domingo, 27 de febrero de 2011

DÍA 52

La misa fue caóticamente divertida, eran las siete y media de la mañana cuando salimos caminando en procesión, rumbo a aquel lugar donde sería la misa del domingo. “¿Y por qué no?” Había sido la frase célebre del padre Emilio la noche anterior. Tomamos camino entre las casas de adobe, con un grupo de personas que iba creciendo, las motocicletas pitando más de lo común y el camino empinándose a cada paso.
Habíamos llegado, un arco marcaba la entrada, era una iglesia al aire libre, el techo hecho de palma o de alguna otra hoja seca y alargada, los barrotes de las bancas eran ramas de árboles locales, un pedazo de tronco, en ocasiones dos, hacía las veces del asiento. Las cabecitas cubiertas con telas de colores estaban a tiempo, al fondo un pequeño altar de piedra, donde se sentarían los sacerdotes y se acercaría el pueblo. La gente iba llegando con flores y plantas, parecía un domingo de ramos. Por eso de las ocho cuarenta ya iban entrando el padre Justin y Emilio, los pequeños niños, y un grupo de jóvenes con un baile. La gente aplaudía, de vez en cuando un grito.
Me encontraba yo, entre Borja y Paula, sentados en aquel tronco casi al ras de suelo, debí sacudirme más de dos decenas de insectos, desde hormigas, hasta arañas gordas y grandes, aquel insectito rojo que acaricié en la mano de un niño. Estaba asombrándome de la amistad que me había hecho con la naturaleza, cuando un roedor (tal vez un topo o un ratón) pasaba su afelpado cuerpo justo sobre mi pie descalzo, me acarició la piel, así tal cual. Ni tiempo de reaccionar, es imposible no reírse con ese par, y así se fue como arrastrándose.
Apenas volteé a mi derecha para ver a una señora, sacaba tremenda planta de su bolso, no podía contener al menos mi sonrisa, me ha visto y sonreído de igual forma. Tomó la más marchita de las flores y la colocó en mi mano, a Borja le dio una hoja que se aferraba a mirar al suelo, y a Paula le dio lo mismo, nos envió directo a la ofrenda. La gente pasaba bailando por el centro, en dos filas, para entregar hasta el altar su flor que era la más virtuosa de las ofrendas. Ahí estábamos los tres, con ese ritmo que ya nos recorre, meneándonos hasta el altar. Al llegar, padre Emilio se reía mientras decía: “Bushi people” y nos hacía reír de igual manera. Volvimos a nuestro sitio, a reír, a discutir la vida, a gozar del canto y sostener aquella sombrilla, a sonreír con los niños, a decir sandeces que gracias a Dios nadie más entiende. No había transcurrido ni la mitad de la misa cuando una, dos, tres bancas ya habían sido vencidas por el peso que reposaba sobre ellas, entre el cúmulo de gente, las risas inevitables, el gallo cantaba cuando le daban ganas, una pedrada salvaje, la manada de vacas que pasó en dos ocasiones sacudiendo al pueblo. Me siento parte de algo, me quejo y luego me asombro el doble, aprendo con cada paso, aprendo de este par y del cúmulo de gente que nos está rodeando.
Hoy he abrazado con más ganas que nunca a Cinthya, le entiendo más ahora que le conozco la base, entiendo sus lágrimas al perder de vista a las que ahora son sus madres, la tomo de la mano, mientras rio y la llevo corriendo hasta tocar el hábito de la hermana Martha, se seca las lágrimas y ríe de vuelta.
En casa la luz no ha vuelto, no hace falta, Fidelis tiene lista la comida, ya está la lectura posterior y algo de intento de sueño, no hay resultado. Me cuestan tanto los domingos, me imagino a la familia encontrándonos afuera de la iglesia, aquella comida china, los niños, el ruido y la tarde de cariño.
Andrea y yo salimos caminando, me toma la espalda en señal de “estoy contigo”, caminamos más y nos topamos con las hermanas a mitad del camino, pasamos la tarde rodando por el césped de aquella guardería, la picazón recorre la espalda, las niñas brincan y arrojan pelotas, yo les veo las heridas que no sanan en su cuerpo.
Hoy hablé de la adopción con aquella hermana Clara, el país no le permite a ningún niño la salida, y me cuenta alguna historia y otra, de heroísmo.
Corro con Paula, camino de nueva cuenta, sólo así respiro limpio, los disparos hacia el fondo de aquel campo. Me detengo en la puerta de la casa, me rio y hago salir de sus casillas a los que son mis hermanos, me hacen gracia y les hago lo mismo. La oración es el descanso en este día, una cena deliciosa con arroz y la luz que otra vez nos abandona.

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