miércoles, 9 de febrero de 2011

DÍA 32 Y 33

DÍA 32
Hoy se cumple un mes de estar aquí, hoy he soñado como lo haría en casa, soñé a Paquito. Hoy también inicia la semana de los jóvenes, casi nadie tiene clases y es toda una fiesta nacional. Por la mañana vamos a Starlight, jugamos todo el rato y se fue rápido, más que de costumbre. Les enseñé “mar y tierra” era chistoso escucharlo con su acento.
Inicio de semana y de diferentes actividades, hoy también empezó el seminario de eneagrama, viene un padre blanquito a darlo a un grupo grande, como de unos sesenta, entre religiosos, religiosas, postulantes, aspirantes, todos con alguna inclinación vocacional a la religiosidad, yo he dicho que represento a la parte laica.
Es interesante escuchar las nueve divisiones, con sus virtudes y debilidades, aún me ubico en varias, pero tendré un par de días para aclararme el panorama.
Después de la comida me llega mi casi depresión post-parto, ¡qué traicionero es esto!, camino, me relajo, volteo a los lados, intento distraerme, no logro engañarme. Corrí rumbo a la casa de las hermanas, me aplasté en el suelo, no logro tener conexión, y es que eso de estar incomunicadas contribuye a la desesperación. Me siento y escribo sin pensar dos veces “ya es un mes de que llegamos aquí y es una vergüenza querer regresar hoy mismo”. Así me siento, con las ganas de ya estar allá y entiendo cosas que no había entendido, le doy vueltas al asunto, escribo a la universidad de San Diego y a ti que me estás leyendo. Escribí así, sin ningún filtro. Quería volver. Entonces salí de ahí, con la cara más arriba de cuando había entrado, caminé convencida de que podía volver a casa en cualquier momento, de que no defraudaría a nadie, pero sobre todo que no iba a defraudarme a mí misma. Sentía que si volvía me recibirían con el mismo gusto, con los brazos abiertos. No iba a hacerlo, pero me sabía bien recibida en cualquier tiempo.
Caminé por el patio, entré a las clases de los adultos, sólo había una señora que ya era atendida por Celestine, salí, caminé más, me topé con unos niños en el patio de la escuela. Salieron del patio, por el agujero lateral, mientras me decían “Sista”, ya deben tener sus once años. Bastó una palabra para que salieran, pareciera que me estaban esperando, comenzamos a bailar, se volvieron a reír, les enseñé a bailar banda, les gustó, finalmente encontré algo para lo que no tenían ritmo, pero la gracia la seguían teniendo. Me sacaron dos o tres sonrisas, volví a disfrutar como si fuese el último día, porque podría serlo. Me tocaban los brazos, dicen que soy suavecita, se me colgaban, me jalaban mi pelo mientras me lo pedían nuevamente, nunca había recibido tantos cumplidos sobre mi cabello hasta que llegué aquí. Seguimos bailando, como si tuviésemos un bastón en la mano. Quieren aprender español, hacemos un trato, apareceré clandestinamente en los recesos a darles clases y en la salida ellos me enseñarán a bailar. Necesito dar más de mí, no puedo estar esperando a recibir todo el tiempo, porque fácilmente aprendo y recibo sin pensarlo ni quererlo. Necesito dejar más, comenzar a proponer y no conformarme con los horarios preestablecidos, voy a anotarme actividades nuevas, proponer otras y llenarme la hora después de la comida. Si voy a estar el tiempo que quiero estar, quiero estarlo de a de veras, el que sea pero que sea cierto, que llene a alguien, que se aproveche, que sea alguien más feliz con este tiempo.
Y entonces aparece Andrea, caminamos mientras nos siguen nuestras pequeñas sombras. Le platico lo que no le he platicado, me contesta y me platica, sale lo que nos hemos guardado. Se ha cambiado el panorama.
Acaricio por primera vez a los perros “salvajes” de la casa, lo tenía prohibido, dicen que no deben recibir cariño, porque son para cuidar la casa. Charles es mi cómplice y abre la puerta del cuartito en el que pasan todo el día. Mientras una de las cabras camina a paso lento, imposibilitada por el mecate que le amarran de pata a pata para impedir que escape. La gallina abraza a sus pollitos, así, tal cual, los abraza. Mientras Fidelis nos regala un pan bonito, hecho especialmente por nuestro mes en casa. Hago una excepción y le unto un tanto de tartina, sabe a pastel, otra vez con abundante cariño. Acto seguido nos pide que lo llevemos al cuarto para evitar que la rata lo coma. Oraciones y un plan nuevo, caigo exhausta.

DÍA 33
El suelo de la habitación sigue repleto de plumas, hoy me levanto media hora antes que la alarma, voy al baño donde ayer pereció la araña. Intento dormir nuevamente, no puedo, pero pienso en silencio y con la luz apagada. Apenas da la hora, tomo mi chamarra y me cubro la cabeza, como cada mañana, para ocultar la rebeldía de mi cabello.
La tartina ya no me sabe a tierra, puedo comerla a cucharadas. Espanto a las plumas del cuarto y a una que otra hoja que debió haber entrado escondida en mi zapato. Hoy es un día normal, voy a vivirlo.
Me descubrí, dicen que soy un ocho que se anda convirtiendo en un dos, dicen que es un ala fuerte, dicen, dicen, todo es cuestión del eneagrama. En el seminario te enseñan a entenderte, pero yo entiendo mejor la vida afuera. Salimos rumbo a la escuela de junto, están los niños en el patio preparando el espectáculo para mañana, ya saben mi nombre, me abrazan, se trepan. Piden una foto, otra y vuelven a jalar de mi cabello. Nos reímos, los veo otra vez bailar y tocar, hay un niño trepando por la ventana y otros cuelgan por los tubos que sostienen el techo de palma. Cantamos “cielito lindo” debajo de un árbol, mientras Roden se trepa y cuelga por sus ramas. Jugamos pato, pato, ganso y platicamos otra vez, me cuentan, les cuento. Quieren ir a México, me piden que los lleve, pero es que aún no puedo llevarme ni a mí misma.
Nos damos una hora y vuelvo con ellos, esta vez me esperan en la cancha de futbol, nos sentamos otra vez bajo un árbol, todos me ven con los dientes pelones, ya no sé si les doy risa o gusto. Cualquiera de los dos me gusta. Dibujo la cara de Fátima en un pedazo de papel, mientras los demás me observan fijamente. Todos quieren ser dibujados y escuchados, y yo quiero oírlos a todos. Me escriben la canción oficial del mentiroso, una especie de burla que se hace y dice algo así: “burst me an other eye Roden (el nombre de la persona) bis… we need to burst an other eye Roden” , a eso le llaman Pidgin, es el inglés aprendido distinto y arraigado en el lugar.
Escuchábamos “La chata” y bailábamos, pasando los audífonos de oreja en oreja, luego llegó “la carencia”, “la niña” de Lila y otras tantas. Se hizo un espacio de silencio, un niño gritaba, una señora agitaba el brazo, lo tenía sometido en el piso, golpeándole con una vara, yo no entendía qué pasaba, los niños decían que debía estar en casa y no había llegado a tiempo. El niño comenzó a girarse, mientras la señora algo blasfemaba en francés. Me sentía molesta, con ganas de hacerle lo mismo, no podía moverme, los niños me decían que podría irle peor si intervenía. Rompió la vara en su cabeza por haberse movido y continuó golpeándole con el pedazo restante. Finalmente se detuvo, sabía que la estaba viendo y poco le importaba, antes bien arremetió también contra el resto de los niños que le veían con extrañeza. El niño se puso de pie, como sobándose, tenía pasto en todos lados, el cabellito empolvado y la carita con las lágrimas marcadas. Una niña decía “fueron veintiocho” mientras yo seguía inmóvil, el mundo se me había detenido enfrente. Pienso en ir a su casa por la noche y hacerle lo mismo, pienso en hablarle cuando esté calma y aclararle el panorama, pienso y es que pienso tantas cosas que no podrán cambiar la educación que le dieron, pienso también en el bien del niño, y agacho la cabeza sin encontrarme resuelta, me siento impotente, lejana y ajena.
Me quedé meditabunda con los niños, lo reprobaban ellos, lo reprobaba yo. Quisieron seguir bailando, mi cuerpo lo hacía, mientras mi mente se trasladaba hacia el lugar donde partió aquel pequeño. Llegó Andrea y nos disponíamos a caminar, pero las hermanas calasanzias habían llegado hasta la cancha, jamás había jugado balonmano, hoy aprendí. Nos vemos rudas y a la vez chistosas. Caminamos, llego a casa otra vez hecha un polvorón, me sacudo un poco para terminar el día.
Después de la cena, caminamos rumbo a casa de las hermanas, nunca había visto bien la oscuridad de la noche. Nos escolta un guardia. Al regreso el mismo procedimiento. La luna está ahí, finalmente logro ver las estrellas, se ven más bajas, tal vez pagan el precio de tener al sol tan lejos. Un guardia nos escolta hasta donde el otro guardia, los perros ya deben estar sueltos, dicen que no hay pasos seguros por la noche. Llegamos a casa, nos disponemos a ver una película, y caigo como siempre a escasos diez minutos.

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