DÍA 6
Son las cinco de la mañana y el cielo sigue oscuro, me dispongo a darme un baño y estar en la oración cinco para las seis, parece que lo he logrado, debo acostumbrarme a estos rezos en inglés con acentos misteriosos, a las seis treinta la misa ha dado inicio y hemos estado a punto para escucharla. Las costumbres religiosas en Bamenda son distintas a los otros sitios en los que ya hemos estado, hemos vuelto a dar la paz con una mano, nos hincamos por más tiempo y la gente aun nos desconoce.
Después del desayuno hemos tenido una reunión en la que hemos discutido lo que haremos, nada nos ha puesto más contentas que sabernos ocupadas, haciendo lo que más nos gusta y que sabemos. Nos encargaremos de los grupos de jóvenes y de su capacitación para el verano, como alguna vez lo hicieron con nosotros. Colaboraremos con los niños de las escuelas, daremos clases de español a los postulantes y organizaremos excursiones. Ya habrá tiempo de organizar la agenda. De momento el sabernos tan útiles nos ha puesto de buenas.
Hoy hemos conocido la guardería que está junto a nuestra casa, a cargo se encuentra una religiosa española muy joven, que parece tener todo bajo control, los salones son bonitos, amplios y limpios, el patio es verde y los niños son encantadores. Esos mandiles enternecen a cualquiera.
También hemos conocido la primaria, frente a la guardería. Hay salones con casi setenta alumnos, los salones se ven viejos y faltos de pintura, veo más caritas chorreadas y niños corriendo.
Al salir de la primaria nos dirigimos a un lugar donde se brinda educación superior a los adultos, es un centro de agricultura y ganadería. Donde enseñan desde la teoría hasta la práctica, están rodeados de campos que facilitan la tarea, cultivan col y otras verduras. El encanto se me ha acabado al voltear al gallinero y ver a la primera degollada, que manera de sacar un río de sangre en tan poco tiempo, dicen que es la menos dolorosa. De cualquier manera por hoy me gusta más el arroz que la carne.
Hemos visto numerables animales, producto de crianza, que posteriormente se vende en el mercado cual comida, desde conejos hasta cochis bien dotados.
Nos hemos ido contentas de ver el trabajo que realizan los escolapios, ser una orden relativamente joven, comparada con el beneficio que realizan. Hoy lo he dicho: ¡qué orgullo sentirse escolapia!
Al salir de este centro, hemos ido a la Comisión para la justicia y la paz, qué honor estar entre esta gente, qué ganas de quedarme ahí, qué ganas de hacer lo mismo. Nos han presentado a la encargada del lugar Laura Anyola Tufon, hemos hablado tan poco y de tanto, que nos ha llegado al corazón. Es lo más cercano a lo que un día quiero dedicarme, a defender los derechos de los que no tienen defensa y que ignoran los mismos. Siendo miembro de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y Libertades de la República de Camerún, qué lecciones nos ha dado. “Tú no hiciste nada para ser de ese color, antes y después de todo hemos de ser humanos, hay que devolverle a nuestro país aquello que ya sabemos necesita, es nuestra obligación. Por muy difícil que sea el ambiente, puedes hacer la diferencia si lo haces con pasión.” Son algunas de las frases que rescato del momento, me las llevo como al brillo que transmite la mirada, que da el hacer lo que más nos gusta. Debo volver a mi tierra y hacer lo propio.
Finalmente hemos ido en busca de algún banco, para cambiar algunos dólares a francos, pero el pago era muy bajo y terminamos con algún extraño contacto del mercado, que ha decidido comprárnoslos. También hemos intentado conseguir un teléfono, todas las pistas nos han guiado hasta Camtel (la copañía local) y hemos salido con teléfono en mano.
De camino a casa el padre se ha detenido afuera de un restaurante, habíamos sido invitados a comer con otros sacerdotes. Los restaurantes acá son muy distintos, incluso los más lujosos. Hemos entrado en un cuarto pequeño donde apenas cabían dos mesas, y al final del cuarto se han abierto unas cortinas que daban hacia una pequeña habitación pintada de azul, tres hombres ya nos esperaban sentados en una especie de sillones con tapices propios de estas tierras, una mujer les servía la comida en unos bancos que utilizaban como mesa, mientras uno se deleitaba comiendo patas de vaca, otro gozaba de unas yerbas que aún no pruebo. La escena completa en esa sala ha sido una especie de novela, en la que hubo todo tipo de momentos, me los guardo, que algún día, en persona, habré de compartirlos todos. Acá hasta el aire se vuelve bizarro.
Hemos retomado el camino a casa y he decidido estrenar la línea para felicitar a mi hermana, no ha funcionado en ningún sentido y me he desanimado. Más de impotencia que de otra cosa, la línea era usada, como el teléfono, las tarjetas se han ido descontando crédito aun cuando no hemos podido estar en contacto con nadie.
Ya más tranquila recorrimos el panteón vecino, como queriendo reconocerlo, presentarnos, llevar la fiesta en paz con el suelo que pisamos. Alguien a lo lejos nos grita para invitarnos a ver el partido de futbol que había en el patio trasero. Lo hemos visto y aprovechado para recorrer el lugar por todos lados.
No hemos podido hablar, pero han podido hablarnos. Quiero aprovechar cada momento.
DÍA 7
Ya estoy aprovechando cada momento y la vida se pinta bonita. Esta mañana hemos orado tempranito y en pijamas, después hemos entrado en comunión con todos. Al salir, el chocolate matutino nos ha abrigado algo del fresco, el sol se está asomando y empezamos recorriendo los salones del patio interno, reconocer la zona y recolectar material es lo que mejor hacemos. En algún salón hemos recolectado libros para la clase de español que estaremos dando, entre ellos se ha venido con un poco de intención uno de Martin Luther King, ahora ya tengo una lectura nocturna o matutina qué sé yo.
Después de hurgar entre lo más recóndito de los lugares, hemos pasado la mañana organizando las innumerables tareas que estaremos realizando, qué alegría sabernos útiles y ocupadas. Al final de la mañana he empezado a adornar mi cuarto, quiero hacer cada vez más agradable mi estancia, recordarlos con cariño, pero no extrañarlos. He colocado en las paredes las cartas que escribieron en la ladrillera para despedirme, un San José de Calasanz que juega con niño, un par de Lupitas que me acompañan, un retrato, una servilleta, un pequeño cartel, una tarjeta y un rosario. Todos me recuerdan el cariño de mi tierra, que ha venido a acompañarme. Sigo contenta.
La comida se nos ha venido encima, sin darnos cuenta. Ya hemos comido y salido de nuevo a la compañía telefónica, donde hemos tenido una larga discusión con múltiples empleados del lugar, el servicio ha sido pésimo, la lógica no pisó el lugar en ningún momento, la pasión estuvo en esa oficina, la adrenalina conmigo, coraje, rudeza y más. Nos hemos retirado de manera educada, aunque defendiendo el punto, al sabernos objeto de un fraude. Hemos salido y reído mucho, cómo recuerdo a la burocracia, cuánta risa nos da el coraje y falta de sentido común. Disfrutamos tanto del momento.
El padre Justin se ha quedado con un muy mal sabor de boca y se siente apenado, nosotras contentas de ya sentirnos como en casa. Hemos parado por una cerveza para relajarnos, yo aguafiestas como siempre, pero es que eso de la cerveza simplemente nunca se me ha dado, he pedido un té caliente que con unos cuantos terrones de azúcar y limón, me ha sabido a gloria otra vez, Andrea disfrutó de su Coca-Cola en presentación extra grande, como todo acá.
Después de tres horas de discusión y otra de compartir, hemos vuelto a casa para la cena, había un tubérculo parecido a la jícama y a la papa, creo que le llaman “White carrot”, algo de pescado y arroz. Nos hemos divertido platicando en inglés, ya no sé si me entienden o no, pero los entiendo y nos reímos. No more spanish in table.
Después de cenar, George nos ha deleitado con un baile típico de acá, con una enorme máscara de barro que se pone en la cabeza y no en la cara, verdaderamente tétrico y chistoso a la vez.
George es todo un erudito en eso de la música, pues lo he visto tocar en numerosas ocasiones, cada vez un instrumento distinto y todos tradicionales del lugar. Pareciera que a todos los programaran para ser buenos en esto. Al preguntarle por un clase de congas, nos ha llevado directamente a la capilla y hemos comenzado a tocar, se ha puesto divertido, es muy paciente y se da a entender muy bien aunque hable más Pidgin que inglés. Al final nos hemos quedado un rato platicando sobre el día y sobre los que ya han pasado. La cosa se pone bonita. Buenas noches.
DÍA 8
¡Buen día, good morning, shalom! El salmo de la mañana me ha despertado los rincones que seguían dormidos, hemos hablado sobre mi alimentación en el desayuno y hemos tomado la segunda clase de congas, tengo un tucutucú tucú tucutú en la cabeza que no me abandona. Hoy he aprendido rápido.
Ya hice las paces con la araña del armario y la que cuidaba mi cama ha desaparecido misteriosamente.
Ahora sé a qué huele la tierra, es a cacao. Será difícil de olvidar, como los rostros que voy mirando. Hemos tomado solas nuestro primer taxi hacía el mercado central, la gente nos grita blancas por todos lados e intentan vendernos todo tipo de mercancías, los hombres nos toman por el brazo y no nos sueltan, la clave es siempre jalarnos la una a la otra, hoy ha funcionado.
Nos hemos divertido en el mercado y al salir hemos pasado por una tienda, donde por gracia divina hemos encontrado al padre Emilio y nos ha traído de vuelta a casa. Ya vamos entendiendo los precios de las cosas en francos, una lata de atún cuesta casi tres dólares, así que será prácticamente un lujo tener una. Hay dos cosas que son fáciles de tener aquí, un celular y hambre. La comida es extremadamente cara y los celulares absurdamente baratos.
Durante la comida, nos han avisado que daremos nuestra primera clase de español a la siguiente hora, para cubrir a una maestra ausente. Hemos salido corriendo del comedor, para preparar algo. He llamado a casa, desperté a papá, fingí no saber la hora, aún cuando mis relojes continúan programados con nueve horas de retraso, la verdad es que tenía ganas de decirles que estoy bien y muy contenta y sabía que no podría hacerlo más tarde.
Los alumnos han llegado, unos más tarde que otros. Yo ahí enfrente, con las manos llenas de gis y en posición de dar lo mejor de mí, me encuentro con los ojos sobre mi persona, nos hemos presentado y hemos dado una clase de español en inglés, ha sido más fácil de lo planeado, participan e imitan los sonidos raros que los invito a hacer. Aprenden rápido y creo que en seis meses podrán llevarse más de lo planeado.
Después de clase, ya ha valido la pena todo. Al volver a los cuartos, nos hemos dispuesto a irrumpir en la cocina y hacerla nuestro territorio, ya que los intentos nocturnos han sido fallidos por los guardianes que cuidan alacenas, refrigeradores y cualquier zona de comida. De mañana no salen, esta vez las posibilidades son mayores. De pronto me encuentro en medio del comedor con dos bolsas de té en una mano y cinco terrones de azúcar en la otra, mi mente se traslada inmediatamente a la cocina escolapia que solía visitar hace algunos años, está Daniel conmigo preparando un café con leche, le recuerdo con cariño. La ubicación estratégica de cualquier aparato que nos permita calentar el agua, nos ha impedido avanzar antes de que llegue el Padre Marcel, así que cual niña que acaba de hacer algo indebido he agachado la mirada y dicho: “hola”. Subimos la escalera de las máscaras aterradoras, riendo como dos adolescentes, no cabe duda que hemos rejuvenecido.
El intento no ha quedado en nada, aún tenemos los terrones y las bolsas de té, así que hemos vuelto a la cocina, donde ya se hallaba el cocinero. Fidelius, es un hombresote, alto, delgado, de manos y sonrisa generosas, se le puede ver el alma por los ojos, su cabeza impecable y la vestimenta sencilla. Nos recibe como cada día con un respiro de armonía. Ya nos ha enseñado dónde calentar el agua y hemos tomado el té y el café con él. Los tres alrededor de la mesa que se encuentra como isla en la cocina, hemos conversado más de su vida que de la nuestra. Tiene apenas treinta y dos años, en diciembre pasado se ha casado por la iglesia, lo dice pasando sus dedos por el arroz que comienza a limpiar, se encuentra separado de su esposa por cuestiones de trabajo, él cocina aquí todos los días desde hace seis años y ella es maestra en una escuela de Kumbu, también su lugar de origen (he llegado a pensar que todos venimos de Kumbu), no pueden estar juntos porque la vida no quiere, porque él no tendrá mejor trabajo allá que aquí con los padres y ella no tendrá trabajo acá, lo dice con una sonrisa, pero esta vez también duele. Quiero meterlos en mi maleta dentro de seis meses, llevarlos a México y darles un trabajo juntos, qué digo, si yo tampoco tengo un trabajo; tal vez conseguirles algo aquí, juntos. No se puede, a Andrea se le inundan los ojos sin dejar escapar ni una gota, de esas saladitas que se nos juntan de cuando en cuando.
No sé cómo pero hemos escapado del escabroso tema, Fidelius nos pregunta si nos ha gustado la comida, la verdad es la mejor que hemos probado ahora en los diferentes lugares. Nos hemos enterado de que el primer día había comida típica española, porque nos creía provenientes de ahí, otra vez mi corazón se me apachurra, cuánto amor podrá caberle adentro. Esta noche la comida me sabrá mejor, me va a saber a cariño, a dedicación y a entrega.
No alcance a leer todo tu recorrido diario, ya que soy mas de frecuencia minimalista, pero tu razón descriptiva e inconfundible hacen retratable el recorrido de tu temple llanera y espiritual por las africas.
ResponderEliminarPAz Claudia!
chaparra qué grande eres... ;)
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