Los últimos días ha costado el imaginarme lejana, no tanto como ya saberme. Hemos estado a tiempo en el aeropuerto de San Diego, la familia presente, la despedida ha sido difícil y a la vez inevitable, en el último momento dan ganas de amarrarlos a todos y meterlos en maleta, así nomás, sin preguntarles, pero entonces recordamos que la decisión es propia y que la vida sigue en donde la dejamos.
Al pasar por el detector de metal algo ha sonado y me han hecho una revisión profunda, desagradable, por algo será pero me siento no confiable, cuando sé que lo soy.
En la espera de unos treinta minutos hemos agotado el que creímos sería el tema principal del viaje, y es que Andrea y yo hablamos rápido, como dirían no nos para el pico, a veces creo que sólo ella y yo entendemos lo que hablamos.
Al fin hemos abordado el avión que nos llevará a Chicago, la emoción nos hace hablar y hablar, en el asiento de enfrente un joven de pocas pulgas ha volteado a ver a Andrea y le ha dicho “Could you please be quiet?”, con la cara que ha puesto lo dijo todo. Andrea y yo hemos reído calladitas durante las 4 horas y media de vuelo, nos da risa la distancia que ponemos entre cultura y cultura, ver cómo esperamos que la gente actúe en base a nuestra manera de actuar, en este caso un viaje placentero dependería del silencio absoluto, un buen whisky, los audífonos más grandes y la tecnología al alcance de cualquiera de tus dedos.
Llegando al aeropuerto de Chicago hemos buscado la sala y buscado algo de comer en algunos cuarenta minutos. Un delicioso “Dallas jumbo dog” ha compensado el malhumor del vecino del avión, supo a gloria la comida. Abordamos de nueva cuenta, ahora para dirigirnos a Bruselas, el más largo de los vuelos, nos dispusimos a ver una película pero la batería se agotó antes de tiempo y no quedó más remedio que empezar a leer las cartas pendientes, llevaba las de mis niños de la ladrillera y Andrea llevaba todo un repertorio de amor y desamor. Ha sido difícil el momento, hemos llorado por vez primera.
Aun con el llanto nos ha sido difícil dormir, todas las luces apagadas y propicias al descanso, no han vencido al reducido espacio del asiento, no podía imaginarme a una persona promedio pasándola en grande ahí, pues yo, con mi uno sesenta de estatura no he logrado acomodarme de ningún modo. Al final habremos descansado a lo mucho una hora, hemos comido bien y terminado con lasagna en los zapatos. Confieso haber cometido mi primer robo, una cobija del avión, pero es que cuando se va tan lejos y a un lugar incierto te parece que en cualquier momento pensarás en lo útil que te hubiese sido esto y aquello, así que también hemos guardado los bocadillos y panes de la comida, para algún momento difícil (en memoria de aquello que dice: “Las penas con pan son buenas”). Ese fue el viaje de ocho horas, más largo y difícil de mi historia, creo que lo llamaríamos “el punto de quiebre” (es normal, creo yo)
Llegando a Bruselas no hemos podido parar ni al sanitario, había que atravesar revisiones, llegar a una sala lejana, donde tomaríamos un “bus” que nos llevaría a otra terminal donde finalmente encontraríamos nuestra sala y abordaríamos el último de los aviones, esta vez un viaje de 6 horas y media rumbo a Nsimalen, Yaounde.
Antes de subir al avión hicimos el trato de no dormirnos para así llegar cansadas a nuestro destino y adaptarnos más rápidamente al horario. Al subir al avión hemos tenido otro de esos choques culturales, la gente discutiendo por el lugar de las maletas y posteriormente lo del viaje placentero, caso contrario al primer vuelo, aquí nuestro color ya resaltaba, la gente caminaba sin zapatos por los pasillos del avión, los jóvenes jugaban cartas y reían, gran parte se encontraba de pie y platicando, otros gritando y niños corriendo. Eso era un viaje placentero, salvo el detalle de que olvidamos nuestra promesa, nos hemos perdido la comida y el postre. Al final hemos dormido casi cuatro horas.
Al llegar a nuestro destino, a eso de las seis de la tarde hora local, hemos podido sentir la humedad contrastante del lugar, definitivamente estamos cerca del Ecuador, eso me han dicho, hace calor y el paisaje parece sacado de una estampita de papelería con la descripción exacta de la sabana.
La gente sale por todos lados hablándote en francés para decirte que llevarán tus maletas, hemos dicho “no gracias” en innumerables ocasiones. Gracias a Dios el padre Antonio ha llegado a tiempo por nosotros y apenas nos vio las caras dijo en tono de pregunta: escolapios? ese acento inconfundible catalán me ha hecho sentir nuevamente en casa, como si alguien me abriera la puerta en la avenida Guasave de mi Mexicali. Dos jóvenes han terminado por agarrar las maletas y llevarlas al carro y como es natural, al final se han molestado con la propina en francos, pues esperaban algún dólar.
El camino hacia Yaounde fue una cosa impresionante, había carros por todos lados, me recordaba a los documentales de la India, al ver a la gente con su motocicleta aproximarse a toda velocidad hacia los carros, las calles me recuerdan a la ladrillera pero multiplicada, hay gente por todos lados, sentados, teniendo una fiesta, ya oscurecía y seguían vendiendo en el piso desde frutas hasta zapatos, había lugares para comer en todos lados, como si la gente cocinara en su casa y te vendiera su comida, es como una gran feria, llena de gente, el padre Antonio nos ha dicho “ aquí todos tienen sus problemas, pero siempre son muy alegres”. Se siente raro pero no extraño, el color no me dice nada, al fin de cuentas siempre me he visto de los ojos para atrás y no me siento diferente.
He podido ver a un agente de tránsito que no multa, que regaña, así tal cual, como niños a los conductores. Pareciera un D.F. en la sabana. Ya he escuchado dos que tres piropos y dos que tres mentadas en francés, procuro no aprenderlas porque sé que no dudaré en usarlas.
Durante el camino a casa, nos ha dado un breviario cultural en cuanto comida, costumbres y enfermedades, de la primera abundan las frutas y los tubérculos, de la segunda se dan tres besos (la costumbre viene de Francia donde antes se daban dos en la mejilla y uno en la boca, ahora se ha quedado una mejilla con dos besos y otra con uno.) Del tercer punto, dicen que el más temido sigue siendo el Paludismo, Malaria como la conocemos allá, el peor asesino del mundo no es el SIDA ni el cáncer, es el mosquito Anopheles, que ronda por aquí, pero dice el padre Antonio que con un buen tratamiento se sale rápido de eso, el dice que nunca ha tomado el preventivo, y que al inicio le daba la Malaria cada año por lo menos una vez, ya sabía qué hacer. Lo bueno de todo esto es que es temporada seca, no habrá tanto mosco, sino hasta marzo, entonces sí lloverá cada día y abundarán los mosquitos. Además nos cuenta que aquí la gente suele acudir más con los curanderos que con los doctores, eso de culpar al mal de ojo de todo es tradición, lo increíble es que procede legalmente. Cuenta que personalmente conoció el caso de un hombre que ya lleva veinte años en la cárcel, pues el brujo lo señaló como el causante del mal de ojo de su hermano al que nosotros llamaríamos SIDA.
Al llegar a casa escolapia, había una perra en la puerta, la de la casa, tiene un nombre extraño que ahora no recuerdo, fue una gran bienvenida, pude ver a mi Anexa recibiéndome con su inexorable movimiento de caderas.
Al momento de meter las maletas, me di la autobienvenida con un tremendo golpe en la cabeza con el buzón de la casa, en fin, ya empecé, ya llegué. Al entrar, en la sala habían dos personas, ahora sé que uno es el Padre Humberto, le digo así porque me cuesta pronunciar su nombre “Hubert” o algo así, dicen que la “u” debe sonar también como “i”, él es joven, lleva apenas cuatro años de ordenado y es el único sacerdote camerunés de la casa, la joven mujer que se encontraba haciendo oración o platicando con él, no sé porque lo hacían en francés. No hablaba mucho y no sostenía mucho la mirada al momento en que la presentaron, así que me quedé con las ganas de ahogarla en preguntas, aún tengo muchas dudas. Después nos han dado a cada una nuestro cuarto, tenemos cama y dónde bañarnos, es mucho más de lo que pensé y estamos contentas, aunque aquí sólo estaremos hasta el lunes, después nos enviarán al lugar en que trabajaremos. Nos presentaron también al padre Martiné, “No, qué Martiné ni qué nada, Martín” le dijo el padre Antonio, y así ha quedado.
Un rato más tarde ha sonado la campana y hemos bajado a cenar, comimos papas y algo de huevo como tortilla española u omelet por nuestros rumbos, también algo de piña y papaya, yo le voy más a la piña. Lo bueno de la cena es que hemos podido conocer más de los padres, por ahora nos comunicamos con los dos catalanes en español y con Humberto en inglés, entre ellos por supuesto el francés, así que tenemos de todo un poco.
Parece que hay internet pero es como un padre ausente, llega tres día y se va una semana, así que esperaremos a que aparezca al menos un rato de aquí al lunes.
Estoy contenta y extrañando, ya casi buscando dormir, me he tomado mi primer desinflamatorio pues tengo los pies de torta y un molesto dolor de cabeza, he estrenado mi dotación de senósidos y estoy por llegar al repelente, la ventana se abre hasta que la luz se apague, así que, buenas noches. Que descanses.
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