lunes, 24 de enero de 2011

DÍA 17

La gente comienza a reconocernos fuera de la iglesia, son los que salen de la misa de las seis y media, otra vez está llena, lo que demuestra que el domingo pasado no había sido un hecho aislado. Nos sonríen y extienden la mano, ya no somos extrañas del todo. Nos preparamos para comenzar la de las ocho y media, la gente llega, los jóvenes están ahí, otra vez vestidos de gala, llegan con un trapito en mano y limpian el lugar donde habrán de sentarse, el coro está a punto, como si no hubiesen cantado durante dos horas en la celebración anterior.
Después de dos horas y media de bailar entre las bancas de la iglesia y escuchar esos rezos en lenguas y acentos que ya no me son desconocidos, el padre pide que pasemos al frente. Han salido cinco palabras de mi boca, las más sinceras. La gente sonríe.
Hoy es el día de la competencia, esa de canto que ya había contado antes. Los jóvenes están listos y antes de comenzar me tomo tiempo para respirar, mi mirada se dirige hacia la tumba fresca del panteón, veo la cera que ha quedado derretida sobre los lados del montón de tierra. Al momento dos señoras se aproximan, dos cabezazos y un beso bien dado de la primera, de la segunda tres besos repartidos equitativa y discretamente en ambas mejillas, me sonríen con el tiempo en los dientes y con el alma en la boca, les da ternura mi aún falta de experiencia en el saludo africano, una me sostiene la mano, no la suelta, dice que le da alegría que esté aquí, que mi inglés es claro, que ya quiere verme otra vez. La gente me da cariño como si supieran algo.
Me dirijo hacia adentro, de pasada veo a dos jóvenes que están tomados de la mano, es costumbre entre varones caminar sosteniendo su meñique, en señal de una amistad sincera. Aún no les llega el morbo, no tienen miedo del contacto, nadie se imagina nada, es como si fueran niños, como si conservaran su inocencia.
Ya iniciado el concurso, es increíble aquella guerra de talentos, de la que ya tanto he hablado, pero es que pareciera que no hay un alma que no sepa cantar o bailar, inventan sus canciones, los movimientos, la melodía, hacen el trabajo completo. Son ocho equipos, no podría cantar como ninguno de ellos. El premio más grande consiste en veinte mil francos (cuarenta dólares) y deben ser por lo menos quince jóvenes los que conforman cada grupo, el segundo se llevará diez mil, el tercero, cuarto y quinto unas bolsas de ropa usada y desgastada, que ayer mismo doblábamos por la noche. La mayoría de ella debía ser XXL, no recuerdo bien de dónde provenía, pero debió tardar años en llegar, alguna está en buen estado, otra te permite ver a través de ella. Tanto talento, digno de cualquier espectáculo televisivo y aquí compiten por cosas básicas. Otra vez enseñándome.
Todos están contentos y emocionados, el intervalo antes de los resultados me ha servido para platicar con los llamados postulantes, ya siento que los quiero. Comienzan a saber que estoy ahí, ya no soy invisible, me cuestionan y los cuestiono, nos respetamos. Creí que nos tomaría más tiempo.
La comida esperaba servida, mientras el hambre desesperaba. Nos sentamos a la mesa en compañía de la religiosa que había venido como jurado, es agradable, tampoco teme al contacto, da manotazos de juego, de esos que se dan a los amigos. Vamos de camino al convento en el que vive, donde nos reciben con una bebida espesa al fondo del vaso, pareciera miel, con sabor a limón de botella, luego llega una botella de vino que más bien contiene agua, para diluirlo un poco. Nos despedimos. Vamos ya para otra casa, rumbo a Kumbo, pero no hasta el fin del mundo. Nos reciben dos hermanas de Etiopía, se ven muy diferentes, podría haber jurado que provenían de la India, son sumamente amables, no nos permiten irnos sin haber tomado algo y comido un poco de pastel, que sabía a casa.
Tenemos mucho trabajo y no espera, entre que intento mantener comunicación y trabajar, no consigo hacer ni una ni otra. Las redes también se han ido. Esta noche la capilla está oscura, las velas aparecen nuevamente.
Por la noche, mientras preparo el material para la clase de los adultos, uno de los postulantes, el más pequeño, con apenas dieciocho años, se acerca. Me ha contado de su vida, desde pequeño fue educado en un internado, dice que no le dolió salir de casa, que encontró una nueva familia, que no importaba el tener que levantarse a cortar pastura con el frío de madrugada, que no importaban las cortadas de las manos, que a todo se acostumbra el cuerpo. Que nunca quiso irse de ahí, que sería como haberle roto algo de adentro, que los azotes de la mañana son los que lo hicieron ser lo que es ahora. Mi cara debe decir un “no” muy grande, entonces dice que es otra cultura, que así es como en verdad funciona. Los demás se acercan y se interrumpe el momento, todos están contentos, yo sigo pensando en los diferentes métodos, alguien les llama y desaparecen. Me quedo haciendo dibujos de cosas que desconozco. Ahora entiendo el por qué no nos entendimos en un principio, la dureza con que se educa y lo duros que se vuelven.

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