DÍA 14
La noche se fue rápida, entre la oscuridad del último cuarto de la casa de Kumbo, no debe pasar de los cuatro metros cuadrados, las dos enormes ventanas que nos rodean hacen que se cuelen todo tipo de sonidos, el guardia debe arrastrar los pies, mientras puedo imaginarlo cargando la escopeta que vi que le entregaron a la hora de la cena.
A las seis hemos estado listas para tomar un café y tomar terracería rumbo a casa. Dicen que el camino es espantoso, pareciera que hubieses estado en un accidente durante tres horas; aquí es donde agradezco a Dios mi gran capacidad para dormir hasta en las condiciones más adversas, así que me relajo, duermo y sueño que como elotes, casi la lata entera.
Abro los ojos y estoy entrando a la subida empedrada que da hacía la casa, qué alivio, ya extrañaba Bamenda, no es que Kumbo esté mal, pero es que en verdad pareciera la última parte del mundo, me hace falta el padre Emilio corriendo por la casa con su gorra en mano, extraño la comida de Fidellius y el café de Charles, al gato exigiendo comida y el constante movimiento de los postulantes.
Ya estoy de vuelta y en media hora nos han dicho que daremos nuestra clase de español, de ésta me voy más satisfecha, les he enseñado palabras claves, que deberán repasar cada día hasta el fin del mundo: “por favor, gracias, de nada, lo siento, perdón”. Han comenzado a utilizarlas.
La semana anterior habíamos tenido algunos roces por cuestiones de machismo, invisibilidad, falta de cortesía. Mira a quienes fueron a mandarles para acá, por algo será. Me dan gusto sus avances y salimos contentas de clase.
El resto del día lo dedicamos a la lavandería, no podrían imaginar lo difícil que es sacar lo rojo de los calcetines, de los zapatos, de toda la ropa, hay que tallar y tallar, la emoción me hizo agujerar un par de prendas, que han quedado muy bien lavadas.
Recorrimos el centro después de la búsqueda de clases de francés, los veo a todos y memorizo escenas, con rostros, olores, colores y ritmos. Hay un joven mecánico con la ropa bañada en aceite sentado sobre un cuadro de cemento, dos pequeños tomaditos de la mano caminando hacia algún lado, una señora embarazada que se cubre el vientre con las telas de colores, unos diez motociclistas en la espera de algún cliente, estudiantes saliendo de la escuela y encontrando su camino.
Así transcurre un día tranquilo en casa. La ropa espera y yo espero más.
DÍA 15
Ha llegado el día quince, la mitad del primer mes, la doceava parte del tiempo que estaremos aquí, me gustaría decir que ha pasado pronto, pero estaría mintiendo. Dicen que así son los primeros meses, que los demás se pasan volando, todo está por verse.
Tempranito como ya es costumbre estoy de pie, me rehúso a utilizar el mosquitero que se aferra en enredarme por la noche, hoy cubrimos la clase de las ocho y media, tendremos dos horas para enseñar un poco de aquí y allá. Hoy la frase que he sacado de mi pequeño libro de frases y refranes mexicanos, que adquirí el año pasado en una feria de León, me ha dictado de voz de Ignacio Ramírez “En el matrimonio, la mujer es igual al varón y tiene derechos que reclamar, que la ley debe asegurarle”, no vayan ustedes a pensar que hemos instalado una campaña a favor de la mujer, pero ha causado revuelo, algunos se ríen, otros dicen que aquí la cosa es distinta, yo les digo que nos vemos en cincuenta años, la verdad estoy siendo optimista. Alguien menciona que el único día en que es así es el ocho de marzo, día internacional de la mujer, que vengan otros trescientos sesenta y cuatro para los hombres.
Al terminar con la primera hora de la clase de español, les hemos puesto unas canciones mexicanas para escoger alguna y aprenderla, los deleitamos con el “cielito lindo, las mañanitas, el rey” sonaban fuertes y claros, nos es inevitables cantarlos, son nuestros. Tal vez es eso mismo lo que los ha llevado a pedir “amor a la mexicana”, lo entiendo, no puedes apreciar algo que no traes en la sangre, al menos no de buenas a primeras.
Durante la segunda hora hemos jugado con ellos, como parte de la instrucción para monitores en el verano, qué trabajo nos ha dado que se sienten en el piso, no lo entiendo, aquí todo es tierra, el solo hecho de caminar de un lado a otro te hace ensuciarte. Al final, el ejemplo arrastra y ahí tenemos a once jóvenes que solían hablar francés y ahora entienden el inglés, diciendo en voz alta “pato, pato, pato, ganso.” Lo disfrutaron ellos y también nosotros. Veo algunos oídos que comienzan a abrirse, hay más dudas en el aire, escucho un “gracias” a menudo y un “por favor” donde va un “con permiso”. Lo que más cuesta es lo que más satisfacción termina dando y esto me está costando.
Aún esperaba ropa en la lavadora, los ciclos parecen eternos, te recuerdo madre, qué bien me enseñaste a hacer las cosas y qué difícil es dejar de hacerlas cuando no se tienen los medios para ello, la luz se corta a menudo para compensar la falta en otros lugares, el ciclo debe detenerse a la mitad y la ropa sale prácticamente empapada, el momento del enjuague nunca llega y estoy segura que cuando lleguen las lluvias sacaré burbujas mientras corro.
Papá te veo en Fidellius, tiene la misma voluntad que tú para hacer las cosas, pero extraño tus comidas, tu sazón. Amo la idea de saberme hija de un hombre capaz de planchar, cocinar y arreglar un carro. Me gusta la idea de que mamá comparta sus tareas, me gustan ustedes y lo que hacen juntos. No tuve que viajar miles de kilómetros para saberlo, pero sí para expresarlo.
Hay tantos queriendo salir de donde están y tantos queriendo volver, si sales que sea para crecer y devolver lo que has ganado, si llega el día en que lo hayas dado todo, vete a donde quieras. Desde afuera siempre se ve mejor lo que hay dentro, qué bonito mi país, qué bonita que es su gente, cuánto habrá trabajado alguien, cuántos seguirán trabajando.
qué grande que eres...
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