Soy el negrito en el arroz esta mañana en la capilla, se siente también bonito. Veo a David sentado enfrente de mí y me apetece jalarle alguna oreja o golpearle por la espalda. Se le llama confianza, creo.
Vamos caminando, los cuatro provenientes de la coincidencia, vamos con destino a Menteh, ayudaremos a Paula en lo que podamos con el biodigestor. Al final parecemos útiles, nos permiten opinar y nos brinca una que otra idea. Mientras las gallinas corren con la misma suerte que la primera vez, yo me fumo su olor a pluma mojada, el cuchillo descansa en el suelo.
Entre el estiércol de los puercos, se hacen las mediciones del tanque, de la tubería, de las bolsas, de cualquier cosa. Yo me acostumbro al olor. Unos señores hacen ladrillos en el fondo del lugar, les tomo fotos y me piden dinero, les dejo en claro que no he venido a eso. Dicen que la pasan mal en Camerún que no hay dinero, y es que en todos lados hay alguien que la pasa mal, la diferencia descansa, quién sabe dónde, pero descansa. Al final se quedan contentos.
Acompaño a Paula a verificar los materiales, ya me siento una pequeña directora de obra. La materia principal (el polietileno puro) no ha venido en forma de manga, es un problema grande. Entre el rojo del coraje, la dermatitis que comienza a brotarle por los brazos y los gritos que ha pegado, nos reímos todos, los locales, los foráneos, todos. Habrá que buscar una selladora aquí, a mitad de Bamenda, donde los tiempos no existen, donde los días no pasan.
Le damos nuestras mejores palabras, es que aquí los planes tampoco existen, por más que los traigas hechos, se esfuman al pisar esta tierra. Aprendes a vivir sin ellos y a dejar que el momento te sorprenda.
Andrea y yo volvemos caminando a casa, otra vez ese camino rojo y resbaloso por la tierra suelta, los árboles altos y las casas contrastantes. Queremos comer en casa.
Nos platicamos otro tanto de la vida, sobre la mesa del pastel comunitario. Se nos viene el tiempo encima, vamos con media hora de retraso a jugar con los niños de los sábados. Nunca se está lo suficientemente tarde, somos las segundas en llegar y comienzan a sumarse los chaparros. Aprendo un juego de misiles, es una bolsa con pedazos de colchón adentro, dos montones de zapatos se separan por el centro. La niña de piernas largas y delgadas, se coloca su vestido por los lados del calzón, para que no le moleste. Debe unir los diferentes pares en el centro, mientras otras dos avientan el misil con objetivo de darle, está fuera. Así se repite, Andrea y yo de igual forma entramos, ya somos también parte.
Después de jugar un rato, de bailar, de cargar, de volar, nos vamos de nuevo al kiosco lateral, Celestine lee una parte de la biblia y me pierdo, siento la mano de Leslie, el niño de los ojitos tristes y enfermos, sonríe mientras roza su mano junto a la mía. Yo me traslado hasta el primer día en que llegué a ese kiosco, ya no les somos extrañas, ya no parecen temerosos, ya pronuncian nuestros nombres al entrar para pedir que les acompañemos. Leslie me recargó el cariño.
Vuelvo a casa, me sostengo en la piedra que simula un meteorito junto de la cancha central de la primaria, saludo, y entro por la puerta pequeña que une a la casa y al colegio. Tomo un baño justo antes de la oración y la cena.
Hoy escapamos de nueva cuenta con Moses, esta vez el cómplice es Bertrán y los cuatro de afuera. Volvemos al cabaret de aquella noche de Michael Jackson y las garigolas del techo. El tiempo no ha pasado, todo está tal cual estaba. Platicamos historias de hace tiempo, historias que no se acaban, reímos y a la vez desesperamos. La felicidad y el movimiento de los hombros parecieran directamente proporcionales a la noche. Nos tomamos la cintura y nos vamos en una especie de culebra hasta la puerta. Bamenda está vestida de noche, pareciera un malecón sin playa. Los puestos de comida sacan humo por los lados, el bar “facebook” está abierto, las luces azules adornan la calle, las motocicletas, la gente cruzando de lado a lado. Llegamos a casa, estamos salvos, robamos un tanto de pastel de aquella mesa y corremos hasta el cuarto. Apenas toco los resortes del colchón y me pierdo bocabajo.
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