Veintitrés… como mi edad, esta noche he tenido una revelación del francés, por aquello de las cuatro de la madrugada me despierta un comment est-ce-que tu t´apelles?, la langua courante se apoderó de mí, no sé si es mi renuencia a aprenderlo o si finalmente se dignará a brotar.
Contrario a lo imaginado hemos llegado a la oración a tiempo, el desayuno apresurado me permite comunicarme con mis hermanos, están a punto para hablarme, los veo, me platican, les platico, veo a la Anexa buscándome debajo de los sillones, me enseñan algo de queso y de carnes frías, tortura, estoy salivando.
Así se empieza bien la mañana y otra vez vamos al mercado a luchar por el tipo de cambio, medito en el camino, la piel sigue siendo mi obstáculo. Ya sé porque quiero volver a casa, porque extraño, porque la vida es mejor cuando ya la conoces, en parte también porque tengo miedo de perderme en la locura de esta pobreza que enriquece tanto.
La cocina huele a azufre, es el olor a vísceras entrando por los pasillos, los muchachos están otra vez matando pollos, los remojan en agua caliente para desplumarlos, ese es el trabajo fácil. Después de quitarles la cabeza los abren para sacar y separar las vísceras, apartan cuidadosamente el estómago para limpiarle el maíz ya procesado que hay adentro. Después de limpios habrán de cocinarlos para ésta o la siguiente tarde. Es oficial, voy a vivir de arroz y lechuga.
Comí con el olor a azufre en la garganta, desganada. Me lavé los ojos de nostalgia, como siempre después de la comida. Correr me limpia el alma y los pulmones, corro. De vuelta a casa, escucho los tambores. Los niños están reunidos de nuevo en casa de las hermanas calasanzias, se han montado una buena fiesta, esta vez con muchos más niños. Toco las maracas, apenas encuentro el ritmo. Un niño pequeño, que apenas camina, me toma ambas manos, bailo con él, hace la señal, quiere que lo cargue. Lo cargo y toma mi gorra, se la pone, está contento aunque no logro que me diga su nombre. El resto de la tarde la pasa pidiendo mis brazos. Hasta al fondo del grupo de niños cantando hay una niña de nueve años con apariencia más pequeña, trae una tela amarilla amarrada al cuerpo y atrás una niña colgando, es Mary una niña de tres años con un padecimiento parecido a la hidrocefalia, toma mi dedo entre su mano, de vuelta casa me sonríe y repite algunas cosas.
Ya en mi cuarto, me lavo la cara, recapacito sobre mis ganas de tomar un avión con destino a la comodidad de siempre. Quiero hacer algo grande en mi vida, tal vez no me he dado cuenta, que es ahora el momento en que debo hacerlo.
Un par de jóvenes esperan en la sala de junto, están con Diodoné, se trata de Derekk y Patience, dos hermanos que han venido a presentarse y a ofrecernos su amistad, en todo un acto formal. Me piden que los visite, que vaya a comer “achú” a su casa cuando quiera, que pueden mostrarme la ciudad y otros lugares. Al final hemos acordado ir a escalar el próximo sábado, pinta bien, para entonces ya será cinco.
“…For when I am weak, then I am strong.” 2 Corinthians 12:10
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