Contrario a lo que pensé no me ha tomado mucho dormir, me he quitado mi cruz, he acomodado la sábana blanca mitad debajo de mí y mitad dispuesta a cubrirme, con mi cabeza en la almohada de plumas de ganso, que conseguí así como parte de mi malévolo plan de disfrutar a toda costa de estos meses, y con los pies más altos que el resto del cuerpo, intentando que regresen a su estado normal.
Debo confesar que no me he animado a abrir la ventana aun con la luz apagada, por temor a que el asesino entre en mi cuarto, ha dado igual, el zumbido repetitivo me ha despertado por aquello de las dos de la mañana, me dispongo a ignorarlo y a meterme en la sábana a pesar de la humedad que se siente, una vez más me despierta y entonces comienzo a extrañar y estoy por llorar, me detengo a mi misma diciéndome “mira en donde estás, has llegado hasta aquí sola, ¿qué puede detenerte?” una vez me he prohibido llorar o sollozar, levanto los pies nuevamente y me destapo, ignoraré al posible asesino y duermo. A las cuatro y media de la mañana despierto definitivamente, me quedo callada pensando y escuchando a los trescientos gallos que debe haber en las casas vecinas. A las cinco comienza a escucharse actividad en los cuartos de afuera, yo no me atrevo a levantarme al baño, temo tal vez que me pregunten cómo estoy.
A las cinco y media Andrea aparece en mi cuarto, dice que está deprimida. Estamos. Creemos que es normal.
Antes de las siete el padre Martín ha venido a preguntar qué tal hemos pasado la noche y nos dice que a las ocho ya estará la cocinera, para que bajemos a desayunar.
Nos decidimos a bañarnos, el agua es fría. Aquí es cuando recuerdo por qué estos viajes te hacen crecer, recuerdas que el agua caliente también es un lujo y cuan afortunados somos al tenerla. El baño se toma por partes pues debes sostener una especie de manguera y dejar que el agua caiga en una cubeta para aprovecharla. He salido del baño despierta y a la vez frágil, como soy. Andrea entra en el cuarto, decimos “Un baño rápido ¿no?” y entonces comienza a llorar, con sus ojos rojos se va la valentía de la que me hice esa misma madrugada y lloramos. Callamos y bajamos a desayunar.
Solange (no podría jurarlo, me cuestan mucho los nombres en francés) ya nos espera, la saludo y ella casi inmóvil, callada, me señala que sobre la mesa ya está el café en la cafetera y el agua hirviendo está en un termo, resulta que por acá lo hacen muy concentrado y tú lo rebajas al gusto, había un gran bote de leche nido, unos quesitos concentrados, que no quise investigar de dónde provenían, algo parecido a la nutella y varios baguettes, ha dicho el padre Antonio que este es pan francés, pero en Bamenda nos espera pan inglés, más dulce y concentrado, aún no entiendo.
Mientras desayunamos nos ha dicho el padre Antonio que podríamos acompañarlo al juniorato más tarde y que de momento podríamos hacer lo que quisiéramos, ya nos han dado las llaves de la casa. He preguntado si es seguro salir por ahí y su respuesta fue “Pff, tan seguro como el paraíso”. Así que nos hemos encaminado y vestidas aún al estilo occidental bajamos por las calles de Yaounde como si en verdad supiéramos a dónde nos dirigimos. La gente nos dice cosas en la calle, que no entendemos, apenas captamos unas cuantas palabras, entre ellas que nos han llamado blancas. En cada esquina venden frutas, aguacates, semillas que desconozco, polvos extraños y más tarjetas telefónicas, nos hemos introducido en el Mercado de Madagascar donde venden anguilas muertas que parecieran comerse su propia cola, están secas como los charales. En la calle nos ven raro, pero he aprendido a responder a su Bonjour y le sonrío a quienes no saludan.
Al volver a casa nos damos un paseo por el patio trasero, en busca de Raqui, tienen árboles de mango y otras frutas que desconozco, todo es verde y hay una capilla cerrada en una especie de kiosco. Decidimos volver a salir, esta vez por otro rumbo, subimos por un callejón y encontramos a un grupo de niños que forman un equipo de futbol, quisimos quedarnos más tiempo, pero era hora de volver para salir con destino al juniorato.
Es muy bonito, tienen azulejos que forman cocodrilos, leones, pájaros y al continente mismo, tienen un enorme patio con cacha de basquetbol, nos han presentado al padre Miguel, muy agradable, lleva cuarenta años en África, a eso le llamo vocación, tiene una visión increíble, le gusta inventar cosas, arreglar lo descompuesto, imagina murales y arreglos para cada cuarto, quiere sacar la humedad del cuarto de lavado, me ha impresionado entre una plática de política sobre los países cercanos, al hablar del Congo nos ha dicho: “es un país que está de rodillas”, me he sentido triste y me ha parecido lamentable lo inhumano de las guerrillas, gente matando a otra, violando a las mujeres de los pueblos para contagiarlas de SIDA, es lo más cercano al genocidio actual.
Entre otras cosas, nos ha presentado a los muchachos que estudian filosofía, entre ellos Willy, un muchacho de sonrisa limpia, que se encargó de darnos el paseo por el museo religioso, que un pequeño cuartito resume enorme parte de la historia de Jerusalén.
Al volver a casa, nos recibieron con comida, espagueti, ensalada y unos plátanos fritos, rebosantes en aceite, ¡qué delicia!, he tenido que acercarme a la cocinera y tratar de expresarle lo bueno que estaban, finalmente he conocido su sonrisa, escondida entre esas telas de colores llamativos, con figuras definidas, parecidas a las rupestres, parecían acentuarse sus ojos grandes y redondos, al encontrarse entre la tela que da vuelta alrededor de su cabeza y esos dientes grandes, blancos y bonitos. ¡Qué buen regalo!
Reposamos un rato la comida, hicimos algo de ejercicio, muy poco a decir verdad, para salir de nueva cuenta con Humberto con rumbo desconocido, nos acompañaba su sobrina con su hijo, un niño de apenas dos meses, enorme y bonito de nombre Sammy, cuando nació era tan amarillo que le llamaban “the white boy”, pero poco a poco fue tomando su bonito color chocolate. Llegamos a la universidad católica, donde vimos las facultades de filosofía, teología, ciencias sociales y el salón de clases en que Huber toma la clase de Derecho Canónico. Después del paseo en el tráfico hemos bajado a los dos acompañantes en medio de la nada donde tomarían un taxi, de ahí hemos ido a casa del presidente del país, donde sólo alcanza a verse un enorme bosque por patio, de ahí hemos tomado camino de regreso al centro donde vimos a un hombre vendiendo ratas de campo enormes y peludas, que compran para comerse, después hemos pasado a recoger a una muchacha que nos acompañaría a un centro de rehabilitación para discapacitados, he tenido un encuentro duro en ese momento. Primero el gozo de ver a los jóvenes divirtiéndose en la cancha a pesar de su silla de ruedas, después entrar en un pasillo lúgubre, con un olor indescriptible, daba a cuartos con imágenes que te dejan serio, pensando, niños que no pueden moverse, dentro de su cuna, a lo lejos alcancé a ver a uno sacándome la lengua, pasamos por baños y regaderas, oscuras y amarillentas, entre el azul de sus paredes. Finalmente entramos a la habitación a la que nos dirigíamos, el olor se agudizaba, al final del cuarto estaba la muchacha a la que veríamos, sonriente con su familia, sabía algo de español y tranquilamente me explicó que un día su pierna, simplemente ha dejado de moverse. Tuve que guardar mi cámara, no era algo retratable, era algo que tenía que guardarme, asimilarlo, crecer y proponer. Nos fuimos calladas.
Cabeceando por las calles de Yaoundé hemos llegado hasta una casa en una colina, donde al parecer llevaríamos a Melis, la muchacha que nos acompañaba, para cobrarle a un hermano. Hemos estado una hora entre los árboles, viendo cómo vive la gente, tratando de entender y de explicarnos, me sentí tonta. Una niña se ha acercado hacía la cámara y ha querido retratarse, así son ellos, no distinguen. Quieren a todos como a todos, nos sonríen.
De regreso ya cansadas, Hubert nos ha llevado a un lugar llamado “La dolce vita” donde hemos comido una deliciosa nieve de café, tengo que volver a probarla. Finalmente nos dirigíamos a casa, esta vez el caos vial era aún peor, entre un atropellado y un choque de carros, hemos llegado sanos y salvos.
Al llegar, Mariano Grassa (con quien ya habíamos tenido contacto vía internet) ya estaba en casa, hemos cenado juntos, todos salvo el padre Cristian, es tal vez el más extraño de todos, tiene una mirada más dura, es muy grande y serio.
En plena cena hemos tenido un ataque de risa al probar una cosa a la que llaman pistacho, que es una pasta de calabaza rellena de pescado, tenía la consistencia de un paté, un color verde espumoso, el olor a calabaza y el sabor impregnado de pescado. No hemos podido comer mucho y nos reímos, preferí seguir comiendo piñas y fideos, y algo así como un pescado frito y zarandeado, con cabeza y cola, con espinas y escamas, enterito.
Al final del día he recibido noticias de mi Mexicali, qué lindo, me hace sentir más cerca, me hace sentir con ganas de seguir adelante.
Buenas noches otra vez y hasta mañana.
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