Hacía ya más de quince años que no veía llover así, en aquella ocasión caminábamos en familia por las calles de la Piedad, Michoacán, un primero de agosto del noventa y algo.
Ayer por la noche se nos apagó la luz en el comedor, podíamos ver los flashazos de los truenos ir y venir, cenamos a la luz de las velas. El ala de cucaracha dentro de aquel bote de sal, el olor a arroz me pintaba ya a futuro prometedor, lo lamento por los que serán mis hijos.
Encienden el generador, volvemos al ya acostumbrado debate en la cocina y salimos a brincar entre los charcos, he desenvuelto aquel impermeable que llegó a Mexicali en algún contenedor como donativo, y que si corría con suerte iba a ser utilizado un par de veces al año. Anoche hizo honor a cada una de sus letras, el agua desciende por los excelentemente construidos desagües de la casa. Andrea está como “chiquilla” (así le diría el padre Emilio) enfrente de la casa, con el panteón mojado de fondo, la luz se va de nueva cuenta y los truenos iluminan el paisaje cada unos cuantos segundos.
Por la mañana pareciera que nada hubiese ocurrido, la rutina sigue intacta, Borja al hospital, Paula a Menteh y las mexicanas a las clases de monitores. Se les ve despiertos, todos han cumplido con la planeación encomendada. Hacemos la manualidad fijada, me sorprendo tan cuadrada, sigue desesperándome el orden de las cosas, no comprendo la goma sobre el cartón en lugar de sobre la hoja, no comprendo el dibujarlo para después pegarlo encima, me doy risa y me relajo. Que cada quien se exprese, que cada quien aprenda a su manera. Bailamos mientras pegamos, bailan ellos y nosotras. Salimos a cantar, les hacen risa mis entonaciones misteriosas y me explayo. Nos cantan también en francés, no entendemos una sola letra, pero igual parece divertido.
Durante la comida me veo en Paula, se le ve frustrada, dice querer tomar el primer helicóptero que pase y no volver, el biodigestor no podrá terminarse y se avergüenza. Andrea le abraza, mientras ella contiene su llanto, con la nariz ya roja. Nadie le entiende mejor, sabemos lo que se siente, sentimos también con ella. Borja aparece temprano, ha venido a brindarle lo suyo y trae algo de pan para todas.
La clase de español avanza, al igual que la confianza, ya les regaño con ganas y aprenden de igual forma. Salimos rumbo a campo conocido, los niños aparecen escondidos, entre los árboles y la tierra mojada, debo esforzarme para encontrarlos por el puro sonido del “sista”. Les saludamos y se les escapan las sonrisas. La vida se vuelve ligera mientras trotamos. Roden, como siempre, nos sorprende y acompaña al destino más cercano. Hasta aquí nos lleva el día, en la espera de mañana.
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