El olor a madera quemada me huele bonito, me sabe a desayuno. Aún es de noche mientras veo la lista de Schindler.
Un sonido que se cuela por la ventana me despierta, esta vez no es el gallo, ni el disco rayado anunciando las cinco y media de la mañana, es más temprano, pareciera que hubiesen encendido una motocicleta en mi cuarto, es el generador de emergencia, no hay luz.
La capilla está callada, al entrar alguien me indica el salmo de inicio. Hoy los escolapios del mundo piden (o pedimos) por la casa de Bamenda, la nuestra. Curiosamente el mismo día en que piden por el cumpleaños de Daniel Velázquez, escolapio de las Californias, un nombre conocido me saca un grito discreto que ha hecho reír a más de uno. Nuestra oración es como un puente.
Ya en el desayuno aparece Pascal, el postulante de más baja estatura (mi madre siempre ha dicho que la bondad se mide de la cabeza hacia el cielo), viene arrastrando sus pies y cargando un balde, mientras porta orgulloso el saco blanco rayado de azul marino, que venía en alguna de las bolsas de donación. Qué importa el corte acinturado y femenino del mismo, qué importa la abertura trasera que se forma por su espalda, lo cubre del frío y él lo trata con cuidado.
Por la tarde hemos salido hasta la carretera en busca del fotógrafo del lugar. Dos hombres aparecen por la carretera, llevan sus trajes coloridos y sus sombreros típicos, por un lado un arma larga cada uno. Queremos pensar que se trata de otro funeral, uno nos habla, es el mismísimo fotógrafo diciendo: “vuelvan más tarde”.
Justo al lado del cuartito de madera, donde se encuentra su estudio, están un par de costureras, afuera del lugar están tres pequeños que juegan entre retazos, se los colocan en la cabeza, mientras uno grita “sista”, al voltear, mueve su mano saludando, correspondo y sigo mi camino, cuando vuelvo a escuchar “sista”, así uno a la vez.
Hemos salido con Diodoné rumbo a un lugar hacia el Sur, aunque según mis cálculos… era más bien el Norte. Es un parque parecido a lo que era la buena “Misión Dragón”, al entrar entre unas cortinas hechas de piezas de madera, nos han recibido un par de damas, encargadas de cobrar la entrada. Los precios me han causado conmoción. Hay una tarifa para adultos, una para niños y otra para extranjeros que doblaba la de los primeros. Entiendo la necesidad, pero es que no hay manera de juzgar al extranjero más que por su color de piel y me coloco en el supuesto contrario. Regresaríamos unos cincuenta años. Hago mi berrinche breve y le explico a Diodoné, no sé si es que en verdad me entiende o simplemente me da por mi lado. Igual hemos disfrutado de los columpios y las vueltas acostumbradas en los parques.
La hora del deporte llega pronto, caminamos por veredas antes desconocidas, cinco niños desnudos que se bañan en el frente de la casa nos saludan, sin pudor alguno, según la máxima de mi madre: “una vez que se pierde el pudor, se pierde todo…todo” ellos ya lo habrían perdido todo, pero es que esa es más bien inocencia, no son tan pequeños pero tampoco grandes. Mientras en el campo de futbol un hombre juega en calzones largos únicamente, podría apostar que también piensa que son shorts. Nadie lo nota.
Las niñas adoptadas por las hermanas Calasanzias están jugando en la tierra, cada vez que pasamos junto a ellas Delfín corre hasta mi pierna y se me amarra, me da ternura. No se acostumbran a decirnos de otro modo, seguimos siendo “sistas” es que no conocen mujer blanca que esté aquí sin ser religiosa de algún tipo.
De vuelta hemos tenido un breve, muy breve, partido de basquetbol con dos jóvenes más bien adultos que esperaban algún balón, siento más la altura en mis pulmones, que el aire que debería llenarlos. Unas cuantas canastas y hemos partido para las vísperas y la cena, que se ha convertido en un campo de batalla a la hora de lavar los platos. Esto ya se va llamando familia.
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