sábado, 29 de enero de 2011

DÍA 22

Hoy ha muerto Martin Luther King. Se queda su ejemplo. Una señora camina por las calles de Mente, así, separado; es el poblado detrás de Kwen. Padre Emilio le saluda, dice que para el lunes estará dando a luz, apenas puedo notarlo y ella continúa con su camino entre las calles empedradas. Hay otro funeral, dicen que es la temporada, yo no entiendo eso de morirse tanto, tantos balazos, tanta fiesta, tantas campanas. Tanto, tanto, tanto.
David toca mi hombro, quiere ponerme otro nombre, me dice cosas que no entiendo, me bautiza como “Binwie”, que suena más bien como “Biñuá” y significa: con Dios. Me gusta, pero no entiendo a qué viene todo esto.
Las clases de francés son una mezcla interesante de culturas, por una parte está Raj, un hindú, viene cargando su estereotipo en la espalda, todo él, es amable, sonríe todo el tiempo, con su bigote disimulado, se amarra las agujetas recargándose en un taxi a punto de moverse. Por otra, Mohamed, es musulmán, lleva el sombrero pequeño y redondo, además de una túnica larga y azul, sus facciones son finas y su tez un poco más clara. Manuel proviene de Guinea Ecuatorial, es joven y peligroso, pues a veces olvidamos que es el único que entiende el español y sabe lo que tramamos; es interesante la combinación de tez y el acento español. Entre ellos, los jóvenes cameruneses y el par de mexicanas hacemos un pedazo de mundo. Ya empezamos a platicarnos, a pelearnos durante los concursos en clase, intento explicar el punto de la diversión antes del triunfo, pero parece difícil. Al final del día sonreímos, nos piden algunas clases de español y tomamos el taxi de regreso a casa.
Hay algunas cosas que cambiar aún, hay quienes se siguen tomando a pecho pequeñeces antes que lo verdaderamente importante. Nos vamos encaminando.
Esta noche hemos logrado salir de casa, hace falta romper en algo la rutina, nos llevan Moses (quien se ordena en un par de semanas) y Diodoné. Al llegar, hay una familia con niños bajando de un carro, van a donde mismo que nosotros. Entramos, bajamos hasta el sótano donde una puerta forrada de una especie de colchón y piel café impide que el sonido salga. Bajamos cual quinceañeras hacia un salón con garigolas en el techo, cuelgan unos candelabros y al fondo está la barra, justo debajo de las escaleras se encuentra escondido el grupo, un joven con el cabello trenzado toca la batería, mientras otro en silla de ruedas se deleita con el bajo, entre ellos se encuentra un Santana perdido, con complejo de Michael Jackson, su traje negro, lleva cadenas por todos lados y adornos plateados que le hacen parecer más de otro planeta. Pareciera poseído por la guitarra, la hace hablar, mientras la música me recuerda a algún karaoke mexicalense. La gente lleva el ritmo de todos y para todos lados. Nos hacen bailar.
Y se acaba la noche.

No hay comentarios:

Publicar un comentario