jueves, 27 de enero de 2011

DÍA 21

Las veo corriendo a las dos por la pradera, la blanca y la negra, alguien las persigue, regresan, deben elegir a una, la blanca, ya está en el suelo con el cuchillo en el cuello, ¡pobre vaca!, sigue moviéndose y tuerce el rabo mientras la desangran, atrapan la sangre en un balde y siguen cercenándola, debieron sacar más filo al cuchillo, sigue pateando, la detienen entre cuatro y finalmente se rinde.
Ya teníamos casi una hora viendo cómo cortaban carne, la cabeza en el suelo con el charco bermellón, las caderas que se rompen al contacto del machete, vacas flacas, el olor no me llegó hasta después del incidente de la pobre res blanca que murió frente a nosotros. Hay una barra de cemento al aire libre, pedazos de carne grandes, unos más que otros, sangre por todos lados, moscas degustando los manjares, una gallina se pasea por la cabeza de la vaca, que parece más bien toro, tiene un par de cuernos afilados, el magnate del lugar acuchilla con una sonrisa en la cara, hace bromas, mientras pedazos de grasa y carne brincan por todos lados, su cara esta embarrada y pareciera no importarle.
Se ríen de nuestros gestos, un señor me mira y nos dice que no hemos de volver a nuestra tierra, pregunto la razón y su respuesta “acabo de decidirlo”. Menos ganas de estar ahí. Creo que me haré vegetariana de aquí hasta el aeropuerto de Chicago.
Después de comprar más de media vaca y de meterla en los costales parecidos a los de la harina, reutilizados de la ocasión anterior. Volvemos a casa, el dinero se ha acabado y aún debemos ir al mercado.
Ya de vuelta en el mercado, recorremos a pie las calles, la gente pide propina por fotografiarle, no llevo conmigo ni un centavo, me conformo con las fotos espontáneas. Veo unas naranjas en la calle, les arrancan la cáscara con un cuchillo, para después venderlas a los que van pasando, me pregunto quién podrá comprarlas, no están lavadas y han sido tomadas por una y otra gente. Caminamos más, mientras el padre Marcel va escogiendo cosas básicas, llena costales, señala aquí y allá. Después de un rato estamos por entrar al mercado principal, el sol está sobre nosotros y nos ofrecen una naranja, nos sabe igual que una botella de agua, contiene azúcar y nos mantiene a flote. Aquí uno no tarda mucho en responderse las preguntas que se hace. Hoy me he respondido.
Marcel negocia sobre precios, alzan la voz, es su manera de acordar y al final sonríen. Caminamos a un pasillo de costura, nos harán algún vestido típico para asistir a misa y a celebraciones, tiro por accidente un gran pedazo de tela sobre la costurera, no está nada contenta, qué puedo hacer además de disculparme. Nos toma las medidas y volvemos. Un hombre nos acompaña con la carreta, habrá de subir lo comprado en el carro, que ahora está en el auto-lavado, bajan y suben cosas, acomodan una y otra vez, al final todo está adentro. No hay cemento en el lugar, está limpio, pero lleno de lodo, hay que sacarlo y seguir con el trabajo.
Hemos llegado al final de la comida y estado a punto para acompañar a la hermana Clara a la clase de español de una primaria cercana. Nuestros pies eran el medio de transporte y agarramos camino, más subidas que bajadas, entre pastizales se hacía el caminito de tierra, por ahí íbamos pintándonos de rojo. Media hora a paso rápido, qué resistencia la suya.
Llegamos al lugar, otro de esos no fotografiables, en medio de la nada, tétrico, dos personas a cargo de ciento treinta niños, de los cuales noventa y algo (diría el encargado sin tener el dato exacto) viven ahí, en dos cuartos medianos, las cuentas no cuadran, al menos dos niños por cama individual, me ha recordado esa película que apenas vi. Sus baúles alrededor del cuarto, hacinados en literas de tres pisos, en condiciones insalubres, el olor a orina está por los pasillos.
Caminan de un lado a otro en busca de sus clases, entre techos sin techo pero laminados, me faltan las palabras, un cuarto de adobe en la parte trasera es la cocina, de la cual cuelgan elotes esperando a secarse por completo, un perro flaco está tirado en medio de la tierra. Me falta valor para seguir ahí.
La clase de francés transcurre lenta, entre las nauseas que han vuelto y la diferencia del método. De vuelta debemos buscar un taxi, ya he aprendido a negociar el precio, el chofer lleva un sombrero jamaiquino, mientras del retrovisor cuelga un pingüino, un delfín, unos lentes, una pluma, un tambor y la credencial del mismo, a nuestros lados un par de calcomanías de Jesús con una oveja que llevan escrito “El señor es mi pastor, nada me faltará”. Estamos en casa.

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