Esta mañana me ha costado levantarme, pero hemos logrado llegar por primera vez temprano a la oración, no hemos asistido a la misa matutina, pues teníamos una invitación a un funeral a media mañana. Así que hemos vuelto a nuestros cuartos, he hecho mi cama y he continuado con la lectura del libro, que por coincidencia o no, me ha dado una idea de la historia que ha venido arrastrando la gente con la que ahora comparto una casa, si no ellos, tal vez sus padres o sus abuelos. Hace apenas unos cincuenta años no hubiesen podido compartir un lugar conmigo. ¡Qué tontería!
Hoy tenemos casa llena, debemos haber unos treinta en el comedor, es que los novicios han venido desde otras dos comunidades y compartimos todos los rincones de la casa. Después del desayuno hemos salido Andrea y yo a jugar algo de futbol en el patio frontal, el que da hacia el cementerio. Tiene una vista bonita, la calle esta empedrada e inclinada hacia ambos lados, tiene una glorieta central con algo de pasto y siempre hay movimiento alrededor de ella. Se encuentra justo frente a una de las casas y desde ahí podemos ver la Iglesia, las escuelas y la otra casa.
Apenas nos hemos dispuesto a patear por vez primera el balón cuando un grupo de niños se ha abalanzado y comenzado a jugar con nosotros, así sin más, naturalmente. Son los niños que acuden los sábados a regularizarse en matemáticas, vestidos sencillamente con una camiseta y short deportivo, las niñas con algún colorido pedazo de tela que forma una falda, todos con sus chanclitas bien puestas. Patean el balón y lo acarician con la cabeza, mientras otro grita “the chest, the chest!”. Hemos pasado un buen rato compartiendo más con las risas que con palabras, el funeral se acercaba y hemos tenido que correr a ponernos algún pantalón y volver para la celebración.
El cortejo ha llegado sonando una sirena como de ambulancia, todo un comité de sacerdotes los recibe en la entrada y después de unas palabras se dirigen hacia adentro, la Iglesia está a reventar, entre coronas de flores artificiales entra el cuerpo guiado por cuatro hombres, uno en cada esquina , vestidos de negro con lentes oscuros, detrás parece venir la madre y algunos amigos que cargan las fotos del difundo, que hace algunas tres semanas fue encontrado acuchillado en un terreno, su cuerpo ha tenido que ser exhumado después de que el delincuente confesara que el cuerpo que ya habían dado por desconocido, correspondía a su persona. Lo que empezó como una venta de un carro, que se convirtió después en un robo y terminó en homicidio, ahora ha traído a un par de padres desde los Estados Unidos a enterrar a su hijo, o lo que resta de él.
La misa ha parecido eterna, los niños nos han dejado agotadas y cabeceamos en las bancas de la iglesia, gracias en parte a nuestra aún incomprensión del llamado Pidgin, he salido a tomar aire y he vuelto. La gente se pone de pie para entregar su ofrenda al frente, dos veces, una para la iglesia, otra para la familia.
Después de dos horas de celebración, la gente pasa al frente para hablar del difunto, nos hemos retirado.
Apenas alcanzamos la comida en casa y al terminar Diodoné nos ha llevado junto con algunos novicios al mercado, la hemos pasado bien, discutiendo una y otra vez sobre los precios.
Al volver a casa, nos hemos escabullido (como ya es costumbre) en la cocina, la hemos volteado prácticamente intentando encontrar un abrelatas, otra vez un intento fallido Fidelius ha llegado en el intervalo y ha terminado por abrir las latas con un tremendo cuchillo. Me sentí en casa por unos minutos, comiendo un atún con elotes, mayonesa y valentina. Un banquete.
Después de leer por un rato hemos salido a correr por el campo, donde los postulantes y los novicios practicaban futbol, con las calcetas llenas de rojo. El tiempo se nos ha ido rápido, de pronto la capilla ya está llena y estamos rezando lo que se llama “las vísperas”, hay que ser ágil para entenderlo, leer un poco de aquí, cambiar de página, cantar de allá, lo de acá y de allá otra vez. No puedo describir el eco que produce cada salmo y oración en ese cuarto.
La hora de la cena llegó y yo sigo con el cuerpo contento del banquete de la tarde, en la mesa el conejo está servido, probablemente sea el mismo que acaricié al inicio de la semana, yo disfruto del arroz y de la charla.
Algo me dice que llame otra vez a casa de la tía abuela en San Diego y lo hago, mi abuela es la que responde, se oye triste, apagada y a la vez contenta de escucharme bien, me he comunicado después al cuarto de hospital donde se encuentra mi tía Conchita, dicen que tiene agua en los pulmones, yo digo que tiene sus noventa y cuatro años en ellos. Esta vez quien responde es mi tía Irma, se oye nerviosa como ya la he visto antes en circunstancias iguales, me comunica con mi tía Conchita, dice que puede oírme todo, pero que no podrá responderme, apenas oigo el silencio… se me quiebra la voz, le digo que la quiero, que le mando un beso y un abrazo, que se ponga mejor, que ya le he pedido a Dios por ella, que me espere porque tengo mucho que contarle y la escucho sollozar, sólo solloza, la misma que me dio la bendición el día en que vine para acá, la misma que vi ponerse de pie mientras escuchaba el evangelio por el radio hace un par de semanas. Es como un golpe bajo, quiero decirle a Dios que haga su voluntad, pero a la vez quiero pedirle que haga la mía, que me la guarde un ratito más, algunos años. Mi condición de humano, está más presente que nunca, soy una más, egoísta, quiero lo que quiero y ya, estoy haciendo un berrinche interno por querer conmigo lo que ya me prestaron por tanto tiempo, la bendición que agradezco a Dios no perdí oportunidad de querer y conocer. Tía Conchita, aquí o allá te llevo dentro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario