lunes, 31 de enero de 2011

DÍA 25

Starlight me levanta el ánimo, los niños me hacen sentir viva otra vez, verlos entre callados y platicones, entre distantes y atentos, me encantan los subibajas que se traen.
Hemos recordado la libertad que tenemos y quién nos enseñó a seguir luchando por ella. Cómo es que no son los sanos los que necesitan de un doctor, sino los enfermos. Leen, platican, nos enseñan; aún no logro que levanten el tono de voz. Como todo niño, gustan de los juegos, hoy alcanzaron la libertad en una especie de juego parecido a “pégale la cola al burro” donde el burro era la palabra “freedom”, pegada en el pizarrón, y la cola… una palomita que debía pegarse, los compañeros eran los encargados de ayudar al que estuviese ciego a alcanzar su libertad.
Después los hemos sacado al patio, les doy las manos para subir por una pequeña colinita de tierra que se forma, me siento joven…más. Se toman de las manos, mientras los amarramos entre sí, para después dar paso a la que llamé “la libertadora”, encargada de volver a formar el círculo desanudándolos. Podría quedarme todo el día jugando con ellos, hago una oración improvisando mi inglés, pero con el corazón a punto. Me voy con una sonrisa por fuera y otra por dentro. De camino a casa, hablamos con Moses sobre los escabrosos temas en la adolescencia, coincidimos, el amor es siempre el punto en común.
Moses dice que tengo la biblia en el corazón, que yo no la necesito, me ve y se ríe como si algo supiera. Ahora que lo pienso, cada que me ve también dice: “save your soul”, mientras se ríe. Tal vez es su venganza porque se lo dije alguna vez. Entonces ya no sé ni a cuál creerle. Me alegra el día.
Una gallina va contoneándose por el patio, me siento en el suelo para ver a los pollitos perseguirle mientras comen. El sol me ataca y me pongo mis lentes, ahora entiendo. No podría entrar del radiante patio a la oscura cocina y ver perfectamente en el primer momento, tendría que esperar a que mi vista se adapte; igual que un cuerpo no puede pasar de lo caliente a lo frío rápidamente porque podría enfermarse. Tal vez es eso lo que pasa conmigo, vengo de un lugar brillante y caliente, aún me estoy adaptando.
Organizamos un rally para los postulantes, lo empezaron de mala gana, creo que en la clase anterior les habían llamado la atención y ahora lo estamos pagando, bien o mal han terminado por divertirse, mojarse y ensuciarse, pude verles las sonrisas. Al final les he explicado que no podemos desquitarnos de un mal día con el resto de la gente, que hay que disfrutar cada momento, creo que me estaba hablando a mí misma.
Algo bueno ha salido de todo esto, ahora sé que quiero trabajar con niños, poco a poco voy descubriendo mi vocación, que es el primer punto en la lista que he pegado en la puerta del armario, con las cosas que debo hacer antes de marcharme de aquí.
No quiero perderme ni un detalle de esta tarde. Después de un repaso del “is, are, am” con un par de señoras radiantes, vamos rumbo a la cancha de futbol a hacer los ejercicios de la tarde, un chaparro que resbala en su intento de perseguir el balón, cae rendido con los brazos tan abiertos como su sonrisa, viéndome directamente y soltando entre un suspiro de cansancio un: “…afternoon sista” me saca una, dos, tres, una gran sonrisa permanente. Apenas unos metros adelante corremos, puedo oír unas risitas chillonas y traviesas que nos vienen persiguiendo, son tres pequeños alcanzando a escondidas nuestros pasos, abro los brazos, soy un avión, de pronto somos dos, tres, cuatro y hasta cinco aviones corriendo por las canchas, no podré nunca pagar ese momento. El resto del ejercicio transcurre así, con tres sombritas que nos toman de la mano, de pronto un perfecto y armonioso código de barras. La más pequeña, con su mandil de cuadritos rojos y una faldita que se parte por el medio, sostiene la mano de Andrea y dos dedos de la mía, justo como yo solía hacerlo; me llena de ternura y de una marca roja permanente de esta tierra.
Dos niños corren colina abajo, con una vara guían un plato que corre de lado, se ríen con o de nosotros, mientras nuestros movimientos siguen en un concurso de imitación casi perfecto, como la tarde.

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