nos enamoremos aquí, me rehúso, escucha nuestras historias y complejidades. La noche sonríe con él.
viernes, 21 de enero de 2011
DÍA 14 Y 15
DÍA 14
La noche se fue rápida, entre la oscuridad del último cuarto de la casa de Kumbo, no debe pasar de los cuatro metros cuadrados, las dos enormes ventanas que nos rodean hacen que se cuelen todo tipo de sonidos, el guardia debe arrastrar los pies, mientras puedo imaginarlo cargando la escopeta que vi que le entregaron a la hora de la cena.
A las seis hemos estado listas para tomar un café y tomar terracería rumbo a casa. Dicen que el camino es espantoso, pareciera que hubieses estado en un accidente durante tres horas; aquí es donde agradezco a Dios mi gran capacidad para dormir hasta en las condiciones más adversas, así que me relajo, duermo y sueño que como elotes, casi la lata entera.
Abro los ojos y estoy entrando a la subida empedrada que da hacía la casa, qué alivio, ya extrañaba Bamenda, no es que Kumbo esté mal, pero es que en verdad pareciera la última parte del mundo, me hace falta el padre Emilio corriendo por la casa con su gorra en mano, extraño la comida de Fidellius y el café de Charles, al gato exigiendo comida y el constante movimiento de los postulantes.
Ya estoy de vuelta y en media hora nos han dicho que daremos nuestra clase de español, de ésta me voy más satisfecha, les he enseñado palabras claves, que deberán repasar cada día hasta el fin del mundo: “por favor, gracias, de nada, lo siento, perdón”. Han comenzado a utilizarlas.
La semana anterior habíamos tenido algunos roces por cuestiones de machismo, invisibilidad, falta de cortesía. Mira a quienes fueron a mandarles para acá, por algo será. Me dan gusto sus avances y salimos contentas de clase.
El resto del día lo dedicamos a la lavandería, no podrían imaginar lo difícil que es sacar lo rojo de los calcetines, de los zapatos, de toda la ropa, hay que tallar y tallar, la emoción me hizo agujerar un par de prendas, que han quedado muy bien lavadas.
Recorrimos el centro después de la búsqueda de clases de francés, los veo a todos y memorizo escenas, con rostros, olores, colores y ritmos. Hay un joven mecánico con la ropa bañada en aceite sentado sobre un cuadro de cemento, dos pequeños tomaditos de la mano caminando hacia algún lado, una señora embarazada que se cubre el vientre con las telas de colores, unos diez motociclistas en la espera de algún cliente, estudiantes saliendo de la escuela y encontrando su camino.
Así transcurre un día tranquilo en casa. La ropa espera y yo espero más.
DÍA 15
Ha llegado el día quince, la mitad del primer mes, la doceava parte del tiempo que estaremos aquí, me gustaría decir que ha pasado pronto, pero estaría mintiendo. Dicen que así son los primeros meses, que los demás se pasan volando, todo está por verse.
Tempranito como ya es costumbre estoy de pie, me rehúso a utilizar el mosquitero que se aferra en enredarme por la noche, hoy cubrimos la clase de las ocho y media, tendremos dos horas para enseñar un poco de aquí y allá. Hoy la frase que he sacado de mi pequeño libro de frases y refranes mexicanos, que adquirí el año pasado en una feria de León, me ha dictado de voz de Ignacio Ramírez “En el matrimonio, la mujer es igual al varón y tiene derechos que reclamar, que la ley debe asegurarle”, no vayan ustedes a pensar que hemos instalado una campaña a favor de la mujer, pero ha causado revuelo, algunos se ríen, otros dicen que aquí la cosa es distinta, yo les digo que nos vemos en cincuenta años, la verdad estoy siendo optimista. Alguien menciona que el único día en que es así es el ocho de marzo, día internacional de la mujer, que vengan otros trescientos sesenta y cuatro para los hombres.
Al terminar con la primera hora de la clase de español, les hemos puesto unas canciones mexicanas para escoger alguna y aprenderla, los deleitamos con el “cielito lindo, las mañanitas, el rey” sonaban fuertes y claros, nos es inevitables cantarlos, son nuestros. Tal vez es eso mismo lo que los ha llevado a pedir “amor a la mexicana”, lo entiendo, no puedes apreciar algo que no traes en la sangre, al menos no de buenas a primeras.
Durante la segunda hora hemos jugado con ellos, como parte de la instrucción para monitores en el verano, qué trabajo nos ha dado que se sienten en el piso, no lo entiendo, aquí todo es tierra, el solo hecho de caminar de un lado a otro te hace ensuciarte. Al final, el ejemplo arrastra y ahí tenemos a once jóvenes que solían hablar francés y ahora entienden el inglés, diciendo en voz alta “pato, pato, pato, ganso.” Lo disfrutaron ellos y también nosotros. Veo algunos oídos que comienzan a abrirse, hay más dudas en el aire, escucho un “gracias” a menudo y un “por favor” donde va un “con permiso”. Lo que más cuesta es lo que más satisfacción termina dando y esto me está costando.
Aún esperaba ropa en la lavadora, los ciclos parecen eternos, te recuerdo madre, qué bien me enseñaste a hacer las cosas y qué difícil es dejar de hacerlas cuando no se tienen los medios para ello, la luz se corta a menudo para compensar la falta en otros lugares, el ciclo debe detenerse a la mitad y la ropa sale prácticamente empapada, el momento del enjuague nunca llega y estoy segura que cuando lleguen las lluvias sacaré burbujas mientras corro.
Papá te veo en Fidellius, tiene la misma voluntad que tú para hacer las cosas, pero extraño tus comidas, tu sazón. Amo la idea de saberme hija de un hombre capaz de planchar, cocinar y arreglar un carro. Me gusta la idea de que mamá comparta sus tareas, me gustan ustedes y lo que hacen juntos. No tuve que viajar miles de kilómetros para saberlo, pero sí para expresarlo.
Hay tantos queriendo salir de donde están y tantos queriendo volver, si sales que sea para crecer y devolver lo que has ganado, si llega el día en que lo hayas dado todo, vete a donde quieras. Desde afuera siempre se ve mejor lo que hay dentro, qué bonito mi país, qué bonita que es su gente, cuánto habrá trabajado alguien, cuántos seguirán trabajando.
La noche se fue rápida, entre la oscuridad del último cuarto de la casa de Kumbo, no debe pasar de los cuatro metros cuadrados, las dos enormes ventanas que nos rodean hacen que se cuelen todo tipo de sonidos, el guardia debe arrastrar los pies, mientras puedo imaginarlo cargando la escopeta que vi que le entregaron a la hora de la cena.
A las seis hemos estado listas para tomar un café y tomar terracería rumbo a casa. Dicen que el camino es espantoso, pareciera que hubieses estado en un accidente durante tres horas; aquí es donde agradezco a Dios mi gran capacidad para dormir hasta en las condiciones más adversas, así que me relajo, duermo y sueño que como elotes, casi la lata entera.
Abro los ojos y estoy entrando a la subida empedrada que da hacía la casa, qué alivio, ya extrañaba Bamenda, no es que Kumbo esté mal, pero es que en verdad pareciera la última parte del mundo, me hace falta el padre Emilio corriendo por la casa con su gorra en mano, extraño la comida de Fidellius y el café de Charles, al gato exigiendo comida y el constante movimiento de los postulantes.
Ya estoy de vuelta y en media hora nos han dicho que daremos nuestra clase de español, de ésta me voy más satisfecha, les he enseñado palabras claves, que deberán repasar cada día hasta el fin del mundo: “por favor, gracias, de nada, lo siento, perdón”. Han comenzado a utilizarlas.
La semana anterior habíamos tenido algunos roces por cuestiones de machismo, invisibilidad, falta de cortesía. Mira a quienes fueron a mandarles para acá, por algo será. Me dan gusto sus avances y salimos contentas de clase.
El resto del día lo dedicamos a la lavandería, no podrían imaginar lo difícil que es sacar lo rojo de los calcetines, de los zapatos, de toda la ropa, hay que tallar y tallar, la emoción me hizo agujerar un par de prendas, que han quedado muy bien lavadas.
Recorrimos el centro después de la búsqueda de clases de francés, los veo a todos y memorizo escenas, con rostros, olores, colores y ritmos. Hay un joven mecánico con la ropa bañada en aceite sentado sobre un cuadro de cemento, dos pequeños tomaditos de la mano caminando hacia algún lado, una señora embarazada que se cubre el vientre con las telas de colores, unos diez motociclistas en la espera de algún cliente, estudiantes saliendo de la escuela y encontrando su camino.
Así transcurre un día tranquilo en casa. La ropa espera y yo espero más.
DÍA 15
Ha llegado el día quince, la mitad del primer mes, la doceava parte del tiempo que estaremos aquí, me gustaría decir que ha pasado pronto, pero estaría mintiendo. Dicen que así son los primeros meses, que los demás se pasan volando, todo está por verse.
Tempranito como ya es costumbre estoy de pie, me rehúso a utilizar el mosquitero que se aferra en enredarme por la noche, hoy cubrimos la clase de las ocho y media, tendremos dos horas para enseñar un poco de aquí y allá. Hoy la frase que he sacado de mi pequeño libro de frases y refranes mexicanos, que adquirí el año pasado en una feria de León, me ha dictado de voz de Ignacio Ramírez “En el matrimonio, la mujer es igual al varón y tiene derechos que reclamar, que la ley debe asegurarle”, no vayan ustedes a pensar que hemos instalado una campaña a favor de la mujer, pero ha causado revuelo, algunos se ríen, otros dicen que aquí la cosa es distinta, yo les digo que nos vemos en cincuenta años, la verdad estoy siendo optimista. Alguien menciona que el único día en que es así es el ocho de marzo, día internacional de la mujer, que vengan otros trescientos sesenta y cuatro para los hombres.
Al terminar con la primera hora de la clase de español, les hemos puesto unas canciones mexicanas para escoger alguna y aprenderla, los deleitamos con el “cielito lindo, las mañanitas, el rey” sonaban fuertes y claros, nos es inevitables cantarlos, son nuestros. Tal vez es eso mismo lo que los ha llevado a pedir “amor a la mexicana”, lo entiendo, no puedes apreciar algo que no traes en la sangre, al menos no de buenas a primeras.
Durante la segunda hora hemos jugado con ellos, como parte de la instrucción para monitores en el verano, qué trabajo nos ha dado que se sienten en el piso, no lo entiendo, aquí todo es tierra, el solo hecho de caminar de un lado a otro te hace ensuciarte. Al final, el ejemplo arrastra y ahí tenemos a once jóvenes que solían hablar francés y ahora entienden el inglés, diciendo en voz alta “pato, pato, pato, ganso.” Lo disfrutaron ellos y también nosotros. Veo algunos oídos que comienzan a abrirse, hay más dudas en el aire, escucho un “gracias” a menudo y un “por favor” donde va un “con permiso”. Lo que más cuesta es lo que más satisfacción termina dando y esto me está costando.
Aún esperaba ropa en la lavadora, los ciclos parecen eternos, te recuerdo madre, qué bien me enseñaste a hacer las cosas y qué difícil es dejar de hacerlas cuando no se tienen los medios para ello, la luz se corta a menudo para compensar la falta en otros lugares, el ciclo debe detenerse a la mitad y la ropa sale prácticamente empapada, el momento del enjuague nunca llega y estoy segura que cuando lleguen las lluvias sacaré burbujas mientras corro.
Papá te veo en Fidellius, tiene la misma voluntad que tú para hacer las cosas, pero extraño tus comidas, tu sazón. Amo la idea de saberme hija de un hombre capaz de planchar, cocinar y arreglar un carro. Me gusta la idea de que mamá comparta sus tareas, me gustan ustedes y lo que hacen juntos. No tuve que viajar miles de kilómetros para saberlo, pero sí para expresarlo.
Hay tantos queriendo salir de donde están y tantos queriendo volver, si sales que sea para crecer y devolver lo que has ganado, si llega el día en que lo hayas dado todo, vete a donde quieras. Desde afuera siempre se ve mejor lo que hay dentro, qué bonito mi país, qué bonita que es su gente, cuánto habrá trabajado alguien, cuántos seguirán trabajando.
jueves, 20 de enero de 2011
DÍA 10, 11, 12 Y 13
DÍA 10
Ya empiezo a acostumbrarme a la rutina, comenzamos a entender las laudes y vísperas, a eso de las seis y media de la mañana comenzó la misa. Después de nuestro primer día en Bamenda habíamos entendido que podíamos ir en pijamas a las oraciones y a la Iglesia, después de todo quién va a la primera misa, es madrugada, si a caso un par de señoras mayores. Alguien debió avisarnos que el domingo cambia la cosa, todos se visten de traje, con su mejor vestido, cual quinceañera, cual boda, la iglesia está a reventar, llena de personas de todas las edades, que debieron levantarse cuando menos a las cinco para llegar de gala. Qué vergüenza nos ha dado presentarnos, con dos tres gallos matutinos que oculté bajo el gorro de la chamarra de noche, llevaba mi chamarra deportiva encima, unos pantalones y pantuflas, gracias a Dios no eran tan llamativas como los calcetines rojos afelpados que salían por las chanclas de Andrea. Hemos aprendido la lección y el próximo domingo iremos presentables.
Después de la misa… el desayuno, todavía con casa llena, entre la taza de café de Andrea se escabulló una cucaracha, era chiquita e indefensa, ahora además estaba ahogada, da igual, nuestro café sigue caliente y nos reímos.
Hoy mientras nos disponíamos a traducir unos formatos para la preparación de monitores, ha aparecido el padre Justin para informarnos que mañana daremos nuestra primer clase de valores a los niños más pequeños de la secundaria, así que sin pensarlo hemos buscado al encargado (Moises) para que nos diera por lo menos una idea de lo que haríamos. Entre la búsqueda de libros de valores y las traducciones chicanas que hemos logrado hacer de los formatos, se nos ha ido la mañana. La hora de la comida llega pronto, se nos va el día en dos patadas, es la noche la que sigue ingrata y larga.
Al volver a mi cuarto he recibido una llamada, era mi tía llamando de León para saber cómo me encuentro, estoy bien, mejor de lo que pude imaginar pero mi corazón se ha trasladado hasta San Diego y ahí estará hasta que alguien me dé alguna noticia.
A las tres de la tarde los novicios se enfrentarían en un duelo futbolero contra los postulantes. Podía verlos a todos con sus calcetas rojas y los zapatos de colores llamativos, los shorts azules y las camisetas blancas muy bien lavaditas. Qué divertido es escuchar a Pedro, un religioso apasionado del futbol que aún no lo sabe, y si lo sabe se niega a reconocerlo. Entre gritos y el mal futbol que se ha visto nos la hemos pasado en grande, el balón estuvo más tiempo entre arbustos que en la cancha. Al final las camisetas son rojas y una que otra cabeza se ve pintada también de barro suelto. El marcador final es seis contra uno, bendito balón que se dignó a entrar por sí mismo en tantas ocasiones.
DÍA 11
Hoy no hemos ido a la oración, debíamos estar en punto para la clase da las ocho en una escuela cercana, el desayuno transcurre igual, en familia, el bando de los cameruneses y dos blanquitos españoles que se rehúsan a volver de cualquier modo a su país. Dicen que ahí ya nadie cree en nada.
Hemos llegado a tiempo a la clase de moral, prefiero llamarle de valores, me hace menos responsable. Hemos entrado con el grupo de los más pequeños, es una secundaria, tienen un patio grande y verde que rodea los salones de la escuela, estos niños viven aquí todo el año, sólo salen a sus casas cuando van de vacaciones. Entiendo, aunque no comparta el método, dicen que acá te da categoría, que se educa mejor a los hijos, pero entonces se convierten otros en los responsables.
Se les ve con sus uniformes cafés con blanco por el patio, llevan calcetas blancas y huaraches cafés como parte del mismo. Sus cabecitas rapadas como debe señalar en algún lado el reglamento. Se sientan en las bancas de dos, donde a veces caben tres. Al entrar están cantando, desde adentro, unos aplauden y otros se mueven de lado a lado, no se detienen. Nos ven y sonríen como volteando hacia otro lado, cada que nos presentamos se emocionan y murmuran entre ellos. Hoy Moises ha dado la clase, en espera de que la próxima semana nos hagamos cargo de ese grupo. Hoy han hablado del alma, del cielo, dicen que el cielo está aquí, yo así lo creo.
Al salir los muchachos se aproximan, nos saludan tomándonos de la mano, mientras la otra sostienen el codo de aquella con la que saludan, parece alguna señal de respeto.
Al hablar con los mayores les he pedido que me enseñen a cantar así, como si la voz hiciera también la música, dicen que estamos a tiempo, que se preparan para un concurso, así que nos invitan a ir al ensayo cada domingo y han suplicado a Moises que no se le olvide llevarnos.
Al volver a casa hemos buscado el proyector y sacado algunas copias, estamos preparando nuestra primera sesión de monitores con los postulantes. Ya hemos empezado, la barrera del lenguaje se torna en ocasiones chistosa y en otras más, desesperante. La cuestión es que algunos de ellos son francófonos y el inglés tampoco les queda claro, terminamos en una mezcla de palabras, que al final se pueden ver cinco idiomas por el aire.
Como en todos los salones, cada alumno cumple su papel, desde el chistoso, el que no habla, el participativo, hasta el que ríe y murmura. He comprendido a mis maestros y su acuñado método del “salte del salón” aún no lo ponemos en práctica, pero la siguiente no dudaré en usarlo. Hoy hemos compartido la realidad de sus veranos, les hemos contado de los nuestros y hemos hablado de lo que buscamos. Al hablar de diferentes realidades y del primer y tercer mundo, uno de ellos, el más pequeño, ha levantado la mano y dicho “Camerún es el primero del tercer mundo”, para todo hay divisiones y dentro de ellas habrá más, es como tener una de esas abuelitas rusas de madera que guardan otra adentro, siempre más pequeña, y cuando crees que has llegado a la última, encuentras otra.
Al final, creo que nos han entendido un poco de lo que somos, de dónde venimos, de cómo es, han quedado dudas, señal de que habrá algún interés para la siguiente sesión.
Se nos vino la hora de la comida encima, donde tocamos temas escabrosos. Dicen los padres que les agrada nuestra presencia. Al terminar he decidido ir a reconocer los alrededores, quiero saber de dónde viene lo que puedo ver en la ventana. En el camino un padre me ha visto y me ha pedido que haga favor de retirarme a descansar por lo menos diez minutos, no puedo estar quieta. El patio frontal sigue bonito, ya sé donde se encuentra mi ventana, los niños que salen del jardín me gritan “sistaaa” mientras se esconden tras sus loncheras, después aparecen y me dan la mano.
Al volver hemos ido a las clases de inglés para adultos, donde nos han presentado, cada señora tiene su historia y te comparte un pedazo cuando te saluda. Hemos ido en busca de Pedro y al tocar en casa de las religiosas calasanzias lo hemos encontrado comiendo turrón con ellas, hemos dado una vuelta por la casa, donde acogen a seis niños sin padres y los tienen con el fin de hacerlos sentir en familia, los educan, alimentan, ayudan con sus tareas y más. La casa tiene un patio central como cuidado por mujeres, los cuartos con cortinas y sábanas muy al estilo africano. Al final nos han invitado un café y hemos hablado de la experiencia aquí y allá. La hemos pasado en grande, entre el sarcasmo de Pedro y el cariño de las madres.
De regreso a casa, hemos pasado por el patio, de pronto nos encontramos en medio del mundo, a la mitad de África, a media colina y en la mitad de una cancha, jugando un partido de futbol con quince hombres más, somos minoría en cualquier sentido, pero nos hemos divertido tanto, no se limitan, y extrañamos la imagen de aquel hombre que aún te abre la puerta.
Empanizadas cual croquetas, con la camiseta que sin importar el color ha terminado roja, no reconozco mis zapatos ni mis manos. En la pierna me he llevado de recuerdo unos cuantos moretes y hasta una bola de golf que me adorna la espinilla. El baño frío te apacigua las ideas y el cansancio. Estoy de vuelta¸ Jesús se baja del sagrario y el corazón aún late. Hay esperanza.
DÍA 12
Amanecí tempranito, como el gallo que ha cantado desde antes de las cinco, se me congelaban los pies, entre la sábana y el suelo me encontré los calcetines, era tarde no pude volver a dormir.
Ya soy cliente frecuente de esa capilla, debe ser su techo hecho de bambú, las bancas y las cortinas que rodean al importante. A las siete el café caliente que me espera y a la media la salida programada ha cambiado algo de curso. Una muchacha espera en la puerta de entrada al padre Justin, trae una maleta de viaje en la mano. Hemos ido a hasta una escuela donde había niños vestiditos de morado, una señora joven, delgada y alta, cual modelo, nos ha saludado amablemente, es de las que te abrazan y sonríen sin preguntarte, de las que no te olvidas; ha resultado ser la madre de la joven que esperaba en nuestra puerta, y el padre ha ido a devolverla hasta su casa, han tenido una plática difícil para llegar a un acuerdo. Los padres son como consejeros del pueblo, siempre que entramos o salimos de casa hay alguien esperándolos, para un consejo, una palmada o un abrazo.
Al fin de cuentas hemos entrado en los salones de la escuela, cuántos niños, cuánta necesidad, cuánta calidez, las paredes son de adobe, de ese que no se cuece, como lodo con paja que los endurece, las bancas pequeñitas que reciben a casi sesenta niños por salón, cada uno con su pedazo de madera pintado de oscuro. Acá se aprende rápido o se olvida, no hay segundas oportunidades para revisar apuntes, hay una tiza, se practica, memoriza y se borra.
De camino hemos pasado por un lugar donde hacen artesanías, hemos visto el proceso entero, qué bonito, me recuerda a mi tierra, pero con figuras distintas. Unos hombres cavan al fondo de una montaña, mientras un hombre mayor y ciego separa con devoción la mezcla, purificándola, después los que moldean harán lo suyo.
De vuelta a casa estamos medio muertas, el partido de ayer me ha dejado en condición de desvalida, ando por ahí como niña de primaria con las piernas llenas de moretes y trepándome en los árboles. Hemos estado justos para la comida y justo después hemos salido con Pedro y uno de los novicios rumbo al centro. Ese Pedro es tan pesimista que es chistoso, es como un polo negativo y a la vez tan negativo que se vuelve positivo.
Tomamos el taxi y caminamos por un par de horas, cada vez que recorres el centro descubres algo nuevo. Te das cuenta que al final los que más tienen son los que tienen las cosas más buenas y más baratas, y los que menos se quedan con lo menos. La calle está llena de gente bonita que sonríe y que saluda, aunque también de gente que estafa. Hay como en todo y siempre, un poquito de cada cosa. Andrea toma una “Coca-cola” con una tarjeta impresa aquí, con un contenido hecho aquí, en alguna casa o en alguna imprenta, si la tomas podrías no notarlo y así pasa, mientras tanto en la iglesia alguien entrega de limosna un billete de mil francos que se borra con el agua.
Nosotros llegamos salvos, listas para correr un tanto. El sol se ve más lejos, como si perdiera su imponencia, puedo verlo hasta pequeño cuando trata de esconderse.
Mientras que la tierra majestuosa, se convierte en un tatuaje, imposible desprenderse de su encanto, llega a los lugares más absurdos y está para quedarse. Te adorna la piel, no estás quemada, estás pintada.
Se pone linda la tarde, Mariano está en casa y mañana vamos a Kumbu.
DÍA 13
Finalmente sé cómo se escribe Kumbo, es que acá uno se aprende el cómo suena. Al salir a las seis y media nos hemos perdido el sagrado desayuno. La carretera se acaba pronto y empieza el terreno duro, una, dos, tres horas de lado a lado. Hemos parado en varias iglesias para arreglar lo de la ordenación de un par de padres. Al parar en casa de Francis un par de niños mastican algo con cara de bambú, se llama “quetontón” o suena parecido, dicen que sabe entre dulce y amargo. La gente hace sus ladrillos y están haciéndose un cuarto, mientras nos ofrecen un vino de palma, color a soda de toronja, sabor a coco y a sal.
El camino aún es largo y escabroso, al entrar en la ciudad hemos llegado a casa del obispo, ya no podemos rechazar ningún café, ningún terrón. Al estar en casa escolapia la comida transcurre normal entre tubérculos y vegetales. Después de un rato, Andreas, un sacerdote grande grande, con rostro fuerte y con manos enormes, su pulgar es del tamaño de tres dedos de mi mano, una cicatriz le adorna el dorso de la suya, son manos de trabajo; nos ha llevado subiendo el cerro, otra vez entre la nube roja y el golpeteo del carro, los techos de las casas están todos bañados en tierra, entre una casa y otra un par de gallinas, entre una casa y otra un par de becerros, las cabras se atraviesan, mientras los niños suben la vereda cargando frutas en la cabeza. Al final del recorrido hemos llegado hasta una granja, la gente siembra de todo, col, café, granos de cualquier tipo, hay niños cargando palas y recogiendo en el canasto que llevan atado a la cintura, sonríen cuando nos ven pasar, mientras los más pequeños nos gritan “white-man, white-man”, el sexo no importa cuando eres blanco.
Nos ha llevado a arriba, por encima de los dos mil metros, hasta donde cae el agua que llega de manera natural desde cuatro kilómetros de distancia. Hay tres hombres construyendo un pozo donde podrán almacenar el agua que haga falta para el riego, Andreas dirige la obra, habla duro, no me acostumbro.
Desbloqueamos el curso del agua, quitando las hierbas y los renacuajos se van despertando. Al ir bajando nos topamos con más niños, una lleva su pancita al aire, grande, con una hernia en el ombligo del tamaño de una nuez, está cargando algo.
De regreso veo a la calle, comienzo a sentir eso, creo que se llama frustración, frustración de querer cambiarlo todo, ganas de limpiarles las caritas y pintarles algo grande. Estoy consciente, reconozco mis capacidades y mi alcance, no me es suficiente. Cada cosa llega a su tiempo, alguien me dice que cada pueblo debe tener su edad media, yo quiero adelantarles unos cuatrocientos años.
Ya no quiero hablar de lo que hago en el día, sino de lo que debería hacer, dicen que no hay dinero para comprar carne, que una bola de queso sale en cuarenta mil francos, que debe comerse lo que viene de dentro.
No me asusta, me despierta, tampoco sé qué me busco. Siempre hay algo que te asombra, las tribus siguen aportando sus rituales sagrados, la brujería está arraigada en cada pueblo, la religión se convierte en una superstición más, de las que tienen. Nunca había visto ciudades con más Iglesias, Mezquitas, escuelas, asociaciones religiosas de todo tipo, para cualquier gusto. Los organismos internacionales siguen mandando a sus empleados, con carros del año y sueldo estrafalarios, sin producir resultados, con encuestas y datos tan inventados como cualquier telenovela mexicana.
El sol aún se ve muy lejos. Hay que hacer algo.
Ya empiezo a acostumbrarme a la rutina, comenzamos a entender las laudes y vísperas, a eso de las seis y media de la mañana comenzó la misa. Después de nuestro primer día en Bamenda habíamos entendido que podíamos ir en pijamas a las oraciones y a la Iglesia, después de todo quién va a la primera misa, es madrugada, si a caso un par de señoras mayores. Alguien debió avisarnos que el domingo cambia la cosa, todos se visten de traje, con su mejor vestido, cual quinceañera, cual boda, la iglesia está a reventar, llena de personas de todas las edades, que debieron levantarse cuando menos a las cinco para llegar de gala. Qué vergüenza nos ha dado presentarnos, con dos tres gallos matutinos que oculté bajo el gorro de la chamarra de noche, llevaba mi chamarra deportiva encima, unos pantalones y pantuflas, gracias a Dios no eran tan llamativas como los calcetines rojos afelpados que salían por las chanclas de Andrea. Hemos aprendido la lección y el próximo domingo iremos presentables.
Después de la misa… el desayuno, todavía con casa llena, entre la taza de café de Andrea se escabulló una cucaracha, era chiquita e indefensa, ahora además estaba ahogada, da igual, nuestro café sigue caliente y nos reímos.
Hoy mientras nos disponíamos a traducir unos formatos para la preparación de monitores, ha aparecido el padre Justin para informarnos que mañana daremos nuestra primer clase de valores a los niños más pequeños de la secundaria, así que sin pensarlo hemos buscado al encargado (Moises) para que nos diera por lo menos una idea de lo que haríamos. Entre la búsqueda de libros de valores y las traducciones chicanas que hemos logrado hacer de los formatos, se nos ha ido la mañana. La hora de la comida llega pronto, se nos va el día en dos patadas, es la noche la que sigue ingrata y larga.
Al volver a mi cuarto he recibido una llamada, era mi tía llamando de León para saber cómo me encuentro, estoy bien, mejor de lo que pude imaginar pero mi corazón se ha trasladado hasta San Diego y ahí estará hasta que alguien me dé alguna noticia.
A las tres de la tarde los novicios se enfrentarían en un duelo futbolero contra los postulantes. Podía verlos a todos con sus calcetas rojas y los zapatos de colores llamativos, los shorts azules y las camisetas blancas muy bien lavaditas. Qué divertido es escuchar a Pedro, un religioso apasionado del futbol que aún no lo sabe, y si lo sabe se niega a reconocerlo. Entre gritos y el mal futbol que se ha visto nos la hemos pasado en grande, el balón estuvo más tiempo entre arbustos que en la cancha. Al final las camisetas son rojas y una que otra cabeza se ve pintada también de barro suelto. El marcador final es seis contra uno, bendito balón que se dignó a entrar por sí mismo en tantas ocasiones.
DÍA 11
Hoy no hemos ido a la oración, debíamos estar en punto para la clase da las ocho en una escuela cercana, el desayuno transcurre igual, en familia, el bando de los cameruneses y dos blanquitos españoles que se rehúsan a volver de cualquier modo a su país. Dicen que ahí ya nadie cree en nada.
Hemos llegado a tiempo a la clase de moral, prefiero llamarle de valores, me hace menos responsable. Hemos entrado con el grupo de los más pequeños, es una secundaria, tienen un patio grande y verde que rodea los salones de la escuela, estos niños viven aquí todo el año, sólo salen a sus casas cuando van de vacaciones. Entiendo, aunque no comparta el método, dicen que acá te da categoría, que se educa mejor a los hijos, pero entonces se convierten otros en los responsables.
Se les ve con sus uniformes cafés con blanco por el patio, llevan calcetas blancas y huaraches cafés como parte del mismo. Sus cabecitas rapadas como debe señalar en algún lado el reglamento. Se sientan en las bancas de dos, donde a veces caben tres. Al entrar están cantando, desde adentro, unos aplauden y otros se mueven de lado a lado, no se detienen. Nos ven y sonríen como volteando hacia otro lado, cada que nos presentamos se emocionan y murmuran entre ellos. Hoy Moises ha dado la clase, en espera de que la próxima semana nos hagamos cargo de ese grupo. Hoy han hablado del alma, del cielo, dicen que el cielo está aquí, yo así lo creo.
Al salir los muchachos se aproximan, nos saludan tomándonos de la mano, mientras la otra sostienen el codo de aquella con la que saludan, parece alguna señal de respeto.
Al hablar con los mayores les he pedido que me enseñen a cantar así, como si la voz hiciera también la música, dicen que estamos a tiempo, que se preparan para un concurso, así que nos invitan a ir al ensayo cada domingo y han suplicado a Moises que no se le olvide llevarnos.
Al volver a casa hemos buscado el proyector y sacado algunas copias, estamos preparando nuestra primera sesión de monitores con los postulantes. Ya hemos empezado, la barrera del lenguaje se torna en ocasiones chistosa y en otras más, desesperante. La cuestión es que algunos de ellos son francófonos y el inglés tampoco les queda claro, terminamos en una mezcla de palabras, que al final se pueden ver cinco idiomas por el aire.
Como en todos los salones, cada alumno cumple su papel, desde el chistoso, el que no habla, el participativo, hasta el que ríe y murmura. He comprendido a mis maestros y su acuñado método del “salte del salón” aún no lo ponemos en práctica, pero la siguiente no dudaré en usarlo. Hoy hemos compartido la realidad de sus veranos, les hemos contado de los nuestros y hemos hablado de lo que buscamos. Al hablar de diferentes realidades y del primer y tercer mundo, uno de ellos, el más pequeño, ha levantado la mano y dicho “Camerún es el primero del tercer mundo”, para todo hay divisiones y dentro de ellas habrá más, es como tener una de esas abuelitas rusas de madera que guardan otra adentro, siempre más pequeña, y cuando crees que has llegado a la última, encuentras otra.
Al final, creo que nos han entendido un poco de lo que somos, de dónde venimos, de cómo es, han quedado dudas, señal de que habrá algún interés para la siguiente sesión.
Se nos vino la hora de la comida encima, donde tocamos temas escabrosos. Dicen los padres que les agrada nuestra presencia. Al terminar he decidido ir a reconocer los alrededores, quiero saber de dónde viene lo que puedo ver en la ventana. En el camino un padre me ha visto y me ha pedido que haga favor de retirarme a descansar por lo menos diez minutos, no puedo estar quieta. El patio frontal sigue bonito, ya sé donde se encuentra mi ventana, los niños que salen del jardín me gritan “sistaaa” mientras se esconden tras sus loncheras, después aparecen y me dan la mano.
Al volver hemos ido a las clases de inglés para adultos, donde nos han presentado, cada señora tiene su historia y te comparte un pedazo cuando te saluda. Hemos ido en busca de Pedro y al tocar en casa de las religiosas calasanzias lo hemos encontrado comiendo turrón con ellas, hemos dado una vuelta por la casa, donde acogen a seis niños sin padres y los tienen con el fin de hacerlos sentir en familia, los educan, alimentan, ayudan con sus tareas y más. La casa tiene un patio central como cuidado por mujeres, los cuartos con cortinas y sábanas muy al estilo africano. Al final nos han invitado un café y hemos hablado de la experiencia aquí y allá. La hemos pasado en grande, entre el sarcasmo de Pedro y el cariño de las madres.
De regreso a casa, hemos pasado por el patio, de pronto nos encontramos en medio del mundo, a la mitad de África, a media colina y en la mitad de una cancha, jugando un partido de futbol con quince hombres más, somos minoría en cualquier sentido, pero nos hemos divertido tanto, no se limitan, y extrañamos la imagen de aquel hombre que aún te abre la puerta.
Empanizadas cual croquetas, con la camiseta que sin importar el color ha terminado roja, no reconozco mis zapatos ni mis manos. En la pierna me he llevado de recuerdo unos cuantos moretes y hasta una bola de golf que me adorna la espinilla. El baño frío te apacigua las ideas y el cansancio. Estoy de vuelta¸ Jesús se baja del sagrario y el corazón aún late. Hay esperanza.
DÍA 12
Amanecí tempranito, como el gallo que ha cantado desde antes de las cinco, se me congelaban los pies, entre la sábana y el suelo me encontré los calcetines, era tarde no pude volver a dormir.
Ya soy cliente frecuente de esa capilla, debe ser su techo hecho de bambú, las bancas y las cortinas que rodean al importante. A las siete el café caliente que me espera y a la media la salida programada ha cambiado algo de curso. Una muchacha espera en la puerta de entrada al padre Justin, trae una maleta de viaje en la mano. Hemos ido a hasta una escuela donde había niños vestiditos de morado, una señora joven, delgada y alta, cual modelo, nos ha saludado amablemente, es de las que te abrazan y sonríen sin preguntarte, de las que no te olvidas; ha resultado ser la madre de la joven que esperaba en nuestra puerta, y el padre ha ido a devolverla hasta su casa, han tenido una plática difícil para llegar a un acuerdo. Los padres son como consejeros del pueblo, siempre que entramos o salimos de casa hay alguien esperándolos, para un consejo, una palmada o un abrazo.
Al fin de cuentas hemos entrado en los salones de la escuela, cuántos niños, cuánta necesidad, cuánta calidez, las paredes son de adobe, de ese que no se cuece, como lodo con paja que los endurece, las bancas pequeñitas que reciben a casi sesenta niños por salón, cada uno con su pedazo de madera pintado de oscuro. Acá se aprende rápido o se olvida, no hay segundas oportunidades para revisar apuntes, hay una tiza, se practica, memoriza y se borra.
De camino hemos pasado por un lugar donde hacen artesanías, hemos visto el proceso entero, qué bonito, me recuerda a mi tierra, pero con figuras distintas. Unos hombres cavan al fondo de una montaña, mientras un hombre mayor y ciego separa con devoción la mezcla, purificándola, después los que moldean harán lo suyo.
De vuelta a casa estamos medio muertas, el partido de ayer me ha dejado en condición de desvalida, ando por ahí como niña de primaria con las piernas llenas de moretes y trepándome en los árboles. Hemos estado justos para la comida y justo después hemos salido con Pedro y uno de los novicios rumbo al centro. Ese Pedro es tan pesimista que es chistoso, es como un polo negativo y a la vez tan negativo que se vuelve positivo.
Tomamos el taxi y caminamos por un par de horas, cada vez que recorres el centro descubres algo nuevo. Te das cuenta que al final los que más tienen son los que tienen las cosas más buenas y más baratas, y los que menos se quedan con lo menos. La calle está llena de gente bonita que sonríe y que saluda, aunque también de gente que estafa. Hay como en todo y siempre, un poquito de cada cosa. Andrea toma una “Coca-cola” con una tarjeta impresa aquí, con un contenido hecho aquí, en alguna casa o en alguna imprenta, si la tomas podrías no notarlo y así pasa, mientras tanto en la iglesia alguien entrega de limosna un billete de mil francos que se borra con el agua.
Nosotros llegamos salvos, listas para correr un tanto. El sol se ve más lejos, como si perdiera su imponencia, puedo verlo hasta pequeño cuando trata de esconderse.
Mientras que la tierra majestuosa, se convierte en un tatuaje, imposible desprenderse de su encanto, llega a los lugares más absurdos y está para quedarse. Te adorna la piel, no estás quemada, estás pintada.
Se pone linda la tarde, Mariano está en casa y mañana vamos a Kumbu.
DÍA 13
Finalmente sé cómo se escribe Kumbo, es que acá uno se aprende el cómo suena. Al salir a las seis y media nos hemos perdido el sagrado desayuno. La carretera se acaba pronto y empieza el terreno duro, una, dos, tres horas de lado a lado. Hemos parado en varias iglesias para arreglar lo de la ordenación de un par de padres. Al parar en casa de Francis un par de niños mastican algo con cara de bambú, se llama “quetontón” o suena parecido, dicen que sabe entre dulce y amargo. La gente hace sus ladrillos y están haciéndose un cuarto, mientras nos ofrecen un vino de palma, color a soda de toronja, sabor a coco y a sal.
El camino aún es largo y escabroso, al entrar en la ciudad hemos llegado a casa del obispo, ya no podemos rechazar ningún café, ningún terrón. Al estar en casa escolapia la comida transcurre normal entre tubérculos y vegetales. Después de un rato, Andreas, un sacerdote grande grande, con rostro fuerte y con manos enormes, su pulgar es del tamaño de tres dedos de mi mano, una cicatriz le adorna el dorso de la suya, son manos de trabajo; nos ha llevado subiendo el cerro, otra vez entre la nube roja y el golpeteo del carro, los techos de las casas están todos bañados en tierra, entre una casa y otra un par de gallinas, entre una casa y otra un par de becerros, las cabras se atraviesan, mientras los niños suben la vereda cargando frutas en la cabeza. Al final del recorrido hemos llegado hasta una granja, la gente siembra de todo, col, café, granos de cualquier tipo, hay niños cargando palas y recogiendo en el canasto que llevan atado a la cintura, sonríen cuando nos ven pasar, mientras los más pequeños nos gritan “white-man, white-man”, el sexo no importa cuando eres blanco.
Nos ha llevado a arriba, por encima de los dos mil metros, hasta donde cae el agua que llega de manera natural desde cuatro kilómetros de distancia. Hay tres hombres construyendo un pozo donde podrán almacenar el agua que haga falta para el riego, Andreas dirige la obra, habla duro, no me acostumbro.
Desbloqueamos el curso del agua, quitando las hierbas y los renacuajos se van despertando. Al ir bajando nos topamos con más niños, una lleva su pancita al aire, grande, con una hernia en el ombligo del tamaño de una nuez, está cargando algo.
De regreso veo a la calle, comienzo a sentir eso, creo que se llama frustración, frustración de querer cambiarlo todo, ganas de limpiarles las caritas y pintarles algo grande. Estoy consciente, reconozco mis capacidades y mi alcance, no me es suficiente. Cada cosa llega a su tiempo, alguien me dice que cada pueblo debe tener su edad media, yo quiero adelantarles unos cuatrocientos años.
Ya no quiero hablar de lo que hago en el día, sino de lo que debería hacer, dicen que no hay dinero para comprar carne, que una bola de queso sale en cuarenta mil francos, que debe comerse lo que viene de dentro.
No me asusta, me despierta, tampoco sé qué me busco. Siempre hay algo que te asombra, las tribus siguen aportando sus rituales sagrados, la brujería está arraigada en cada pueblo, la religión se convierte en una superstición más, de las que tienen. Nunca había visto ciudades con más Iglesias, Mezquitas, escuelas, asociaciones religiosas de todo tipo, para cualquier gusto. Los organismos internacionales siguen mandando a sus empleados, con carros del año y sueldo estrafalarios, sin producir resultados, con encuestas y datos tan inventados como cualquier telenovela mexicana.
El sol aún se ve muy lejos. Hay que hacer algo.
domingo, 16 de enero de 2011
DÍA 9
Esta mañana me ha costado levantarme, pero hemos logrado llegar por primera vez temprano a la oración, no hemos asistido a la misa matutina, pues teníamos una invitación a un funeral a media mañana. Así que hemos vuelto a nuestros cuartos, he hecho mi cama y he continuado con la lectura del libro, que por coincidencia o no, me ha dado una idea de la historia que ha venido arrastrando la gente con la que ahora comparto una casa, si no ellos, tal vez sus padres o sus abuelos. Hace apenas unos cincuenta años no hubiesen podido compartir un lugar conmigo. ¡Qué tontería!
Hoy tenemos casa llena, debemos haber unos treinta en el comedor, es que los novicios han venido desde otras dos comunidades y compartimos todos los rincones de la casa. Después del desayuno hemos salido Andrea y yo a jugar algo de futbol en el patio frontal, el que da hacia el cementerio. Tiene una vista bonita, la calle esta empedrada e inclinada hacia ambos lados, tiene una glorieta central con algo de pasto y siempre hay movimiento alrededor de ella. Se encuentra justo frente a una de las casas y desde ahí podemos ver la Iglesia, las escuelas y la otra casa.
Apenas nos hemos dispuesto a patear por vez primera el balón cuando un grupo de niños se ha abalanzado y comenzado a jugar con nosotros, así sin más, naturalmente. Son los niños que acuden los sábados a regularizarse en matemáticas, vestidos sencillamente con una camiseta y short deportivo, las niñas con algún colorido pedazo de tela que forma una falda, todos con sus chanclitas bien puestas. Patean el balón y lo acarician con la cabeza, mientras otro grita “the chest, the chest!”. Hemos pasado un buen rato compartiendo más con las risas que con palabras, el funeral se acercaba y hemos tenido que correr a ponernos algún pantalón y volver para la celebración.
El cortejo ha llegado sonando una sirena como de ambulancia, todo un comité de sacerdotes los recibe en la entrada y después de unas palabras se dirigen hacia adentro, la Iglesia está a reventar, entre coronas de flores artificiales entra el cuerpo guiado por cuatro hombres, uno en cada esquina , vestidos de negro con lentes oscuros, detrás parece venir la madre y algunos amigos que cargan las fotos del difundo, que hace algunas tres semanas fue encontrado acuchillado en un terreno, su cuerpo ha tenido que ser exhumado después de que el delincuente confesara que el cuerpo que ya habían dado por desconocido, correspondía a su persona. Lo que empezó como una venta de un carro, que se convirtió después en un robo y terminó en homicidio, ahora ha traído a un par de padres desde los Estados Unidos a enterrar a su hijo, o lo que resta de él.
La misa ha parecido eterna, los niños nos han dejado agotadas y cabeceamos en las bancas de la iglesia, gracias en parte a nuestra aún incomprensión del llamado Pidgin, he salido a tomar aire y he vuelto. La gente se pone de pie para entregar su ofrenda al frente, dos veces, una para la iglesia, otra para la familia.
Después de dos horas de celebración, la gente pasa al frente para hablar del difunto, nos hemos retirado.
Apenas alcanzamos la comida en casa y al terminar Diodoné nos ha llevado junto con algunos novicios al mercado, la hemos pasado bien, discutiendo una y otra vez sobre los precios.
Al volver a casa, nos hemos escabullido (como ya es costumbre) en la cocina, la hemos volteado prácticamente intentando encontrar un abrelatas, otra vez un intento fallido Fidelius ha llegado en el intervalo y ha terminado por abrir las latas con un tremendo cuchillo. Me sentí en casa por unos minutos, comiendo un atún con elotes, mayonesa y valentina. Un banquete.
Después de leer por un rato hemos salido a correr por el campo, donde los postulantes y los novicios practicaban futbol, con las calcetas llenas de rojo. El tiempo se nos ha ido rápido, de pronto la capilla ya está llena y estamos rezando lo que se llama “las vísperas”, hay que ser ágil para entenderlo, leer un poco de aquí, cambiar de página, cantar de allá, lo de acá y de allá otra vez. No puedo describir el eco que produce cada salmo y oración en ese cuarto.
La hora de la cena llegó y yo sigo con el cuerpo contento del banquete de la tarde, en la mesa el conejo está servido, probablemente sea el mismo que acaricié al inicio de la semana, yo disfruto del arroz y de la charla.
Algo me dice que llame otra vez a casa de la tía abuela en San Diego y lo hago, mi abuela es la que responde, se oye triste, apagada y a la vez contenta de escucharme bien, me he comunicado después al cuarto de hospital donde se encuentra mi tía Conchita, dicen que tiene agua en los pulmones, yo digo que tiene sus noventa y cuatro años en ellos. Esta vez quien responde es mi tía Irma, se oye nerviosa como ya la he visto antes en circunstancias iguales, me comunica con mi tía Conchita, dice que puede oírme todo, pero que no podrá responderme, apenas oigo el silencio… se me quiebra la voz, le digo que la quiero, que le mando un beso y un abrazo, que se ponga mejor, que ya le he pedido a Dios por ella, que me espere porque tengo mucho que contarle y la escucho sollozar, sólo solloza, la misma que me dio la bendición el día en que vine para acá, la misma que vi ponerse de pie mientras escuchaba el evangelio por el radio hace un par de semanas. Es como un golpe bajo, quiero decirle a Dios que haga su voluntad, pero a la vez quiero pedirle que haga la mía, que me la guarde un ratito más, algunos años. Mi condición de humano, está más presente que nunca, soy una más, egoísta, quiero lo que quiero y ya, estoy haciendo un berrinche interno por querer conmigo lo que ya me prestaron por tanto tiempo, la bendición que agradezco a Dios no perdí oportunidad de querer y conocer. Tía Conchita, aquí o allá te llevo dentro.
Hoy tenemos casa llena, debemos haber unos treinta en el comedor, es que los novicios han venido desde otras dos comunidades y compartimos todos los rincones de la casa. Después del desayuno hemos salido Andrea y yo a jugar algo de futbol en el patio frontal, el que da hacia el cementerio. Tiene una vista bonita, la calle esta empedrada e inclinada hacia ambos lados, tiene una glorieta central con algo de pasto y siempre hay movimiento alrededor de ella. Se encuentra justo frente a una de las casas y desde ahí podemos ver la Iglesia, las escuelas y la otra casa.
Apenas nos hemos dispuesto a patear por vez primera el balón cuando un grupo de niños se ha abalanzado y comenzado a jugar con nosotros, así sin más, naturalmente. Son los niños que acuden los sábados a regularizarse en matemáticas, vestidos sencillamente con una camiseta y short deportivo, las niñas con algún colorido pedazo de tela que forma una falda, todos con sus chanclitas bien puestas. Patean el balón y lo acarician con la cabeza, mientras otro grita “the chest, the chest!”. Hemos pasado un buen rato compartiendo más con las risas que con palabras, el funeral se acercaba y hemos tenido que correr a ponernos algún pantalón y volver para la celebración.
El cortejo ha llegado sonando una sirena como de ambulancia, todo un comité de sacerdotes los recibe en la entrada y después de unas palabras se dirigen hacia adentro, la Iglesia está a reventar, entre coronas de flores artificiales entra el cuerpo guiado por cuatro hombres, uno en cada esquina , vestidos de negro con lentes oscuros, detrás parece venir la madre y algunos amigos que cargan las fotos del difundo, que hace algunas tres semanas fue encontrado acuchillado en un terreno, su cuerpo ha tenido que ser exhumado después de que el delincuente confesara que el cuerpo que ya habían dado por desconocido, correspondía a su persona. Lo que empezó como una venta de un carro, que se convirtió después en un robo y terminó en homicidio, ahora ha traído a un par de padres desde los Estados Unidos a enterrar a su hijo, o lo que resta de él.
La misa ha parecido eterna, los niños nos han dejado agotadas y cabeceamos en las bancas de la iglesia, gracias en parte a nuestra aún incomprensión del llamado Pidgin, he salido a tomar aire y he vuelto. La gente se pone de pie para entregar su ofrenda al frente, dos veces, una para la iglesia, otra para la familia.
Después de dos horas de celebración, la gente pasa al frente para hablar del difunto, nos hemos retirado.
Apenas alcanzamos la comida en casa y al terminar Diodoné nos ha llevado junto con algunos novicios al mercado, la hemos pasado bien, discutiendo una y otra vez sobre los precios.
Al volver a casa, nos hemos escabullido (como ya es costumbre) en la cocina, la hemos volteado prácticamente intentando encontrar un abrelatas, otra vez un intento fallido Fidelius ha llegado en el intervalo y ha terminado por abrir las latas con un tremendo cuchillo. Me sentí en casa por unos minutos, comiendo un atún con elotes, mayonesa y valentina. Un banquete.
Después de leer por un rato hemos salido a correr por el campo, donde los postulantes y los novicios practicaban futbol, con las calcetas llenas de rojo. El tiempo se nos ha ido rápido, de pronto la capilla ya está llena y estamos rezando lo que se llama “las vísperas”, hay que ser ágil para entenderlo, leer un poco de aquí, cambiar de página, cantar de allá, lo de acá y de allá otra vez. No puedo describir el eco que produce cada salmo y oración en ese cuarto.
La hora de la cena llegó y yo sigo con el cuerpo contento del banquete de la tarde, en la mesa el conejo está servido, probablemente sea el mismo que acaricié al inicio de la semana, yo disfruto del arroz y de la charla.
Algo me dice que llame otra vez a casa de la tía abuela en San Diego y lo hago, mi abuela es la que responde, se oye triste, apagada y a la vez contenta de escucharme bien, me he comunicado después al cuarto de hospital donde se encuentra mi tía Conchita, dicen que tiene agua en los pulmones, yo digo que tiene sus noventa y cuatro años en ellos. Esta vez quien responde es mi tía Irma, se oye nerviosa como ya la he visto antes en circunstancias iguales, me comunica con mi tía Conchita, dice que puede oírme todo, pero que no podrá responderme, apenas oigo el silencio… se me quiebra la voz, le digo que la quiero, que le mando un beso y un abrazo, que se ponga mejor, que ya le he pedido a Dios por ella, que me espere porque tengo mucho que contarle y la escucho sollozar, sólo solloza, la misma que me dio la bendición el día en que vine para acá, la misma que vi ponerse de pie mientras escuchaba el evangelio por el radio hace un par de semanas. Es como un golpe bajo, quiero decirle a Dios que haga su voluntad, pero a la vez quiero pedirle que haga la mía, que me la guarde un ratito más, algunos años. Mi condición de humano, está más presente que nunca, soy una más, egoísta, quiero lo que quiero y ya, estoy haciendo un berrinche interno por querer conmigo lo que ya me prestaron por tanto tiempo, la bendición que agradezco a Dios no perdí oportunidad de querer y conocer. Tía Conchita, aquí o allá te llevo dentro.
viernes, 14 de enero de 2011
DÍA 6, 7 Y 8
DÍA 6
Son las cinco de la mañana y el cielo sigue oscuro, me dispongo a darme un baño y estar en la oración cinco para las seis, parece que lo he logrado, debo acostumbrarme a estos rezos en inglés con acentos misteriosos, a las seis treinta la misa ha dado inicio y hemos estado a punto para escucharla. Las costumbres religiosas en Bamenda son distintas a los otros sitios en los que ya hemos estado, hemos vuelto a dar la paz con una mano, nos hincamos por más tiempo y la gente aun nos desconoce.
Después del desayuno hemos tenido una reunión en la que hemos discutido lo que haremos, nada nos ha puesto más contentas que sabernos ocupadas, haciendo lo que más nos gusta y que sabemos. Nos encargaremos de los grupos de jóvenes y de su capacitación para el verano, como alguna vez lo hicieron con nosotros. Colaboraremos con los niños de las escuelas, daremos clases de español a los postulantes y organizaremos excursiones. Ya habrá tiempo de organizar la agenda. De momento el sabernos tan útiles nos ha puesto de buenas.
Hoy hemos conocido la guardería que está junto a nuestra casa, a cargo se encuentra una religiosa española muy joven, que parece tener todo bajo control, los salones son bonitos, amplios y limpios, el patio es verde y los niños son encantadores. Esos mandiles enternecen a cualquiera.
También hemos conocido la primaria, frente a la guardería. Hay salones con casi setenta alumnos, los salones se ven viejos y faltos de pintura, veo más caritas chorreadas y niños corriendo.
Al salir de la primaria nos dirigimos a un lugar donde se brinda educación superior a los adultos, es un centro de agricultura y ganadería. Donde enseñan desde la teoría hasta la práctica, están rodeados de campos que facilitan la tarea, cultivan col y otras verduras. El encanto se me ha acabado al voltear al gallinero y ver a la primera degollada, que manera de sacar un río de sangre en tan poco tiempo, dicen que es la menos dolorosa. De cualquier manera por hoy me gusta más el arroz que la carne.
Hemos visto numerables animales, producto de crianza, que posteriormente se vende en el mercado cual comida, desde conejos hasta cochis bien dotados.
Nos hemos ido contentas de ver el trabajo que realizan los escolapios, ser una orden relativamente joven, comparada con el beneficio que realizan. Hoy lo he dicho: ¡qué orgullo sentirse escolapia!
Al salir de este centro, hemos ido a la Comisión para la justicia y la paz, qué honor estar entre esta gente, qué ganas de quedarme ahí, qué ganas de hacer lo mismo. Nos han presentado a la encargada del lugar Laura Anyola Tufon, hemos hablado tan poco y de tanto, que nos ha llegado al corazón. Es lo más cercano a lo que un día quiero dedicarme, a defender los derechos de los que no tienen defensa y que ignoran los mismos. Siendo miembro de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y Libertades de la República de Camerún, qué lecciones nos ha dado. “Tú no hiciste nada para ser de ese color, antes y después de todo hemos de ser humanos, hay que devolverle a nuestro país aquello que ya sabemos necesita, es nuestra obligación. Por muy difícil que sea el ambiente, puedes hacer la diferencia si lo haces con pasión.” Son algunas de las frases que rescato del momento, me las llevo como al brillo que transmite la mirada, que da el hacer lo que más nos gusta. Debo volver a mi tierra y hacer lo propio.
Finalmente hemos ido en busca de algún banco, para cambiar algunos dólares a francos, pero el pago era muy bajo y terminamos con algún extraño contacto del mercado, que ha decidido comprárnoslos. También hemos intentado conseguir un teléfono, todas las pistas nos han guiado hasta Camtel (la copañía local) y hemos salido con teléfono en mano.
De camino a casa el padre se ha detenido afuera de un restaurante, habíamos sido invitados a comer con otros sacerdotes. Los restaurantes acá son muy distintos, incluso los más lujosos. Hemos entrado en un cuarto pequeño donde apenas cabían dos mesas, y al final del cuarto se han abierto unas cortinas que daban hacia una pequeña habitación pintada de azul, tres hombres ya nos esperaban sentados en una especie de sillones con tapices propios de estas tierras, una mujer les servía la comida en unos bancos que utilizaban como mesa, mientras uno se deleitaba comiendo patas de vaca, otro gozaba de unas yerbas que aún no pruebo. La escena completa en esa sala ha sido una especie de novela, en la que hubo todo tipo de momentos, me los guardo, que algún día, en persona, habré de compartirlos todos. Acá hasta el aire se vuelve bizarro.
Hemos retomado el camino a casa y he decidido estrenar la línea para felicitar a mi hermana, no ha funcionado en ningún sentido y me he desanimado. Más de impotencia que de otra cosa, la línea era usada, como el teléfono, las tarjetas se han ido descontando crédito aun cuando no hemos podido estar en contacto con nadie.
Ya más tranquila recorrimos el panteón vecino, como queriendo reconocerlo, presentarnos, llevar la fiesta en paz con el suelo que pisamos. Alguien a lo lejos nos grita para invitarnos a ver el partido de futbol que había en el patio trasero. Lo hemos visto y aprovechado para recorrer el lugar por todos lados.
No hemos podido hablar, pero han podido hablarnos. Quiero aprovechar cada momento.
DÍA 7
Ya estoy aprovechando cada momento y la vida se pinta bonita. Esta mañana hemos orado tempranito y en pijamas, después hemos entrado en comunión con todos. Al salir, el chocolate matutino nos ha abrigado algo del fresco, el sol se está asomando y empezamos recorriendo los salones del patio interno, reconocer la zona y recolectar material es lo que mejor hacemos. En algún salón hemos recolectado libros para la clase de español que estaremos dando, entre ellos se ha venido con un poco de intención uno de Martin Luther King, ahora ya tengo una lectura nocturna o matutina qué sé yo.
Después de hurgar entre lo más recóndito de los lugares, hemos pasado la mañana organizando las innumerables tareas que estaremos realizando, qué alegría sabernos útiles y ocupadas. Al final de la mañana he empezado a adornar mi cuarto, quiero hacer cada vez más agradable mi estancia, recordarlos con cariño, pero no extrañarlos. He colocado en las paredes las cartas que escribieron en la ladrillera para despedirme, un San José de Calasanz que juega con niño, un par de Lupitas que me acompañan, un retrato, una servilleta, un pequeño cartel, una tarjeta y un rosario. Todos me recuerdan el cariño de mi tierra, que ha venido a acompañarme. Sigo contenta.
La comida se nos ha venido encima, sin darnos cuenta. Ya hemos comido y salido de nuevo a la compañía telefónica, donde hemos tenido una larga discusión con múltiples empleados del lugar, el servicio ha sido pésimo, la lógica no pisó el lugar en ningún momento, la pasión estuvo en esa oficina, la adrenalina conmigo, coraje, rudeza y más. Nos hemos retirado de manera educada, aunque defendiendo el punto, al sabernos objeto de un fraude. Hemos salido y reído mucho, cómo recuerdo a la burocracia, cuánta risa nos da el coraje y falta de sentido común. Disfrutamos tanto del momento.
El padre Justin se ha quedado con un muy mal sabor de boca y se siente apenado, nosotras contentas de ya sentirnos como en casa. Hemos parado por una cerveza para relajarnos, yo aguafiestas como siempre, pero es que eso de la cerveza simplemente nunca se me ha dado, he pedido un té caliente que con unos cuantos terrones de azúcar y limón, me ha sabido a gloria otra vez, Andrea disfrutó de su Coca-Cola en presentación extra grande, como todo acá.
Después de tres horas de discusión y otra de compartir, hemos vuelto a casa para la cena, había un tubérculo parecido a la jícama y a la papa, creo que le llaman “White carrot”, algo de pescado y arroz. Nos hemos divertido platicando en inglés, ya no sé si me entienden o no, pero los entiendo y nos reímos. No more spanish in table.
Después de cenar, George nos ha deleitado con un baile típico de acá, con una enorme máscara de barro que se pone en la cabeza y no en la cara, verdaderamente tétrico y chistoso a la vez.
George es todo un erudito en eso de la música, pues lo he visto tocar en numerosas ocasiones, cada vez un instrumento distinto y todos tradicionales del lugar. Pareciera que a todos los programaran para ser buenos en esto. Al preguntarle por un clase de congas, nos ha llevado directamente a la capilla y hemos comenzado a tocar, se ha puesto divertido, es muy paciente y se da a entender muy bien aunque hable más Pidgin que inglés. Al final nos hemos quedado un rato platicando sobre el día y sobre los que ya han pasado. La cosa se pone bonita. Buenas noches.
DÍA 8
¡Buen día, good morning, shalom! El salmo de la mañana me ha despertado los rincones que seguían dormidos, hemos hablado sobre mi alimentación en el desayuno y hemos tomado la segunda clase de congas, tengo un tucutucú tucú tucutú en la cabeza que no me abandona. Hoy he aprendido rápido.
Ya hice las paces con la araña del armario y la que cuidaba mi cama ha desaparecido misteriosamente.
Ahora sé a qué huele la tierra, es a cacao. Será difícil de olvidar, como los rostros que voy mirando. Hemos tomado solas nuestro primer taxi hacía el mercado central, la gente nos grita blancas por todos lados e intentan vendernos todo tipo de mercancías, los hombres nos toman por el brazo y no nos sueltan, la clave es siempre jalarnos la una a la otra, hoy ha funcionado.
Nos hemos divertido en el mercado y al salir hemos pasado por una tienda, donde por gracia divina hemos encontrado al padre Emilio y nos ha traído de vuelta a casa. Ya vamos entendiendo los precios de las cosas en francos, una lata de atún cuesta casi tres dólares, así que será prácticamente un lujo tener una. Hay dos cosas que son fáciles de tener aquí, un celular y hambre. La comida es extremadamente cara y los celulares absurdamente baratos.
Durante la comida, nos han avisado que daremos nuestra primera clase de español a la siguiente hora, para cubrir a una maestra ausente. Hemos salido corriendo del comedor, para preparar algo. He llamado a casa, desperté a papá, fingí no saber la hora, aún cuando mis relojes continúan programados con nueve horas de retraso, la verdad es que tenía ganas de decirles que estoy bien y muy contenta y sabía que no podría hacerlo más tarde.
Los alumnos han llegado, unos más tarde que otros. Yo ahí enfrente, con las manos llenas de gis y en posición de dar lo mejor de mí, me encuentro con los ojos sobre mi persona, nos hemos presentado y hemos dado una clase de español en inglés, ha sido más fácil de lo planeado, participan e imitan los sonidos raros que los invito a hacer. Aprenden rápido y creo que en seis meses podrán llevarse más de lo planeado.
Después de clase, ya ha valido la pena todo. Al volver a los cuartos, nos hemos dispuesto a irrumpir en la cocina y hacerla nuestro territorio, ya que los intentos nocturnos han sido fallidos por los guardianes que cuidan alacenas, refrigeradores y cualquier zona de comida. De mañana no salen, esta vez las posibilidades son mayores. De pronto me encuentro en medio del comedor con dos bolsas de té en una mano y cinco terrones de azúcar en la otra, mi mente se traslada inmediatamente a la cocina escolapia que solía visitar hace algunos años, está Daniel conmigo preparando un café con leche, le recuerdo con cariño. La ubicación estratégica de cualquier aparato que nos permita calentar el agua, nos ha impedido avanzar antes de que llegue el Padre Marcel, así que cual niña que acaba de hacer algo indebido he agachado la mirada y dicho: “hola”. Subimos la escalera de las máscaras aterradoras, riendo como dos adolescentes, no cabe duda que hemos rejuvenecido.
El intento no ha quedado en nada, aún tenemos los terrones y las bolsas de té, así que hemos vuelto a la cocina, donde ya se hallaba el cocinero. Fidelius, es un hombresote, alto, delgado, de manos y sonrisa generosas, se le puede ver el alma por los ojos, su cabeza impecable y la vestimenta sencilla. Nos recibe como cada día con un respiro de armonía. Ya nos ha enseñado dónde calentar el agua y hemos tomado el té y el café con él. Los tres alrededor de la mesa que se encuentra como isla en la cocina, hemos conversado más de su vida que de la nuestra. Tiene apenas treinta y dos años, en diciembre pasado se ha casado por la iglesia, lo dice pasando sus dedos por el arroz que comienza a limpiar, se encuentra separado de su esposa por cuestiones de trabajo, él cocina aquí todos los días desde hace seis años y ella es maestra en una escuela de Kumbu, también su lugar de origen (he llegado a pensar que todos venimos de Kumbu), no pueden estar juntos porque la vida no quiere, porque él no tendrá mejor trabajo allá que aquí con los padres y ella no tendrá trabajo acá, lo dice con una sonrisa, pero esta vez también duele. Quiero meterlos en mi maleta dentro de seis meses, llevarlos a México y darles un trabajo juntos, qué digo, si yo tampoco tengo un trabajo; tal vez conseguirles algo aquí, juntos. No se puede, a Andrea se le inundan los ojos sin dejar escapar ni una gota, de esas saladitas que se nos juntan de cuando en cuando.
No sé cómo pero hemos escapado del escabroso tema, Fidelius nos pregunta si nos ha gustado la comida, la verdad es la mejor que hemos probado ahora en los diferentes lugares. Nos hemos enterado de que el primer día había comida típica española, porque nos creía provenientes de ahí, otra vez mi corazón se me apachurra, cuánto amor podrá caberle adentro. Esta noche la comida me sabrá mejor, me va a saber a cariño, a dedicación y a entrega.
Son las cinco de la mañana y el cielo sigue oscuro, me dispongo a darme un baño y estar en la oración cinco para las seis, parece que lo he logrado, debo acostumbrarme a estos rezos en inglés con acentos misteriosos, a las seis treinta la misa ha dado inicio y hemos estado a punto para escucharla. Las costumbres religiosas en Bamenda son distintas a los otros sitios en los que ya hemos estado, hemos vuelto a dar la paz con una mano, nos hincamos por más tiempo y la gente aun nos desconoce.
Después del desayuno hemos tenido una reunión en la que hemos discutido lo que haremos, nada nos ha puesto más contentas que sabernos ocupadas, haciendo lo que más nos gusta y que sabemos. Nos encargaremos de los grupos de jóvenes y de su capacitación para el verano, como alguna vez lo hicieron con nosotros. Colaboraremos con los niños de las escuelas, daremos clases de español a los postulantes y organizaremos excursiones. Ya habrá tiempo de organizar la agenda. De momento el sabernos tan útiles nos ha puesto de buenas.
Hoy hemos conocido la guardería que está junto a nuestra casa, a cargo se encuentra una religiosa española muy joven, que parece tener todo bajo control, los salones son bonitos, amplios y limpios, el patio es verde y los niños son encantadores. Esos mandiles enternecen a cualquiera.
También hemos conocido la primaria, frente a la guardería. Hay salones con casi setenta alumnos, los salones se ven viejos y faltos de pintura, veo más caritas chorreadas y niños corriendo.
Al salir de la primaria nos dirigimos a un lugar donde se brinda educación superior a los adultos, es un centro de agricultura y ganadería. Donde enseñan desde la teoría hasta la práctica, están rodeados de campos que facilitan la tarea, cultivan col y otras verduras. El encanto se me ha acabado al voltear al gallinero y ver a la primera degollada, que manera de sacar un río de sangre en tan poco tiempo, dicen que es la menos dolorosa. De cualquier manera por hoy me gusta más el arroz que la carne.
Hemos visto numerables animales, producto de crianza, que posteriormente se vende en el mercado cual comida, desde conejos hasta cochis bien dotados.
Nos hemos ido contentas de ver el trabajo que realizan los escolapios, ser una orden relativamente joven, comparada con el beneficio que realizan. Hoy lo he dicho: ¡qué orgullo sentirse escolapia!
Al salir de este centro, hemos ido a la Comisión para la justicia y la paz, qué honor estar entre esta gente, qué ganas de quedarme ahí, qué ganas de hacer lo mismo. Nos han presentado a la encargada del lugar Laura Anyola Tufon, hemos hablado tan poco y de tanto, que nos ha llegado al corazón. Es lo más cercano a lo que un día quiero dedicarme, a defender los derechos de los que no tienen defensa y que ignoran los mismos. Siendo miembro de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y Libertades de la República de Camerún, qué lecciones nos ha dado. “Tú no hiciste nada para ser de ese color, antes y después de todo hemos de ser humanos, hay que devolverle a nuestro país aquello que ya sabemos necesita, es nuestra obligación. Por muy difícil que sea el ambiente, puedes hacer la diferencia si lo haces con pasión.” Son algunas de las frases que rescato del momento, me las llevo como al brillo que transmite la mirada, que da el hacer lo que más nos gusta. Debo volver a mi tierra y hacer lo propio.
Finalmente hemos ido en busca de algún banco, para cambiar algunos dólares a francos, pero el pago era muy bajo y terminamos con algún extraño contacto del mercado, que ha decidido comprárnoslos. También hemos intentado conseguir un teléfono, todas las pistas nos han guiado hasta Camtel (la copañía local) y hemos salido con teléfono en mano.
De camino a casa el padre se ha detenido afuera de un restaurante, habíamos sido invitados a comer con otros sacerdotes. Los restaurantes acá son muy distintos, incluso los más lujosos. Hemos entrado en un cuarto pequeño donde apenas cabían dos mesas, y al final del cuarto se han abierto unas cortinas que daban hacia una pequeña habitación pintada de azul, tres hombres ya nos esperaban sentados en una especie de sillones con tapices propios de estas tierras, una mujer les servía la comida en unos bancos que utilizaban como mesa, mientras uno se deleitaba comiendo patas de vaca, otro gozaba de unas yerbas que aún no pruebo. La escena completa en esa sala ha sido una especie de novela, en la que hubo todo tipo de momentos, me los guardo, que algún día, en persona, habré de compartirlos todos. Acá hasta el aire se vuelve bizarro.
Hemos retomado el camino a casa y he decidido estrenar la línea para felicitar a mi hermana, no ha funcionado en ningún sentido y me he desanimado. Más de impotencia que de otra cosa, la línea era usada, como el teléfono, las tarjetas se han ido descontando crédito aun cuando no hemos podido estar en contacto con nadie.
Ya más tranquila recorrimos el panteón vecino, como queriendo reconocerlo, presentarnos, llevar la fiesta en paz con el suelo que pisamos. Alguien a lo lejos nos grita para invitarnos a ver el partido de futbol que había en el patio trasero. Lo hemos visto y aprovechado para recorrer el lugar por todos lados.
No hemos podido hablar, pero han podido hablarnos. Quiero aprovechar cada momento.
DÍA 7
Ya estoy aprovechando cada momento y la vida se pinta bonita. Esta mañana hemos orado tempranito y en pijamas, después hemos entrado en comunión con todos. Al salir, el chocolate matutino nos ha abrigado algo del fresco, el sol se está asomando y empezamos recorriendo los salones del patio interno, reconocer la zona y recolectar material es lo que mejor hacemos. En algún salón hemos recolectado libros para la clase de español que estaremos dando, entre ellos se ha venido con un poco de intención uno de Martin Luther King, ahora ya tengo una lectura nocturna o matutina qué sé yo.
Después de hurgar entre lo más recóndito de los lugares, hemos pasado la mañana organizando las innumerables tareas que estaremos realizando, qué alegría sabernos útiles y ocupadas. Al final de la mañana he empezado a adornar mi cuarto, quiero hacer cada vez más agradable mi estancia, recordarlos con cariño, pero no extrañarlos. He colocado en las paredes las cartas que escribieron en la ladrillera para despedirme, un San José de Calasanz que juega con niño, un par de Lupitas que me acompañan, un retrato, una servilleta, un pequeño cartel, una tarjeta y un rosario. Todos me recuerdan el cariño de mi tierra, que ha venido a acompañarme. Sigo contenta.
La comida se nos ha venido encima, sin darnos cuenta. Ya hemos comido y salido de nuevo a la compañía telefónica, donde hemos tenido una larga discusión con múltiples empleados del lugar, el servicio ha sido pésimo, la lógica no pisó el lugar en ningún momento, la pasión estuvo en esa oficina, la adrenalina conmigo, coraje, rudeza y más. Nos hemos retirado de manera educada, aunque defendiendo el punto, al sabernos objeto de un fraude. Hemos salido y reído mucho, cómo recuerdo a la burocracia, cuánta risa nos da el coraje y falta de sentido común. Disfrutamos tanto del momento.
El padre Justin se ha quedado con un muy mal sabor de boca y se siente apenado, nosotras contentas de ya sentirnos como en casa. Hemos parado por una cerveza para relajarnos, yo aguafiestas como siempre, pero es que eso de la cerveza simplemente nunca se me ha dado, he pedido un té caliente que con unos cuantos terrones de azúcar y limón, me ha sabido a gloria otra vez, Andrea disfrutó de su Coca-Cola en presentación extra grande, como todo acá.
Después de tres horas de discusión y otra de compartir, hemos vuelto a casa para la cena, había un tubérculo parecido a la jícama y a la papa, creo que le llaman “White carrot”, algo de pescado y arroz. Nos hemos divertido platicando en inglés, ya no sé si me entienden o no, pero los entiendo y nos reímos. No more spanish in table.
Después de cenar, George nos ha deleitado con un baile típico de acá, con una enorme máscara de barro que se pone en la cabeza y no en la cara, verdaderamente tétrico y chistoso a la vez.
George es todo un erudito en eso de la música, pues lo he visto tocar en numerosas ocasiones, cada vez un instrumento distinto y todos tradicionales del lugar. Pareciera que a todos los programaran para ser buenos en esto. Al preguntarle por un clase de congas, nos ha llevado directamente a la capilla y hemos comenzado a tocar, se ha puesto divertido, es muy paciente y se da a entender muy bien aunque hable más Pidgin que inglés. Al final nos hemos quedado un rato platicando sobre el día y sobre los que ya han pasado. La cosa se pone bonita. Buenas noches.
DÍA 8
¡Buen día, good morning, shalom! El salmo de la mañana me ha despertado los rincones que seguían dormidos, hemos hablado sobre mi alimentación en el desayuno y hemos tomado la segunda clase de congas, tengo un tucutucú tucú tucutú en la cabeza que no me abandona. Hoy he aprendido rápido.
Ya hice las paces con la araña del armario y la que cuidaba mi cama ha desaparecido misteriosamente.
Ahora sé a qué huele la tierra, es a cacao. Será difícil de olvidar, como los rostros que voy mirando. Hemos tomado solas nuestro primer taxi hacía el mercado central, la gente nos grita blancas por todos lados e intentan vendernos todo tipo de mercancías, los hombres nos toman por el brazo y no nos sueltan, la clave es siempre jalarnos la una a la otra, hoy ha funcionado.
Nos hemos divertido en el mercado y al salir hemos pasado por una tienda, donde por gracia divina hemos encontrado al padre Emilio y nos ha traído de vuelta a casa. Ya vamos entendiendo los precios de las cosas en francos, una lata de atún cuesta casi tres dólares, así que será prácticamente un lujo tener una. Hay dos cosas que son fáciles de tener aquí, un celular y hambre. La comida es extremadamente cara y los celulares absurdamente baratos.
Durante la comida, nos han avisado que daremos nuestra primera clase de español a la siguiente hora, para cubrir a una maestra ausente. Hemos salido corriendo del comedor, para preparar algo. He llamado a casa, desperté a papá, fingí no saber la hora, aún cuando mis relojes continúan programados con nueve horas de retraso, la verdad es que tenía ganas de decirles que estoy bien y muy contenta y sabía que no podría hacerlo más tarde.
Los alumnos han llegado, unos más tarde que otros. Yo ahí enfrente, con las manos llenas de gis y en posición de dar lo mejor de mí, me encuentro con los ojos sobre mi persona, nos hemos presentado y hemos dado una clase de español en inglés, ha sido más fácil de lo planeado, participan e imitan los sonidos raros que los invito a hacer. Aprenden rápido y creo que en seis meses podrán llevarse más de lo planeado.
Después de clase, ya ha valido la pena todo. Al volver a los cuartos, nos hemos dispuesto a irrumpir en la cocina y hacerla nuestro territorio, ya que los intentos nocturnos han sido fallidos por los guardianes que cuidan alacenas, refrigeradores y cualquier zona de comida. De mañana no salen, esta vez las posibilidades son mayores. De pronto me encuentro en medio del comedor con dos bolsas de té en una mano y cinco terrones de azúcar en la otra, mi mente se traslada inmediatamente a la cocina escolapia que solía visitar hace algunos años, está Daniel conmigo preparando un café con leche, le recuerdo con cariño. La ubicación estratégica de cualquier aparato que nos permita calentar el agua, nos ha impedido avanzar antes de que llegue el Padre Marcel, así que cual niña que acaba de hacer algo indebido he agachado la mirada y dicho: “hola”. Subimos la escalera de las máscaras aterradoras, riendo como dos adolescentes, no cabe duda que hemos rejuvenecido.
El intento no ha quedado en nada, aún tenemos los terrones y las bolsas de té, así que hemos vuelto a la cocina, donde ya se hallaba el cocinero. Fidelius, es un hombresote, alto, delgado, de manos y sonrisa generosas, se le puede ver el alma por los ojos, su cabeza impecable y la vestimenta sencilla. Nos recibe como cada día con un respiro de armonía. Ya nos ha enseñado dónde calentar el agua y hemos tomado el té y el café con él. Los tres alrededor de la mesa que se encuentra como isla en la cocina, hemos conversado más de su vida que de la nuestra. Tiene apenas treinta y dos años, en diciembre pasado se ha casado por la iglesia, lo dice pasando sus dedos por el arroz que comienza a limpiar, se encuentra separado de su esposa por cuestiones de trabajo, él cocina aquí todos los días desde hace seis años y ella es maestra en una escuela de Kumbu, también su lugar de origen (he llegado a pensar que todos venimos de Kumbu), no pueden estar juntos porque la vida no quiere, porque él no tendrá mejor trabajo allá que aquí con los padres y ella no tendrá trabajo acá, lo dice con una sonrisa, pero esta vez también duele. Quiero meterlos en mi maleta dentro de seis meses, llevarlos a México y darles un trabajo juntos, qué digo, si yo tampoco tengo un trabajo; tal vez conseguirles algo aquí, juntos. No se puede, a Andrea se le inundan los ojos sin dejar escapar ni una gota, de esas saladitas que se nos juntan de cuando en cuando.
No sé cómo pero hemos escapado del escabroso tema, Fidelius nos pregunta si nos ha gustado la comida, la verdad es la mejor que hemos probado ahora en los diferentes lugares. Nos hemos enterado de que el primer día había comida típica española, porque nos creía provenientes de ahí, otra vez mi corazón se me apachurra, cuánto amor podrá caberle adentro. Esta noche la comida me sabrá mejor, me va a saber a cariño, a dedicación y a entrega.
miércoles, 12 de enero de 2011
DÍA 5
Ya me he encontrado otra vez, sólo Dios sabe que subeybaja me traigo. Hemos despertado a las cinco y tomado un baño caliente, la papaya del día anterior ha causado sus estragos. La misa de las seis y media en francés nos ha caído bien, aunque no hemos entendido mucho. El café caliente nos ha sabido a gloria y emprendimos camino rumbo a Bandjoun (algo así) donde tendrían una junta los padres de diferentes Ba´s de por acá.
Nos ha recibido el padre Miguel, un español muy amable, mientras la junta transcurría otro padre llamado Marcel nos ha dado un tour por la escuela, es impresionante ver la labor que hacen con tan pocos recursos, tienen talleres de mecánica y mecánica automotriz, electricidad y administración del hogar. Los maestros son sumamente atentos y enseñan oficios muy útiles para todos, hemos podido saludarlos personalmente a cada uno en su salón y al preguntarles a los muchachos sobre nuestra nacionalidad, nos han creído españolas, europeas, estadounidenses, chinas, japonesas, canadienses y a las mil ochocientas mexicanas. Así que estamos dando a conocer le Mexique. :p
Después de conocer los talleres hemos ido con Marcel y otro joven a conocer el palacio del jefe de la tribu de Bandjoun, al llegar, unos techos laminados que simulan una torre de castillo te señalan el camino hacia su casa. Han debido negociar nuestra entrada, como el pago para el paso hacia el museo.
Unos troncos tallados con figuras de distintas formas y oficios rodean al edificio hecho de bambú, donde se encuentra el museo, el techo está hecho de pasto seco en grandes cantidades, a lo lejos hemos alcanzado ver al jefe de la tribu sentado a las afueras del palacio.
Ya en el museo nos han prohibido tomar fotos, pero las llevo en mi memoria, se siente un no sé qué que qué sé yo, ver a estas tribus, sus instrumentos, sus costumbres y encontrar la conexión con tu cultura, hemos visto artesanías similares a las de nuestros indígenas, hemos compartido un pedazo de allá y de acá, es como crear un nuevo lazo.
Al salir del lugar hemos visto a una de las esposas del jefe, resulta ser que aquí existen tres tipos de boda: la tradicional tribal, la del civil y la religiosa. Por la primera pueden (los hombres por supuesto) casarse cuantas veces quieran, por la civil pueden escoger entre ser monógamo o polígamo, una vez firmada y elegida la segunda opción, podrán casarse con las que quieran. Por última la religiosa en la que, tratándose de la religión cristiana, sólo se permite la monogamia. En este caso el jefe de la tribu ha decidido tener más de cincuenta esposas, con cada una de las cuales tiene al menos uno o dos hijos, de los cuales se elegirá al más listo para seguir con su legado.
Ya de regreso a casa hemos preguntado a Marcel si pertenece a una tribu y ha salido a relucir que no sólo pertenece a la tribu Kumbu sino que su abuelo era el jefe de la tribu, sin embargo su padre se ha casado sólo con una mujer y su tío ha heredado el título, aun así él podría ser heredero si fallecieran sus primos. Es un título que no se rechaza, según cuentan, si te negaras te perseguirían, te harían hechizos y terminarías loco.
Se trata de una sociedad muy supersticiosa, creen en espíritus, hacen sacrificios y distintos rituales, apenas una tarde atrás hemos visto a un señor llevar a su hija (no mayor a los diez años) con un sacerdote por problemas de espiritismo. Son cosas sagradas para ellos y aun cuando deciden entrar en una religión no pueden abandonar de todo sus costumbres tribales.
Hemos llegado a casa y comido con el resto de los sacerdotes, esta vez se han lucido con un delicioso helado de plátano hecho en casa. Apenas hemos terminado de comer y hemos tomado camino rumbo a Bamenda Padre Emilio, Justin, Andrea y yo.
A media carretera, después de pasar Bafusam, nos hemos detenido y hemos bajado unas escaleras, para nuestra sorpresa nos han llevado a ver una enorme cascada de agua proveniente de un río, que al final forma un arcoíris. Hemos debido correr pues nuestras maletas se encontraban en la parte trasera del carro.
En el camino he recordado la fecha, es once de enero, mi hermana debe estar cumpliendo sus catorce años, quiero llamarla y decirle que la quiero, que me gustaría que estuvieran aquí, decirle que acá se aprenden cosas que en la escuela nunca enseñan. Quiero abrazarla, desde acá lo hago.
Finalmente hemos llegado a Bamenda, una especie de nube de polvo proveniente del Sahara la cubre desde arriba. Para llegar hasta ella, hay que bajar una carretera similar a la Rumorosa pero más verde y con muchos más carros.
La casa donde pasaremos los próximos seis meses (como diría mi abuela: si Dios nos da licencia) se encuentra a unos cincuenta metros de un cementerio, también es muy grande y bonita. Volviendo a lo del cementerio, acá son muy raros, pues la gente suele enterrar a sus muertos en casa, en los patios o bajo sus cocinas. Ahora nosotros tenemos la suerte de tenerlo enfrente, la verdad es que todo está tan verde que hay muchos otros lados para donde voltear, tenemos un patio central que da hacia una capilla, todo se ve bonito y se respira bien. Ahora hay ocho padres y unos once seminaristas viviendo aquí, así que no nos sentiremos solas.
Ya hemos podido acomodar nuestras cosas, deshacer maletas y establecernos. Estoy contenta.
Nos ha recibido el padre Miguel, un español muy amable, mientras la junta transcurría otro padre llamado Marcel nos ha dado un tour por la escuela, es impresionante ver la labor que hacen con tan pocos recursos, tienen talleres de mecánica y mecánica automotriz, electricidad y administración del hogar. Los maestros son sumamente atentos y enseñan oficios muy útiles para todos, hemos podido saludarlos personalmente a cada uno en su salón y al preguntarles a los muchachos sobre nuestra nacionalidad, nos han creído españolas, europeas, estadounidenses, chinas, japonesas, canadienses y a las mil ochocientas mexicanas. Así que estamos dando a conocer le Mexique. :p
Después de conocer los talleres hemos ido con Marcel y otro joven a conocer el palacio del jefe de la tribu de Bandjoun, al llegar, unos techos laminados que simulan una torre de castillo te señalan el camino hacia su casa. Han debido negociar nuestra entrada, como el pago para el paso hacia el museo.
Unos troncos tallados con figuras de distintas formas y oficios rodean al edificio hecho de bambú, donde se encuentra el museo, el techo está hecho de pasto seco en grandes cantidades, a lo lejos hemos alcanzado ver al jefe de la tribu sentado a las afueras del palacio.
Ya en el museo nos han prohibido tomar fotos, pero las llevo en mi memoria, se siente un no sé qué que qué sé yo, ver a estas tribus, sus instrumentos, sus costumbres y encontrar la conexión con tu cultura, hemos visto artesanías similares a las de nuestros indígenas, hemos compartido un pedazo de allá y de acá, es como crear un nuevo lazo.
Al salir del lugar hemos visto a una de las esposas del jefe, resulta ser que aquí existen tres tipos de boda: la tradicional tribal, la del civil y la religiosa. Por la primera pueden (los hombres por supuesto) casarse cuantas veces quieran, por la civil pueden escoger entre ser monógamo o polígamo, una vez firmada y elegida la segunda opción, podrán casarse con las que quieran. Por última la religiosa en la que, tratándose de la religión cristiana, sólo se permite la monogamia. En este caso el jefe de la tribu ha decidido tener más de cincuenta esposas, con cada una de las cuales tiene al menos uno o dos hijos, de los cuales se elegirá al más listo para seguir con su legado.
Ya de regreso a casa hemos preguntado a Marcel si pertenece a una tribu y ha salido a relucir que no sólo pertenece a la tribu Kumbu sino que su abuelo era el jefe de la tribu, sin embargo su padre se ha casado sólo con una mujer y su tío ha heredado el título, aun así él podría ser heredero si fallecieran sus primos. Es un título que no se rechaza, según cuentan, si te negaras te perseguirían, te harían hechizos y terminarías loco.
Se trata de una sociedad muy supersticiosa, creen en espíritus, hacen sacrificios y distintos rituales, apenas una tarde atrás hemos visto a un señor llevar a su hija (no mayor a los diez años) con un sacerdote por problemas de espiritismo. Son cosas sagradas para ellos y aun cuando deciden entrar en una religión no pueden abandonar de todo sus costumbres tribales.
Hemos llegado a casa y comido con el resto de los sacerdotes, esta vez se han lucido con un delicioso helado de plátano hecho en casa. Apenas hemos terminado de comer y hemos tomado camino rumbo a Bamenda Padre Emilio, Justin, Andrea y yo.
A media carretera, después de pasar Bafusam, nos hemos detenido y hemos bajado unas escaleras, para nuestra sorpresa nos han llevado a ver una enorme cascada de agua proveniente de un río, que al final forma un arcoíris. Hemos debido correr pues nuestras maletas se encontraban en la parte trasera del carro.
En el camino he recordado la fecha, es once de enero, mi hermana debe estar cumpliendo sus catorce años, quiero llamarla y decirle que la quiero, que me gustaría que estuvieran aquí, decirle que acá se aprenden cosas que en la escuela nunca enseñan. Quiero abrazarla, desde acá lo hago.
Finalmente hemos llegado a Bamenda, una especie de nube de polvo proveniente del Sahara la cubre desde arriba. Para llegar hasta ella, hay que bajar una carretera similar a la Rumorosa pero más verde y con muchos más carros.
La casa donde pasaremos los próximos seis meses (como diría mi abuela: si Dios nos da licencia) se encuentra a unos cincuenta metros de un cementerio, también es muy grande y bonita. Volviendo a lo del cementerio, acá son muy raros, pues la gente suele enterrar a sus muertos en casa, en los patios o bajo sus cocinas. Ahora nosotros tenemos la suerte de tenerlo enfrente, la verdad es que todo está tan verde que hay muchos otros lados para donde voltear, tenemos un patio central que da hacia una capilla, todo se ve bonito y se respira bien. Ahora hay ocho padres y unos once seminaristas viviendo aquí, así que no nos sentiremos solas.
Ya hemos podido acomodar nuestras cosas, deshacer maletas y establecernos. Estoy contenta.
martes, 11 de enero de 2011
DÍA 5 casi
Ya me he encontrado otra vez, sólo Dios sabe que subeybaja me traigo. Hemos despertado a las cinco y tomado un baño caliente, la papaya del día anterior ha causado sus estragos. La misa de las seis y media en francés nos ha caído bien, aunque no hemos entendido mucho. El café caliente nos ha sabido a gloria y emprendimos camino rumbo a Bandjoun (algo así) donde tendrían una junta los padres de diferentes Ba´s de por acá.
DÍA 4
He dormido poco, pero anoche disfruté poniéndome en contacto, hemos tomado un baño, que ya no se siente tan frío, desde mi cuarto puedo oír los cantos en francés, provenientes de la capilla, donde los sacerdotes comienzan a orar por aquello de las seis de la mañana.
Hemos compartido el desayuno una vez más y hoy aprendí que acá las vacas no dan leche, al menos no la necesaria, por lo tanto nadie toma leche fresca. Después de desayunar hemos pasado a los salones de la primaria que se encuentra junto a la casa, otra vez me ha impresionado todo, la gente, los niños, el trabajo conjunto. La primera imagen que me llevo es la de una escuela limpia, en armonía, los niños colaboran con la limpieza, todo está en orden. Al pasar a los tres salones del kínder, que suman casi ciento setenta niños, todos nos han visto fijamente, cada uno en su lugar, escuchando a la maestra atentamente. Puedes verles las caritas limpias, los ojotes grandes, con peinados peculiares, sus mandiles de cuadritos rosas y sus camisas azules, todo en orden otra vez. Acá la educación al año les cuesta unas cuarenta mil libras, el equivalente a ochenta dólares, por lo que el cobro es meramente significativo.
También conocimos los cuatro salones de la primaria, al entrar en el primero una niña ha abierto sus ojitos de manera inimaginable, su boca estaba igual de abierta, hasta sus cabellos peinados han parecido erizarse, no sé qué pensarán al vernos. Hemos cantado y cruzado unas palabras con ellos.
Después del paseo por la primaria hemos ido con Claude a conocer dos secundarias, en las que él da clases, los jóvenes llevan clases de gimnasia descalzos y en una cancha de basquetbol, se ven radiantes con sus uniformes amarillos. La otra es una escuela muy grande, con un patio parecido a una selva o bosque, con algunos edificios abandonados, pues la corrupción hace que se desvíen los fondos destinados a su remodelación.
Al volver a casa hemos conocido las cocinas donde se prepara la comida a los niños de la primaria, uno de los cuartos está completamente oscuro, al fondo sólo pueden verse dos ollas que se calientan sobre leña y es ahí donde kilos y kilos de arroz son cocinados diariamente.
Finalmente hemos tomado nuestras maletas y salido rumbo a Banmendjoun, en la carretera hay una especie de monitos señalando el número de muertos que ha habido en cada curva, además de gente vendiendo monos y castores recién cazados y listos para cocinarse. Durante el camino he cerrado los ojos y a los pocos minutos el movimiento continuo del carro me ha despertado, íbamos por terracería, un camino que no cualquier carro aguantaría, al bajar en la primera escuela del lugar nuestros zapatos han quedado cubiertos de rojo, así es el color de la tierra acá, roja, escandalosa y aferrada a quedarse entre la ropa, huele a gente, a sudor y a aire fresco. Los niños han corrido a saludarnos y les he mostrado el típico saludo de chocar la palma y luego el puño.
Después de saludar a niños y maestros hemos llegado a la casa escolapia de aquí, tienen una iglesia muy bonita, cuya estructura simboliza la forma de dos manos haciendo oración.
Comimos el arroz blanco más bueno que he probado hasta ahora, así como un platillo a base de col y otras verduras, algo de sandia y para cerrar con broche de oro, he tenido que comerme una papaya a cucharadas.
Luego de comer nos encaminamos con Francis (francófono aunque también angloparlante) y Stan (un polaco que no habla ni español, ni inglés) rumbo a una de las capillas (cuyo nombre se pronuncia pchu), que se encuentra como a media hora de casa, el terreno es increíble, finalmente he descubierto el poder de una Land Rover, hemos subido colinas con surcos, piedras y demás obstáculos, podía sentirme en algún juego disneylandiezco. Hemos visto la capilla y caminado por una pequeña vereda, entre la vegetación y algunas vacas. Han sido momentos interesantes, sobre todo por la barrera del lenguaje, pero es que la risa de estos dos personajes es sencillamente contagiosa.
Debimos volver, pues a las cuatro de la tarde unas religiosas (misioneras cruzadas de…) que viven cerca nos habían invitado a pasar por su casa, donde tomamos chocolate, comimos buñuelos y unos plátanos fritos y salados con sabor a papa frita. Ahí conocimos a dos hermanas españolas , tres camerunesas y una proveniente de Guinea Ecuatorial, casi todas han hablado el español.
Al volver a casa el cansancio ya se hacía notar, pero hemos querido aprovechar el tiempo, así que caminamos rumbo al mercado, cuesta arriba, unos minutos, la noche ya se asomaba por lo que hemos tomado un par de fotos y vuelto a casa.
Al volver, la luz se fue por varios minutos así que decidimos ver una película en lo que llegaba la hora de acercarnos a cenar. El sueño me ganó y la campana me ha despertado a unos cuantos minutos.
Esta noche me iré a dormir melancólica, sintiéndome ajena, me encuentro y me pierdo varias veces durante el día.
Hemos compartido el desayuno una vez más y hoy aprendí que acá las vacas no dan leche, al menos no la necesaria, por lo tanto nadie toma leche fresca. Después de desayunar hemos pasado a los salones de la primaria que se encuentra junto a la casa, otra vez me ha impresionado todo, la gente, los niños, el trabajo conjunto. La primera imagen que me llevo es la de una escuela limpia, en armonía, los niños colaboran con la limpieza, todo está en orden. Al pasar a los tres salones del kínder, que suman casi ciento setenta niños, todos nos han visto fijamente, cada uno en su lugar, escuchando a la maestra atentamente. Puedes verles las caritas limpias, los ojotes grandes, con peinados peculiares, sus mandiles de cuadritos rosas y sus camisas azules, todo en orden otra vez. Acá la educación al año les cuesta unas cuarenta mil libras, el equivalente a ochenta dólares, por lo que el cobro es meramente significativo.
También conocimos los cuatro salones de la primaria, al entrar en el primero una niña ha abierto sus ojitos de manera inimaginable, su boca estaba igual de abierta, hasta sus cabellos peinados han parecido erizarse, no sé qué pensarán al vernos. Hemos cantado y cruzado unas palabras con ellos.
Después del paseo por la primaria hemos ido con Claude a conocer dos secundarias, en las que él da clases, los jóvenes llevan clases de gimnasia descalzos y en una cancha de basquetbol, se ven radiantes con sus uniformes amarillos. La otra es una escuela muy grande, con un patio parecido a una selva o bosque, con algunos edificios abandonados, pues la corrupción hace que se desvíen los fondos destinados a su remodelación.
Al volver a casa hemos conocido las cocinas donde se prepara la comida a los niños de la primaria, uno de los cuartos está completamente oscuro, al fondo sólo pueden verse dos ollas que se calientan sobre leña y es ahí donde kilos y kilos de arroz son cocinados diariamente.
Finalmente hemos tomado nuestras maletas y salido rumbo a Banmendjoun, en la carretera hay una especie de monitos señalando el número de muertos que ha habido en cada curva, además de gente vendiendo monos y castores recién cazados y listos para cocinarse. Durante el camino he cerrado los ojos y a los pocos minutos el movimiento continuo del carro me ha despertado, íbamos por terracería, un camino que no cualquier carro aguantaría, al bajar en la primera escuela del lugar nuestros zapatos han quedado cubiertos de rojo, así es el color de la tierra acá, roja, escandalosa y aferrada a quedarse entre la ropa, huele a gente, a sudor y a aire fresco. Los niños han corrido a saludarnos y les he mostrado el típico saludo de chocar la palma y luego el puño.
Después de saludar a niños y maestros hemos llegado a la casa escolapia de aquí, tienen una iglesia muy bonita, cuya estructura simboliza la forma de dos manos haciendo oración.
Comimos el arroz blanco más bueno que he probado hasta ahora, así como un platillo a base de col y otras verduras, algo de sandia y para cerrar con broche de oro, he tenido que comerme una papaya a cucharadas.
Luego de comer nos encaminamos con Francis (francófono aunque también angloparlante) y Stan (un polaco que no habla ni español, ni inglés) rumbo a una de las capillas (cuyo nombre se pronuncia pchu), que se encuentra como a media hora de casa, el terreno es increíble, finalmente he descubierto el poder de una Land Rover, hemos subido colinas con surcos, piedras y demás obstáculos, podía sentirme en algún juego disneylandiezco. Hemos visto la capilla y caminado por una pequeña vereda, entre la vegetación y algunas vacas. Han sido momentos interesantes, sobre todo por la barrera del lenguaje, pero es que la risa de estos dos personajes es sencillamente contagiosa.
Debimos volver, pues a las cuatro de la tarde unas religiosas (misioneras cruzadas de…) que viven cerca nos habían invitado a pasar por su casa, donde tomamos chocolate, comimos buñuelos y unos plátanos fritos y salados con sabor a papa frita. Ahí conocimos a dos hermanas españolas , tres camerunesas y una proveniente de Guinea Ecuatorial, casi todas han hablado el español.
Al volver a casa el cansancio ya se hacía notar, pero hemos querido aprovechar el tiempo, así que caminamos rumbo al mercado, cuesta arriba, unos minutos, la noche ya se asomaba por lo que hemos tomado un par de fotos y vuelto a casa.
Al volver, la luz se fue por varios minutos así que decidimos ver una película en lo que llegaba la hora de acercarnos a cenar. El sueño me ganó y la campana me ha despertado a unos cuantos minutos.
Esta noche me iré a dormir melancólica, sintiéndome ajena, me encuentro y me pierdo varias veces durante el día.
DÍA 3
El agua sigue fría y sigo despertando en Yaoundé, hemos desayunado con Mariano y ha sido la fiesta parroquial a eso de las diez y media, así que hemos llegado a la Paroisse du Bapteme de Jesus, donde la misa es una verdadera fiesta, qué impresión ver la iglesia llena, escuchar ese coro que derrama alegría con cada golpe y grito fuera de lo acostumbrado, la marimba hablaba, al igual que las congas, qué decir de las voces, parecían sacadas de una película, la gente tiene el tono bonito y gigante, no entendía ni una palabra de su frases, pero entendía lo que sentían. Gran parte de la gente lleva un uniforme, hecho con tela mandada a hacer especialmente para la ocasión, de colores llamativos y con el dibujo de la Iglesia, cada uno hace con la tela el diseño que mejor le parece, lo personalizan y le dan su toque. Esta es una costumbre para celebraciones grandes como bodas y funerales, sí, los funerales acá son de las fiestas más grandes, así que la gente suele colarse en ellos cuando quiere divertirse y comer comida gratis.
Sin más ni más, nos hemos perdido entre la gente para oír la misa, el niño de enfrente no ha dejado de mirarnos fijamente, como si algo no le cuadrara, pero no supiera qué; al cabo de unos minutos nos ha dado la mano y a media misa ya me aventaba besos disfrazados. La niña de a un lado ha quedado anonadada por Andrea, la ve, le sonríe y tiene un impresionante flow en cada canto, mueve los hombros, enseñándome los secretos escondidos en el baile que nunca había entendido, a ellos la música los mueve sin preguntar, más de tres se sentirían ofendidos en nuestra cultura al ver a la gente moviéndose así dentro de un templo. Yo jamás había visto tanta fiesta en uno, es la primera cosa que deberíamos importar a nuestra tierra, ese gozo de lo que es una fiesta, esa celebración que no termina con la bendición sino que sigue más allá de la entrada. La hora de la paz me ha encantado, se dan las dos manos y se aprietan con fuerza acompañada por el obligatorio enseñar de dientes, me hubiese gustado dársela al templo entero. A media celebración el padre Mariano ha improvisado un canto en inglés con los feligreses (tal vez con el afán de que sintiéramos que entendíamos algo) que decía algo así como ¨heaven is in my heart¨ y ha sonado como si la supieran desde siempre. Al terminar la misa los niños nos rodeaban y daban la mano, nos decían cosas que por supuesto no entendíamos pero sonreíamos, ellos hacían lo mismo con lo que nosotros les decíamos. Así, en un acuerdo tácito de sonrisas nos hemos tomado fotos y abrazado, para después pasar a la comida.
Nos han colocado alrededor, frente a la mesa, como en un lugar de honor, son momentos difíciles porque uno no debe decir que no a la comida, así que hay que probar cosas interesantes que casi siempre contienen pedazos de pescado frito, hoy hemos probado un arroz blanco con zanahorias, ejotes y un condimento fuerte que le ha dado un sabor como nunca antes. Hay pedazos de raíz envueltos en cáscara de algo y una pasta blanca revuelta con hierbas y pescado, no la entiendo mucho aún.
Después de la comida hemos corrido a casa por nuestras maletas y así tomamos carretera rumbo a Bafia, donde nos encontramos ahora. Durante el camino he venido cabeceando, Mariano y Andrea disfrutan de mi capacidad de convertirme en marioneta, pero al final me he entretenido en el paisaje, que insisten en decir que está seco, aunque yo lo mire verde, verde. Habrá que esperar a la temporada de lluvias o a que ellos conozcan nuestro desierto.
Por la carretera la gente saca sus raíces a secar, al igual que el cacao y las piñas. Pasan intrépidas motos que pitan y empujan, el tráfico sigue siendo muy peculiar. Después de una hora y media de camino hemos llegado a esta ciudad de doscientos mil habitantes aproximadamente, muy pequeña y por lo tanto mejor planeada. La casa escolapia es bonita, hay un salón de usos múltiples donde también se dan misas, acá los niños hablan mejor el inglés y nos han podido saludar mientras juegan futbol. A unos cuatro metros está la escuela primaria y el kínder (las únicas que conocía por fotos del internet), es pequeña y bonita, en construcción, se ve que hay quien ha trabajado duro.
En esta comunidad también tienen un cibercafé, donde además dan clases de computación a jóvenes y adultos. Así que nos han dado nuestros cuartos y hemos podido pasar a la casa de los padres a conectarnos al internet. Da gusto saber de casa.
A las siete hemos salido a cenar a un restaurante donde sirven pescado frito, papas fritas y plátano frito. Ha sido bonito convivir con los padres y juniores, debo empezar a marcar mi inglés de otra manera.
De regreso a casa hemos visto unos locales incendiados hace poco, aquí no hay bomberos, así que han dejado que se extienda y extinga solo. También hemos visto a un hombre tirado, dijeron que era epilepsia, me ha sabido mal que nadie hiciera algo, dicen que es normal por acá, a mí no me lo parece. Llegamos a casa y hemos sido casi perseguidas por los perros salvajes que dicen que tienen, nos divertimos imaginándonos en una película de terror. Hemos vuelto a ponernos en contacto con nuestra tierra, es inevitable extrañarles. Mañana temprano salimos rumbo a Banmendjoun y esperamos pasarla en grande.
Saludos apachurrados y buenas noches.
Sin más ni más, nos hemos perdido entre la gente para oír la misa, el niño de enfrente no ha dejado de mirarnos fijamente, como si algo no le cuadrara, pero no supiera qué; al cabo de unos minutos nos ha dado la mano y a media misa ya me aventaba besos disfrazados. La niña de a un lado ha quedado anonadada por Andrea, la ve, le sonríe y tiene un impresionante flow en cada canto, mueve los hombros, enseñándome los secretos escondidos en el baile que nunca había entendido, a ellos la música los mueve sin preguntar, más de tres se sentirían ofendidos en nuestra cultura al ver a la gente moviéndose así dentro de un templo. Yo jamás había visto tanta fiesta en uno, es la primera cosa que deberíamos importar a nuestra tierra, ese gozo de lo que es una fiesta, esa celebración que no termina con la bendición sino que sigue más allá de la entrada. La hora de la paz me ha encantado, se dan las dos manos y se aprietan con fuerza acompañada por el obligatorio enseñar de dientes, me hubiese gustado dársela al templo entero. A media celebración el padre Mariano ha improvisado un canto en inglés con los feligreses (tal vez con el afán de que sintiéramos que entendíamos algo) que decía algo así como ¨heaven is in my heart¨ y ha sonado como si la supieran desde siempre. Al terminar la misa los niños nos rodeaban y daban la mano, nos decían cosas que por supuesto no entendíamos pero sonreíamos, ellos hacían lo mismo con lo que nosotros les decíamos. Así, en un acuerdo tácito de sonrisas nos hemos tomado fotos y abrazado, para después pasar a la comida.
Nos han colocado alrededor, frente a la mesa, como en un lugar de honor, son momentos difíciles porque uno no debe decir que no a la comida, así que hay que probar cosas interesantes que casi siempre contienen pedazos de pescado frito, hoy hemos probado un arroz blanco con zanahorias, ejotes y un condimento fuerte que le ha dado un sabor como nunca antes. Hay pedazos de raíz envueltos en cáscara de algo y una pasta blanca revuelta con hierbas y pescado, no la entiendo mucho aún.
Después de la comida hemos corrido a casa por nuestras maletas y así tomamos carretera rumbo a Bafia, donde nos encontramos ahora. Durante el camino he venido cabeceando, Mariano y Andrea disfrutan de mi capacidad de convertirme en marioneta, pero al final me he entretenido en el paisaje, que insisten en decir que está seco, aunque yo lo mire verde, verde. Habrá que esperar a la temporada de lluvias o a que ellos conozcan nuestro desierto.
Por la carretera la gente saca sus raíces a secar, al igual que el cacao y las piñas. Pasan intrépidas motos que pitan y empujan, el tráfico sigue siendo muy peculiar. Después de una hora y media de camino hemos llegado a esta ciudad de doscientos mil habitantes aproximadamente, muy pequeña y por lo tanto mejor planeada. La casa escolapia es bonita, hay un salón de usos múltiples donde también se dan misas, acá los niños hablan mejor el inglés y nos han podido saludar mientras juegan futbol. A unos cuatro metros está la escuela primaria y el kínder (las únicas que conocía por fotos del internet), es pequeña y bonita, en construcción, se ve que hay quien ha trabajado duro.
En esta comunidad también tienen un cibercafé, donde además dan clases de computación a jóvenes y adultos. Así que nos han dado nuestros cuartos y hemos podido pasar a la casa de los padres a conectarnos al internet. Da gusto saber de casa.
A las siete hemos salido a cenar a un restaurante donde sirven pescado frito, papas fritas y plátano frito. Ha sido bonito convivir con los padres y juniores, debo empezar a marcar mi inglés de otra manera.
De regreso a casa hemos visto unos locales incendiados hace poco, aquí no hay bomberos, así que han dejado que se extienda y extinga solo. También hemos visto a un hombre tirado, dijeron que era epilepsia, me ha sabido mal que nadie hiciera algo, dicen que es normal por acá, a mí no me lo parece. Llegamos a casa y hemos sido casi perseguidas por los perros salvajes que dicen que tienen, nos divertimos imaginándonos en una película de terror. Hemos vuelto a ponernos en contacto con nuestra tierra, es inevitable extrañarles. Mañana temprano salimos rumbo a Banmendjoun y esperamos pasarla en grande.
Saludos apachurrados y buenas noches.
DÍA 2
Contrario a lo que pensé no me ha tomado mucho dormir, me he quitado mi cruz, he acomodado la sábana blanca mitad debajo de mí y mitad dispuesta a cubrirme, con mi cabeza en la almohada de plumas de ganso, que conseguí así como parte de mi malévolo plan de disfrutar a toda costa de estos meses, y con los pies más altos que el resto del cuerpo, intentando que regresen a su estado normal.
Debo confesar que no me he animado a abrir la ventana aun con la luz apagada, por temor a que el asesino entre en mi cuarto, ha dado igual, el zumbido repetitivo me ha despertado por aquello de las dos de la mañana, me dispongo a ignorarlo y a meterme en la sábana a pesar de la humedad que se siente, una vez más me despierta y entonces comienzo a extrañar y estoy por llorar, me detengo a mi misma diciéndome “mira en donde estás, has llegado hasta aquí sola, ¿qué puede detenerte?” una vez me he prohibido llorar o sollozar, levanto los pies nuevamente y me destapo, ignoraré al posible asesino y duermo. A las cuatro y media de la mañana despierto definitivamente, me quedo callada pensando y escuchando a los trescientos gallos que debe haber en las casas vecinas. A las cinco comienza a escucharse actividad en los cuartos de afuera, yo no me atrevo a levantarme al baño, temo tal vez que me pregunten cómo estoy.
A las cinco y media Andrea aparece en mi cuarto, dice que está deprimida. Estamos. Creemos que es normal.
Antes de las siete el padre Martín ha venido a preguntar qué tal hemos pasado la noche y nos dice que a las ocho ya estará la cocinera, para que bajemos a desayunar.
Nos decidimos a bañarnos, el agua es fría. Aquí es cuando recuerdo por qué estos viajes te hacen crecer, recuerdas que el agua caliente también es un lujo y cuan afortunados somos al tenerla. El baño se toma por partes pues debes sostener una especie de manguera y dejar que el agua caiga en una cubeta para aprovecharla. He salido del baño despierta y a la vez frágil, como soy. Andrea entra en el cuarto, decimos “Un baño rápido ¿no?” y entonces comienza a llorar, con sus ojos rojos se va la valentía de la que me hice esa misma madrugada y lloramos. Callamos y bajamos a desayunar.
Solange (no podría jurarlo, me cuestan mucho los nombres en francés) ya nos espera, la saludo y ella casi inmóvil, callada, me señala que sobre la mesa ya está el café en la cafetera y el agua hirviendo está en un termo, resulta que por acá lo hacen muy concentrado y tú lo rebajas al gusto, había un gran bote de leche nido, unos quesitos concentrados, que no quise investigar de dónde provenían, algo parecido a la nutella y varios baguettes, ha dicho el padre Antonio que este es pan francés, pero en Bamenda nos espera pan inglés, más dulce y concentrado, aún no entiendo.
Mientras desayunamos nos ha dicho el padre Antonio que podríamos acompañarlo al juniorato más tarde y que de momento podríamos hacer lo que quisiéramos, ya nos han dado las llaves de la casa. He preguntado si es seguro salir por ahí y su respuesta fue “Pff, tan seguro como el paraíso”. Así que nos hemos encaminado y vestidas aún al estilo occidental bajamos por las calles de Yaounde como si en verdad supiéramos a dónde nos dirigimos. La gente nos dice cosas en la calle, que no entendemos, apenas captamos unas cuantas palabras, entre ellas que nos han llamado blancas. En cada esquina venden frutas, aguacates, semillas que desconozco, polvos extraños y más tarjetas telefónicas, nos hemos introducido en el Mercado de Madagascar donde venden anguilas muertas que parecieran comerse su propia cola, están secas como los charales. En la calle nos ven raro, pero he aprendido a responder a su Bonjour y le sonrío a quienes no saludan.
Al volver a casa nos damos un paseo por el patio trasero, en busca de Raqui, tienen árboles de mango y otras frutas que desconozco, todo es verde y hay una capilla cerrada en una especie de kiosco. Decidimos volver a salir, esta vez por otro rumbo, subimos por un callejón y encontramos a un grupo de niños que forman un equipo de futbol, quisimos quedarnos más tiempo, pero era hora de volver para salir con destino al juniorato.
Es muy bonito, tienen azulejos que forman cocodrilos, leones, pájaros y al continente mismo, tienen un enorme patio con cacha de basquetbol, nos han presentado al padre Miguel, muy agradable, lleva cuarenta años en África, a eso le llamo vocación, tiene una visión increíble, le gusta inventar cosas, arreglar lo descompuesto, imagina murales y arreglos para cada cuarto, quiere sacar la humedad del cuarto de lavado, me ha impresionado entre una plática de política sobre los países cercanos, al hablar del Congo nos ha dicho: “es un país que está de rodillas”, me he sentido triste y me ha parecido lamentable lo inhumano de las guerrillas, gente matando a otra, violando a las mujeres de los pueblos para contagiarlas de SIDA, es lo más cercano al genocidio actual.
Entre otras cosas, nos ha presentado a los muchachos que estudian filosofía, entre ellos Willy, un muchacho de sonrisa limpia, que se encargó de darnos el paseo por el museo religioso, que un pequeño cuartito resume enorme parte de la historia de Jerusalén.
Al volver a casa, nos recibieron con comida, espagueti, ensalada y unos plátanos fritos, rebosantes en aceite, ¡qué delicia!, he tenido que acercarme a la cocinera y tratar de expresarle lo bueno que estaban, finalmente he conocido su sonrisa, escondida entre esas telas de colores llamativos, con figuras definidas, parecidas a las rupestres, parecían acentuarse sus ojos grandes y redondos, al encontrarse entre la tela que da vuelta alrededor de su cabeza y esos dientes grandes, blancos y bonitos. ¡Qué buen regalo!
Reposamos un rato la comida, hicimos algo de ejercicio, muy poco a decir verdad, para salir de nueva cuenta con Humberto con rumbo desconocido, nos acompañaba su sobrina con su hijo, un niño de apenas dos meses, enorme y bonito de nombre Sammy, cuando nació era tan amarillo que le llamaban “the white boy”, pero poco a poco fue tomando su bonito color chocolate. Llegamos a la universidad católica, donde vimos las facultades de filosofía, teología, ciencias sociales y el salón de clases en que Huber toma la clase de Derecho Canónico. Después del paseo en el tráfico hemos bajado a los dos acompañantes en medio de la nada donde tomarían un taxi, de ahí hemos ido a casa del presidente del país, donde sólo alcanza a verse un enorme bosque por patio, de ahí hemos tomado camino de regreso al centro donde vimos a un hombre vendiendo ratas de campo enormes y peludas, que compran para comerse, después hemos pasado a recoger a una muchacha que nos acompañaría a un centro de rehabilitación para discapacitados, he tenido un encuentro duro en ese momento. Primero el gozo de ver a los jóvenes divirtiéndose en la cancha a pesar de su silla de ruedas, después entrar en un pasillo lúgubre, con un olor indescriptible, daba a cuartos con imágenes que te dejan serio, pensando, niños que no pueden moverse, dentro de su cuna, a lo lejos alcancé a ver a uno sacándome la lengua, pasamos por baños y regaderas, oscuras y amarillentas, entre el azul de sus paredes. Finalmente entramos a la habitación a la que nos dirigíamos, el olor se agudizaba, al final del cuarto estaba la muchacha a la que veríamos, sonriente con su familia, sabía algo de español y tranquilamente me explicó que un día su pierna, simplemente ha dejado de moverse. Tuve que guardar mi cámara, no era algo retratable, era algo que tenía que guardarme, asimilarlo, crecer y proponer. Nos fuimos calladas.
Cabeceando por las calles de Yaoundé hemos llegado hasta una casa en una colina, donde al parecer llevaríamos a Melis, la muchacha que nos acompañaba, para cobrarle a un hermano. Hemos estado una hora entre los árboles, viendo cómo vive la gente, tratando de entender y de explicarnos, me sentí tonta. Una niña se ha acercado hacía la cámara y ha querido retratarse, así son ellos, no distinguen. Quieren a todos como a todos, nos sonríen.
De regreso ya cansadas, Hubert nos ha llevado a un lugar llamado “La dolce vita” donde hemos comido una deliciosa nieve de café, tengo que volver a probarla. Finalmente nos dirigíamos a casa, esta vez el caos vial era aún peor, entre un atropellado y un choque de carros, hemos llegado sanos y salvos.
Al llegar, Mariano Grassa (con quien ya habíamos tenido contacto vía internet) ya estaba en casa, hemos cenado juntos, todos salvo el padre Cristian, es tal vez el más extraño de todos, tiene una mirada más dura, es muy grande y serio.
En plena cena hemos tenido un ataque de risa al probar una cosa a la que llaman pistacho, que es una pasta de calabaza rellena de pescado, tenía la consistencia de un paté, un color verde espumoso, el olor a calabaza y el sabor impregnado de pescado. No hemos podido comer mucho y nos reímos, preferí seguir comiendo piñas y fideos, y algo así como un pescado frito y zarandeado, con cabeza y cola, con espinas y escamas, enterito.
Al final del día he recibido noticias de mi Mexicali, qué lindo, me hace sentir más cerca, me hace sentir con ganas de seguir adelante.
Buenas noches otra vez y hasta mañana.
Debo confesar que no me he animado a abrir la ventana aun con la luz apagada, por temor a que el asesino entre en mi cuarto, ha dado igual, el zumbido repetitivo me ha despertado por aquello de las dos de la mañana, me dispongo a ignorarlo y a meterme en la sábana a pesar de la humedad que se siente, una vez más me despierta y entonces comienzo a extrañar y estoy por llorar, me detengo a mi misma diciéndome “mira en donde estás, has llegado hasta aquí sola, ¿qué puede detenerte?” una vez me he prohibido llorar o sollozar, levanto los pies nuevamente y me destapo, ignoraré al posible asesino y duermo. A las cuatro y media de la mañana despierto definitivamente, me quedo callada pensando y escuchando a los trescientos gallos que debe haber en las casas vecinas. A las cinco comienza a escucharse actividad en los cuartos de afuera, yo no me atrevo a levantarme al baño, temo tal vez que me pregunten cómo estoy.
A las cinco y media Andrea aparece en mi cuarto, dice que está deprimida. Estamos. Creemos que es normal.
Antes de las siete el padre Martín ha venido a preguntar qué tal hemos pasado la noche y nos dice que a las ocho ya estará la cocinera, para que bajemos a desayunar.
Nos decidimos a bañarnos, el agua es fría. Aquí es cuando recuerdo por qué estos viajes te hacen crecer, recuerdas que el agua caliente también es un lujo y cuan afortunados somos al tenerla. El baño se toma por partes pues debes sostener una especie de manguera y dejar que el agua caiga en una cubeta para aprovecharla. He salido del baño despierta y a la vez frágil, como soy. Andrea entra en el cuarto, decimos “Un baño rápido ¿no?” y entonces comienza a llorar, con sus ojos rojos se va la valentía de la que me hice esa misma madrugada y lloramos. Callamos y bajamos a desayunar.
Solange (no podría jurarlo, me cuestan mucho los nombres en francés) ya nos espera, la saludo y ella casi inmóvil, callada, me señala que sobre la mesa ya está el café en la cafetera y el agua hirviendo está en un termo, resulta que por acá lo hacen muy concentrado y tú lo rebajas al gusto, había un gran bote de leche nido, unos quesitos concentrados, que no quise investigar de dónde provenían, algo parecido a la nutella y varios baguettes, ha dicho el padre Antonio que este es pan francés, pero en Bamenda nos espera pan inglés, más dulce y concentrado, aún no entiendo.
Mientras desayunamos nos ha dicho el padre Antonio que podríamos acompañarlo al juniorato más tarde y que de momento podríamos hacer lo que quisiéramos, ya nos han dado las llaves de la casa. He preguntado si es seguro salir por ahí y su respuesta fue “Pff, tan seguro como el paraíso”. Así que nos hemos encaminado y vestidas aún al estilo occidental bajamos por las calles de Yaounde como si en verdad supiéramos a dónde nos dirigimos. La gente nos dice cosas en la calle, que no entendemos, apenas captamos unas cuantas palabras, entre ellas que nos han llamado blancas. En cada esquina venden frutas, aguacates, semillas que desconozco, polvos extraños y más tarjetas telefónicas, nos hemos introducido en el Mercado de Madagascar donde venden anguilas muertas que parecieran comerse su propia cola, están secas como los charales. En la calle nos ven raro, pero he aprendido a responder a su Bonjour y le sonrío a quienes no saludan.
Al volver a casa nos damos un paseo por el patio trasero, en busca de Raqui, tienen árboles de mango y otras frutas que desconozco, todo es verde y hay una capilla cerrada en una especie de kiosco. Decidimos volver a salir, esta vez por otro rumbo, subimos por un callejón y encontramos a un grupo de niños que forman un equipo de futbol, quisimos quedarnos más tiempo, pero era hora de volver para salir con destino al juniorato.
Es muy bonito, tienen azulejos que forman cocodrilos, leones, pájaros y al continente mismo, tienen un enorme patio con cacha de basquetbol, nos han presentado al padre Miguel, muy agradable, lleva cuarenta años en África, a eso le llamo vocación, tiene una visión increíble, le gusta inventar cosas, arreglar lo descompuesto, imagina murales y arreglos para cada cuarto, quiere sacar la humedad del cuarto de lavado, me ha impresionado entre una plática de política sobre los países cercanos, al hablar del Congo nos ha dicho: “es un país que está de rodillas”, me he sentido triste y me ha parecido lamentable lo inhumano de las guerrillas, gente matando a otra, violando a las mujeres de los pueblos para contagiarlas de SIDA, es lo más cercano al genocidio actual.
Entre otras cosas, nos ha presentado a los muchachos que estudian filosofía, entre ellos Willy, un muchacho de sonrisa limpia, que se encargó de darnos el paseo por el museo religioso, que un pequeño cuartito resume enorme parte de la historia de Jerusalén.
Al volver a casa, nos recibieron con comida, espagueti, ensalada y unos plátanos fritos, rebosantes en aceite, ¡qué delicia!, he tenido que acercarme a la cocinera y tratar de expresarle lo bueno que estaban, finalmente he conocido su sonrisa, escondida entre esas telas de colores llamativos, con figuras definidas, parecidas a las rupestres, parecían acentuarse sus ojos grandes y redondos, al encontrarse entre la tela que da vuelta alrededor de su cabeza y esos dientes grandes, blancos y bonitos. ¡Qué buen regalo!
Reposamos un rato la comida, hicimos algo de ejercicio, muy poco a decir verdad, para salir de nueva cuenta con Humberto con rumbo desconocido, nos acompañaba su sobrina con su hijo, un niño de apenas dos meses, enorme y bonito de nombre Sammy, cuando nació era tan amarillo que le llamaban “the white boy”, pero poco a poco fue tomando su bonito color chocolate. Llegamos a la universidad católica, donde vimos las facultades de filosofía, teología, ciencias sociales y el salón de clases en que Huber toma la clase de Derecho Canónico. Después del paseo en el tráfico hemos bajado a los dos acompañantes en medio de la nada donde tomarían un taxi, de ahí hemos ido a casa del presidente del país, donde sólo alcanza a verse un enorme bosque por patio, de ahí hemos tomado camino de regreso al centro donde vimos a un hombre vendiendo ratas de campo enormes y peludas, que compran para comerse, después hemos pasado a recoger a una muchacha que nos acompañaría a un centro de rehabilitación para discapacitados, he tenido un encuentro duro en ese momento. Primero el gozo de ver a los jóvenes divirtiéndose en la cancha a pesar de su silla de ruedas, después entrar en un pasillo lúgubre, con un olor indescriptible, daba a cuartos con imágenes que te dejan serio, pensando, niños que no pueden moverse, dentro de su cuna, a lo lejos alcancé a ver a uno sacándome la lengua, pasamos por baños y regaderas, oscuras y amarillentas, entre el azul de sus paredes. Finalmente entramos a la habitación a la que nos dirigíamos, el olor se agudizaba, al final del cuarto estaba la muchacha a la que veríamos, sonriente con su familia, sabía algo de español y tranquilamente me explicó que un día su pierna, simplemente ha dejado de moverse. Tuve que guardar mi cámara, no era algo retratable, era algo que tenía que guardarme, asimilarlo, crecer y proponer. Nos fuimos calladas.
Cabeceando por las calles de Yaoundé hemos llegado hasta una casa en una colina, donde al parecer llevaríamos a Melis, la muchacha que nos acompañaba, para cobrarle a un hermano. Hemos estado una hora entre los árboles, viendo cómo vive la gente, tratando de entender y de explicarnos, me sentí tonta. Una niña se ha acercado hacía la cámara y ha querido retratarse, así son ellos, no distinguen. Quieren a todos como a todos, nos sonríen.
De regreso ya cansadas, Hubert nos ha llevado a un lugar llamado “La dolce vita” donde hemos comido una deliciosa nieve de café, tengo que volver a probarla. Finalmente nos dirigíamos a casa, esta vez el caos vial era aún peor, entre un atropellado y un choque de carros, hemos llegado sanos y salvos.
Al llegar, Mariano Grassa (con quien ya habíamos tenido contacto vía internet) ya estaba en casa, hemos cenado juntos, todos salvo el padre Cristian, es tal vez el más extraño de todos, tiene una mirada más dura, es muy grande y serio.
En plena cena hemos tenido un ataque de risa al probar una cosa a la que llaman pistacho, que es una pasta de calabaza rellena de pescado, tenía la consistencia de un paté, un color verde espumoso, el olor a calabaza y el sabor impregnado de pescado. No hemos podido comer mucho y nos reímos, preferí seguir comiendo piñas y fideos, y algo así como un pescado frito y zarandeado, con cabeza y cola, con espinas y escamas, enterito.
Al final del día he recibido noticias de mi Mexicali, qué lindo, me hace sentir más cerca, me hace sentir con ganas de seguir adelante.
Buenas noches otra vez y hasta mañana.
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