DÍA 10
Ya empiezo a acostumbrarme a la rutina, comenzamos a entender las laudes y vísperas, a eso de las seis y media de la mañana comenzó la misa. Después de nuestro primer día en Bamenda habíamos entendido que podíamos ir en pijamas a las oraciones y a la Iglesia, después de todo quién va a la primera misa, es madrugada, si a caso un par de señoras mayores. Alguien debió avisarnos que el domingo cambia la cosa, todos se visten de traje, con su mejor vestido, cual quinceañera, cual boda, la iglesia está a reventar, llena de personas de todas las edades, que debieron levantarse cuando menos a las cinco para llegar de gala. Qué vergüenza nos ha dado presentarnos, con dos tres gallos matutinos que oculté bajo el gorro de la chamarra de noche, llevaba mi chamarra deportiva encima, unos pantalones y pantuflas, gracias a Dios no eran tan llamativas como los calcetines rojos afelpados que salían por las chanclas de Andrea. Hemos aprendido la lección y el próximo domingo iremos presentables.
Después de la misa… el desayuno, todavía con casa llena, entre la taza de café de Andrea se escabulló una cucaracha, era chiquita e indefensa, ahora además estaba ahogada, da igual, nuestro café sigue caliente y nos reímos.
Hoy mientras nos disponíamos a traducir unos formatos para la preparación de monitores, ha aparecido el padre Justin para informarnos que mañana daremos nuestra primer clase de valores a los niños más pequeños de la secundaria, así que sin pensarlo hemos buscado al encargado (Moises) para que nos diera por lo menos una idea de lo que haríamos. Entre la búsqueda de libros de valores y las traducciones chicanas que hemos logrado hacer de los formatos, se nos ha ido la mañana. La hora de la comida llega pronto, se nos va el día en dos patadas, es la noche la que sigue ingrata y larga.
Al volver a mi cuarto he recibido una llamada, era mi tía llamando de León para saber cómo me encuentro, estoy bien, mejor de lo que pude imaginar pero mi corazón se ha trasladado hasta San Diego y ahí estará hasta que alguien me dé alguna noticia.
A las tres de la tarde los novicios se enfrentarían en un duelo futbolero contra los postulantes. Podía verlos a todos con sus calcetas rojas y los zapatos de colores llamativos, los shorts azules y las camisetas blancas muy bien lavaditas. Qué divertido es escuchar a Pedro, un religioso apasionado del futbol que aún no lo sabe, y si lo sabe se niega a reconocerlo. Entre gritos y el mal futbol que se ha visto nos la hemos pasado en grande, el balón estuvo más tiempo entre arbustos que en la cancha. Al final las camisetas son rojas y una que otra cabeza se ve pintada también de barro suelto. El marcador final es seis contra uno, bendito balón que se dignó a entrar por sí mismo en tantas ocasiones.
DÍA 11
Hoy no hemos ido a la oración, debíamos estar en punto para la clase da las ocho en una escuela cercana, el desayuno transcurre igual, en familia, el bando de los cameruneses y dos blanquitos españoles que se rehúsan a volver de cualquier modo a su país. Dicen que ahí ya nadie cree en nada.
Hemos llegado a tiempo a la clase de moral, prefiero llamarle de valores, me hace menos responsable. Hemos entrado con el grupo de los más pequeños, es una secundaria, tienen un patio grande y verde que rodea los salones de la escuela, estos niños viven aquí todo el año, sólo salen a sus casas cuando van de vacaciones. Entiendo, aunque no comparta el método, dicen que acá te da categoría, que se educa mejor a los hijos, pero entonces se convierten otros en los responsables.
Se les ve con sus uniformes cafés con blanco por el patio, llevan calcetas blancas y huaraches cafés como parte del mismo. Sus cabecitas rapadas como debe señalar en algún lado el reglamento. Se sientan en las bancas de dos, donde a veces caben tres. Al entrar están cantando, desde adentro, unos aplauden y otros se mueven de lado a lado, no se detienen. Nos ven y sonríen como volteando hacia otro lado, cada que nos presentamos se emocionan y murmuran entre ellos. Hoy Moises ha dado la clase, en espera de que la próxima semana nos hagamos cargo de ese grupo. Hoy han hablado del alma, del cielo, dicen que el cielo está aquí, yo así lo creo.
Al salir los muchachos se aproximan, nos saludan tomándonos de la mano, mientras la otra sostienen el codo de aquella con la que saludan, parece alguna señal de respeto.
Al hablar con los mayores les he pedido que me enseñen a cantar así, como si la voz hiciera también la música, dicen que estamos a tiempo, que se preparan para un concurso, así que nos invitan a ir al ensayo cada domingo y han suplicado a Moises que no se le olvide llevarnos.
Al volver a casa hemos buscado el proyector y sacado algunas copias, estamos preparando nuestra primera sesión de monitores con los postulantes. Ya hemos empezado, la barrera del lenguaje se torna en ocasiones chistosa y en otras más, desesperante. La cuestión es que algunos de ellos son francófonos y el inglés tampoco les queda claro, terminamos en una mezcla de palabras, que al final se pueden ver cinco idiomas por el aire.
Como en todos los salones, cada alumno cumple su papel, desde el chistoso, el que no habla, el participativo, hasta el que ríe y murmura. He comprendido a mis maestros y su acuñado método del “salte del salón” aún no lo ponemos en práctica, pero la siguiente no dudaré en usarlo. Hoy hemos compartido la realidad de sus veranos, les hemos contado de los nuestros y hemos hablado de lo que buscamos. Al hablar de diferentes realidades y del primer y tercer mundo, uno de ellos, el más pequeño, ha levantado la mano y dicho “Camerún es el primero del tercer mundo”, para todo hay divisiones y dentro de ellas habrá más, es como tener una de esas abuelitas rusas de madera que guardan otra adentro, siempre más pequeña, y cuando crees que has llegado a la última, encuentras otra.
Al final, creo que nos han entendido un poco de lo que somos, de dónde venimos, de cómo es, han quedado dudas, señal de que habrá algún interés para la siguiente sesión.
Se nos vino la hora de la comida encima, donde tocamos temas escabrosos. Dicen los padres que les agrada nuestra presencia. Al terminar he decidido ir a reconocer los alrededores, quiero saber de dónde viene lo que puedo ver en la ventana. En el camino un padre me ha visto y me ha pedido que haga favor de retirarme a descansar por lo menos diez minutos, no puedo estar quieta. El patio frontal sigue bonito, ya sé donde se encuentra mi ventana, los niños que salen del jardín me gritan “sistaaa” mientras se esconden tras sus loncheras, después aparecen y me dan la mano.
Al volver hemos ido a las clases de inglés para adultos, donde nos han presentado, cada señora tiene su historia y te comparte un pedazo cuando te saluda. Hemos ido en busca de Pedro y al tocar en casa de las religiosas calasanzias lo hemos encontrado comiendo turrón con ellas, hemos dado una vuelta por la casa, donde acogen a seis niños sin padres y los tienen con el fin de hacerlos sentir en familia, los educan, alimentan, ayudan con sus tareas y más. La casa tiene un patio central como cuidado por mujeres, los cuartos con cortinas y sábanas muy al estilo africano. Al final nos han invitado un café y hemos hablado de la experiencia aquí y allá. La hemos pasado en grande, entre el sarcasmo de Pedro y el cariño de las madres.
De regreso a casa, hemos pasado por el patio, de pronto nos encontramos en medio del mundo, a la mitad de África, a media colina y en la mitad de una cancha, jugando un partido de futbol con quince hombres más, somos minoría en cualquier sentido, pero nos hemos divertido tanto, no se limitan, y extrañamos la imagen de aquel hombre que aún te abre la puerta.
Empanizadas cual croquetas, con la camiseta que sin importar el color ha terminado roja, no reconozco mis zapatos ni mis manos. En la pierna me he llevado de recuerdo unos cuantos moretes y hasta una bola de golf que me adorna la espinilla. El baño frío te apacigua las ideas y el cansancio. Estoy de vuelta¸ Jesús se baja del sagrario y el corazón aún late. Hay esperanza.
DÍA 12
Amanecí tempranito, como el gallo que ha cantado desde antes de las cinco, se me congelaban los pies, entre la sábana y el suelo me encontré los calcetines, era tarde no pude volver a dormir.
Ya soy cliente frecuente de esa capilla, debe ser su techo hecho de bambú, las bancas y las cortinas que rodean al importante. A las siete el café caliente que me espera y a la media la salida programada ha cambiado algo de curso. Una muchacha espera en la puerta de entrada al padre Justin, trae una maleta de viaje en la mano. Hemos ido a hasta una escuela donde había niños vestiditos de morado, una señora joven, delgada y alta, cual modelo, nos ha saludado amablemente, es de las que te abrazan y sonríen sin preguntarte, de las que no te olvidas; ha resultado ser la madre de la joven que esperaba en nuestra puerta, y el padre ha ido a devolverla hasta su casa, han tenido una plática difícil para llegar a un acuerdo. Los padres son como consejeros del pueblo, siempre que entramos o salimos de casa hay alguien esperándolos, para un consejo, una palmada o un abrazo.
Al fin de cuentas hemos entrado en los salones de la escuela, cuántos niños, cuánta necesidad, cuánta calidez, las paredes son de adobe, de ese que no se cuece, como lodo con paja que los endurece, las bancas pequeñitas que reciben a casi sesenta niños por salón, cada uno con su pedazo de madera pintado de oscuro. Acá se aprende rápido o se olvida, no hay segundas oportunidades para revisar apuntes, hay una tiza, se practica, memoriza y se borra.
De camino hemos pasado por un lugar donde hacen artesanías, hemos visto el proceso entero, qué bonito, me recuerda a mi tierra, pero con figuras distintas. Unos hombres cavan al fondo de una montaña, mientras un hombre mayor y ciego separa con devoción la mezcla, purificándola, después los que moldean harán lo suyo.
De vuelta a casa estamos medio muertas, el partido de ayer me ha dejado en condición de desvalida, ando por ahí como niña de primaria con las piernas llenas de moretes y trepándome en los árboles. Hemos estado justos para la comida y justo después hemos salido con Pedro y uno de los novicios rumbo al centro. Ese Pedro es tan pesimista que es chistoso, es como un polo negativo y a la vez tan negativo que se vuelve positivo.
Tomamos el taxi y caminamos por un par de horas, cada vez que recorres el centro descubres algo nuevo. Te das cuenta que al final los que más tienen son los que tienen las cosas más buenas y más baratas, y los que menos se quedan con lo menos. La calle está llena de gente bonita que sonríe y que saluda, aunque también de gente que estafa. Hay como en todo y siempre, un poquito de cada cosa. Andrea toma una “Coca-cola” con una tarjeta impresa aquí, con un contenido hecho aquí, en alguna casa o en alguna imprenta, si la tomas podrías no notarlo y así pasa, mientras tanto en la iglesia alguien entrega de limosna un billete de mil francos que se borra con el agua.
Nosotros llegamos salvos, listas para correr un tanto. El sol se ve más lejos, como si perdiera su imponencia, puedo verlo hasta pequeño cuando trata de esconderse.
Mientras que la tierra majestuosa, se convierte en un tatuaje, imposible desprenderse de su encanto, llega a los lugares más absurdos y está para quedarse. Te adorna la piel, no estás quemada, estás pintada.
Se pone linda la tarde, Mariano está en casa y mañana vamos a Kumbu.
DÍA 13
Finalmente sé cómo se escribe Kumbo, es que acá uno se aprende el cómo suena. Al salir a las seis y media nos hemos perdido el sagrado desayuno. La carretera se acaba pronto y empieza el terreno duro, una, dos, tres horas de lado a lado. Hemos parado en varias iglesias para arreglar lo de la ordenación de un par de padres. Al parar en casa de Francis un par de niños mastican algo con cara de bambú, se llama “quetontón” o suena parecido, dicen que sabe entre dulce y amargo. La gente hace sus ladrillos y están haciéndose un cuarto, mientras nos ofrecen un vino de palma, color a soda de toronja, sabor a coco y a sal.
El camino aún es largo y escabroso, al entrar en la ciudad hemos llegado a casa del obispo, ya no podemos rechazar ningún café, ningún terrón. Al estar en casa escolapia la comida transcurre normal entre tubérculos y vegetales. Después de un rato, Andreas, un sacerdote grande grande, con rostro fuerte y con manos enormes, su pulgar es del tamaño de tres dedos de mi mano, una cicatriz le adorna el dorso de la suya, son manos de trabajo; nos ha llevado subiendo el cerro, otra vez entre la nube roja y el golpeteo del carro, los techos de las casas están todos bañados en tierra, entre una casa y otra un par de gallinas, entre una casa y otra un par de becerros, las cabras se atraviesan, mientras los niños suben la vereda cargando frutas en la cabeza. Al final del recorrido hemos llegado hasta una granja, la gente siembra de todo, col, café, granos de cualquier tipo, hay niños cargando palas y recogiendo en el canasto que llevan atado a la cintura, sonríen cuando nos ven pasar, mientras los más pequeños nos gritan “white-man, white-man”, el sexo no importa cuando eres blanco.
Nos ha llevado a arriba, por encima de los dos mil metros, hasta donde cae el agua que llega de manera natural desde cuatro kilómetros de distancia. Hay tres hombres construyendo un pozo donde podrán almacenar el agua que haga falta para el riego, Andreas dirige la obra, habla duro, no me acostumbro.
Desbloqueamos el curso del agua, quitando las hierbas y los renacuajos se van despertando. Al ir bajando nos topamos con más niños, una lleva su pancita al aire, grande, con una hernia en el ombligo del tamaño de una nuez, está cargando algo.
De regreso veo a la calle, comienzo a sentir eso, creo que se llama frustración, frustración de querer cambiarlo todo, ganas de limpiarles las caritas y pintarles algo grande. Estoy consciente, reconozco mis capacidades y mi alcance, no me es suficiente. Cada cosa llega a su tiempo, alguien me dice que cada pueblo debe tener su edad media, yo quiero adelantarles unos cuatrocientos años.
Ya no quiero hablar de lo que hago en el día, sino de lo que debería hacer, dicen que no hay dinero para comprar carne, que una bola de queso sale en cuarenta mil francos, que debe comerse lo que viene de dentro.
No me asusta, me despierta, tampoco sé qué me busco. Siempre hay algo que te asombra, las tribus siguen aportando sus rituales sagrados, la brujería está arraigada en cada pueblo, la religión se convierte en una superstición más, de las que tienen. Nunca había visto ciudades con más Iglesias, Mezquitas, escuelas, asociaciones religiosas de todo tipo, para cualquier gusto. Los organismos internacionales siguen mandando a sus empleados, con carros del año y sueldo estrafalarios, sin producir resultados, con encuestas y datos tan inventados como cualquier telenovela mexicana.
El sol aún se ve muy lejos. Hay que hacer algo.
Hola, creo que no nos conocemos. Soy de Mexicali y el padre Pepe me recomendó leer tu blog. Quiero decirte que escribes muy bonito... se me hace impactante poder conocer Africa a través de tus ojos y más impactante se me hace descubrir el momento en que la realidad se le estampa a uno en la cara de una manera que ya no puedes seguir siendo la misma persona. Felicidades por darte la oportunidad de vivir esta experiencia y por compartirla con nosotros. Estela
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