Pintaba para ser un día normal, entre el cambio de sábanas y lavadoras. Mis hormonas traen sus altibajos como era de esperarse. Caminamos colina abajo, encontramos el camino y compartimos nuestra vida como ya es costumbre. Nos gusta jugar a inventarnos futuros.
Todo transcurría tranquilo hasta que nos encontramos con los niños, prometimos volver después de la comida y así lo hicimos. Nos recargamos en las raíces externas de los árboles, observando sin mirar aquel partido de balonmano, es imposible verle cuando se tienen tantas caritas sobre la tuya… y platicamos. Un pequeño que pertenece al grupo de danzas me habla sobre sus ganas de ir a Nigeria, tal vez Sudáfrica, pero nunca dejar su continente. Mientras un grupo de tres niñas me piden que las lleve a México, preguntan precios de vuelos y kilometraje, el interés es real. Me levanto y dispongo a inmortalizar aquel salto de liga, pero los planes cambian cuando un grupo de niños se abalanzan, primero con el afán de ser fotografiados, luego para contarme, tocarme y cantarme. A veces me siento famosa, me doy un garrotazo interno y me aterrizo, es que los niños te tratan con tal cariño que a cualquiera llega a ensalzarle. Comienzan a cantarme una canción en Pidgin para grabarles, para mi sorpresa aún recuerdan la primera parte del “cielito lindo” y también lo cantan. Inevitablemente la cosa termina en baile, se divierten viendo mis imitaciones, dicen que soy buena, quién lo hubiera dicho, jamás me gustó el baile. El maestro se aproxima y me enseña a dar los pasos, uno, dos, un, dos, tres, cuatro, los niños formando un círculo están también bailando, me estoy robando esa imagen para trasladarme en los momentos duros.
Ya se van, deben volver a clase, se despiden. Una pequeña me abraza con sonrisa inexplicable. Fátima que ya había tomado mi mano y se había ido, da la media vuelta, me ve y pregunta si también puede abrazarme. Le abrazo con más ganas, esas cosas no se piden. Me gusta la tarde, me gustan los niños, me gusta que sean lo que son, sin preguntarse.
Volvemos a casa para preparar la segunda sesión de monitores. Son las cuatro en punto y los jóvenes ya esperan afuera, me brinca el corazón de verles puntuales, y pienso en todos los que nos dijeron que eso no iba a ser posible. Aparece Hansel y aparece Gretel, perdidos en el bosque tal como en el cuento, los envolvemos en la historia, sonríen y ríen con nosotras. Participan de cada actividad, nos escuchan atentamente, hacemos máscaras, cortamos aquí y allá. Una de las muchachas que amanta a su niño, mientras porta orgullosa aquel pedazo de león que se ha pintado, está gozando, me enseña los dientes y más allá de ellos la encía. Qué bonita imagen. El “jao indio” traducido a “how indian” ha brillado en el centro del salón, mientras el “eram sam sam” nos ha dejado sin voz y sudando. Así nos vamos entre la revisión de objetivos que ha sido también un éxito. Otro más. Bonito día.
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