domingo, 6 de febrero de 2011

DÍA 29 Y 30

DÍA 29
Anoche después de la cena, Celestine se acercó a mí para decirme que quiere ser abogado, dice que es una lástima la forma en que terminan enterrados, no entiendo y me explica. Acá la abogacía representa un pase directo al infierno, se les entierra boca abajo, porque es una certeza el haber sido deshonesto. Lamentable, debo reivindicar mi profesión, ya lo sabía.
Después del desayuno hemos acompañado a Diodoné a las clases de francés en primero de primaria, en la escuela que está justo detrás de la casa. Siento que entendí mejor, que aprendí más. Los niños con sus colores llamativos, pues es viernes de deporte. Se distraen, nos miran, repiten algunas palabras de las que dice y continúan brincando, la maestra a cargo del salón se sienta en la banca trasera y sólo observa, grita de vez en cuando y da jalones de orejas en otro tanto. Acá aún no olvidan la vara, sigue siendo su mejor método de enseñanza, no me gusta. Sí, nadie me preguntó.
Les pido a los chaparros que no se distraigan, que copien lo que tengan que copiar, pero hay una batalla inmensa por un lápiz, por un sacapuntas, y recuerdo cuántos habré dejado a la mitad, cuántos habré perdido.
Me vuelvo otra vez a casa, con esos dos sentimientos que se han vuelto inseparables últimamente, ahí va la alegría de verles, agarrada de la mano del meditabundo hecho de irles conociendo.
Planeamos actividades para los niños huérfanos y otros que no lo son tanto, mañana habremos de montarles una tarde llena de juegos. Lo hacemos con cariño y la pasamos en grande.
Para no perder la costumbre hemos ido al mercado, con el afán de aprovechar el raite y no tener que pagar otro taxi. De pasada llegamos al mercado a recoger nuestros vestidos, qué cosa más chistosa, parezco niña de diez años con un vestido como los que me cosía mamá cuando era niña. Tiene flores moradas y azules, igualito a aquel mantel que vi en la casa de Fidelis, me veo chistosa, así me siento. Todo sea en favor de las tradiciones del pueblo.
De ahí tomamos el camino hacia la clase de francés, nos ha ido bien y en el camino de regreso otra vez esa pelea por los trescientos francos en el taxi. Al final lo hemos logrado, vamos en el taxi más desvencijado que debe haber en la ciudad, una luz azul de neón sobre mi cabeza, un mosco reposando en mi nariz, una palma que se entierra por mi espalda desde la cajuela y dos mexicanas cantando “Cantares” mientras el taxista arranca de reversa para lograr que avance. Qué buen momento.

DÍA 30
Me desperté, como siempre, diez minutos antes de la alarma. La capilla está llena de gente, han llegado los aspirantes (aquellos que quieren, pero aún no saben bien si quieren). Les empieza el recorrido.
Llego a mi cuarto y busco emocionada el par de botas que robe a mi hermano hace apenas unos meses, ni siquiera las ha usado, las guardé celosamente en mi cuarto para el día en que las necesitara. Hoy era el día, les sacudí algo el polvo y me aseguré de que ningún insecto las hubiese tomado como hogar a lo largo de estas semanas. Salí tan armada como sólo mi mamá me enseñó a hacerlo, llevaba todo tipo de herramientas: navajas, piedras que hacen fuego, dulces, un par de naranjas, un termo con agua, una chamarra para la lluvia, una gorra, una camiseta y por supuesto mi señora cámara. Cada cosa por si cada caso, me imaginaba haciendo torniquetes, formando una fogata, ¡ay tan aventurera que es la mente a veces!
Al salir de casa esperaba encontrar el carro para tomar camino, para nuestra sorpresa el camino empezaba ahí, desde afuera de mi cuarto. Cargada como burro y con la espalda hacia enfrente tomamos la vereda justo detrás de la cancha y subimos, luego subimos más y luego otro tanto. Pasábamos un cerro y nos quedaba otro, sentía como si corriera, pero iba caminando. Claro que una zancada de Diodoné representa tres de las mías, Derekk es un poco más pequeño y esperaba otro tanto. Había salido de casa con el cabello mojado después del baño, a los pocos minutos estaba empapado en sudor y con la carita roja.
Atravesamos una comunidad musulmana, todos con sus gorritos que aún no sé cómo se llaman, nos saludaban en su idioma que tampoco comprendía. Había un cuartito construido con los ladrillos grandes de adobe y se podían ver un montón de chanclitas coloridas a la entrada. Es la enseñanza musulmana, todos sentados en el piso, con sus tablitas, aprendiendo, intentando ignorar la presencia de las blancas.
Tienen el semblante bonito, se les reconoce la cara, un poco más afilada y clara.
Pasamos por diferentes paisajes, desde selva hasta bosque, mientras conteníamos el escaso aire en los pulmones. Al cabo de una hora llegamos con medio soplo faltante. Nos sentamos, devoramos nuestras respectivas frutas y tocamos la cruz de la cima. Se llama el “monte calvario”, con una excelente vista, se puede ver Futru Nkwen a lo lejos. Nos tiramos, descansamos, tomamos fotos, cantamos y brincamos. Hay cosas que no deberíamos dejar de hacer a pesar de los años.
Al regreso tomamos una vara, la bajada siempre es mucho más fácil, siempre y cuando no resbales. Seguimos cantando y recorremos nuevamente la zona de musulmanes, lavaban ropa, hombres y mujeres, los niños trepan los árboles mientras nos ven con extrañeza, vemos pasar una que otra moto que no escuchamos. Estamos de vuelta en casa, hay saldo blanco, un par de ampollas y calcetines enrojecidos.
Tomamos un baño y estamos a tiempo en el comedor, preparamos todo para las actividades con los niños, otra vez la nostalgia del fin de semana. Necesito una mano.
Bajamos donde la costurera para arreglar el vestido de Andrea, acudimos a las actividades, montamos el rally, explicamos, re explicamos, jugamos, nos frustramos, agradecemos, entendemos, me dan ganas de aprender más y más, valoro mi alimentación, mi educación, mi acceso a la salud y lo que conlleva cada cosa.
Hemos vuelto a recoger el vestido, de vuelta una pequeña cuya estatura no pasa de mi cintura, me toma de la mano y no me suelta, tal vez es la que me hacía falta, la traía perdida, llegó más pequeña, pero grande, con sus dos chanclitas blancas, se aferra a acompañarme hasta donde termina la subida, frente a la casa, donde las abejas, donde se sientan los niños y los jóvenes leen, junto a la iglesia. Quiere seguir, la mando a casa, quiero verla llegar bien y que no regrese sola, ella quiere acompañarme. Vuelve corriendo sin perder sus zapatos.
Hoy alguien que creía indiferente me ha preguntado cómo estoy, con interés del bueno. Me alegran otra vez la noche. Vemos una película en el salón de clases, me siento sobre una mesa y termino el día durmiendo en ella.

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