Podría escribir un libro con lo que he presenciado esta mañana. El taxi nos llevaría hasta las puertas del hospital St. Mary, la primera cuesta nos lleva hacia abajo, de un lado la pequeña tienda donde vendían algo de comida, a la derecha la entrada a la consulta. Por dentro pintaba bonito, mucho mejor de lo que pude imaginar, pero sobre todo se veía cuidado, que como bien dijeron “se agradece no esté sucio”.
Borja directito a la consulta, tomando su bata blanca y el fonendo, por debajo salían los pantalones cortos y los zapatos de escalar, bien podría haber sido aquel conocido doctor de la risa. La gente esperaba en el pasillo azul, con los vitrales al fondo con un arcoíris bonito.
No tardó mucho en aparecer Sor Margarita a las afueras, gritaba mi nombre y decía: “¿Quién es Claudia?”. Nos presentamos y nos saludó con el gusto de encontrarse en tierras tan lejanas con alguien de tu propio país, tiene la sonrisa grande con dos coronas a los lados, la carita lisa y habla hasta por los codos, como en casa.
Entre el cariño y la hiperactividad recorremos cada rincón del hospital, desde aquel bizarro laboratorio, rodeado de enfermeros sonrientes y dispuestos, sólo un par llevaba guantes, sor Margarita tocaba las muestras sin miedo, máquinas donadas y desvencijadas pero que a la vez salvan alguna vida. Al salir del cuarto una niña pasaba con su vestido rosa, podía verle los huesos de la espalda y la cabeza con llagas, arrastraba los pies como si le pesaran, me dio también pesar verla pasar de esa manera, mientras su madre sostenía su hombro.
Unas agujas recicladas sostenían los avisos del lugar, la farmacia y la antesala están divididas por un estante en el que guardan los medicamentos, aquellos que habrían de llevar por enfrente del nombre, la leyenda de: medicamento para esto y para aquello.
Al fondo del pasillo, la sala donde se dan pláticas para los positivos de VIH, por un lado la sala de ecografías y una camilla que debe ser del siglo XVIII. Al subir las escaleras, la sala de maternidad, hemos pasado hasta el fondo de ella, con la ilusión de presenciar un parto, la impresión nos ha ganado al enterarnos que se trataba de un aborto, inducido por la madre de aquel niño. La mujer con las piernas en alto y semidobladas, las estrias en sus pechos le delataban el embarazo, volteaba sin más ni más. Hemos salido asimilando un poco de esto y de aquello, caminábamos por los pasillos del lugar donde veíamos a todo tipo de enfermos, desde aquellos cuyo motivo de ingreso señalaba “posesión espiritual”, hasta los niños enfermos, piquetes de víbora y un pie gigante.
Una madre al final de la sala, dicen que tiene psicosis postparto, y ahí surge la historia de Cinthya, aquella niña que vive con las hermanas calasanzias, dicen que su madre pasó por lo mismo y cocinó a la que hubiese sido su hermana mayor. Ahora entiendo tanto, un balde de agua fría me recorre otra vez el cuerpo, cuentan la historia de una enfermera voluntaria que se llevó a la otra hermana de ella, quiso adoptarla y no pudo, terminaron por cederle un permiso con el pretexto de alguna cirugía, y ahora Cinthya se pregunta por qué no le llevaron también a ella.
No puedo asimilar las cosas ahora mismo, me duele, reconsidero mi vocación, quiero volverme médico en este instante. No hay ninguno a cargo del lugar, el único con título es Borja y habrá de irse esta semana. Un enfermero con bata, el de mayor experiencia, hace de doctor, anestesiólogo y todo. Los coágulos están sobre las camas, mientras nosotros sostenemos entre brazos a los recién nacidos, calientitos y llenos de cariño, las madres exhaustas y algunas de lado. Los niños juegan con baldes entre los pasillos. Sor Margarita no deja de hablar de prescripciones, todas provenientes de las experiencias o gracia divina. La sala de urgencias pequeña, dice que le gusta ver a los niños sonriendo después de verles casi desfalleciendo.
Del segundo piso se ve el convento y un jardín que dice “soledad” con flores, mientras la mujer preeclámptica sigue esperando en la cama. Vamos a conocer la parte baja de la casa, Borja aparece preocupado por una niña de apenas diez años, por sangrados múltiples y otras infecciones, ya ha mandado a hacerle algunos estudios.
Esperamos unos cuantos minutos afuera, Borja aparece y se sienta suspirando. La pequeña del vestido rosa ha dado positivo en aquel examen de VIH, la madre no dice nada, no se inmuta, no nada. Y ahí estoy otra vez sin saber qué hacer, ni qué pensar. Se me llenan los ojos de lágrimas, las contengo, pero mi alma también llora.
No es que ignore que estas cosas pasan, no es que sea una debilucha, es que tocarlas así, de frente, de cerca, sentirlas y vivir la indiferencia, me arde, me hace sentir impotencia.
Salí sin vida de ahí, voy en el carro viendo simplemente la ventana, cada quien lleva su ritmo al ver las cosas, el mío me toca dentro y pronto. Borja me jala un cachete y me da unas palabras de aliento, al final un suceso chistoso me reaviva un poco. Fuimos rumbo a un convento, el único de claustro por estos rumbos, vamos a recoger a Sor Carmen, quién se oía muy molesta por la tardanza de Sor Margarita. Llegamos, ahí estaba en la esquina cargando sus maletas y un paraguas, (madre no leas esto) con la apariencia de “el pingüino”, la nariz grande y puntiaguda, ahora no sólo se oía, también se le veía molesta, había perdido la cita con un médico que había acudido al hospital.
A la madre Margarita (como buena mexicana) se le resbala el coraje y nos hace correr por el jardín, tengo una revelación de “la novicia rebelde” con el mismo hábito y la risa. Reímos también nosotros y lleno, de nueva cuenta, mis pulmones de vida.
Por azares del destino terminamos los cuatro voluntarios caminando por la carretera alterna de Bamenda (ya les contaré también esa historia), finalmente entre un taxi y la caminata llegamos hasta la granja de Menteh, la misa de aquella boda había terminado, pero la fiesta iba ya empezando. Nosotros empolvados y con el día ya algo volteado estamos ahí, tan mal vestidos, como fuera de lugar. Se les ve a todos bonitos, coloridos y bailando, los saltamontes brincan por un lado y otro, Paula brinca al igual que ellos. Los cantos pasan, las palabras, los bailes, pero la hora de comida no ha llegado. Nos escabullimos y salimos caminando rumbo a casa. Hemos tenido una comida entre familia, ésta de cuatro que ya se ha ido formando. Me he comido más de media piña con sabor a gloria. Compartimos algún cuarto de vida y la mesa sobre mesa. El ratón se escapa junto a la suerte de Paula.
Corremos, corremos por el campo. Paula me ha enseñado a correr de nueva cuenta, mi corazón merece algún tipo de medalla a lo que ha hecho, volvemos, cenamos, nos atacamos de la risa ante el intento fallido de escape al día siguiente, los malentendidos, los ahogos, el café que termina en el suelo. Qué bonito reírse después de haber estrujado al alma.
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