lunes, 21 de febrero de 2011

DÍA 45

Andrea se ha encargado de pulir el piso de mi cuarto. La “top”, refresco azucarado y amarillo que había sido encomendado a detener mi puerta, se ha repartido por cada rincón de la entrada a la embajada mexicana.
El desayuno más tarde de lo acostumbrado y por tanto con más gente, soy una sombra… aún no despierto. La luz no se ha dignado a presentarse en este día, no hay campanadas anunciando la primera misa solemne, de aquel par de locos enamorados de la vida en comunidad y de la comunidad en vida.
La misa transcurrió más repleta de lo normal, las bancas rebosan en gente, los niños se sientan en los reclinatorios y al fondo se para la gente, mientras otros escuchan a través de las ventanas laterales. Los micrófonos no funcionan, como ya era de esperarse. Las voces suben de tono, el coro grita con más ganas, así transcurre, entre los meneos normales. Salgo y respiro durante el ofertorio, Dios es testigo que el mismo padre Emilio me autorizó la salida. Vuelvo y concluye lo que ha empezado. A la salida ya esperan fotos, bailes y el banquete en el salón principal, adornado tal cual boda, entre el blanco y el morado de unos globos, la mesa al fondo es la de los festejados, con un mantel de tela y unos listones adornando su contorno. Ni una de las flores vive, los refrescos y cervezas se acomodan a los lados.
En el centro del salón está la mesa donde reposa el achú y su ya conocida salsa amarilla, el arroz y aquel primer platillo hecho a base de una flor de calabaza. El altero de platos de colores y de plástico, las tacitas, las coca-colas y las fantas.
Otra vez, bendito sea el arroz siempre presente. Salimos rumbo a casa, Borja cocinará para Paula, Andrea y yo lo hacemos para nosotras y para Borja. El café caliente de la mesa es sólo el pretexto que desemboca en una de esas pláticas que marcan días, a veces meses y a veces vidas. Se plantean y me planteo cosas que he ido olvidando. Bonito el presente que va viendo hacia el futuro. La nevera sigue deshelándose, mis pies se mojan, el café se ha terminado un par de horas atrás, llega la llamada tan puntual de los domingos, se agradece.
La intención inicial era continuar aquella charla, caminando por los campos. De repente el padre Emilio nos hace la cordial invitación a recorrer Bamenda, aquí vamos otra vez entre sus calles, por la misma principal, ya vemos Mile 4, mejor conocida como “maifo”, pasamos la unión que lleva rumbo a a Cow st. Y llegamos al final de aquella carretera que un día nos trajo hasta Bamenda. Recorremos el palacio Nkwen, donde algunos de los hijos de aquel rey juegan futbol, en el improvisado campo. Vamos hasta el límite de esta tierra, recorremos los caminos de Starlight y la calle de Bambili. Llegamos a casa, le oramos al que nos ha regalado este último día, el arroz está en la mesa junto a aquella salsa roja. Otro compartir nocturno, los gritos de Borja por el suicidio de su atlético ante el Barca, la habilidad de Paula para entenderle. El día a día va llenándose a su modo.

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