miércoles, 12 de enero de 2011

DÍA 5

Ya me he encontrado otra vez, sólo Dios sabe que subeybaja me traigo. Hemos despertado a las cinco y tomado un baño caliente, la papaya del día anterior ha causado sus estragos. La misa de las seis y media en francés nos ha caído bien, aunque no hemos entendido mucho. El café caliente nos ha sabido a gloria y emprendimos camino rumbo a Bandjoun (algo así) donde tendrían una junta los padres de diferentes Ba´s de por acá.
Nos ha recibido el padre Miguel, un español muy amable, mientras la junta transcurría otro padre llamado Marcel nos ha dado un tour por la escuela, es impresionante ver la labor que hacen con tan pocos recursos, tienen talleres de mecánica y mecánica automotriz, electricidad y administración del hogar. Los maestros son sumamente atentos y enseñan oficios muy útiles para todos, hemos podido saludarlos personalmente a cada uno en su salón y al preguntarles a los muchachos sobre nuestra nacionalidad, nos han creído españolas, europeas, estadounidenses, chinas, japonesas, canadienses y a las mil ochocientas mexicanas. Así que estamos dando a conocer le Mexique. :p
Después de conocer los talleres hemos ido con Marcel y otro joven a conocer el palacio del jefe de la tribu de Bandjoun, al llegar, unos techos laminados que simulan una torre de castillo te señalan el camino hacia su casa. Han debido negociar nuestra entrada, como el pago para el paso hacia el museo.
Unos troncos tallados con figuras de distintas formas y oficios rodean al edificio hecho de bambú, donde se encuentra el museo, el techo está hecho de pasto seco en grandes cantidades, a lo lejos hemos alcanzado ver al jefe de la tribu sentado a las afueras del palacio.
Ya en el museo nos han prohibido tomar fotos, pero las llevo en mi memoria, se siente un no sé qué que qué sé yo, ver a estas tribus, sus instrumentos, sus costumbres y encontrar la conexión con tu cultura, hemos visto artesanías similares a las de nuestros indígenas, hemos compartido un pedazo de allá y de acá, es como crear un nuevo lazo.
Al salir del lugar hemos visto a una de las esposas del jefe, resulta ser que aquí existen tres tipos de boda: la tradicional tribal, la del civil y la religiosa. Por la primera pueden (los hombres por supuesto) casarse cuantas veces quieran, por la civil pueden escoger entre ser monógamo o polígamo, una vez firmada y elegida la segunda opción, podrán casarse con las que quieran. Por última la religiosa en la que, tratándose de la religión cristiana, sólo se permite la monogamia. En este caso el jefe de la tribu ha decidido tener más de cincuenta esposas, con cada una de las cuales tiene al menos uno o dos hijos, de los cuales se elegirá al más listo para seguir con su legado.
Ya de regreso a casa hemos preguntado a Marcel si pertenece a una tribu y ha salido a relucir que no sólo pertenece a la tribu Kumbu sino que su abuelo era el jefe de la tribu, sin embargo su padre se ha casado sólo con una mujer y su tío ha heredado el título, aun así él podría ser heredero si fallecieran sus primos. Es un título que no se rechaza, según cuentan, si te negaras te perseguirían, te harían hechizos y terminarías loco.
Se trata de una sociedad muy supersticiosa, creen en espíritus, hacen sacrificios y distintos rituales, apenas una tarde atrás hemos visto a un señor llevar a su hija (no mayor a los diez años) con un sacerdote por problemas de espiritismo. Son cosas sagradas para ellos y aun cuando deciden entrar en una religión no pueden abandonar de todo sus costumbres tribales.
Hemos llegado a casa y comido con el resto de los sacerdotes, esta vez se han lucido con un delicioso helado de plátano hecho en casa. Apenas hemos terminado de comer y hemos tomado camino rumbo a Bamenda Padre Emilio, Justin, Andrea y yo.
A media carretera, después de pasar Bafusam, nos hemos detenido y hemos bajado unas escaleras, para nuestra sorpresa nos han llevado a ver una enorme cascada de agua proveniente de un río, que al final forma un arcoíris. Hemos debido correr pues nuestras maletas se encontraban en la parte trasera del carro.
En el camino he recordado la fecha, es once de enero, mi hermana debe estar cumpliendo sus catorce años, quiero llamarla y decirle que la quiero, que me gustaría que estuvieran aquí, decirle que acá se aprenden cosas que en la escuela nunca enseñan. Quiero abrazarla, desde acá lo hago.
Finalmente hemos llegado a Bamenda, una especie de nube de polvo proveniente del Sahara la cubre desde arriba. Para llegar hasta ella, hay que bajar una carretera similar a la Rumorosa pero más verde y con muchos más carros.
La casa donde pasaremos los próximos seis meses (como diría mi abuela: si Dios nos da licencia) se encuentra a unos cincuenta metros de un cementerio, también es muy grande y bonita. Volviendo a lo del cementerio, acá son muy raros, pues la gente suele enterrar a sus muertos en casa, en los patios o bajo sus cocinas. Ahora nosotros tenemos la suerte de tenerlo enfrente, la verdad es que todo está tan verde que hay muchos otros lados para donde voltear, tenemos un patio central que da hacia una capilla, todo se ve bonito y se respira bien. Ahora hay ocho padres y unos once seminaristas viviendo aquí, así que no nos sentiremos solas.
Ya hemos podido acomodar nuestras cosas, deshacer maletas y establecernos. Estoy contenta.

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