lunes, 7 de febrero de 2011

DÍA 31

Me parece que llovió toda la noche, escucho y no, ignoro también. Despierto, se ha ido el agua. Incoherencia. Aún no amanecía cuando ya se escuchaba el primer salmo, la luz se ha ido. Tiempo de meditar, dice el padre Emilio. Así lo hago y agradezco.
Regresa el agua, en su mejor color, color a tierra, pero ya ha vuelto. En la regadera merodea una araña con cara de rama, de patas grandes, alguien debe decirle que su disfraz no le sirve entre las losetas blancas, por esta vez la dejo ser.
Hoy es el día de estrenar nuestros vestidos, que más que un simple vestido es cuestión de identidad con el pueblo, me siento fuera de mí, no me parezco en nada por fuera, soy yo con tantos años menos, soy yo con tantos colores más. No se puede pasar desapercibida, se ríen, yo misma lo haría si me viera desde afuera, no falta el cumplido, vale toda la pena. Literalmente.
Hoy he convivido más con las hermanas calasanzias, me hacía falta, fue el primer brazo que vi salir y me trepé de él. Me han invitado a “Mente” a una caminata con los niños después de la comida. Hago extensa la invitación, es aceptada, luego rechazada y al correr Cinthya a los campos en nuestra búsqueda, fue aceptada nuevamente.
Otra caminata larga me espera y me llena el alma y los pulmones de aire. Cada paso en que me toma una pequeña mano, me sostiene, me va llevando. Le da sentido a mi presencia y hasta a mis ausencias. Cinthya por un lado, en el otro está Lucía, cantamos juntas canciones en Pidgin, que entiendo a medias o a tercias, de pronto se adelantan, recogen hojas grandes de los árboles y con una pequeña ramita en el centro, hacen un corte especial y corren en la dirección y velocidad exacta, como poniéndose de acuerdo con el viento. Dicen que son aviones, dos pedazos de naturaleza que descansaban en el suelo, sin más futuro que el que la erosión y el clima les deparara. Qué sencillo hallarle vida a lo que ha muerto. De pequeñas tienen nada, la estatura se me olvida.
Caminamos y pasamos por un río, corremos, caminamos nuevamente, me detengo y veo al grupo de hermanas con quienes viven las cinco pequeñas. Son como una bolsa de surtido rico, de diferentes colores, tamaños, formas y edades, todas me dejan con un buen sabor de boca. No sé, pero se les lee la vocación en la cara, en las manos, por todos lados.
Llegamos riéndonos hasta “Mente” donde se encuentra el Nazaret Center, aquel en el que presencié la primera matanza de gallinas. Esta vez no había matanza, sólo se veían los campos, llenos de verde, llenos también de Delfín, de Cinthya, de Lucía, de Marie Clare y de la más pequeña que aún no habla.
Corrían y daban vueltas por el césped, la hermana María no dudó un solo momento en abalanzarse junto a ellas. Kisito apareció por la casa, mientras las niñas bebían agua de la manguera. Se le puso la cara contenta, con su sonrisa aperlada. Hoy me enseñó a hacer palomitas sin un microondas, no supe si brincaron más las palomitas o yo del gusto de aprender algo tan sencillo, pero al fin de cuentas nuevo. Tomaba nada de tiempo, las hicimos dulces, ya quiero hacerles algunas. Las niñas se ponían contentas, teníamos hambre o antojo, quién sabe. Los saltamontes brincaban por encima de ellas, mientras Lucía me regalaba uno poniéndomelo en la cara.
Nos comimos hasta el azúcar del fondo que se pega con el aceite, es otra de esas cosas que me supo a gloria. Uno se va volviendo básico cuando menos lo imagina. Ahí estábamos todas sentaditas con la nariz y cachetes cubiertos de azúcar. Nos despedimos. Kisito nos regala una piña, seguro volveré más seguido.
Ya de regreso disfruto el camino de la mano de Lucía, en la otra, comparto la bolsa de piñas con la hermana Clara. Es la mayor de ellas, pero se le ve tan joven, amante de caminar a paso rápido, llegó hace unos meses a este país, después de estar casi veinte años en Guinea Ecuatorial, anda tomándole forma a lo que llaman inglés, así que gozamos nuestro natal idioma durante la vuelta a casa. Me cuenta, le cuento, me inspira, siento como si le contase a alguien que conozco de hace tiempo, tiene ese algo que la hace que le llamen también madre, la quiero y no la conozco. El saludo al buen amigo que hoy me aconsejó también en eso. Dice que la vida en África te cambia la vida a la vuelta a tu país, después sonríe de lado y dice “bueno, dicen, yo aún no he vuelto y no he tenido que pasar por eso”. Me cuenta historias que ha ido compartiendo con otros, qué bonita ella, qué bonito es esto, qué bonito.

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