viernes, 4 de febrero de 2011

DÍA 27 Y 28

DÍA 27
El dos de febrero no hay padre Justin, ni padre Emilio. ¡Ay el padre Emilio!, deberían verlo, es el hombre más encantador y ruidoso que conozco. Su oído izquierdo no funciona, así que agita, avienta, azota todo a su alcance, rechina la silla y corre de lado a lado con su gorra amarilla, tiene un acento español impresionante en el inglés, cada día nos cuenta sobre los dos, tres o cuatro funerales que tuvo, sobre la fiesta y los balazos. Lleva más de quince años por estos rumbos y se conoce a la perfección a la comunidad entera. Amante de hacer más de tres cosas a la vez y de ir olvidando una a la vez, su consentido es el gato, al que protege y consigue comida de nuestros platos para él, es sumamente divertido.
Hoy no está y el gato sufre, tiene hambre. Bueno, tampoco ha batallado, a media tarde tiene sometida a una de las tantas lagartijas que corren por el patio, la devora.
El desayuno transcurrió divertido, como cada mañana Moses se esconde tras su boina mientras se desparrama en la silla, el padre Marcel tan serio como siempre. Hoy se van los tragos del café entre la plática de conseguir la residencia del lugar, me rehúso, les digo que después querrán convertirnos en religiosas y que no voy por ahí. Se ríen más de mi renuencia y recibo la cuarta propuesta de matrimonio en la semana, esta vez con el pretexto de facilitar la residencia y asegurar el no enlistarme en las filas de la hermandad calasanzia.
Fidelis (sí, otro nombre que cambia con el paso de los días) y Charles están sonrientes como cada día en la cocina, apenas ayer acompañamos a Fidelis hasta su casa, pues nos pidió que le visitáramos. Vive a unos cuantos pasos de aquí, nos recibió en su sala con todo el cariño que desprende siempre. Es una sala pequeña, como de la mitad del tamaño del cuarto que ahora mismo tengo, las paredes desgastadas son cubiertas por una especie de cortina hecha de encaje, por un lado una estufa y un pequeño trastero, hacia el fondo un dvd y una pequeña televisión, al centro una mesita con un mantel floreado y en las paredes se recargan dos sillones. Nos sentamos, nos ofrece galletas con olor a play-doh, ¿quién no quiso comer Play-doh? Saben tan bien como huelen, Fidelis se sienta a mi lado y toma un montón de fotos, todas son de su boda, se ven felices. Él, orgulloso cuenta sobre cada una y luego pone el video que les hicieron, peculiar, ya habré de contarles en persona, la versión recortada de la misa fue por encima de una hora... y nos cae la tarde encima, debimos volver a casa.
Los postulantes volvieron a tener un mal día, están como adolescentes, todo les molesta, se incomodan a la menor provocación y su estado de ánimo cambia constantemente, pareciera que algún tipo de desequilibrio hormonal les estuviese afectando. Me divierto, me enojo y me vuelvo a divertir.
El mercado sigue ruidoso, igual que la semana pasada, que la anterior y seguro que mañana. Las señoras siguen vendiendo verduras, cargando niños y trenzando el cabello; los hombres siguen jalándonos por el brazo y gritando cosas que ya finjo no entender. Creo que pronto les seremos familiares. Al salir y al volver, los niños se te cuelgan de las piernas y las manos, exigen dulces, me duele la educación de darles todo en la mano, preferiría enseñarles.
Hoy tocó atún, el ejercicio se luce siempre en ese día, nos sentimos con ganas de seguir corriendo y caminando, colina arriba y colina abajo. Justo como mis días.

DÍA 28
Me he estado buscando el nudo que traigo perdido en la garganta, es que aún no aprendo a lidiar con la distancia. A veces siento que ya vi lo que tenía que ver, que ya viví lo que tenía que vivir, pero temo arrepentirme cuando ya sea tarde, de no hacer todo lo que me sea posible hacer. No hay peor dependencia que la afectiva, ni peor castigo que el entrañable recuerdo. Justo después de escribir esta frase, el cielo lloró conmigo, un ruido me sacó del cuarto, estaba lloviendo en temporada seca, algo quería decirme. Un mar de niños nos inundó en el colegio, estaban contentos de ver llover en febrero. Y nos abrazaban, no había espacio para movernos, de pronto una tromba, de un segundo a otro estaba y luego ya no.
Corrimos hasta el segundo patio de la escuela, donde volvieron a inundarnos y entré en el salón de sexto, un pequeñito descalzo y sin camisa tocaba los tambores, le pedí que me enseñara, llegó uno y otro niño, fuimos al salón de al lado. Había otros tantos tocando diferentes instrumentos, con palos, tubos, troncos, había sonidos por doquier y él pacientemente me enseñaba, por un momento me uní al ritmo y sonreí. Un grupo de niños vestían mantas con colores y patrones llamativos, una especie de rombos morados con verde, mientras en la cabeza portaban algo así como una funda semitransparente, que les cubría la cara y era sostenida por un penacho de plumas café y morado. Sus pies desnudos y a la vez vestidos con huesos de fraile, para hacer un armonioso sonido.
Con un grito y una vara en mano empezó el espectáculo, el niño dirigía y todos comenzaban a tocar y a bailar con un inconfundible sonido y ritmo, unos zapateaban, mientras los otros soplaban, golpeaban y giraban por el cuarto. De pronto el maestro parecía enfadarse, yo no entendía el error, se escuchaba perfecto.
Los mismos que me enseñaban el arte de los tambores me llamaron a jugar algo de tenis, sí, el mismo deporte de clase que se juega sólo en los clubs más exclusivos. La cancha era de uno por dos metros, trazada con una piedra en la tierra, las raquetas eran nuestras manos empolvadas y la pelota… la pelota era una tradicional de tenis.
Volvimos al ensayo, que se había trasladado al patio de afuera, se preparan para bailar esta misma tarde, ante el gobernador y si va bien ganar el concurso. Dos niños me toman de la mano, la acarician, de pronto los sorprendo oliéndola. No sé cómo ni en qué momento me perdí entre ellos, me tocaban el pelo y me pedían que se los diera, hablaban en serio. La escuela no permite traerlo más que a rapa, para evitar cualquier contagio.
La vida pasa rápido acá, apenas termina la comida y pienso en decaer cuando al salir al patio me encuentro con un montón de niños llorando y sobándose la cabeza, los brazos, la espalda. Padre Emilio pacientemente dice “Ashia, ashia” mientras les da una pequeña pastilla a cada uno.
Un niño suspendido de la escuela decidió sacudir un panal y más de veinte fueron picados en innumerables ocasiones, de entre los cuales cinco fueron llevados de emergencia al hospital. Uno de ellos, Abdulai, se encontraba llorando y sin un zapato, estaba en el patio cuando me di cuenta de lo que pasaba, me ofrecí a acompañar a algunos hasta el camino que los conduce a su casa y así despejar la zona, pero esperaban por sus mochilas. Pascal, valiente se metió entre las abejas para sacarlas, yo intentaba ayudarle mientras él decía: “atenta, atenta, cúbrete”, al final las sacó todas y algunos podían tomar camino. Abdulai seguía ahí, llorando cada vez que una abeja se acercaba, le tomé la mano y le pregunté por su zapato, lo perdió mientras huía, entonces me ofrecí a cargarlo hasta el camino. Era ligerito como Chuy, el de la ladrillera. Mientras lo llevaba a cuestas él lloraba inconsolable, no podía dejarle así, le pregunté si estaba bien, su respuesta fue un “No” con llanto por todos lados. Lo tomé de vuelta en mi espalda y lo entregué al padre Justin, así se fue con los otros rumbo al centro más cercano.
Me asombré de todo, del caos en tan poco tiempo, de la valentía de los niños y de Pascal “el pequeño”, de la atención de los padres, de verles humanamente preocupados y ocupados.
La tarde siguió su curso, nos pinteamos nuestra clase de francés para ir al concurso de baile y canto, me pude unir a los niños. De pronto un grupo de otra escuela llegó, debo parecerles extraña, parecía un cardumen frente a mí sonriendo, me llenaron de preguntas, mientras yo les fotografiaba. Segura estoy que me veré en su mirada en alguna de las fotos. Se burlaron de mi acento, lo imitaron, les canté bajito, les gustó y les canté alto. Me enseñaron a bailar en un círculo que fue creciendo, aprendí su baile típico, lo disfrutamos, perdí la mitad de mis sandalias con cada paso, lo disfruté y valió la pena. Me sentí como nunca, cómoda bailando y ellos cambiaban el paso, yo lo entendía y sonreían.
No llegaron las personas “importantes” del evento, nos vamos, los niños de la otra escuela se despiden agitándome la mano, con todos sus dientes blancos. Pensando bien, sí llegaron los que son los importantes y ahora me los llevo aquí, donde se guardan los recuerdos.

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