lunes, 28 de febrero de 2011

DÍA 53

Mientras anoche el momento tenso me llevó a terminar sobre el pedazo de madera, descalza, entre velas y con movimientos Yoguezcos, Andrea y Borja me veían intrigados. Hoy me puse en pie, ya no es mecánico. Me coloqué la chamarra que había dejado reposando en aquella silla frente a la ventana, me coloqué el gorro sobre la cabeza, mientras imaginaba algún insecto extraño. Qué poderosa es la mente, un animalejo ya me recorría la orilla de la frente, lo sacudí y le quité la vida.
Aquel pasillo oscuro, oraciones, baño y desayuno, así es aquí la vida. Un buen amigo me dijo al enterarse de mi venida, que la aventura no cuesta, que es la rutina la que te carga la vida. Ahora puedo decirle que hay algo más complejo que la rutina en casa, y eso es la rutina en algún lugar lejano.
Mi casa se traslada hasta Bamenda, les veo a los cuatro en aquel sillón debajo del cuadro, el que está a la entrada de la casa, me dan algún tipo de reanimación más cardio que pulmonar.
Las clases en Starlight siempre traen algo bonito, hoy vimos que estamos hechos para algo grande. Los niños hablan de personajes conocidos, que desconozco y yo de los conocidos, que desconocen. Jugamos, cantaron, bailamos y también reímos. Es una pena que la hora termine tan pronto. Caminamos por el pasto aún húmedo, puedo sentir el agua mojándome los pies.
Estamos de vuelta en casa, trabajar frente a una pantalla se vuelve más tedioso que otra cosa, aun cuando lo único que escribo son artículos de aquella convención a favor de la niñez. Giro en la banca, no me encuentro y me acomodo. Los niños de la escuela rodeándote para tocarte, siempre te despiertan el sentido. Veo a la maestra en aquel salón sirviendo el arroz de una olla grande, en el platón de cada niño, se les ve a todos sonrientes.
La comida tranquila, nos disponemos apenas al acomodo cuando Paula aparece a contarnos de su día, hoy ha perdido el conocimiento, mientras acompañaba a Borja en una curación en el hospital de aquel día. Nos hemos reído una y otra vez de la recreación de la escena. Caminamos las tres juntas recorriendo los caminos conocidos, hablando de la vida y contándonos historias de aquellas que no se olvidan.
Borja aparece en el cuarto, vamos con destino a la capilla, la misa vespertina del padre Emilio tiene siempre garantía de buena, como la del cine. Cuenta el Evangelio como un cuento, con entonación y movimientos, a media Homilía le brotan palabras como: “ashia, cachilaporra, achacalamaña” esas que nos sacan la risa a los cuatro de la banca trasera de la izquierda. Todos se voltean a vernos, que le vean a él que es el bueno.
El comedor se adorna con velas, dicen que la cena es buena, la compañía lo es. Fidelis está como derrotado en la mesa, tiene el brazo en ella y la cabeza descansando en él. A todos les asfixian unos días y otros. Celestine continúa su plan de hacerme brujería, Wilfred con la panza grande y Kisito está enseñándome los dientes.

domingo, 27 de febrero de 2011

DÍA 52

La misa fue caóticamente divertida, eran las siete y media de la mañana cuando salimos caminando en procesión, rumbo a aquel lugar donde sería la misa del domingo. “¿Y por qué no?” Había sido la frase célebre del padre Emilio la noche anterior. Tomamos camino entre las casas de adobe, con un grupo de personas que iba creciendo, las motocicletas pitando más de lo común y el camino empinándose a cada paso.
Habíamos llegado, un arco marcaba la entrada, era una iglesia al aire libre, el techo hecho de palma o de alguna otra hoja seca y alargada, los barrotes de las bancas eran ramas de árboles locales, un pedazo de tronco, en ocasiones dos, hacía las veces del asiento. Las cabecitas cubiertas con telas de colores estaban a tiempo, al fondo un pequeño altar de piedra, donde se sentarían los sacerdotes y se acercaría el pueblo. La gente iba llegando con flores y plantas, parecía un domingo de ramos. Por eso de las ocho cuarenta ya iban entrando el padre Justin y Emilio, los pequeños niños, y un grupo de jóvenes con un baile. La gente aplaudía, de vez en cuando un grito.
Me encontraba yo, entre Borja y Paula, sentados en aquel tronco casi al ras de suelo, debí sacudirme más de dos decenas de insectos, desde hormigas, hasta arañas gordas y grandes, aquel insectito rojo que acaricié en la mano de un niño. Estaba asombrándome de la amistad que me había hecho con la naturaleza, cuando un roedor (tal vez un topo o un ratón) pasaba su afelpado cuerpo justo sobre mi pie descalzo, me acarició la piel, así tal cual. Ni tiempo de reaccionar, es imposible no reírse con ese par, y así se fue como arrastrándose.
Apenas volteé a mi derecha para ver a una señora, sacaba tremenda planta de su bolso, no podía contener al menos mi sonrisa, me ha visto y sonreído de igual forma. Tomó la más marchita de las flores y la colocó en mi mano, a Borja le dio una hoja que se aferraba a mirar al suelo, y a Paula le dio lo mismo, nos envió directo a la ofrenda. La gente pasaba bailando por el centro, en dos filas, para entregar hasta el altar su flor que era la más virtuosa de las ofrendas. Ahí estábamos los tres, con ese ritmo que ya nos recorre, meneándonos hasta el altar. Al llegar, padre Emilio se reía mientras decía: “Bushi people” y nos hacía reír de igual manera. Volvimos a nuestro sitio, a reír, a discutir la vida, a gozar del canto y sostener aquella sombrilla, a sonreír con los niños, a decir sandeces que gracias a Dios nadie más entiende. No había transcurrido ni la mitad de la misa cuando una, dos, tres bancas ya habían sido vencidas por el peso que reposaba sobre ellas, entre el cúmulo de gente, las risas inevitables, el gallo cantaba cuando le daban ganas, una pedrada salvaje, la manada de vacas que pasó en dos ocasiones sacudiendo al pueblo. Me siento parte de algo, me quejo y luego me asombro el doble, aprendo con cada paso, aprendo de este par y del cúmulo de gente que nos está rodeando.
Hoy he abrazado con más ganas que nunca a Cinthya, le entiendo más ahora que le conozco la base, entiendo sus lágrimas al perder de vista a las que ahora son sus madres, la tomo de la mano, mientras rio y la llevo corriendo hasta tocar el hábito de la hermana Martha, se seca las lágrimas y ríe de vuelta.
En casa la luz no ha vuelto, no hace falta, Fidelis tiene lista la comida, ya está la lectura posterior y algo de intento de sueño, no hay resultado. Me cuestan tanto los domingos, me imagino a la familia encontrándonos afuera de la iglesia, aquella comida china, los niños, el ruido y la tarde de cariño.
Andrea y yo salimos caminando, me toma la espalda en señal de “estoy contigo”, caminamos más y nos topamos con las hermanas a mitad del camino, pasamos la tarde rodando por el césped de aquella guardería, la picazón recorre la espalda, las niñas brincan y arrojan pelotas, yo les veo las heridas que no sanan en su cuerpo.
Hoy hablé de la adopción con aquella hermana Clara, el país no le permite a ningún niño la salida, y me cuenta alguna historia y otra, de heroísmo.
Corro con Paula, camino de nueva cuenta, sólo así respiro limpio, los disparos hacia el fondo de aquel campo. Me detengo en la puerta de la casa, me rio y hago salir de sus casillas a los que son mis hermanos, me hacen gracia y les hago lo mismo. La oración es el descanso en este día, una cena deliciosa con arroz y la luz que otra vez nos abandona.

sábado, 26 de febrero de 2011

DÍA 51

Podría escribir un libro con lo que he presenciado esta mañana. El taxi nos llevaría hasta las puertas del hospital St. Mary, la primera cuesta nos lleva hacia abajo, de un lado la pequeña tienda donde vendían algo de comida, a la derecha la entrada a la consulta. Por dentro pintaba bonito, mucho mejor de lo que pude imaginar, pero sobre todo se veía cuidado, que como bien dijeron “se agradece no esté sucio”.
Borja directito a la consulta, tomando su bata blanca y el fonendo, por debajo salían los pantalones cortos y los zapatos de escalar, bien podría haber sido aquel conocido doctor de la risa. La gente esperaba en el pasillo azul, con los vitrales al fondo con un arcoíris bonito.
No tardó mucho en aparecer Sor Margarita a las afueras, gritaba mi nombre y decía: “¿Quién es Claudia?”. Nos presentamos y nos saludó con el gusto de encontrarse en tierras tan lejanas con alguien de tu propio país, tiene la sonrisa grande con dos coronas a los lados, la carita lisa y habla hasta por los codos, como en casa.
Entre el cariño y la hiperactividad recorremos cada rincón del hospital, desde aquel bizarro laboratorio, rodeado de enfermeros sonrientes y dispuestos, sólo un par llevaba guantes, sor Margarita tocaba las muestras sin miedo, máquinas donadas y desvencijadas pero que a la vez salvan alguna vida. Al salir del cuarto una niña pasaba con su vestido rosa, podía verle los huesos de la espalda y la cabeza con llagas, arrastraba los pies como si le pesaran, me dio también pesar verla pasar de esa manera, mientras su madre sostenía su hombro.
Unas agujas recicladas sostenían los avisos del lugar, la farmacia y la antesala están divididas por un estante en el que guardan los medicamentos, aquellos que habrían de llevar por enfrente del nombre, la leyenda de: medicamento para esto y para aquello.
Al fondo del pasillo, la sala donde se dan pláticas para los positivos de VIH, por un lado la sala de ecografías y una camilla que debe ser del siglo XVIII. Al subir las escaleras, la sala de maternidad, hemos pasado hasta el fondo de ella, con la ilusión de presenciar un parto, la impresión nos ha ganado al enterarnos que se trataba de un aborto, inducido por la madre de aquel niño. La mujer con las piernas en alto y semidobladas, las estrias en sus pechos le delataban el embarazo, volteaba sin más ni más. Hemos salido asimilando un poco de esto y de aquello, caminábamos por los pasillos del lugar donde veíamos a todo tipo de enfermos, desde aquellos cuyo motivo de ingreso señalaba “posesión espiritual”, hasta los niños enfermos, piquetes de víbora y un pie gigante.
Una madre al final de la sala, dicen que tiene psicosis postparto, y ahí surge la historia de Cinthya, aquella niña que vive con las hermanas calasanzias, dicen que su madre pasó por lo mismo y cocinó a la que hubiese sido su hermana mayor. Ahora entiendo tanto, un balde de agua fría me recorre otra vez el cuerpo, cuentan la historia de una enfermera voluntaria que se llevó a la otra hermana de ella, quiso adoptarla y no pudo, terminaron por cederle un permiso con el pretexto de alguna cirugía, y ahora Cinthya se pregunta por qué no le llevaron también a ella.
No puedo asimilar las cosas ahora mismo, me duele, reconsidero mi vocación, quiero volverme médico en este instante. No hay ninguno a cargo del lugar, el único con título es Borja y habrá de irse esta semana. Un enfermero con bata, el de mayor experiencia, hace de doctor, anestesiólogo y todo. Los coágulos están sobre las camas, mientras nosotros sostenemos entre brazos a los recién nacidos, calientitos y llenos de cariño, las madres exhaustas y algunas de lado. Los niños juegan con baldes entre los pasillos. Sor Margarita no deja de hablar de prescripciones, todas provenientes de las experiencias o gracia divina. La sala de urgencias pequeña, dice que le gusta ver a los niños sonriendo después de verles casi desfalleciendo.
Del segundo piso se ve el convento y un jardín que dice “soledad” con flores, mientras la mujer preeclámptica sigue esperando en la cama. Vamos a conocer la parte baja de la casa, Borja aparece preocupado por una niña de apenas diez años, por sangrados múltiples y otras infecciones, ya ha mandado a hacerle algunos estudios.
Esperamos unos cuantos minutos afuera, Borja aparece y se sienta suspirando. La pequeña del vestido rosa ha dado positivo en aquel examen de VIH, la madre no dice nada, no se inmuta, no nada. Y ahí estoy otra vez sin saber qué hacer, ni qué pensar. Se me llenan los ojos de lágrimas, las contengo, pero mi alma también llora.
No es que ignore que estas cosas pasan, no es que sea una debilucha, es que tocarlas así, de frente, de cerca, sentirlas y vivir la indiferencia, me arde, me hace sentir impotencia.
Salí sin vida de ahí, voy en el carro viendo simplemente la ventana, cada quien lleva su ritmo al ver las cosas, el mío me toca dentro y pronto. Borja me jala un cachete y me da unas palabras de aliento, al final un suceso chistoso me reaviva un poco. Fuimos rumbo a un convento, el único de claustro por estos rumbos, vamos a recoger a Sor Carmen, quién se oía muy molesta por la tardanza de Sor Margarita. Llegamos, ahí estaba en la esquina cargando sus maletas y un paraguas, (madre no leas esto) con la apariencia de “el pingüino”, la nariz grande y puntiaguda, ahora no sólo se oía, también se le veía molesta, había perdido la cita con un médico que había acudido al hospital.
A la madre Margarita (como buena mexicana) se le resbala el coraje y nos hace correr por el jardín, tengo una revelación de “la novicia rebelde” con el mismo hábito y la risa. Reímos también nosotros y lleno, de nueva cuenta, mis pulmones de vida.
Por azares del destino terminamos los cuatro voluntarios caminando por la carretera alterna de Bamenda (ya les contaré también esa historia), finalmente entre un taxi y la caminata llegamos hasta la granja de Menteh, la misa de aquella boda había terminado, pero la fiesta iba ya empezando. Nosotros empolvados y con el día ya algo volteado estamos ahí, tan mal vestidos, como fuera de lugar. Se les ve a todos bonitos, coloridos y bailando, los saltamontes brincan por un lado y otro, Paula brinca al igual que ellos. Los cantos pasan, las palabras, los bailes, pero la hora de comida no ha llegado. Nos escabullimos y salimos caminando rumbo a casa. Hemos tenido una comida entre familia, ésta de cuatro que ya se ha ido formando. Me he comido más de media piña con sabor a gloria. Compartimos algún cuarto de vida y la mesa sobre mesa. El ratón se escapa junto a la suerte de Paula.
Corremos, corremos por el campo. Paula me ha enseñado a correr de nueva cuenta, mi corazón merece algún tipo de medalla a lo que ha hecho, volvemos, cenamos, nos atacamos de la risa ante el intento fallido de escape al día siguiente, los malentendidos, los ahogos, el café que termina en el suelo. Qué bonito reírse después de haber estrujado al alma.

DÍA 49 Y 50

DÍA 49
Hoy he tenido un incidente en el baño, lo escribo para recordarlo y que me lo recuerden, así podrán reírse a la vuelta. Hoy también nos escapamos con Moses (otra vez), las tres consentidas de la casa. Íbamos con destino a una cascada, nos trepamos en el increíble Toyota, negro, pequeñito y bravo, apenas salíamos y llamaron a Moses, una de las señoras de la escuela llevaba a su niño inconsciente que había sido atropellado esta mañana, en el hospital le había dicho que limpiara las heridas y que estaría bien, así, sin más ni más, ni una radiografía o algún estudio a fondo. Ahora estaba de nueva cuenta sumergido en algún sueño, alcanzamos a ver a la madre subiéndolo en el taxi, Moses intentó enterarse pero no lo consiguió, fuimos rumbo aquel primer hospital donde ya no estaban, no supimos más del tema. Cada día se escuchan de muertos y más muertos en accidentes, no me extraña. Ahora voy yo haciendo de copiloto, subimos entre montañas llenas de verde, con pequeños poblados intermedios, casitas de madera y ladrillos rojos, los niños se bañan en cualquier masa de agua, las señoras cargan sus canastos sobre la cabeza y los señores cortan con machetes la maleza. Cada vuelta es una moneda al aire, se te sale el corazón cuando ves aproximarse un carro invadiendo tu carril, sobre la curva. Moses tiene que pitar cada momento, anunciando su presencia. Después de dos horas y media llegamos al lugar, dos hombres se aproximan en una moto y se bajan a la par que nosotros. Sospecho, al contrario, dicen que están ahí para cuidar de los ladrones y que debe pagárseles el servicio, se termina por ceder. La cascada es impresionante, el agua cae a lo lejos con una fuerza increíble, me gustaría poder estar más cerca, pero el olor ya es diferente, la tierra y lo verde del lugar también lo es. Paula y Andrea se sientan en aquella banca ya desvencijada. Se hacen algo parecido a un sándwich, con un jamón que Paula ha traído de su tierra, las frutas saben a gloria, aquella agua de papaya en la botella de “top”, el agua en aquel termo que mi hermana me trajo de su último viaje. Nos retratamos, peleamos, posamos, brincamos, reímos, me gané un nuevo morete y se termina el lapso, debemos volver a casa. El regreso tiene sabor a París, a Menorca, Ibiza, Florencia, sabe a viaje compartido. A la orilla los niños se bañan en calzoncillos o sin ropa, voltean y saludan sonrientes. La gente sigue pasando, la lluvia nos recibe en casa, un aguacero y Andrea y yo nos bañamos, corremos bajo la lluvia, giramos, siento el frío recorrerme por los brazos, cualquiera diría que nos falta algo, que no completamos el veinte, pero es que no sé cuánto tiempo tendrá que pasar para volver a vivirlo. La imagen está casi completa, podría grabar aquella película. Vuelvo a la ducha caliente, un café y el compartir con Fidelis y ese Charles tan aferrado a su boda mexicana.

DÍA 50
Cin-cuen-ta se va diciendo fácil, no lo es. Anoche la casa estuvo llena, un grupo grande de españoles ha llegado acompañado de Mariano, entre ellos figura el aclamado Javier Negro, que curiosamente es más blanco que cualquiera de nosotros, es el provincial y se le ve muy buena gente. Venía también Antonio un padre de familia, Ingeniero de Monte (o algo por el estilo), en una ocasión estuvo viviendo aquí durante un mes con sus hijos y su esposa, compartimos, qué bonito es entendernos. La cena estuvo deliciosa, llena de platos variados, quiero invitarlos a venir cada uno de los días. Al terminar reímos, caímos en el caos de las conversaciones españolas, cada loco con su tema, platicábamos de todo y nada, ya gritábamos unos y otros, hasta que fuimos enviados directito a la cama.
Por la mañana la misa que me gusta, esa que se pasa rapidito, a lo que vamos y fuimos. Después el desayuno, la risa, la despedida y el gesto.
Justo después de salir rumbo a mi cuarto, Fidelis aparece agitando la cortina que avisa el ingreso al territorio mexicano, quiere que traduzca algo para el padre Javier Negro. Que traduzca ¿yo?, la que unos días antes de venir sospechaba sobre la barrera del idioma, sobre si lograría entender y darme a entender. Pues ahí estaba en medio de los dos, uno con el español y algo de francés y Fidelis contestando simplemente en el inglés, quería agradecerle y regalarle una foto de su boda, así es Fidelis como un niño, con la sonrisa sinceramente agradecida. El padre también quedó contento y nos fuimos.
Hoy esperaba a la señora que trenzaría mi cabello, mientras platicaba con un pequeño grupo de tres niños, me observaban y reían, uno tiraba un dulce, se le enlodaba y lo volvía recoger del suelo, le hacía gracia que le dijera que estaba sucio. Lo tallaba en su rayada camiseta y volvía a ponerlo dentro de su boca.
Un pequeño con más pinta de pequeña (ya he aprendido a distinguirlos, no por la ropa ni el peinado, sino por los agujeros de las orejas) se acercaba y tocaba mi mano.
El más pequeño se ha acercado a golpearle la espalda, así que les enseñé la diferencia entre “kiss” y “beat”, les decía que el primero enseñaba más que el segundo. El niño sólo reía y repetía algunas cosas, no debían pasar de los cuatro años, qué podían entenderme. Pero al final le he dado una mano y otra diciendo que cada una contenía un ingrediente distinto, una el beso y otra el golpe, sonriendo tomó la del beso. Tal vez no haya entendido, pero tal vez sí.
Me he pasado la mañana sentada, con la cabeza estrujada, nunca he sido partidaria de las técnicas dolorosas de belleza, ésta ni siquiera implicaba belleza, es más un signo de pertenencia, pero cómo duele. Las señoras entraban y me veían, unas reían y otras simplemente me tocaban la cabeza, dicen que les gusta, su risa me lo ponía en duda.
Comida, lectura y mercado. Recorremos ya las calles conocidas, el arte del regateo es propio, los pasillos repletos, la música que revienta tímpanos y el taxi que en realidad no es taxi. Llegamos a casa, no hay luz, y vuelve y se va, oramos, cenamos, discutimos, reímos y en algún momento habremos de irnos a la cama.

jueves, 24 de febrero de 2011

DÍA 48

Hacía ya más de quince años que no veía llover así, en aquella ocasión caminábamos en familia por las calles de la Piedad, Michoacán, un primero de agosto del noventa y algo.
Ayer por la noche se nos apagó la luz en el comedor, podíamos ver los flashazos de los truenos ir y venir, cenamos a la luz de las velas. El ala de cucaracha dentro de aquel bote de sal, el olor a arroz me pintaba ya a futuro prometedor, lo lamento por los que serán mis hijos.
Encienden el generador, volvemos al ya acostumbrado debate en la cocina y salimos a brincar entre los charcos, he desenvuelto aquel impermeable que llegó a Mexicali en algún contenedor como donativo, y que si corría con suerte iba a ser utilizado un par de veces al año. Anoche hizo honor a cada una de sus letras, el agua desciende por los excelentemente construidos desagües de la casa. Andrea está como “chiquilla” (así le diría el padre Emilio) enfrente de la casa, con el panteón mojado de fondo, la luz se va de nueva cuenta y los truenos iluminan el paisaje cada unos cuantos segundos.
Por la mañana pareciera que nada hubiese ocurrido, la rutina sigue intacta, Borja al hospital, Paula a Menteh y las mexicanas a las clases de monitores. Se les ve despiertos, todos han cumplido con la planeación encomendada. Hacemos la manualidad fijada, me sorprendo tan cuadrada, sigue desesperándome el orden de las cosas, no comprendo la goma sobre el cartón en lugar de sobre la hoja, no comprendo el dibujarlo para después pegarlo encima, me doy risa y me relajo. Que cada quien se exprese, que cada quien aprenda a su manera. Bailamos mientras pegamos, bailan ellos y nosotras. Salimos a cantar, les hacen risa mis entonaciones misteriosas y me explayo. Nos cantan también en francés, no entendemos una sola letra, pero igual parece divertido.
Durante la comida me veo en Paula, se le ve frustrada, dice querer tomar el primer helicóptero que pase y no volver, el biodigestor no podrá terminarse y se avergüenza. Andrea le abraza, mientras ella contiene su llanto, con la nariz ya roja. Nadie le entiende mejor, sabemos lo que se siente, sentimos también con ella. Borja aparece temprano, ha venido a brindarle lo suyo y trae algo de pan para todas.
La clase de español avanza, al igual que la confianza, ya les regaño con ganas y aprenden de igual forma. Salimos rumbo a campo conocido, los niños aparecen escondidos, entre los árboles y la tierra mojada, debo esforzarme para encontrarlos por el puro sonido del “sista”. Les saludamos y se les escapan las sonrisas. La vida se vuelve ligera mientras trotamos. Roden, como siempre, nos sorprende y acompaña al destino más cercano. Hasta aquí nos lleva el día, en la espera de mañana.

DÍA 47

Pintaba para ser un día normal, entre el cambio de sábanas y lavadoras. Mis hormonas traen sus altibajos como era de esperarse. Caminamos colina abajo, encontramos el camino y compartimos nuestra vida como ya es costumbre. Nos gusta jugar a inventarnos futuros.
Todo transcurría tranquilo hasta que nos encontramos con los niños, prometimos volver después de la comida y así lo hicimos. Nos recargamos en las raíces externas de los árboles, observando sin mirar aquel partido de balonmano, es imposible verle cuando se tienen tantas caritas sobre la tuya… y platicamos. Un pequeño que pertenece al grupo de danzas me habla sobre sus ganas de ir a Nigeria, tal vez Sudáfrica, pero nunca dejar su continente. Mientras un grupo de tres niñas me piden que las lleve a México, preguntan precios de vuelos y kilometraje, el interés es real. Me levanto y dispongo a inmortalizar aquel salto de liga, pero los planes cambian cuando un grupo de niños se abalanzan, primero con el afán de ser fotografiados, luego para contarme, tocarme y cantarme. A veces me siento famosa, me doy un garrotazo interno y me aterrizo, es que los niños te tratan con tal cariño que a cualquiera llega a ensalzarle. Comienzan a cantarme una canción en Pidgin para grabarles, para mi sorpresa aún recuerdan la primera parte del “cielito lindo” y también lo cantan. Inevitablemente la cosa termina en baile, se divierten viendo mis imitaciones, dicen que soy buena, quién lo hubiera dicho, jamás me gustó el baile. El maestro se aproxima y me enseña a dar los pasos, uno, dos, un, dos, tres, cuatro, los niños formando un círculo están también bailando, me estoy robando esa imagen para trasladarme en los momentos duros.
Ya se van, deben volver a clase, se despiden. Una pequeña me abraza con sonrisa inexplicable. Fátima que ya había tomado mi mano y se había ido, da la media vuelta, me ve y pregunta si también puede abrazarme. Le abrazo con más ganas, esas cosas no se piden. Me gusta la tarde, me gustan los niños, me gusta que sean lo que son, sin preguntarse.
Volvemos a casa para preparar la segunda sesión de monitores. Son las cuatro en punto y los jóvenes ya esperan afuera, me brinca el corazón de verles puntuales, y pienso en todos los que nos dijeron que eso no iba a ser posible. Aparece Hansel y aparece Gretel, perdidos en el bosque tal como en el cuento, los envolvemos en la historia, sonríen y ríen con nosotras. Participan de cada actividad, nos escuchan atentamente, hacemos máscaras, cortamos aquí y allá. Una de las muchachas que amanta a su niño, mientras porta orgullosa aquel pedazo de león que se ha pintado, está gozando, me enseña los dientes y más allá de ellos la encía. Qué bonita imagen. El “jao indio” traducido a “how indian” ha brillado en el centro del salón, mientras el “eram sam sam” nos ha dejado sin voz y sudando. Así nos vamos entre la revisión de objetivos que ha sido también un éxito. Otro más. Bonito día.

lunes, 21 de febrero de 2011

DÍA 46

La familia, es el tema que se atiende en el salón de starlight. Hoy los niños están quietos, me escuchan detenidamente mientras les cuento la linda historia llamada Génesis. Fuimos creados para vivir en familia, lo dice el cuento, pero también la vida. Los pequeños están de acuerdo, hablan de las buenas y las malas experiencias. Les pregunto sobre las similitudes entre un nido y la familia, la primera respuesta me sorprende: “Los nidos son hechos de paja, nuestras casas también”. ¿Y qué haces? Asientas con la cabeza y pasas algo de saliva. Jugamos sobre los campos, mojados todavía por la brisa matutina. Nos abrazamos y platicamos algo con el que nos ve desde arriba.
Hoy hemos sido las malas del cuento, el examen de español transcurre lento, yo cruzo la pierna mientras sostengo en mi mano un libro de poesía que encontré en el cuarto del olvido. Nunca los había visto tan serios, estaban en lo suyo, si supieran que ese examen lo inventamos algún día que no nos dejaron contentas. Los resultados nos sorprendieron, todos pasaron, todos parecen tener conciencia o al menos nociones de lo aprendido.
Las tres mujeres de la casa tenemos nuestro encuentro, nos burlamos de las diferencias del lenguaje, el castellano se nos separó en algún momento. Sólo hay una cosa peor que una película doblada al español, aquellas que son dobladas con el acento de España. Paula se ríe, no entiende nuestra preferencia por el idioma original.
Tomamos camino a T Junction, negociamos nuestro precio, Borja va embarrado en la ventana delantera, dos ángeles pegados en nuestras ventanas laterales, esas que nunca bajan, en el parabrisas una calcomanía que dicta “givers never lack”. El conductor va algo molesto, a punto de chocar cada minuto, llegamos hasta la tradicional avenida del comercio, de la mezquita que hemos ido en busca, no hay ni rastro. Caminamos, nos reímos de los objetos peculiares que ya les contaré, compramos lo básico (chocolates, galletas y dulces), seguimos y topamos con el barrio musulmán, un par que nos saludan, otro que no puede saludar a las mujeres, otra oferta de las vacas por nosotros, ya no me parece extraño.
La vuelta, el baño, la misa, los dos ratones de Paula, las visitas, el silencio, las peleas de la cocina, el día se completa pronto.

DÍA 45

Andrea se ha encargado de pulir el piso de mi cuarto. La “top”, refresco azucarado y amarillo que había sido encomendado a detener mi puerta, se ha repartido por cada rincón de la entrada a la embajada mexicana.
El desayuno más tarde de lo acostumbrado y por tanto con más gente, soy una sombra… aún no despierto. La luz no se ha dignado a presentarse en este día, no hay campanadas anunciando la primera misa solemne, de aquel par de locos enamorados de la vida en comunidad y de la comunidad en vida.
La misa transcurrió más repleta de lo normal, las bancas rebosan en gente, los niños se sientan en los reclinatorios y al fondo se para la gente, mientras otros escuchan a través de las ventanas laterales. Los micrófonos no funcionan, como ya era de esperarse. Las voces suben de tono, el coro grita con más ganas, así transcurre, entre los meneos normales. Salgo y respiro durante el ofertorio, Dios es testigo que el mismo padre Emilio me autorizó la salida. Vuelvo y concluye lo que ha empezado. A la salida ya esperan fotos, bailes y el banquete en el salón principal, adornado tal cual boda, entre el blanco y el morado de unos globos, la mesa al fondo es la de los festejados, con un mantel de tela y unos listones adornando su contorno. Ni una de las flores vive, los refrescos y cervezas se acomodan a los lados.
En el centro del salón está la mesa donde reposa el achú y su ya conocida salsa amarilla, el arroz y aquel primer platillo hecho a base de una flor de calabaza. El altero de platos de colores y de plástico, las tacitas, las coca-colas y las fantas.
Otra vez, bendito sea el arroz siempre presente. Salimos rumbo a casa, Borja cocinará para Paula, Andrea y yo lo hacemos para nosotras y para Borja. El café caliente de la mesa es sólo el pretexto que desemboca en una de esas pláticas que marcan días, a veces meses y a veces vidas. Se plantean y me planteo cosas que he ido olvidando. Bonito el presente que va viendo hacia el futuro. La nevera sigue deshelándose, mis pies se mojan, el café se ha terminado un par de horas atrás, llega la llamada tan puntual de los domingos, se agradece.
La intención inicial era continuar aquella charla, caminando por los campos. De repente el padre Emilio nos hace la cordial invitación a recorrer Bamenda, aquí vamos otra vez entre sus calles, por la misma principal, ya vemos Mile 4, mejor conocida como “maifo”, pasamos la unión que lleva rumbo a a Cow st. Y llegamos al final de aquella carretera que un día nos trajo hasta Bamenda. Recorremos el palacio Nkwen, donde algunos de los hijos de aquel rey juegan futbol, en el improvisado campo. Vamos hasta el límite de esta tierra, recorremos los caminos de Starlight y la calle de Bambili. Llegamos a casa, le oramos al que nos ha regalado este último día, el arroz está en la mesa junto a aquella salsa roja. Otro compartir nocturno, los gritos de Borja por el suicidio de su atlético ante el Barca, la habilidad de Paula para entenderle. El día a día va llenándose a su modo.

domingo, 20 de febrero de 2011

DÍA 44

Soy el negrito en el arroz esta mañana en la capilla, se siente también bonito. Veo a David sentado enfrente de mí y me apetece jalarle alguna oreja o golpearle por la espalda. Se le llama confianza, creo.
Vamos caminando, los cuatro provenientes de la coincidencia, vamos con destino a Menteh, ayudaremos a Paula en lo que podamos con el biodigestor. Al final parecemos útiles, nos permiten opinar y nos brinca una que otra idea. Mientras las gallinas corren con la misma suerte que la primera vez, yo me fumo su olor a pluma mojada, el cuchillo descansa en el suelo.
Entre el estiércol de los puercos, se hacen las mediciones del tanque, de la tubería, de las bolsas, de cualquier cosa. Yo me acostumbro al olor. Unos señores hacen ladrillos en el fondo del lugar, les tomo fotos y me piden dinero, les dejo en claro que no he venido a eso. Dicen que la pasan mal en Camerún que no hay dinero, y es que en todos lados hay alguien que la pasa mal, la diferencia descansa, quién sabe dónde, pero descansa. Al final se quedan contentos.
Acompaño a Paula a verificar los materiales, ya me siento una pequeña directora de obra. La materia principal (el polietileno puro) no ha venido en forma de manga, es un problema grande. Entre el rojo del coraje, la dermatitis que comienza a brotarle por los brazos y los gritos que ha pegado, nos reímos todos, los locales, los foráneos, todos. Habrá que buscar una selladora aquí, a mitad de Bamenda, donde los tiempos no existen, donde los días no pasan.
Le damos nuestras mejores palabras, es que aquí los planes tampoco existen, por más que los traigas hechos, se esfuman al pisar esta tierra. Aprendes a vivir sin ellos y a dejar que el momento te sorprenda.
Andrea y yo volvemos caminando a casa, otra vez ese camino rojo y resbaloso por la tierra suelta, los árboles altos y las casas contrastantes. Queremos comer en casa.
Nos platicamos otro tanto de la vida, sobre la mesa del pastel comunitario. Se nos viene el tiempo encima, vamos con media hora de retraso a jugar con los niños de los sábados. Nunca se está lo suficientemente tarde, somos las segundas en llegar y comienzan a sumarse los chaparros. Aprendo un juego de misiles, es una bolsa con pedazos de colchón adentro, dos montones de zapatos se separan por el centro. La niña de piernas largas y delgadas, se coloca su vestido por los lados del calzón, para que no le moleste. Debe unir los diferentes pares en el centro, mientras otras dos avientan el misil con objetivo de darle, está fuera. Así se repite, Andrea y yo de igual forma entramos, ya somos también parte.
Después de jugar un rato, de bailar, de cargar, de volar, nos vamos de nuevo al kiosco lateral, Celestine lee una parte de la biblia y me pierdo, siento la mano de Leslie, el niño de los ojitos tristes y enfermos, sonríe mientras roza su mano junto a la mía. Yo me traslado hasta el primer día en que llegué a ese kiosco, ya no les somos extrañas, ya no parecen temerosos, ya pronuncian nuestros nombres al entrar para pedir que les acompañemos. Leslie me recargó el cariño.
Vuelvo a casa, me sostengo en la piedra que simula un meteorito junto de la cancha central de la primaria, saludo, y entro por la puerta pequeña que une a la casa y al colegio. Tomo un baño justo antes de la oración y la cena.
Hoy escapamos de nueva cuenta con Moses, esta vez el cómplice es Bertrán y los cuatro de afuera. Volvemos al cabaret de aquella noche de Michael Jackson y las garigolas del techo. El tiempo no ha pasado, todo está tal cual estaba. Platicamos historias de hace tiempo, historias que no se acaban, reímos y a la vez desesperamos. La felicidad y el movimiento de los hombros parecieran directamente proporcionales a la noche. Nos tomamos la cintura y nos vamos en una especie de culebra hasta la puerta. Bamenda está vestida de noche, pareciera un malecón sin playa. Los puestos de comida sacan humo por los lados, el bar “facebook” está abierto, las luces azules adornan la calle, las motocicletas, la gente cruzando de lado a lado. Llegamos a casa, estamos salvos, robamos un tanto de pastel de aquella mesa y corremos hasta el cuarto. Apenas toco los resortes del colchón y me pierdo bocabajo.

viernes, 18 de febrero de 2011

DÍA 43

DÍA 43
Ya estoy aquí desde hace varias semanas. No me vuelo (tanto), no me voy, aquí sigo, aterrizada. Ya están por darme la nacionalidad, aunque Moses diga que es mejor seguir por el camino de la Masai blanca.
Roden, Fátima, todo el salón de clases está ahí, saltando una valla improvisada de madera. Corren, siento sus bracitos colocarse alrededor de mi persona. Una foto, otra, a Fátima le veo el alma por los ojos, por la risa. Las mejores fotos las llevo ya guardadas en la memoria permanente, esa que guarda olores, sabores, imágenes, pero además sensaciones y cosquillas inimaginables. Traigo las manitas pintadas por el cuerpo, las siento también en mis manos, dicen que son suaves, si supieran lo resecas que las cargo. Las suyas son siempre manos de trabajo, bañadas en un bálsamo que se mezcla con la tierra del momento, se acerca una pequeña y le abrazo desde mí. Se me fue una dosis grande de cariño, bendita sea la regeneración automática y permanente. Estoy lista para continuar el día.
Transcurre lento, tranquilo y presuntuoso, entre deberes acumulados por la mismísima semana. Nos sumergimos en ellos, como si fuésemos uno mismo. Caminar entre los pasillos de la casa de formación de nuestra Señora de África, me va sabiendo también a recuerdo. Yo reproduzco la silueta de unas máscaras con formas tan salvajes como la mismísima selva, esa que te pintan cuando se pronuncia el nombre del enorme continente. No he visto un solo león, ni una sola jirafa, pero a diario sobrevuelan los cuervos al gato con facciones más salvajes. Apenas un par de perros, y en su lugar un montón de cabras, las vacas de los cuernos grandes, las gallinas, los gallos y los cerdos.
Después de la comida nos leemos, traducimos en nuestro idioma ya conocido. Aparece la pareja del momento, saludan con el propio cariño. Borja se queda a platicarnos del forúnculo que ha tenido que exprimirle hoy al pequeño de dos meses, de la recetas, de los medicamentos, de la religiosa mexicana que le acompaña a diario en la consulta, de la moto que le ha traído de vuelta, del agua para desinfectarse en las zonas comunes y el agua caliente para las zonas de enfermos con SIDA y otras enfermedades más contagiosas. Nosotros le platicamos del pasado, de la vida y los amigos. De pronto los tres sentados con las computadoras enfrente compartiéndonos imágenes, presentándonos personas que probablemente nunca conozcamos.
La tarde va más ligera, recorrimos los campos de futbol, andando entre las piernas de acero, entre los abdómenes perfectos y la barriga inmensa del capitán de uno de los equipos. Continuamos el camino, entre las casas que rodean lo que podría ser la manzana. Al tocar la carretera, comenzamos ese maratón contra la altura, las subidas y los carros, corro y me siento libre. Admito también sentir el cansancio. Se repite la rutina dos y hasta tres veces.
Visitamos a nuestras hermanas calasanzias, nos reciben familiares. Delfín se me columpia sentada en las piernas, me da un beso… de esos bonitos, de esos grabados. Nos despedimos, llega el baño seguro y relajado. Las oraciones, la casa llena de nueva cuenta, la mesa, los desastres de costumbre, las risas, los halagos espontáneos y George con sus ataques de epilepsia.
Al terminar la cena comienza la sesión de fotos, Borja molesta a Paula mientras la menea con sus rodillas para impedir que saque el retrato. Alguien ha superado mi sandez de antier, qué grande eres Paula. Mariano está rojo y con la risa intermitente, Andrea y yo perdimos el aliento, dicen que las mexicanas las tomamos en el aire, pero es que nos acomodan las cosas como en bandeja de plata. Borja se voltea evitando la vergüenza, mientras Hebaristus y George intentan descifrar lo que ha pasado.
Hoy he aprendido un juego nuevo de ping-pong, estamos los seis corriendo alrededor de la mesa, aventando paletas y pelotas, riéndonos a la menor provocación, maldiciendo, golpeándonos con cariño, algunos abriendo la boca, otros frunciendo su ceño. Borja nos arrasa en cada jugada y lo disfruta, aún con la campaña que instalamos en su contra. Hemos tenido dosis suficientes de endorfinas para dormir contentos.:)

jueves, 17 de febrero de 2011

DÍA 41 Y 42

DÍA 41
Hoy he sentido esa envidia de la buena. Mientras veo a Paula y Borja alejarse rumbo a Menthe tomados de la mano, van compartiendo algo más que una parte de su cuerpo.
Andrea y yo volteamos a vernos, nos desaprobamos y continuamos con la búsqueda del tan aludido hilo negro. Después de entrevistar a Moses y a Emilio al respecto, preparamos nuestra clase con los niños de la casa (los postulantes).
La actitud en el salón de clases ha cambiado, la mía, la de ellos, la nuestra. Están cooperando. Se nos ocurre instalar una serie de juegos que a los niños les encantan, y los ves a ellos tal cual. Emocionados, riéndose también del contacto físico, pero disfrutándolo, quieren entrar en el juego y así lo vamos haciendo.
Después de la comida, hemos recorrido el camino junto de aquel salón grande de la entrada. Tomamos el primer taxi, ahí vamos los cuatro blancos, qué digo cuatro si quedan tres, el color que ha ido tomando mi piel con el paso de los días terminará por darme la nacionalidad camerunés dentro de poco.
Nos separamos en el centro, Paula y Borja van rumbo al hospital de Bamenda, donde les recibiría el enfermero que es también el anestesiólogo, médico y cirujano. Andrea y yo vamos rumbo al International Hotel una vez más, donde nos esperaría Mike. Así fue, es la primera cita a tiempo que tenemos por estos rumbos. La tarde transcurrió chistosa entre el vestíbulo de aquel hotel bañado de madera y el pequeño restaurante a una cuadra, donde la especialidad era también la ensalada y las patatas. Respiramos otro acento, otro inglés, otro humor y otra comida; conocimos a Allino que es más serio que otra cosa. Platicamos y también reímos. Casi al final de la comida he ido en busca de la perdida pareja, a la gente le hacía gracia verme correr entre las calles llenas de tierra y piedras, aquí el tiempo no existe, nadie corre porque nadie tiene prisa. Me inventé mi propio maratón por la manzana sin respuesta. Me encontré de nueva cuenta con Andrea y continuamos nuestra búsqueda. Les hace gracia mi pregunta por la calle: “Have you seen a white couple?” y sueltan la carcajada, yo no entiendo.
Les encontramos, nos abrazamos y caminamos por la calle principal, compartiendo la experiencia de la tarde. Paula y Andrea tienen una competencia de sandeces, buscando siempre superar la una a la otra, nos mantienen riendo sin esforzarse mucho.
Al llegar a casa por la subida alterna, aquella que da justo al palacio Nkwen, está llena de la gente conocida, dos o tres niños con más amor que tiña. Al final del camino está Roden y más adelante Derekk, definitivamente estamos en casa.
La cena transcurría tranquila, hasta que me incorporé en la competencia de sandeces. He dicho una, la mayor, hace tanto que no me ponía colorada y con las ganas de meterme donde fuera. Andrea perdió el aliento, el padre Emilio uno o los dos pulmones, Borja se va riendo sin pensarlo, mientras Paula intenta descifrar lo que ha ocurrido.
Después del ejercicio en el comedor, nos reunimos en la quiete. Se nos fue lo que quedaba, entre el partido de futbol, un debate y mucha risa.

DÍA 42
Por la mañana caminamos rumbo a Menteh, por los caminos ocultos que nacen entre las casas de techos rojos, la gente, la que saluda y la que te observa consternada. Las motos que pitan exigiendo que te hagas a un lado, Paula, Andrea y yo disfrutamos del sol fuerte y la pequeña caminata matutina.
Hoy he aprendido a hacer un biodigestor, quién lo diría, me he emocionado con la pequeña clase que hemos escuchado por accidente dar a Paula. Estoy emocionada quiero producir biogás por la vida. Es sencillo y productivo, el resto de los alumnos se interesan, unos más que otros. A esos otros quiero sacudirles un poquito la cabeza, sobre todo a la que duerme y cabecea a media conferencia.
Antes de entrar en el aula hemos dado otra vuelta por la granja de Menteh (finalmente así se escribe). Estuvimos por el área del estiércol y hemos pasado a ver las camitas de los cerdos. De pronto estamos en medio del pasillo de las cajas, algo pasa, los enormes cerdos comenzaron a alterarse, gemían, lloraban, intentaban salirse empujando los barrotes de madera, todos de pie y salivando, podíamos ver los monumentales hilos de baba espesa cayendo junto a nosotros. De pronto ahí las tres apachurradas en el centro, con una orquesta alterada, se trataba del granjero que tuvo a bien venir a alimentarlos justo en ese momento. Era imposible salir, los cerdos estaban acomodados muy estratégicamente, nos tomamos de la mano y Andrea corrió hasta el fondo, donde debimos permanecer unos diez minutos, hasta que cada uno tuviese su respectiva ración.
Finalmente hemos vuelto a casa junto a Wilfred, con un impresionante rap de fondo, mientras él se contonea de lado a lado mientras maneja. Hoy también he conocido más a Paula, platicamos durante horas sin cansarnos. La clase de francés ha transcurrido lenta (como ya es costumbre), volvemos a casa, continuamos la campaña de liberación femenina, ya somos tres.
Cenamos y salimos los cuatro, rumbo a un bar cercano al palacio Nkwen, apenas bajando la vereda de la casa. Es una especie de techo de madera, cuelgan unas cortinas típicas de por estos rumbos, de esas que anuncian la llegada de cualquiera. Al fondo una televisión de no más de trece pulgadas, exprimiendo al máximo su sistema de sonido. Nos hemos reído casi todo el tiempo, entre palabras discordantes, exámenes médicos auto-exploratorios, consejos y escenas de taxi. Volvemos a casa, tranquilos y frescos. Un buen café que me arrulle como cada noche.

miércoles, 16 de febrero de 2011

DÍA 38, 39 Y 40

DÍA 38
Hoy el tiempo no existe, una mañana de levantarse tarde, ya son las siete y apenas nos empieza el día. Hemos impreso clandestinamente lo necesario para las pláticas y clases que tendremos. Nos aplastamos en el cuarto a leer lo que daremos, nos familiarizamos, da gusto haber recibido respuesta pronta desde Mexicali, ya llegó el libro de autoridad sin castigo.
La comida transcurría normal, hasta que aparecieron dos blanquitos más en el comedor. Ella Paula, él Borjas. Entre un par de besos se presentan, ella es ingeniera química y ha venido a implementar un biodigestor (sí, no tenía ni idea de qué era eso) en la granja de Menthe, él es doctor y no teme decir que ha venido simplemente a acompañarla. Siguen haciendo falta hombres así de valientes.
Su presencia cambia la rutina, nos acompañan a caminar por las calles vacías de Comercial Avenue, es domingo, no lo consideramos. Celestine y David están también con nosotros, ese par la pasa en grande. Caminamos a lo largo de la calle, hasta donde ha de quedar la tienda del Vaticano. Me trepo en el taxi y no dudo en tocar la panza del par de ranas que adornan el tablero afelpado del carro, croan también con ritmo.
Apenas bajamos del taxi, caminamos a la entrada de la casa en donde está Kisito, Paula y Borjas corren a abrazarle, lo conocieron en la ocasión anterior en que estuvieron aquí por un mes. Tomamos camino a Ndop a conocer la villa de uno de los padres. Durante la plática me voy dando cuenta de que se descubre lo mismo. Dicen que a uno le basta un mes para conocer África, pero para conocer a los africanos una vida no alcanza. Es cierto, como también es cierto que la realidad es distinta, que se necesita trabajo y mucho, que se aprende y más. Coincidimos en todas las realidades con las que uno se topa. Hay planes, muchos, ya los tenemos en mente.
Llegamos a Ndop, un par de casas sencillas separadas por un pasillo techado con lámina, un cuarto oscuro donde descansa un hombre delgado que lleva un gorro, el de jefe de familia, debe pasar de los noventa años. Saluda contento, aunque sin dientes. Algo balbucea en francés, yo no le entiendo. Dos niños descansan en un pequeño banquito de madera, mientras Mariano se ríe a cada segundo que charla.
Salimos al pequeño patio de las casas, varias sillas forman un círculo y de pronto al centro comienzan a aparecer ollas. Hay achú y esa salsa extraña, amarilla, burbujeante en la que se sumergen trozos de pescado. En otra el arroz local, el que seguramente ellos mismos cultivaron, aún tiene sabor a campo. Apenas terminamos la comida y hemos vuelto rumbo a casa. Nos sentamos en las bancas bajo el árbol, Andrea, Mariano y yo, platicamos de este mes y lo que viene, estoy tranquila, pero más que nada estoy contenta.

DÍA 39
Han llegado los días normales, los días en que la rutina llega aunque siga siendo distinta. Me alegra la mañana ver a los dos nuevo inquilinos. Se les ve en la capilla, es extraño por estas épocas ver a dos jóvenes, españoles y creyentes. Son una bonita combinación de tiempo, nacionalidad y ganas de ser diferentes.
El desayuno está concurrido, es que sigue la casa llena. La cucaracha que resguarda la cafetera, sigue conservándose caliente. La mermelada de fresa ya se ha ido y el padre Mariano continúa en casa.
Salimos rumbo a Starlight tarde, ya no digo tarde, más bien nos fuimos en tiempo y es que también el tiempo es distinto, hay que adaptarse a todo y a todos. Las niñas de cada lunes se abalanzan sobre el carro, nos reciben con el abrazo fuerte de la mañana.
La clase se va volando, entre la pérdida de voz de Andrea, el inicio de semana de los niños y mis ganas de hablarles más cada día. El sonido del platillo que golpean a lo lejos, nos anuncia que ya es hora. Nos despedimos.
A Moses le veo mal desde hace tiempo, apenas anoche fue a dar otra vez al hospital. Anda como sombra caminando por la vida, con los ojos apagados y la espalda encorvada, sus brazos parecieran ser de hierro, no por fuertes sino por pesados. Le digo que se relaje, que descanse, que no podemos perder al mejor exponente africano. Sólo se ríe, con una risa también cansada.
De vuelta los postulantes que ya son como mis hermanos, me sacan de mis casillas, son como niños, pero no por divertidos, inocentes y juguetones. A la vez me mantienen despierto el coraje de pararme frente a una clase. Me están enseñando. Me enseñan, paciencia, tolerancia, respeto y buen trato, a pesar de cualquier circunstancia.
Después de la comida salimos a caminar por el campo, me gusta ver a los niños corriendo, me gusta ver sus manitas agitando, me gusta escuchar nuestros nombres y que nos quieran sin darles nada a cambio.
Apenas me di cuenta de que es San Valentín y es que acá todos lo celebran. Hemos repartido paletas a toda la casa y a las hermanas Calasanzias, de parte de la embajada mexicana. Creo que les ha hecho gracia.
Después de la caminata, Derekk está en la puerta, tiene dos regalos en la mano, uno para Andrea y otro para mí. Qué gran detalle. Envuelto entre un papel brillante como el espejo y con unas flores moradas que se pintan entre él, un pedazo de rafia enchinado le cuelga también del centro. Adentro hay algo bonito, una pulsera con la bandera Camerunés, que ahora portamos con orgullo; una pequeña bolsita que se cuelga del cuello, con los mismos colores: verde, amarillo y rojo (sí, como la canción). Y unas bonitas sandalias de piel que nos servirán para alguna ocasión especial. Adentro también había un tanto de amistad y otro tanto de cariño. Bonito detalle.
Pasamos la tarde entre Paula y Borjas, ya los siento mis amigos. Será la pertenencia por lenguaje, será la pertenencia por compartir las ganas de aportarles. Son gente bonita y aún tenemos mucho de qué hablarles.
El plan de la salida post-cena se ha arruinado por el aguacero que ha caído de la nada, ya había escuchado al Padre Emilio que dijera: “se atormenta la vecina”. Después de la oración ya se veían la innumerable cantidad de flashes en el cielo, una foto y otra más. Las gotas se oyen caer sobre las láminas del techo y nos sentamos los cuatro tranquilos en la sala de la entrada. La luz se va, ya no nos inmutamos. Terminamos en un debate chistoso, en el que no podemos vernos la cara, pero se agudizan los sentidos. Vuelve y tenemos una noche de película, aunque así sean aquí las noches cada día.

DÍA 40
Ya llevo a Moses como parte de mi recuerdo. Es como mi hermano mayor, podemos estar discutiendo y molestándonos todo el tiempo, me hace cada día más ameno. Así disfruté del desayuno y de tenerlo a mi lado en la mesa.
Desde que estoy aquí, la Secretaría de Turismo en México debería contratarme, no hago más que hacerle promoción a mi país, de su comida, de su gente y sus lugares. Ya tengo una lista de gente que está dispuesta y puesta.
Hoy Paula y Borjas nos han contado su historia de amor, qué cosa más chistosa, y así, conversando de ellos dos tomamos camino (Andrea y yo) rumbo a Comercial Avenue.
Los taxis ya no nos son para nada desconocidos, trepamos en él como cualquier hijo de vecino, ya lo somos. El precio se ha vuelto casi constante sin necesidad de mucho alboroto, ya cruzamos las calles sin tanto miedo, mi nivel de irritación se ha disminuido en un noventa y cinco porciento, cada que un taxi, carro o motocicleta intenta atropellarme o me suena el claxon junto al oído, uno simplemente se recorre y agradece continuar con vida.
Hemos recorrido la tienda de artesanías de arriba a abajo y al salir hemos tomado camino por una de las calles laterales del mercado, no habíamos estado antes ahí, es aún más impresionante. Entre la tierra del camino se encuentran decenas de comerciantes con sus bultos de ropa usada en el piso, mientras te ven pasar te gritan: “one hundred, one hundred”, y continúas tu camino. Otros tantos cuelgan los zapatos, uno sobre otro, con sus respectivas agujetas; mientras en el fondo Don Samuel talla, en una bandeja con abundante espuma, el que será el último modelo de la tienda.
La niña duerme tranquila sobre un pedazo de manera, compartiendo su lugar con el resto de la ropa, mientras una mosca le reposa junto de la boca. Se la espanto y se mueve, creo que despierta.
Continuamos el camino, el sol nos está acompañando, aunque lejos pareciera persistente. Me detengo en algún puesto, ya domino la técnica del precio, te adelantas unos cuantos pasos y te hacen regresar, terminas fijando el precio justo de las cosas. Tomamos otro taxi con destino a nuestra casa.
El salón está casi listo, debo pegar un letrero en la puerta del salón grande, para cambiar la locación. Me encuentro a Roden, mientras platico con otros niños. Me da gusto, le digo: “Hey no te había visto en…” “3 días” -dice interrumpiéndome-, qué bonito es su cariño, dice que me ha buscado sin poder encontrarme. Fijamos nueva fecha para vernos y gozar de los tambores.
Esta tarde hemos capacitado por primera vez al grupo de los jóvenes que serán monitores, me encantó, el número exacto, la participación exacta. Logramos dar a entender lo que queríamos, se divirtieron entre el juego de las sillas, los dragones y el palmeo. La luz ausente y la lluvia fueron simplemente buenos compañeros. Están interesados que es lo más importante.
Me voy así, con el buen sabor de boca y disfruto de la tarde, del yogurt proveniente de una cabra, de las gotas que oigo aunque no siento, siempre me gustó la lluvia. El clima cambia, el gato llora caminando en la ventana, Padre Emilio lo consuela y yo disfruto del minuto de silencio.
Noche de leernos, de aprendernos, cada día comparto más con quien me vine. Hemos aprendido a convivir en compañía, a hablarnos y a callarnos por un rato, crezco yo y crecemos todos. Buenas noches.

sábado, 12 de febrero de 2011

DÍA 34, 35, 36 Y 37

DÍA 34
Anoche me acosté pensando en aquel niño, hoy desperté de igual forma. La mermelada era de fresa, ya había rezado a Dios porque terminara la de naranja. Le unto tartina. Disfruto el desayuno que una vez más termina en revolución. Qué enriquecedor y qué batallas de pensamientos. A veces nos aprovechamos de la bondad de Dios y su facilidad para olvidar las cosas.
El seminario transcurre igual, si he de ponerme sincera… me desespero. Las cosas se dan lentas, una vuelta y otra sobre lo mismo, mientras trabajamos en equipo. A veces mi color de piel hace que escuchen mi voz más baja, pero soy buena empeñándome en que se me escuche.
La tarde transcurrió normal y tranquila, entre la búsqueda del niño de ayer y sus datos, ya sé que se llama Ben, habrán de dar el reporte a la directora para que hablen a la madre. “No puede maltratarse a un niño, al menos en una escuela escolapia”. Espero que así sea.
Hoy tuvimos junta con los jóvenes para acordar las fechas de las sesiones de formación, se vuelve a veces complejo, a veces se desparraman en el asiento sólo observándote, ya no me imagino lo que estarán pensando, me divierto viéndolos igual y aprendiendo. Se fijaron las fechas, habremos de trabajar en la puntualidad, ya que esta junta empezó con una hora de retraso. El padre lo ve difícil dice que así son los jóvenes aquí, yo le digo que hay que trabajar en ello y respetar el tiempo de los que llegan primero, pone una sonrisa medio chueca, medio convencida, medio no, pero al final hemos llegado al acuerdo.
Serán sólo dos reuniones al mes y procuraremos visitarles en sus respectivos lugares para ver el avance. Podría decir que están entusiasmados, bueno, tal vez, a su manera. El martes nos habrá de decir cómo se irá dando la cosa.
Por la noche el Padre José, uno que conocimos en Bandjoun y que ha venido a dar el seminario, le preguntó al padre Emilio si aún no habían querido comprarnos, dice que no deberá aceptar menos de veinticinco cabras, lo tomaré como un cumplido (por aquello de no tomárselo a pecho). El padre Emilio dice que aún no intentan comprarnos, pero que el rey de la tribu ya se ofreció a darnos un lugar entre sus múltiples esposas. Esto del matrimonio aquí es cosa seria, o nada seria tal vez. Se le ve por todos lados.
Caminé por la cancha ya oscura, volví, me dio miedo, caminé lento y luego rápido, vi moverse la montaña de hojas otra vez, la criatura que habita debajo de ella aún no se acostumbra a oír mis pasos. Se fue la luz y agradecí otra vez la presencia de mi lámpara de mano, que a decir verdad traje por si alguna vez iba de campamento. Ahora voy de campamento cada día. Así acampé toda la noche en mi propio cuarto.
DÍA 35
Escucho el resorte del colchón brincando junto a mi oído, me despierto, aún tengo una hora más de sueño, me pongo en pie y vuelvo a dormir.
La misa la hemos ofrecido por el abuelo de Andrea que ha enfermado, vamos luego al desayuno, el padre José nos habla de invertir más en comida que en medicamentos, dice que a menudo las crónicas de los padres que se encontraban aquí, los narraban enfermos. Dicen que hay que mantener el peso para conservar también las defensas.
Hoy la naranja tiene un sabor a vino, bendito vino que acomoda mi intestino. Por hoy ha vuelto a ser el mismo.
Voy al cuarto de lavado, donde la señora Ana, se ve cansada, dice que está algo enferma, le recomiendo descanso y ríe, dice que hay mucho trabajo. Le creo, sacar la tierra de un par de calcetines puede tomarte quince minutos. Y así se fue mi mañana.
Después de tallar un rato, agarramos camino rumbo a la carretera, esta vez por detrás de la cancha, Fátima y el grupo de niñas de la primaria me persiguen, mientras gritan mi nombre. Roden también me alcanza, quiero llevármelo a México y él está de acuerdo, tiene apenas catorce años y se le ve la bondad en la cara.
Desde que le quité la fecha a mi boleto de regreso, he dejado de hacer cuentas, ando por la vida siendo nada más que yo, enseñándole los dientes al primero que me encuentro. Cuántos dientes más he conocido. Me ando contoneando, haciendo gestos tan chistosos con los niños, me los estoy creyendo. Me siento como con Evelia, con Martín, con Angélica y Adrián. Me parecen y creo que también a ellos les parecen familiares.
La carretera está repleta de sapos que no llegaron a su destino, me siento viva, camino colocando un pie frente al otro en una línea, mientras estiro mis brazos. Los niños siguen sonriendo mientras camino.
Hemos vuelto a la comida, para después tomar camino rumbo al centro, han estafado a Andrea con su celular. No me asombra ya en lo absoluto, es más, un día antes aposté que así sería, debí haber invertido algo de dinero.
Llegamos de pasada a un funeral, afuera de la casa vecina unas niñas me veían con intriga, comencé a hacerles gestos a través de la ventana, podía oírlas reír y comenzar a imitarme. Después de un rato me pidieron con señas que bajara del carro, así lo hice. Me platicaron, les platiqué y siguieron riendo, una de ellas llamada Yong, pronunció mi nombre: “Claudia Lizeth”, nunca lo había oído tan bonito, es más, podría decir que siempre había ocultado mi segundo nombre, hasta que lo pronunció, se oye bien. Hoy me gusta también mi nombre.
Acudimos a la alianza francesa, aún no digo casi nada en francés, pero comienzo a entenderle, creo que es un paso. De vuelta a casa el taxi nuevamente hace paradas personales, cuando quiere, donde quiere y durante el tiempo que quiere, uno también comienza a acostumbrarse a no ser dueño de su tiempo.
Llegamos justas a las oraciones, ya con más molestias en el cuerpo, esperamos sea una gripa o algo de cansancio. Hoy fue simplemente cena y cama.
DÍA 36
Once de febrero, día de la juventud. Hoy he pedido hablar con mi superior, hemos entrado en la sala de visitas, el corazón me latía a mil por hora. Me senté, nos sentamos y con toda calma hice preguntas sobre nuestra estancia aquí, sobre nuestras actividades. Descubrí que mis sospechas eran reales, somos el primer caso de un voluntariado así, sin ser veterinarias, ni venir especialmente por un mes en el verano. Expliqué tranquilamente mis ganas de trabajar con los niños, mis ganas de trabajar con los padres, no quiero quedarme con dos reuniones al mes con los jóvenes y tres horas de clases a la semana. Le parece interesante la idea, y mejor que no me la haya guardado. Le explico mis ganas de recortar la estancia aquí y de abundar en los diferentes temas, entiende y asiente con la cabeza. Ya estando en el tema le hablo de las ganas de hablarles de derechos y valores a los niños, me dicen que está bien, pero me prohíben explicarles los derechos de los niños, temen una revolución. Yo digo que hay que saber encausarlo.
A los padres quiero hablarles de la autoridad sin castigo, esa que un tal Pepe Segalés nos enseñó en Mexicali. Dicen que está bien, pero hay que esperar un poco para convocarles. Empezaré a trabajar en ello, explicando con cariño lo que intento.
Podría sentarme a contarles del desfile, de la fiesta que hubo en la calle, de los trajes, de los niños, de la gente, de que finalmente sé dónde quedaron las minoltas y las pentax de hace treinta años, de mi lugar en medio de tanto fotógrafo, pero para eso hay fotos y podré contárselos a mi regreso. Lo que no fotografié fue la plática después de la comida, se dio sin pensar ni acordar, estábamos en mi cuarto, cada una en un colchón planeando contentas la próxima clase de valores. Sin querer salió el tema, la inconsciente recapitulación del mes, me di cuenta que la lista por cumplir en el armario ya había sido palomeada por completo, que había agregado puntos sin siquiera saberlo. Entendí que al venir aquí sí buscaba algo, pero también que ya lo había encontrado, sin haberlo notado. Hablaba Andrea, hablaba yo, la lista se hacía más grande, qué bien nos ha hecho Bamenda. Hemos descubierto, aceptado, valorado, comprendido, aprendido, desesperado, pero sobre todo amado cada momento en esta tierra, así se ama con lo bueno y con lo malo.
Hablamos por horas, volví a aceptar que la quería aunque desesperáramos. Corrí contenta por las escaleras que dan hasta la cocina, platicamos y volvimos a reír de darnos cuenta. Jean de Dié nos ha abierto los ojos sin quererlo.
Por la tarde hemos quedado de salir a conocer un lugar en el que cenan voluntarios de otras partes. De pronto estamos sentaditas y en vestido frente a casa de los padres, Diodoné nunca llegó para llevarnos. Aferradas tomamos a Fidelis de rehén, quien nos ayuda en el escape por la puerta lateral, brincando piedras llegamos hasta la carretera en donde nos consigue un taxi, mientras se ríe de nosotros.
Al llegar al Hotel Internacional, después de rodear la ciudad entera y de haber sido ofrecidas en venta a un motociclista por el taxista, la reunión había acabado. Así que decidimos que nos quedaríamos a tomar algo. Al fin han logrado conseguirnos alguna bebida helada, es que acá disfrutan siempre de lo “al tiempo”. Nuestra noche terminó siendo bizarra como siempre, entre Mike, Martina, Fab, una caminata por las calles oscuras y bailables de Bamenda, un taxi con asiento desdoblado, dos borrachos, Minnesota, Canadá y United Kingdom.
No sabía que hoy podría ser un gran día, hasta que lo fue.

DÍA 37
No podía dormir, di vueltas y más vueltas, sólo tú sabes por qué. A eso de la una y media de la madrugada mi cuerpo se entregó al descanso. Apenas dos horas y media después estaba en pie, debíamos bañarnos, bajar a desayunar y estar listas para tomar carretera a eso de las seis de la mañana. Parecía una excursión de esas que solemos hacer rumbo a six flags o disneylandia, todos paraditos esperando los camiones, en la oscuridad disminuida de la madrugada, con nuestra chamarra ligera y ropa cómoda.
Vamos rumbo a Yahikiri, a unos minutos de Kumbo, el mismo camino que no me será fácil explicarles, entre polvo rojo y suelto, niños que caminan a la orilla, vacas que cruzan, cabras y puercos que se atraviesan, vendedores de esto y de aquello, piedras, hoyos inmensos, barrancos interminables, todo está en ese camino. En un tramo hemos perdido el control del carro, me aferré del brazo de Andrea, mientras veía a la bicicleta azul y al hombre en ella a escasos metros de nosotros. Después de ir de un lado a otro del camino, el carro se estabiliza, el hombre tiene los ojos pelones, no le culpo. No volvemos a tocar el tema. Llegamos a nuestro destino, la ordenación de Moses y Francis.
Bajamos del carro, corrimos al baño y nos metimos en nuestros gloriosos y estrafalarios vestidos morados con azul, salimos radiantes rumbo a la iglesia. Nunca antes me había planteado el significado de la palabra “repleta”, bueno… la iglesia estaba re-ple-ta, con todas sus letras, el pueblo de los dos nuevos sacerdotes estaba orgulloso y presente en el día que tanto esperaban, se organizaban y contoneaban con el primer canto que debió durar unos veinte minutos.
Por aquello de las ofrendas el tiempo se alargaba, mientras Pedro entre un comentario pagano y otro, nos mantenía con la risa ahogada entre palabra y palabra. Éste, al que algunos llaman “el padre ateo”, debe ser el más creyente, es vivo reflejo de alegría y fe en su intento de ocultarlo.
Debería ser delito una misa que durara cuatro horas (con el perdón de mi madre y mi abuela), dice Pedro que lo es, pero al final nos hemos reído tanto, que aún con el hambre y el cansancio, la hemos pasado en grande. Todo mundo estaba ahí, reunido en una cancha con polvo por todos lados, bandejas enormes de comida se compartían de carpa en carpa, sólo el arroz parecía comestible, bendito sea.
El camino de regreso se hace ligero y menos accidentado. Salvador, otro padre de Guinea Ecuatorial nos lo hace ligero con la plática, qué humano y sencillo es. Ya habremos de visitarle en Yaoundé en unos cuantos fines de semana.
Llegamos exhaustas a casa, reposamos diez minutos y hemos seguido la tarde, los postulantes están muertos, no literalmente. La capilla se oye apagada, sólo Arthur hace su mejor esfuerzo al cantar en el idioma que seguro no es el suyo.
Hoy me gané un “bushi-lady” del padre Emilio, señal de que estamos en confianza. Se va acercando la noche y ya espero a la mañana.

miércoles, 9 de febrero de 2011

DÍA 32 Y 33

DÍA 32
Hoy se cumple un mes de estar aquí, hoy he soñado como lo haría en casa, soñé a Paquito. Hoy también inicia la semana de los jóvenes, casi nadie tiene clases y es toda una fiesta nacional. Por la mañana vamos a Starlight, jugamos todo el rato y se fue rápido, más que de costumbre. Les enseñé “mar y tierra” era chistoso escucharlo con su acento.
Inicio de semana y de diferentes actividades, hoy también empezó el seminario de eneagrama, viene un padre blanquito a darlo a un grupo grande, como de unos sesenta, entre religiosos, religiosas, postulantes, aspirantes, todos con alguna inclinación vocacional a la religiosidad, yo he dicho que represento a la parte laica.
Es interesante escuchar las nueve divisiones, con sus virtudes y debilidades, aún me ubico en varias, pero tendré un par de días para aclararme el panorama.
Después de la comida me llega mi casi depresión post-parto, ¡qué traicionero es esto!, camino, me relajo, volteo a los lados, intento distraerme, no logro engañarme. Corrí rumbo a la casa de las hermanas, me aplasté en el suelo, no logro tener conexión, y es que eso de estar incomunicadas contribuye a la desesperación. Me siento y escribo sin pensar dos veces “ya es un mes de que llegamos aquí y es una vergüenza querer regresar hoy mismo”. Así me siento, con las ganas de ya estar allá y entiendo cosas que no había entendido, le doy vueltas al asunto, escribo a la universidad de San Diego y a ti que me estás leyendo. Escribí así, sin ningún filtro. Quería volver. Entonces salí de ahí, con la cara más arriba de cuando había entrado, caminé convencida de que podía volver a casa en cualquier momento, de que no defraudaría a nadie, pero sobre todo que no iba a defraudarme a mí misma. Sentía que si volvía me recibirían con el mismo gusto, con los brazos abiertos. No iba a hacerlo, pero me sabía bien recibida en cualquier tiempo.
Caminé por el patio, entré a las clases de los adultos, sólo había una señora que ya era atendida por Celestine, salí, caminé más, me topé con unos niños en el patio de la escuela. Salieron del patio, por el agujero lateral, mientras me decían “Sista”, ya deben tener sus once años. Bastó una palabra para que salieran, pareciera que me estaban esperando, comenzamos a bailar, se volvieron a reír, les enseñé a bailar banda, les gustó, finalmente encontré algo para lo que no tenían ritmo, pero la gracia la seguían teniendo. Me sacaron dos o tres sonrisas, volví a disfrutar como si fuese el último día, porque podría serlo. Me tocaban los brazos, dicen que soy suavecita, se me colgaban, me jalaban mi pelo mientras me lo pedían nuevamente, nunca había recibido tantos cumplidos sobre mi cabello hasta que llegué aquí. Seguimos bailando, como si tuviésemos un bastón en la mano. Quieren aprender español, hacemos un trato, apareceré clandestinamente en los recesos a darles clases y en la salida ellos me enseñarán a bailar. Necesito dar más de mí, no puedo estar esperando a recibir todo el tiempo, porque fácilmente aprendo y recibo sin pensarlo ni quererlo. Necesito dejar más, comenzar a proponer y no conformarme con los horarios preestablecidos, voy a anotarme actividades nuevas, proponer otras y llenarme la hora después de la comida. Si voy a estar el tiempo que quiero estar, quiero estarlo de a de veras, el que sea pero que sea cierto, que llene a alguien, que se aproveche, que sea alguien más feliz con este tiempo.
Y entonces aparece Andrea, caminamos mientras nos siguen nuestras pequeñas sombras. Le platico lo que no le he platicado, me contesta y me platica, sale lo que nos hemos guardado. Se ha cambiado el panorama.
Acaricio por primera vez a los perros “salvajes” de la casa, lo tenía prohibido, dicen que no deben recibir cariño, porque son para cuidar la casa. Charles es mi cómplice y abre la puerta del cuartito en el que pasan todo el día. Mientras una de las cabras camina a paso lento, imposibilitada por el mecate que le amarran de pata a pata para impedir que escape. La gallina abraza a sus pollitos, así, tal cual, los abraza. Mientras Fidelis nos regala un pan bonito, hecho especialmente por nuestro mes en casa. Hago una excepción y le unto un tanto de tartina, sabe a pastel, otra vez con abundante cariño. Acto seguido nos pide que lo llevemos al cuarto para evitar que la rata lo coma. Oraciones y un plan nuevo, caigo exhausta.

DÍA 33
El suelo de la habitación sigue repleto de plumas, hoy me levanto media hora antes que la alarma, voy al baño donde ayer pereció la araña. Intento dormir nuevamente, no puedo, pero pienso en silencio y con la luz apagada. Apenas da la hora, tomo mi chamarra y me cubro la cabeza, como cada mañana, para ocultar la rebeldía de mi cabello.
La tartina ya no me sabe a tierra, puedo comerla a cucharadas. Espanto a las plumas del cuarto y a una que otra hoja que debió haber entrado escondida en mi zapato. Hoy es un día normal, voy a vivirlo.
Me descubrí, dicen que soy un ocho que se anda convirtiendo en un dos, dicen que es un ala fuerte, dicen, dicen, todo es cuestión del eneagrama. En el seminario te enseñan a entenderte, pero yo entiendo mejor la vida afuera. Salimos rumbo a la escuela de junto, están los niños en el patio preparando el espectáculo para mañana, ya saben mi nombre, me abrazan, se trepan. Piden una foto, otra y vuelven a jalar de mi cabello. Nos reímos, los veo otra vez bailar y tocar, hay un niño trepando por la ventana y otros cuelgan por los tubos que sostienen el techo de palma. Cantamos “cielito lindo” debajo de un árbol, mientras Roden se trepa y cuelga por sus ramas. Jugamos pato, pato, ganso y platicamos otra vez, me cuentan, les cuento. Quieren ir a México, me piden que los lleve, pero es que aún no puedo llevarme ni a mí misma.
Nos damos una hora y vuelvo con ellos, esta vez me esperan en la cancha de futbol, nos sentamos otra vez bajo un árbol, todos me ven con los dientes pelones, ya no sé si les doy risa o gusto. Cualquiera de los dos me gusta. Dibujo la cara de Fátima en un pedazo de papel, mientras los demás me observan fijamente. Todos quieren ser dibujados y escuchados, y yo quiero oírlos a todos. Me escriben la canción oficial del mentiroso, una especie de burla que se hace y dice algo así: “burst me an other eye Roden (el nombre de la persona) bis… we need to burst an other eye Roden” , a eso le llaman Pidgin, es el inglés aprendido distinto y arraigado en el lugar.
Escuchábamos “La chata” y bailábamos, pasando los audífonos de oreja en oreja, luego llegó “la carencia”, “la niña” de Lila y otras tantas. Se hizo un espacio de silencio, un niño gritaba, una señora agitaba el brazo, lo tenía sometido en el piso, golpeándole con una vara, yo no entendía qué pasaba, los niños decían que debía estar en casa y no había llegado a tiempo. El niño comenzó a girarse, mientras la señora algo blasfemaba en francés. Me sentía molesta, con ganas de hacerle lo mismo, no podía moverme, los niños me decían que podría irle peor si intervenía. Rompió la vara en su cabeza por haberse movido y continuó golpeándole con el pedazo restante. Finalmente se detuvo, sabía que la estaba viendo y poco le importaba, antes bien arremetió también contra el resto de los niños que le veían con extrañeza. El niño se puso de pie, como sobándose, tenía pasto en todos lados, el cabellito empolvado y la carita con las lágrimas marcadas. Una niña decía “fueron veintiocho” mientras yo seguía inmóvil, el mundo se me había detenido enfrente. Pienso en ir a su casa por la noche y hacerle lo mismo, pienso en hablarle cuando esté calma y aclararle el panorama, pienso y es que pienso tantas cosas que no podrán cambiar la educación que le dieron, pienso también en el bien del niño, y agacho la cabeza sin encontrarme resuelta, me siento impotente, lejana y ajena.
Me quedé meditabunda con los niños, lo reprobaban ellos, lo reprobaba yo. Quisieron seguir bailando, mi cuerpo lo hacía, mientras mi mente se trasladaba hacia el lugar donde partió aquel pequeño. Llegó Andrea y nos disponíamos a caminar, pero las hermanas calasanzias habían llegado hasta la cancha, jamás había jugado balonmano, hoy aprendí. Nos vemos rudas y a la vez chistosas. Caminamos, llego a casa otra vez hecha un polvorón, me sacudo un poco para terminar el día.
Después de la cena, caminamos rumbo a casa de las hermanas, nunca había visto bien la oscuridad de la noche. Nos escolta un guardia. Al regreso el mismo procedimiento. La luna está ahí, finalmente logro ver las estrellas, se ven más bajas, tal vez pagan el precio de tener al sol tan lejos. Un guardia nos escolta hasta donde el otro guardia, los perros ya deben estar sueltos, dicen que no hay pasos seguros por la noche. Llegamos a casa, nos disponemos a ver una película, y caigo como siempre a escasos diez minutos.

lunes, 7 de febrero de 2011

DÍA 31

Me parece que llovió toda la noche, escucho y no, ignoro también. Despierto, se ha ido el agua. Incoherencia. Aún no amanecía cuando ya se escuchaba el primer salmo, la luz se ha ido. Tiempo de meditar, dice el padre Emilio. Así lo hago y agradezco.
Regresa el agua, en su mejor color, color a tierra, pero ya ha vuelto. En la regadera merodea una araña con cara de rama, de patas grandes, alguien debe decirle que su disfraz no le sirve entre las losetas blancas, por esta vez la dejo ser.
Hoy es el día de estrenar nuestros vestidos, que más que un simple vestido es cuestión de identidad con el pueblo, me siento fuera de mí, no me parezco en nada por fuera, soy yo con tantos años menos, soy yo con tantos colores más. No se puede pasar desapercibida, se ríen, yo misma lo haría si me viera desde afuera, no falta el cumplido, vale toda la pena. Literalmente.
Hoy he convivido más con las hermanas calasanzias, me hacía falta, fue el primer brazo que vi salir y me trepé de él. Me han invitado a “Mente” a una caminata con los niños después de la comida. Hago extensa la invitación, es aceptada, luego rechazada y al correr Cinthya a los campos en nuestra búsqueda, fue aceptada nuevamente.
Otra caminata larga me espera y me llena el alma y los pulmones de aire. Cada paso en que me toma una pequeña mano, me sostiene, me va llevando. Le da sentido a mi presencia y hasta a mis ausencias. Cinthya por un lado, en el otro está Lucía, cantamos juntas canciones en Pidgin, que entiendo a medias o a tercias, de pronto se adelantan, recogen hojas grandes de los árboles y con una pequeña ramita en el centro, hacen un corte especial y corren en la dirección y velocidad exacta, como poniéndose de acuerdo con el viento. Dicen que son aviones, dos pedazos de naturaleza que descansaban en el suelo, sin más futuro que el que la erosión y el clima les deparara. Qué sencillo hallarle vida a lo que ha muerto. De pequeñas tienen nada, la estatura se me olvida.
Caminamos y pasamos por un río, corremos, caminamos nuevamente, me detengo y veo al grupo de hermanas con quienes viven las cinco pequeñas. Son como una bolsa de surtido rico, de diferentes colores, tamaños, formas y edades, todas me dejan con un buen sabor de boca. No sé, pero se les lee la vocación en la cara, en las manos, por todos lados.
Llegamos riéndonos hasta “Mente” donde se encuentra el Nazaret Center, aquel en el que presencié la primera matanza de gallinas. Esta vez no había matanza, sólo se veían los campos, llenos de verde, llenos también de Delfín, de Cinthya, de Lucía, de Marie Clare y de la más pequeña que aún no habla.
Corrían y daban vueltas por el césped, la hermana María no dudó un solo momento en abalanzarse junto a ellas. Kisito apareció por la casa, mientras las niñas bebían agua de la manguera. Se le puso la cara contenta, con su sonrisa aperlada. Hoy me enseñó a hacer palomitas sin un microondas, no supe si brincaron más las palomitas o yo del gusto de aprender algo tan sencillo, pero al fin de cuentas nuevo. Tomaba nada de tiempo, las hicimos dulces, ya quiero hacerles algunas. Las niñas se ponían contentas, teníamos hambre o antojo, quién sabe. Los saltamontes brincaban por encima de ellas, mientras Lucía me regalaba uno poniéndomelo en la cara.
Nos comimos hasta el azúcar del fondo que se pega con el aceite, es otra de esas cosas que me supo a gloria. Uno se va volviendo básico cuando menos lo imagina. Ahí estábamos todas sentaditas con la nariz y cachetes cubiertos de azúcar. Nos despedimos. Kisito nos regala una piña, seguro volveré más seguido.
Ya de regreso disfruto el camino de la mano de Lucía, en la otra, comparto la bolsa de piñas con la hermana Clara. Es la mayor de ellas, pero se le ve tan joven, amante de caminar a paso rápido, llegó hace unos meses a este país, después de estar casi veinte años en Guinea Ecuatorial, anda tomándole forma a lo que llaman inglés, así que gozamos nuestro natal idioma durante la vuelta a casa. Me cuenta, le cuento, me inspira, siento como si le contase a alguien que conozco de hace tiempo, tiene ese algo que la hace que le llamen también madre, la quiero y no la conozco. El saludo al buen amigo que hoy me aconsejó también en eso. Dice que la vida en África te cambia la vida a la vuelta a tu país, después sonríe de lado y dice “bueno, dicen, yo aún no he vuelto y no he tenido que pasar por eso”. Me cuenta historias que ha ido compartiendo con otros, qué bonita ella, qué bonito es esto, qué bonito.

domingo, 6 de febrero de 2011

DÍA 29 Y 30

DÍA 29
Anoche después de la cena, Celestine se acercó a mí para decirme que quiere ser abogado, dice que es una lástima la forma en que terminan enterrados, no entiendo y me explica. Acá la abogacía representa un pase directo al infierno, se les entierra boca abajo, porque es una certeza el haber sido deshonesto. Lamentable, debo reivindicar mi profesión, ya lo sabía.
Después del desayuno hemos acompañado a Diodoné a las clases de francés en primero de primaria, en la escuela que está justo detrás de la casa. Siento que entendí mejor, que aprendí más. Los niños con sus colores llamativos, pues es viernes de deporte. Se distraen, nos miran, repiten algunas palabras de las que dice y continúan brincando, la maestra a cargo del salón se sienta en la banca trasera y sólo observa, grita de vez en cuando y da jalones de orejas en otro tanto. Acá aún no olvidan la vara, sigue siendo su mejor método de enseñanza, no me gusta. Sí, nadie me preguntó.
Les pido a los chaparros que no se distraigan, que copien lo que tengan que copiar, pero hay una batalla inmensa por un lápiz, por un sacapuntas, y recuerdo cuántos habré dejado a la mitad, cuántos habré perdido.
Me vuelvo otra vez a casa, con esos dos sentimientos que se han vuelto inseparables últimamente, ahí va la alegría de verles, agarrada de la mano del meditabundo hecho de irles conociendo.
Planeamos actividades para los niños huérfanos y otros que no lo son tanto, mañana habremos de montarles una tarde llena de juegos. Lo hacemos con cariño y la pasamos en grande.
Para no perder la costumbre hemos ido al mercado, con el afán de aprovechar el raite y no tener que pagar otro taxi. De pasada llegamos al mercado a recoger nuestros vestidos, qué cosa más chistosa, parezco niña de diez años con un vestido como los que me cosía mamá cuando era niña. Tiene flores moradas y azules, igualito a aquel mantel que vi en la casa de Fidelis, me veo chistosa, así me siento. Todo sea en favor de las tradiciones del pueblo.
De ahí tomamos el camino hacia la clase de francés, nos ha ido bien y en el camino de regreso otra vez esa pelea por los trescientos francos en el taxi. Al final lo hemos logrado, vamos en el taxi más desvencijado que debe haber en la ciudad, una luz azul de neón sobre mi cabeza, un mosco reposando en mi nariz, una palma que se entierra por mi espalda desde la cajuela y dos mexicanas cantando “Cantares” mientras el taxista arranca de reversa para lograr que avance. Qué buen momento.

DÍA 30
Me desperté, como siempre, diez minutos antes de la alarma. La capilla está llena de gente, han llegado los aspirantes (aquellos que quieren, pero aún no saben bien si quieren). Les empieza el recorrido.
Llego a mi cuarto y busco emocionada el par de botas que robe a mi hermano hace apenas unos meses, ni siquiera las ha usado, las guardé celosamente en mi cuarto para el día en que las necesitara. Hoy era el día, les sacudí algo el polvo y me aseguré de que ningún insecto las hubiese tomado como hogar a lo largo de estas semanas. Salí tan armada como sólo mi mamá me enseñó a hacerlo, llevaba todo tipo de herramientas: navajas, piedras que hacen fuego, dulces, un par de naranjas, un termo con agua, una chamarra para la lluvia, una gorra, una camiseta y por supuesto mi señora cámara. Cada cosa por si cada caso, me imaginaba haciendo torniquetes, formando una fogata, ¡ay tan aventurera que es la mente a veces!
Al salir de casa esperaba encontrar el carro para tomar camino, para nuestra sorpresa el camino empezaba ahí, desde afuera de mi cuarto. Cargada como burro y con la espalda hacia enfrente tomamos la vereda justo detrás de la cancha y subimos, luego subimos más y luego otro tanto. Pasábamos un cerro y nos quedaba otro, sentía como si corriera, pero iba caminando. Claro que una zancada de Diodoné representa tres de las mías, Derekk es un poco más pequeño y esperaba otro tanto. Había salido de casa con el cabello mojado después del baño, a los pocos minutos estaba empapado en sudor y con la carita roja.
Atravesamos una comunidad musulmana, todos con sus gorritos que aún no sé cómo se llaman, nos saludaban en su idioma que tampoco comprendía. Había un cuartito construido con los ladrillos grandes de adobe y se podían ver un montón de chanclitas coloridas a la entrada. Es la enseñanza musulmana, todos sentados en el piso, con sus tablitas, aprendiendo, intentando ignorar la presencia de las blancas.
Tienen el semblante bonito, se les reconoce la cara, un poco más afilada y clara.
Pasamos por diferentes paisajes, desde selva hasta bosque, mientras conteníamos el escaso aire en los pulmones. Al cabo de una hora llegamos con medio soplo faltante. Nos sentamos, devoramos nuestras respectivas frutas y tocamos la cruz de la cima. Se llama el “monte calvario”, con una excelente vista, se puede ver Futru Nkwen a lo lejos. Nos tiramos, descansamos, tomamos fotos, cantamos y brincamos. Hay cosas que no deberíamos dejar de hacer a pesar de los años.
Al regreso tomamos una vara, la bajada siempre es mucho más fácil, siempre y cuando no resbales. Seguimos cantando y recorremos nuevamente la zona de musulmanes, lavaban ropa, hombres y mujeres, los niños trepan los árboles mientras nos ven con extrañeza, vemos pasar una que otra moto que no escuchamos. Estamos de vuelta en casa, hay saldo blanco, un par de ampollas y calcetines enrojecidos.
Tomamos un baño y estamos a tiempo en el comedor, preparamos todo para las actividades con los niños, otra vez la nostalgia del fin de semana. Necesito una mano.
Bajamos donde la costurera para arreglar el vestido de Andrea, acudimos a las actividades, montamos el rally, explicamos, re explicamos, jugamos, nos frustramos, agradecemos, entendemos, me dan ganas de aprender más y más, valoro mi alimentación, mi educación, mi acceso a la salud y lo que conlleva cada cosa.
Hemos vuelto a recoger el vestido, de vuelta una pequeña cuya estatura no pasa de mi cintura, me toma de la mano y no me suelta, tal vez es la que me hacía falta, la traía perdida, llegó más pequeña, pero grande, con sus dos chanclitas blancas, se aferra a acompañarme hasta donde termina la subida, frente a la casa, donde las abejas, donde se sientan los niños y los jóvenes leen, junto a la iglesia. Quiere seguir, la mando a casa, quiero verla llegar bien y que no regrese sola, ella quiere acompañarme. Vuelve corriendo sin perder sus zapatos.
Hoy alguien que creía indiferente me ha preguntado cómo estoy, con interés del bueno. Me alegran otra vez la noche. Vemos una película en el salón de clases, me siento sobre una mesa y termino el día durmiendo en ella.

viernes, 4 de febrero de 2011

DÍA 27 Y 28

DÍA 27
El dos de febrero no hay padre Justin, ni padre Emilio. ¡Ay el padre Emilio!, deberían verlo, es el hombre más encantador y ruidoso que conozco. Su oído izquierdo no funciona, así que agita, avienta, azota todo a su alcance, rechina la silla y corre de lado a lado con su gorra amarilla, tiene un acento español impresionante en el inglés, cada día nos cuenta sobre los dos, tres o cuatro funerales que tuvo, sobre la fiesta y los balazos. Lleva más de quince años por estos rumbos y se conoce a la perfección a la comunidad entera. Amante de hacer más de tres cosas a la vez y de ir olvidando una a la vez, su consentido es el gato, al que protege y consigue comida de nuestros platos para él, es sumamente divertido.
Hoy no está y el gato sufre, tiene hambre. Bueno, tampoco ha batallado, a media tarde tiene sometida a una de las tantas lagartijas que corren por el patio, la devora.
El desayuno transcurrió divertido, como cada mañana Moses se esconde tras su boina mientras se desparrama en la silla, el padre Marcel tan serio como siempre. Hoy se van los tragos del café entre la plática de conseguir la residencia del lugar, me rehúso, les digo que después querrán convertirnos en religiosas y que no voy por ahí. Se ríen más de mi renuencia y recibo la cuarta propuesta de matrimonio en la semana, esta vez con el pretexto de facilitar la residencia y asegurar el no enlistarme en las filas de la hermandad calasanzia.
Fidelis (sí, otro nombre que cambia con el paso de los días) y Charles están sonrientes como cada día en la cocina, apenas ayer acompañamos a Fidelis hasta su casa, pues nos pidió que le visitáramos. Vive a unos cuantos pasos de aquí, nos recibió en su sala con todo el cariño que desprende siempre. Es una sala pequeña, como de la mitad del tamaño del cuarto que ahora mismo tengo, las paredes desgastadas son cubiertas por una especie de cortina hecha de encaje, por un lado una estufa y un pequeño trastero, hacia el fondo un dvd y una pequeña televisión, al centro una mesita con un mantel floreado y en las paredes se recargan dos sillones. Nos sentamos, nos ofrece galletas con olor a play-doh, ¿quién no quiso comer Play-doh? Saben tan bien como huelen, Fidelis se sienta a mi lado y toma un montón de fotos, todas son de su boda, se ven felices. Él, orgulloso cuenta sobre cada una y luego pone el video que les hicieron, peculiar, ya habré de contarles en persona, la versión recortada de la misa fue por encima de una hora... y nos cae la tarde encima, debimos volver a casa.
Los postulantes volvieron a tener un mal día, están como adolescentes, todo les molesta, se incomodan a la menor provocación y su estado de ánimo cambia constantemente, pareciera que algún tipo de desequilibrio hormonal les estuviese afectando. Me divierto, me enojo y me vuelvo a divertir.
El mercado sigue ruidoso, igual que la semana pasada, que la anterior y seguro que mañana. Las señoras siguen vendiendo verduras, cargando niños y trenzando el cabello; los hombres siguen jalándonos por el brazo y gritando cosas que ya finjo no entender. Creo que pronto les seremos familiares. Al salir y al volver, los niños se te cuelgan de las piernas y las manos, exigen dulces, me duele la educación de darles todo en la mano, preferiría enseñarles.
Hoy tocó atún, el ejercicio se luce siempre en ese día, nos sentimos con ganas de seguir corriendo y caminando, colina arriba y colina abajo. Justo como mis días.

DÍA 28
Me he estado buscando el nudo que traigo perdido en la garganta, es que aún no aprendo a lidiar con la distancia. A veces siento que ya vi lo que tenía que ver, que ya viví lo que tenía que vivir, pero temo arrepentirme cuando ya sea tarde, de no hacer todo lo que me sea posible hacer. No hay peor dependencia que la afectiva, ni peor castigo que el entrañable recuerdo. Justo después de escribir esta frase, el cielo lloró conmigo, un ruido me sacó del cuarto, estaba lloviendo en temporada seca, algo quería decirme. Un mar de niños nos inundó en el colegio, estaban contentos de ver llover en febrero. Y nos abrazaban, no había espacio para movernos, de pronto una tromba, de un segundo a otro estaba y luego ya no.
Corrimos hasta el segundo patio de la escuela, donde volvieron a inundarnos y entré en el salón de sexto, un pequeñito descalzo y sin camisa tocaba los tambores, le pedí que me enseñara, llegó uno y otro niño, fuimos al salón de al lado. Había otros tantos tocando diferentes instrumentos, con palos, tubos, troncos, había sonidos por doquier y él pacientemente me enseñaba, por un momento me uní al ritmo y sonreí. Un grupo de niños vestían mantas con colores y patrones llamativos, una especie de rombos morados con verde, mientras en la cabeza portaban algo así como una funda semitransparente, que les cubría la cara y era sostenida por un penacho de plumas café y morado. Sus pies desnudos y a la vez vestidos con huesos de fraile, para hacer un armonioso sonido.
Con un grito y una vara en mano empezó el espectáculo, el niño dirigía y todos comenzaban a tocar y a bailar con un inconfundible sonido y ritmo, unos zapateaban, mientras los otros soplaban, golpeaban y giraban por el cuarto. De pronto el maestro parecía enfadarse, yo no entendía el error, se escuchaba perfecto.
Los mismos que me enseñaban el arte de los tambores me llamaron a jugar algo de tenis, sí, el mismo deporte de clase que se juega sólo en los clubs más exclusivos. La cancha era de uno por dos metros, trazada con una piedra en la tierra, las raquetas eran nuestras manos empolvadas y la pelota… la pelota era una tradicional de tenis.
Volvimos al ensayo, que se había trasladado al patio de afuera, se preparan para bailar esta misma tarde, ante el gobernador y si va bien ganar el concurso. Dos niños me toman de la mano, la acarician, de pronto los sorprendo oliéndola. No sé cómo ni en qué momento me perdí entre ellos, me tocaban el pelo y me pedían que se los diera, hablaban en serio. La escuela no permite traerlo más que a rapa, para evitar cualquier contagio.
La vida pasa rápido acá, apenas termina la comida y pienso en decaer cuando al salir al patio me encuentro con un montón de niños llorando y sobándose la cabeza, los brazos, la espalda. Padre Emilio pacientemente dice “Ashia, ashia” mientras les da una pequeña pastilla a cada uno.
Un niño suspendido de la escuela decidió sacudir un panal y más de veinte fueron picados en innumerables ocasiones, de entre los cuales cinco fueron llevados de emergencia al hospital. Uno de ellos, Abdulai, se encontraba llorando y sin un zapato, estaba en el patio cuando me di cuenta de lo que pasaba, me ofrecí a acompañar a algunos hasta el camino que los conduce a su casa y así despejar la zona, pero esperaban por sus mochilas. Pascal, valiente se metió entre las abejas para sacarlas, yo intentaba ayudarle mientras él decía: “atenta, atenta, cúbrete”, al final las sacó todas y algunos podían tomar camino. Abdulai seguía ahí, llorando cada vez que una abeja se acercaba, le tomé la mano y le pregunté por su zapato, lo perdió mientras huía, entonces me ofrecí a cargarlo hasta el camino. Era ligerito como Chuy, el de la ladrillera. Mientras lo llevaba a cuestas él lloraba inconsolable, no podía dejarle así, le pregunté si estaba bien, su respuesta fue un “No” con llanto por todos lados. Lo tomé de vuelta en mi espalda y lo entregué al padre Justin, así se fue con los otros rumbo al centro más cercano.
Me asombré de todo, del caos en tan poco tiempo, de la valentía de los niños y de Pascal “el pequeño”, de la atención de los padres, de verles humanamente preocupados y ocupados.
La tarde siguió su curso, nos pinteamos nuestra clase de francés para ir al concurso de baile y canto, me pude unir a los niños. De pronto un grupo de otra escuela llegó, debo parecerles extraña, parecía un cardumen frente a mí sonriendo, me llenaron de preguntas, mientras yo les fotografiaba. Segura estoy que me veré en su mirada en alguna de las fotos. Se burlaron de mi acento, lo imitaron, les canté bajito, les gustó y les canté alto. Me enseñaron a bailar en un círculo que fue creciendo, aprendí su baile típico, lo disfrutamos, perdí la mitad de mis sandalias con cada paso, lo disfruté y valió la pena. Me sentí como nunca, cómoda bailando y ellos cambiaban el paso, yo lo entendía y sonreían.
No llegaron las personas “importantes” del evento, nos vamos, los niños de la otra escuela se despiden agitándome la mano, con todos sus dientes blancos. Pensando bien, sí llegaron los que son los importantes y ahora me los llevo aquí, donde se guardan los recuerdos.

martes, 1 de febrero de 2011

DÍA 26

Ya va empezando Febrero y es que viéndolo así, el tiempo se ha ido rápido, pareciera que fue ayer cuando cantaba en casa de mi tía rodeada por la familia para celebrar el año nuevo. Ha pasado un mes, mes en el que me encuentro más lejos que nunca de casa, un mes que en kilos representa varios, en aprendizaje y crecimiento representa otro tanto. Es un mes diferente, presiento que nunca habrá de nuevo un Enero como éste que ya está pasando, he conocido más lugares y gente que tal vez en cualquier otro año, he pisado más tierra roja de la que pude imaginar, he sido abrazada por las piernas por innumerable cantidad de niños, he sido considerada religiosa como nunca antes en mi vida, he comido menos que nunca y tomado más café que el de costumbre, he extrañado como pocas veces lo había hecho, he llorado como hacía mucho no lo hacía, he saludado a cuanto extraño se aparece en mi camino, he hablado más inglés que el que pude acumular en mis veintitrés años, me he reído, me he caído y levantado, pero sobre todo me he asombrado.
Es precisamente ese asombro que llegó en el mes de Enero, el que me llevará de ahora en adelante a ser lo que termine por ser.
Este mes ha sido por mucho el más difícil de los tiempos, pero a la vez el más redituable en todos los sentidos. He recibido más de lo que he dado. Ya he discutido y por poco enloquecido.
Ha habido días en los que quiero tirar la toalla y volver a casa, hay otros como el de ayer en los que me siento plena, hay algunos en los que sólo necesito un abrazo y pienso en papá al que nunca abrazo en casa y desearía tenerle aquí con sus cuidados. Hace falta un buen amigo que te cuide, que te lleve, que te traiga, que sonría contigo, que te aguante y que lo aguantes. Hace falta el guacamole, las tostadas de “las brasas” y la comida de casa. Me hacen falta mis hermanos, mi mamá, mi abuela y hasta el perro. Me falta mucho pero me sobra más y es que estoy segura que de no estar aquí me harían falta muchas cosas con el paso de los años.
Cada día me descubro más, nos descubrimos. Apenas esta mañana discutía acaloradamente con alguien, esta misma tarde recibimos la disculpa más sincera que he escuchado. Al venir acá alguien me hizo la petición de cambiar algunas cosas, hoy se ha dado, hoy hay alguien que es distinto.
Las cosas se van acomodando, la estatuilla ha vuelto a detener la puerta, la conversación en la mesa ha vuelto a ser la de siempre. Hoy he impresionado a alguien al sentarme como nos enseñan a sentarnos en el piso, con los pies debajo de la rodilla contraria, como siempre. Asombrar con lo más simple a mí me asombra, de pronto te creen budista o en un estado mayor de meditación.
Enero me asombró, espero Febrero me haga lo mismo.