domingo, 23 de enero de 2011

DÍA 16

DÍA 16
Ayer cenamos a la luz de las velas, no, no era una cena romántica en el “fontana” o en algún restaurante lujoso, éramos nosotros comiendo col y de pronto se ha ido la luz nuevamente. Así es la cosa aquí, la luz del cuarto que dura en encender casi un minuto, se va por lo menos un par de veces en el día, el internet se va por días o semanas. No sé a dónde irán pero voy a descubrirlo.
Esta mañana he hablado con Moses sobre el color de piel, la riqueza de Slim, el SIDA y otros temas agitados. Me cuenta cómo se sintió el día que estuvo en Italia y todos lo señalaban como negro, yo le cuento como me siento cuando me señalan como blanca. Dice que México es un país rico porque tiene al hombre más rico del mundo, yo le digo que sí es rico, pero no por él y que la riqueza sigue mal distribuida, que aún no llega el día en que Carlitos toque a mi puerta para darme una parte. No lo espero. El SIDA, los anticonceptivos, el Vaticano, las prostitutas, la fidelidad, la poligamia, el ejemplo, los niños, la educación, de todo hemos hablado, para terminar en un 26% de la población con VIH. Debe ser duro saber que de cada cuatro de tus amigos uno podría tener una enfermedad mortal.
He hablado con mi gente bonita, es inevitable extrañarles pero da gusto saberles con bien. Después del desayuno preparamos la clase de literatura para adultos, que es más que nada enseñar a leer y a escribir, después seguimos con la de valores y estuvimos listas para la comida, como siempre antes, como si pudiéramos adelantar la hora. Después de una pequeña caminata hemos caído rendidas, ya es costumbre que el fin de semana sea el de mayor trabajo, el calendario sigue llenándose de actividades y es mejor para no pensar tanto.
Por la tarde fuimos invitadas a una clase de niños, para saber cómo se lleva y comenzar a ayudar en eso. La cita era a las tres en punto, en casa de las monjitas; nos dieron las tres y media y volvimos a casa, al llegar los jóvenes encargados iban saliendo, la puntualidad no es la virtud mejor desarrollada, pero al fin hemos estado en ese kiosco que está frente al patio, donde había unos quince niños sentados alrededor, cada uno con sus chanclitas de colores llamativos, podías ver en algunos caritas de asombro, otros se acercan y toman tu mano, entre lecturas de la biblia y juegos transcurren un par de horas, yo sonrío mientras los contemplo con cuidado, veo a Delfín, una niña pequeñita, va vestida con un rosa llamativo y afelpado, unas sandalias verdes para detener sus regordetas piernitas empolvadas, tiene la carita linda, con dos caminitos blancos debajo de la nariz, baila al cantar una canción que dice “Jesus is the best and is good all the time”, debe tener apenas unos tres años y sonríe como quien no entiende que se ha quedado sin padres.
Por otra parte está Lucy, tiene la piel pegada al hueso, los dientes de enfrente grandes y notablemente separados, cuando sonríe los árboles bailan, tiene más ritmo en las piernas que el que pudiera descubrir en lo que me queda de vida, canta con los pulmones llenos; así les enseñan a cantar por estos rumbos, sin miedo, a toda voz y a moverse con ritmo, no sólo a menearse, otra vez hay una fiesta improvisada y el anfitrión es como siempre mi Chuyito.
Las tres “sistas” (sisters, hermanas, monjitas, religiosas) que nos acompañan bailan, tocan las congas y cantan con toda el alma y cuando ven a algún pequeño sin moverse puedo ver un maracaso en la cabeza. Bendito Dios que mandó a hacer las maracas africanas de palma y no de madera.
El kiosco respira, se expande y contrae constantemente con los cantos, de lado hay un niño muy callado, sus ojos amarillos y carnosos, quiero saber de esas cosas, quiero arreglarle la mirada. Mientras tanto la niña más inquieta, mientras canta, pasa su mano por la mía, tiene una cicatriz grande y profunda, de esas que terminan encarnadas, mejor ni lo pregunto, está contenta, su vestidito azul, con corazones rojos formando caracoles de mar, pareciera bailar con ella.
La fiesta no termina ahí, pero es la hora del deporte, debemos volver a casa, los niños nos despiden mientras se agitan desesperados por obtener un dulce, sólo escuchamos “sweet, sweet”. Si hubiese conocido la gloria de un dulce antes de venir, probablemente hubiese dejado mi bolsa de dormir y hubiese traído paletas y chocolates.
El ejercicio transcurre normal y cuando estamos por volver, un pequeño grupo de postulantes nos ha invitado a hacer abdominales con ellos, era un reto disfrazado, quién sabe, pero ganó la mujer, la menos blanca, pero blanca al fin y la chaparra. Otra vez estamos riendo. A lo lejos se escuchan disparos al cielo, de nueva cuenta un funeral, el cuarto de la semana, cuando no es la meningitis, es el cáncer, SIDA o la violencia.
Sigue siendo sábado, el día no sólo es pesado para nosotros sino también para Charles que hoy está solo en la cocina, ponemos el café, picamos zanahoria mientras nos interroga. Qué sonrisota la que lleva siempre consigo, trata de convencernos de que nos enamoremos aquí, me rehúso, escucha nuestras historias y complejidades. La noche sonríe con él.

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