DÍA 34
Anoche me acosté pensando en aquel niño, hoy desperté de igual forma. La mermelada era de fresa, ya había rezado a Dios porque terminara la de naranja. Le unto tartina. Disfruto el desayuno que una vez más termina en revolución. Qué enriquecedor y qué batallas de pensamientos. A veces nos aprovechamos de la bondad de Dios y su facilidad para olvidar las cosas.
El seminario transcurre igual, si he de ponerme sincera… me desespero. Las cosas se dan lentas, una vuelta y otra sobre lo mismo, mientras trabajamos en equipo. A veces mi color de piel hace que escuchen mi voz más baja, pero soy buena empeñándome en que se me escuche.
La tarde transcurrió normal y tranquila, entre la búsqueda del niño de ayer y sus datos, ya sé que se llama Ben, habrán de dar el reporte a la directora para que hablen a la madre. “No puede maltratarse a un niño, al menos en una escuela escolapia”. Espero que así sea.
Hoy tuvimos junta con los jóvenes para acordar las fechas de las sesiones de formación, se vuelve a veces complejo, a veces se desparraman en el asiento sólo observándote, ya no me imagino lo que estarán pensando, me divierto viéndolos igual y aprendiendo. Se fijaron las fechas, habremos de trabajar en la puntualidad, ya que esta junta empezó con una hora de retraso. El padre lo ve difícil dice que así son los jóvenes aquí, yo le digo que hay que trabajar en ello y respetar el tiempo de los que llegan primero, pone una sonrisa medio chueca, medio convencida, medio no, pero al final hemos llegado al acuerdo.
Serán sólo dos reuniones al mes y procuraremos visitarles en sus respectivos lugares para ver el avance. Podría decir que están entusiasmados, bueno, tal vez, a su manera. El martes nos habrá de decir cómo se irá dando la cosa.
Por la noche el Padre José, uno que conocimos en Bandjoun y que ha venido a dar el seminario, le preguntó al padre Emilio si aún no habían querido comprarnos, dice que no deberá aceptar menos de veinticinco cabras, lo tomaré como un cumplido (por aquello de no tomárselo a pecho). El padre Emilio dice que aún no intentan comprarnos, pero que el rey de la tribu ya se ofreció a darnos un lugar entre sus múltiples esposas. Esto del matrimonio aquí es cosa seria, o nada seria tal vez. Se le ve por todos lados.
Caminé por la cancha ya oscura, volví, me dio miedo, caminé lento y luego rápido, vi moverse la montaña de hojas otra vez, la criatura que habita debajo de ella aún no se acostumbra a oír mis pasos. Se fue la luz y agradecí otra vez la presencia de mi lámpara de mano, que a decir verdad traje por si alguna vez iba de campamento. Ahora voy de campamento cada día. Así acampé toda la noche en mi propio cuarto.
DÍA 35
Escucho el resorte del colchón brincando junto a mi oído, me despierto, aún tengo una hora más de sueño, me pongo en pie y vuelvo a dormir.
La misa la hemos ofrecido por el abuelo de Andrea que ha enfermado, vamos luego al desayuno, el padre José nos habla de invertir más en comida que en medicamentos, dice que a menudo las crónicas de los padres que se encontraban aquí, los narraban enfermos. Dicen que hay que mantener el peso para conservar también las defensas.
Hoy la naranja tiene un sabor a vino, bendito vino que acomoda mi intestino. Por hoy ha vuelto a ser el mismo.
Voy al cuarto de lavado, donde la señora Ana, se ve cansada, dice que está algo enferma, le recomiendo descanso y ríe, dice que hay mucho trabajo. Le creo, sacar la tierra de un par de calcetines puede tomarte quince minutos. Y así se fue mi mañana.
Después de tallar un rato, agarramos camino rumbo a la carretera, esta vez por detrás de la cancha, Fátima y el grupo de niñas de la primaria me persiguen, mientras gritan mi nombre. Roden también me alcanza, quiero llevármelo a México y él está de acuerdo, tiene apenas catorce años y se le ve la bondad en la cara.
Desde que le quité la fecha a mi boleto de regreso, he dejado de hacer cuentas, ando por la vida siendo nada más que yo, enseñándole los dientes al primero que me encuentro. Cuántos dientes más he conocido. Me ando contoneando, haciendo gestos tan chistosos con los niños, me los estoy creyendo. Me siento como con Evelia, con Martín, con Angélica y Adrián. Me parecen y creo que también a ellos les parecen familiares.
La carretera está repleta de sapos que no llegaron a su destino, me siento viva, camino colocando un pie frente al otro en una línea, mientras estiro mis brazos. Los niños siguen sonriendo mientras camino.
Hemos vuelto a la comida, para después tomar camino rumbo al centro, han estafado a Andrea con su celular. No me asombra ya en lo absoluto, es más, un día antes aposté que así sería, debí haber invertido algo de dinero.
Llegamos de pasada a un funeral, afuera de la casa vecina unas niñas me veían con intriga, comencé a hacerles gestos a través de la ventana, podía oírlas reír y comenzar a imitarme. Después de un rato me pidieron con señas que bajara del carro, así lo hice. Me platicaron, les platiqué y siguieron riendo, una de ellas llamada Yong, pronunció mi nombre: “Claudia Lizeth”, nunca lo había oído tan bonito, es más, podría decir que siempre había ocultado mi segundo nombre, hasta que lo pronunció, se oye bien. Hoy me gusta también mi nombre.
Acudimos a la alianza francesa, aún no digo casi nada en francés, pero comienzo a entenderle, creo que es un paso. De vuelta a casa el taxi nuevamente hace paradas personales, cuando quiere, donde quiere y durante el tiempo que quiere, uno también comienza a acostumbrarse a no ser dueño de su tiempo.
Llegamos justas a las oraciones, ya con más molestias en el cuerpo, esperamos sea una gripa o algo de cansancio. Hoy fue simplemente cena y cama.
DÍA 36
Once de febrero, día de la juventud. Hoy he pedido hablar con mi superior, hemos entrado en la sala de visitas, el corazón me latía a mil por hora. Me senté, nos sentamos y con toda calma hice preguntas sobre nuestra estancia aquí, sobre nuestras actividades. Descubrí que mis sospechas eran reales, somos el primer caso de un voluntariado así, sin ser veterinarias, ni venir especialmente por un mes en el verano. Expliqué tranquilamente mis ganas de trabajar con los niños, mis ganas de trabajar con los padres, no quiero quedarme con dos reuniones al mes con los jóvenes y tres horas de clases a la semana. Le parece interesante la idea, y mejor que no me la haya guardado. Le explico mis ganas de recortar la estancia aquí y de abundar en los diferentes temas, entiende y asiente con la cabeza. Ya estando en el tema le hablo de las ganas de hablarles de derechos y valores a los niños, me dicen que está bien, pero me prohíben explicarles los derechos de los niños, temen una revolución. Yo digo que hay que saber encausarlo.
A los padres quiero hablarles de la autoridad sin castigo, esa que un tal Pepe Segalés nos enseñó en Mexicali. Dicen que está bien, pero hay que esperar un poco para convocarles. Empezaré a trabajar en ello, explicando con cariño lo que intento.
Podría sentarme a contarles del desfile, de la fiesta que hubo en la calle, de los trajes, de los niños, de la gente, de que finalmente sé dónde quedaron las minoltas y las pentax de hace treinta años, de mi lugar en medio de tanto fotógrafo, pero para eso hay fotos y podré contárselos a mi regreso. Lo que no fotografié fue la plática después de la comida, se dio sin pensar ni acordar, estábamos en mi cuarto, cada una en un colchón planeando contentas la próxima clase de valores. Sin querer salió el tema, la inconsciente recapitulación del mes, me di cuenta que la lista por cumplir en el armario ya había sido palomeada por completo, que había agregado puntos sin siquiera saberlo. Entendí que al venir aquí sí buscaba algo, pero también que ya lo había encontrado, sin haberlo notado. Hablaba Andrea, hablaba yo, la lista se hacía más grande, qué bien nos ha hecho Bamenda. Hemos descubierto, aceptado, valorado, comprendido, aprendido, desesperado, pero sobre todo amado cada momento en esta tierra, así se ama con lo bueno y con lo malo.
Hablamos por horas, volví a aceptar que la quería aunque desesperáramos. Corrí contenta por las escaleras que dan hasta la cocina, platicamos y volvimos a reír de darnos cuenta. Jean de Dié nos ha abierto los ojos sin quererlo.
Por la tarde hemos quedado de salir a conocer un lugar en el que cenan voluntarios de otras partes. De pronto estamos sentaditas y en vestido frente a casa de los padres, Diodoné nunca llegó para llevarnos. Aferradas tomamos a Fidelis de rehén, quien nos ayuda en el escape por la puerta lateral, brincando piedras llegamos hasta la carretera en donde nos consigue un taxi, mientras se ríe de nosotros.
Al llegar al Hotel Internacional, después de rodear la ciudad entera y de haber sido ofrecidas en venta a un motociclista por el taxista, la reunión había acabado. Así que decidimos que nos quedaríamos a tomar algo. Al fin han logrado conseguirnos alguna bebida helada, es que acá disfrutan siempre de lo “al tiempo”. Nuestra noche terminó siendo bizarra como siempre, entre Mike, Martina, Fab, una caminata por las calles oscuras y bailables de Bamenda, un taxi con asiento desdoblado, dos borrachos, Minnesota, Canadá y United Kingdom.
No sabía que hoy podría ser un gran día, hasta que lo fue.
DÍA 37
No podía dormir, di vueltas y más vueltas, sólo tú sabes por qué. A eso de la una y media de la madrugada mi cuerpo se entregó al descanso. Apenas dos horas y media después estaba en pie, debíamos bañarnos, bajar a desayunar y estar listas para tomar carretera a eso de las seis de la mañana. Parecía una excursión de esas que solemos hacer rumbo a six flags o disneylandia, todos paraditos esperando los camiones, en la oscuridad disminuida de la madrugada, con nuestra chamarra ligera y ropa cómoda.
Vamos rumbo a Yahikiri, a unos minutos de Kumbo, el mismo camino que no me será fácil explicarles, entre polvo rojo y suelto, niños que caminan a la orilla, vacas que cruzan, cabras y puercos que se atraviesan, vendedores de esto y de aquello, piedras, hoyos inmensos, barrancos interminables, todo está en ese camino. En un tramo hemos perdido el control del carro, me aferré del brazo de Andrea, mientras veía a la bicicleta azul y al hombre en ella a escasos metros de nosotros. Después de ir de un lado a otro del camino, el carro se estabiliza, el hombre tiene los ojos pelones, no le culpo. No volvemos a tocar el tema. Llegamos a nuestro destino, la ordenación de Moses y Francis.
Bajamos del carro, corrimos al baño y nos metimos en nuestros gloriosos y estrafalarios vestidos morados con azul, salimos radiantes rumbo a la iglesia. Nunca antes me había planteado el significado de la palabra “repleta”, bueno… la iglesia estaba re-ple-ta, con todas sus letras, el pueblo de los dos nuevos sacerdotes estaba orgulloso y presente en el día que tanto esperaban, se organizaban y contoneaban con el primer canto que debió durar unos veinte minutos.
Por aquello de las ofrendas el tiempo se alargaba, mientras Pedro entre un comentario pagano y otro, nos mantenía con la risa ahogada entre palabra y palabra. Éste, al que algunos llaman “el padre ateo”, debe ser el más creyente, es vivo reflejo de alegría y fe en su intento de ocultarlo.
Debería ser delito una misa que durara cuatro horas (con el perdón de mi madre y mi abuela), dice Pedro que lo es, pero al final nos hemos reído tanto, que aún con el hambre y el cansancio, la hemos pasado en grande. Todo mundo estaba ahí, reunido en una cancha con polvo por todos lados, bandejas enormes de comida se compartían de carpa en carpa, sólo el arroz parecía comestible, bendito sea.
El camino de regreso se hace ligero y menos accidentado. Salvador, otro padre de Guinea Ecuatorial nos lo hace ligero con la plática, qué humano y sencillo es. Ya habremos de visitarle en Yaoundé en unos cuantos fines de semana.
Llegamos exhaustas a casa, reposamos diez minutos y hemos seguido la tarde, los postulantes están muertos, no literalmente. La capilla se oye apagada, sólo Arthur hace su mejor esfuerzo al cantar en el idioma que seguro no es el suyo.
Hoy me gané un “bushi-lady” del padre Emilio, señal de que estamos en confianza. Se va acercando la noche y ya espero a la mañana.
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