lunes, 24 de enero de 2011

DÍA 18

Sumerjo la cuchara en el bote de leche que acaban de rellenar, la sacudo un poco, está mañana mi café no necesita proteínas.
El “pap” está en la mesa, es una mezcla con consistencia de sopa de aleta de tiburón, pero hecha a base de maíz, es la gloria para muchos.
Un hombre ciego se aproxima hacia la banca en la que espero, sus pantalones llegan apenas debajo de la rodilla, es alto y muy delgado, lleva una gorra puesta, mientras va tocando con su vara cada parte del camino, lo reconoce. Se sienta junto a mí, le tomo la mano para que sepa que estoy ahí, emite sonidos, es además sordomudo, quiere comer, el padre Emilio, sale y le toma de la mano, entregándole algunas monedas, una por una, para que pueda contarlas; luego le toca la boca en señal de que deberá comprar comida. Cada día ha de venir a visitar, algunas veces hay comida, otras vestido. Ahora entiendo la altura del pantalón y el parecido con la gorra del padre Emilio.
La primera clase de valores, impartida por nosotros, está por empezar. Estoy en Starlight, en el segundo salón del pasillo, al frente, con una pelota color anaranjado en las manos, la lanzo a los alumnos en busca de alguna pista, quiero saber sus nombres y algo más. No entiendo cómo sus pulmones se llenan para el canto del inicio y a la hora de hablar, el sonido no fluye, agachan la cabeza y hablan quedito, quedito. Sólo he podido pronunciar tres de treinta y cinco nombres. Entre las cosas que prefieren hacer, como era de esperarse, estaban el canto y el baile, en tercer lugar estaba comer.
He conocido los verdaderos hoyos en la ropa, podría caber un brazo entero a través de ellos, pero aquí todo se aprovecha hasta la última gota, hasta el último pedazo, el último, siempre el último.
Hablamos de la libertad, de los esclavos, de los colores, las religiones, las preferencias políticas, la obediencia, la libertad del otro, los amigos, los padres, los maestros, el gobierno, los trabajos, la ausencia de pagos, los presos, la ignorancia, la lucha, la revolución, los niños han mencionado a Martin Luther (así le llaman, como con cariño), a Mandela, a Patrick Lamumba (que aún desconozco, pero debí traer de tarea). El tiempo pasa rápido desde afuera, para ellos, desde adentro, nadie sabe.
La hora de la matanza de gallinas llegó y tenemos varios ausentes en la preparación de monitores, en la comida encontraríamos el tiradero de vísceras y plumas por doquier, parecieran no sentir emoción alguna por el río de sangre, es parte del trabajo de cada día.
Los presentes la hemos pasado en grande, comienzan a inquietarse por abrir nuevos lugares para divertir a los niños. De eso se trata todo esto.
Un par de horas después estoy frente al tercer grado de educación para adultos, mediante deformes dibujos les enseño palabras con la letra “sh”, que hasta ayer desconocía. Las señoras se divierten y sonríen conmigo.
Terminé pronto con mi parte, tomo mis cosas y me siento, recargándome bajo la ventana de madera por la que se asomaban dos niños, Cassandra apenas habla, Serge sonríe más de lo que habla. De pronto me encuentro cantándole “amor eterno” con el corazón en la garganta, debe ser por eso que se siente el nudo, se me llenan los ojitos de agua y Serge que me escucha atentamente me sonríe, mientras cuelga por el marco de la misma ventana. Comienza a hacer piruetas, gira por el tubo hasta marearse y yo sigo “… tarde o temprano…” me sonríe y se desliza por el tubo. Me despido, promete aprender una canción para el siguiente lunes, volveremos a cantarnos.

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