DÍA 38
Hoy el tiempo no existe, una mañana de levantarse tarde, ya son las siete y apenas nos empieza el día. Hemos impreso clandestinamente lo necesario para las pláticas y clases que tendremos. Nos aplastamos en el cuarto a leer lo que daremos, nos familiarizamos, da gusto haber recibido respuesta pronta desde Mexicali, ya llegó el libro de autoridad sin castigo.
La comida transcurría normal, hasta que aparecieron dos blanquitos más en el comedor. Ella Paula, él Borjas. Entre un par de besos se presentan, ella es ingeniera química y ha venido a implementar un biodigestor (sí, no tenía ni idea de qué era eso) en la granja de Menthe, él es doctor y no teme decir que ha venido simplemente a acompañarla. Siguen haciendo falta hombres así de valientes.
Su presencia cambia la rutina, nos acompañan a caminar por las calles vacías de Comercial Avenue, es domingo, no lo consideramos. Celestine y David están también con nosotros, ese par la pasa en grande. Caminamos a lo largo de la calle, hasta donde ha de quedar la tienda del Vaticano. Me trepo en el taxi y no dudo en tocar la panza del par de ranas que adornan el tablero afelpado del carro, croan también con ritmo.
Apenas bajamos del taxi, caminamos a la entrada de la casa en donde está Kisito, Paula y Borjas corren a abrazarle, lo conocieron en la ocasión anterior en que estuvieron aquí por un mes. Tomamos camino a Ndop a conocer la villa de uno de los padres. Durante la plática me voy dando cuenta de que se descubre lo mismo. Dicen que a uno le basta un mes para conocer África, pero para conocer a los africanos una vida no alcanza. Es cierto, como también es cierto que la realidad es distinta, que se necesita trabajo y mucho, que se aprende y más. Coincidimos en todas las realidades con las que uno se topa. Hay planes, muchos, ya los tenemos en mente.
Llegamos a Ndop, un par de casas sencillas separadas por un pasillo techado con lámina, un cuarto oscuro donde descansa un hombre delgado que lleva un gorro, el de jefe de familia, debe pasar de los noventa años. Saluda contento, aunque sin dientes. Algo balbucea en francés, yo no le entiendo. Dos niños descansan en un pequeño banquito de madera, mientras Mariano se ríe a cada segundo que charla.
Salimos al pequeño patio de las casas, varias sillas forman un círculo y de pronto al centro comienzan a aparecer ollas. Hay achú y esa salsa extraña, amarilla, burbujeante en la que se sumergen trozos de pescado. En otra el arroz local, el que seguramente ellos mismos cultivaron, aún tiene sabor a campo. Apenas terminamos la comida y hemos vuelto rumbo a casa. Nos sentamos en las bancas bajo el árbol, Andrea, Mariano y yo, platicamos de este mes y lo que viene, estoy tranquila, pero más que nada estoy contenta.
DÍA 39
Han llegado los días normales, los días en que la rutina llega aunque siga siendo distinta. Me alegra la mañana ver a los dos nuevo inquilinos. Se les ve en la capilla, es extraño por estas épocas ver a dos jóvenes, españoles y creyentes. Son una bonita combinación de tiempo, nacionalidad y ganas de ser diferentes.
El desayuno está concurrido, es que sigue la casa llena. La cucaracha que resguarda la cafetera, sigue conservándose caliente. La mermelada de fresa ya se ha ido y el padre Mariano continúa en casa.
Salimos rumbo a Starlight tarde, ya no digo tarde, más bien nos fuimos en tiempo y es que también el tiempo es distinto, hay que adaptarse a todo y a todos. Las niñas de cada lunes se abalanzan sobre el carro, nos reciben con el abrazo fuerte de la mañana.
La clase se va volando, entre la pérdida de voz de Andrea, el inicio de semana de los niños y mis ganas de hablarles más cada día. El sonido del platillo que golpean a lo lejos, nos anuncia que ya es hora. Nos despedimos.
A Moses le veo mal desde hace tiempo, apenas anoche fue a dar otra vez al hospital. Anda como sombra caminando por la vida, con los ojos apagados y la espalda encorvada, sus brazos parecieran ser de hierro, no por fuertes sino por pesados. Le digo que se relaje, que descanse, que no podemos perder al mejor exponente africano. Sólo se ríe, con una risa también cansada.
De vuelta los postulantes que ya son como mis hermanos, me sacan de mis casillas, son como niños, pero no por divertidos, inocentes y juguetones. A la vez me mantienen despierto el coraje de pararme frente a una clase. Me están enseñando. Me enseñan, paciencia, tolerancia, respeto y buen trato, a pesar de cualquier circunstancia.
Después de la comida salimos a caminar por el campo, me gusta ver a los niños corriendo, me gusta ver sus manitas agitando, me gusta escuchar nuestros nombres y que nos quieran sin darles nada a cambio.
Apenas me di cuenta de que es San Valentín y es que acá todos lo celebran. Hemos repartido paletas a toda la casa y a las hermanas Calasanzias, de parte de la embajada mexicana. Creo que les ha hecho gracia.
Después de la caminata, Derekk está en la puerta, tiene dos regalos en la mano, uno para Andrea y otro para mí. Qué gran detalle. Envuelto entre un papel brillante como el espejo y con unas flores moradas que se pintan entre él, un pedazo de rafia enchinado le cuelga también del centro. Adentro hay algo bonito, una pulsera con la bandera Camerunés, que ahora portamos con orgullo; una pequeña bolsita que se cuelga del cuello, con los mismos colores: verde, amarillo y rojo (sí, como la canción). Y unas bonitas sandalias de piel que nos servirán para alguna ocasión especial. Adentro también había un tanto de amistad y otro tanto de cariño. Bonito detalle.
Pasamos la tarde entre Paula y Borjas, ya los siento mis amigos. Será la pertenencia por lenguaje, será la pertenencia por compartir las ganas de aportarles. Son gente bonita y aún tenemos mucho de qué hablarles.
El plan de la salida post-cena se ha arruinado por el aguacero que ha caído de la nada, ya había escuchado al Padre Emilio que dijera: “se atormenta la vecina”. Después de la oración ya se veían la innumerable cantidad de flashes en el cielo, una foto y otra más. Las gotas se oyen caer sobre las láminas del techo y nos sentamos los cuatro tranquilos en la sala de la entrada. La luz se va, ya no nos inmutamos. Terminamos en un debate chistoso, en el que no podemos vernos la cara, pero se agudizan los sentidos. Vuelve y tenemos una noche de película, aunque así sean aquí las noches cada día.
DÍA 40
Ya llevo a Moses como parte de mi recuerdo. Es como mi hermano mayor, podemos estar discutiendo y molestándonos todo el tiempo, me hace cada día más ameno. Así disfruté del desayuno y de tenerlo a mi lado en la mesa.
Desde que estoy aquí, la Secretaría de Turismo en México debería contratarme, no hago más que hacerle promoción a mi país, de su comida, de su gente y sus lugares. Ya tengo una lista de gente que está dispuesta y puesta.
Hoy Paula y Borjas nos han contado su historia de amor, qué cosa más chistosa, y así, conversando de ellos dos tomamos camino (Andrea y yo) rumbo a Comercial Avenue.
Los taxis ya no nos son para nada desconocidos, trepamos en él como cualquier hijo de vecino, ya lo somos. El precio se ha vuelto casi constante sin necesidad de mucho alboroto, ya cruzamos las calles sin tanto miedo, mi nivel de irritación se ha disminuido en un noventa y cinco porciento, cada que un taxi, carro o motocicleta intenta atropellarme o me suena el claxon junto al oído, uno simplemente se recorre y agradece continuar con vida.
Hemos recorrido la tienda de artesanías de arriba a abajo y al salir hemos tomado camino por una de las calles laterales del mercado, no habíamos estado antes ahí, es aún más impresionante. Entre la tierra del camino se encuentran decenas de comerciantes con sus bultos de ropa usada en el piso, mientras te ven pasar te gritan: “one hundred, one hundred”, y continúas tu camino. Otros tantos cuelgan los zapatos, uno sobre otro, con sus respectivas agujetas; mientras en el fondo Don Samuel talla, en una bandeja con abundante espuma, el que será el último modelo de la tienda.
La niña duerme tranquila sobre un pedazo de manera, compartiendo su lugar con el resto de la ropa, mientras una mosca le reposa junto de la boca. Se la espanto y se mueve, creo que despierta.
Continuamos el camino, el sol nos está acompañando, aunque lejos pareciera persistente. Me detengo en algún puesto, ya domino la técnica del precio, te adelantas unos cuantos pasos y te hacen regresar, terminas fijando el precio justo de las cosas. Tomamos otro taxi con destino a nuestra casa.
El salón está casi listo, debo pegar un letrero en la puerta del salón grande, para cambiar la locación. Me encuentro a Roden, mientras platico con otros niños. Me da gusto, le digo: “Hey no te había visto en…” “3 días” -dice interrumpiéndome-, qué bonito es su cariño, dice que me ha buscado sin poder encontrarme. Fijamos nueva fecha para vernos y gozar de los tambores.
Esta tarde hemos capacitado por primera vez al grupo de los jóvenes que serán monitores, me encantó, el número exacto, la participación exacta. Logramos dar a entender lo que queríamos, se divirtieron entre el juego de las sillas, los dragones y el palmeo. La luz ausente y la lluvia fueron simplemente buenos compañeros. Están interesados que es lo más importante.
Me voy así, con el buen sabor de boca y disfruto de la tarde, del yogurt proveniente de una cabra, de las gotas que oigo aunque no siento, siempre me gustó la lluvia. El clima cambia, el gato llora caminando en la ventana, Padre Emilio lo consuela y yo disfruto del minuto de silencio.
Noche de leernos, de aprendernos, cada día comparto más con quien me vine. Hemos aprendido a convivir en compañía, a hablarnos y a callarnos por un rato, crezco yo y crecemos todos. Buenas noches.
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